40 Aniversario

Libros de monstruos

Por: | 01 de junio de 2014

Pete Townshend Memorías who-i-am-memorias 

Ya lo avisamos: es tiempo de autobiografías musicales. Han coincidido dos trabajos apetitosos, editados por la barcelonesa Malpaso. El uno viene firmado por ese icono contracultural que, una vez, alardeó de no leer libros, quién sabe si por provocar: hablo de Memorias de Neil Young/El sueño de un hippie. Muy grato de leer, por cierto.

Neil-young-1El otro viene facturado por el más literario de los rockeros (al menos, el más veterano en explorar las posibilidades de la escritura para explicarse, aparte de su larga temporada como empleado de Faber & Faber). Me refiero a Who I am/Memorias, de Pete Townshend. Por cierto, sabemos que es un señor que sufre pero no estoy seguro de que procediera crear una envoltura de devocionario...y que se hayan zampado el muy completo índice que venía en el original.

A la Feria del Libro, ay, no ha llegado la Autobiography más esperada: la de Morrissey. Dentro del negocio editorial, el runrún  sugiere que son altísimos los derechos para traducirlo al español: el gesto populista –se editó en paperback, sin pasar por la pasta dura- parece que era  exclusivo para el público anglófono.  

Me maravilla la pasión que todavía despiertan los Smiths (1983-1987). Podríamos argüir que ellos ocuparon la posición central en el rock británico anteriormente reservada a The Jam o The Clash. Con una importante diferencia: en vida, The Smiths no alcanzaron grandes éxitos ni consiguieron ventas millonarias, indicadores nada despreciables de impacto social. 

Con todo, los Smiths lograron un milagro de alquimia. Refundiendo hallazgos de los sesenta y setenta en el formato de trío instrumental, adaptaron su música a las peculiaridades vocales de Morrissey. Y este, hermoso diablo, redefinió la sexualidad del rock, aunque esta quedara entre las brumas del “cuarto sexo” y su improbable celibato. Le respaldaban las letras, astutamente ambiguas (según Elvis Costello, Morrisey era un as a la hora de titular una canción, pero se olvidaba de desarrollar una melodía a su altura).

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Rock the casbah: 35 años de represión

Por: | 28 de mayo de 2014

 

Europa se autocongratula: somos tolerantes, votamos a Conchita Wurst en número suficiente para lograr que ganara Eurovisión. Al menos, esa es la lectura de Conchita, que destaca que los eurofans ignoraron la antipatía oficial de Rusia o Turquía ante su presencia. 

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Antonio Vega, ni ángel ni demonio

Por: | 24 de mayo de 2014

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¡Adoro este país! Está lleno de gente que mira pero no ve. Como ese caballero orondo que grita en la Gran Vía, para que todos nos enteremos: “¿Dónde está la crisis? Los restaurantes no dan abasto y no te puedes sentar en una terraza”.

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Maragall quiso nombrar Consejero de Cultura a Serrat

Por: | 22 de mayo de 2014

Serratmaragall JOAN PUIG
Serrat y Maragall, con la esposa del segundo, Diana Garrigosa. Foto: Joan Puig.

Los internautas preguntan a Diego A. Manrique

 

Garri

1. 20/05/2014 - 17:27h.

¡Saludos, Diego! Desde que te sigo, hace ya unas cuantas décadas, observo un siempre higiénico, y ético, intento de desmitificación de la estrella del rock, siempre a punto de caer en la soberbia. ¿A partir de cuándo comprendiste que convenía bajarles los humos a la hora de informar de ellos?

Seguramente deriva de una entrevista con Pau Riba que leí a principios de los 70 en Disco Expres. El plumilla le preguntaba a Pau cómo era posible desmitificar a alguien tan admirado como Mick Jagger. Y respondió Riba en clave mediterráneamente escatológica: "pues imagínatele cagando". Se me quedó grabado.

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Stalin: gangsters y coristas

Por: | 16 de mayo de 2014

Stalinpropaganda
Leer La maldición de Stalin (Ediciones de Pasado y Presente) da miedo; supone asomarse a un precipicio insondable de maldad y sadismo. Que conste que no solo es un pliego de cargos: el estudio de Robert Gellately también presenta al estratega magistral, que subordinaba la expansión mundial del comunismo a los intereses imperiales de la URSS, y que desarrolló prodigiosas artes de negociación y persuasión, con las que derrotaba una y otra vez a sus correligionarios o a los representantes occidentales. El monstruo era tan inteligente como culto.

STALIN gellatelyStalin funcionaba, en la jerga actual, como un microgestor. Se implicaba en el destino (generalmente, fatal) de sus teóricos enemigos y sus familias. Decidía cómo tratar a sus contrincantes: orquestados procesos públicos, juicios secretos o eliminaciones disimuladas como accidentes. Más extraordinario aún, resolvía personalmente lo que era conveniente en ciencia, arte, literatura, teatro, música y cine, orquestando aterradores encuentros a cara de perro con Eisenstein, Shostakóvich o Prokófiev.  

Después de ganar la Segunda Guerra Mundial, determinó que demasiados ciudadanos soviéticos se habían hecho ilusiones de una apertura, por no hablar de los millones de soldados que habían asombrado ante el nivel de vida en los países burgueses. Para enderezar la deriva ideológica, se trajo a un aprendiz de Torquemada, su consuegro: Andrei Zhdánov.

Responsable de la política cultura, Zhdánov recuperó la hegemonía del realismo socialista, lo que suponía aterrorizar a los cosmopolitas que se habían desviado de la línea del partido. Una de sus famosas frases decía que “el único conflicto posible en la cultura soviética es el conflicto entre lo bueno y lo mejor”.

Stalin Andrei Zhdánov.Me ha impactado un anatema de Zhdánov que retrata el odio soviético por la ficción noir. En mensaje nada banal, Zhdánov advertía contra la manzana envenenada de EEUU: pretende, aseguraba, que pasemos a “la vena del arte y la literatura baratos y carentes de significado, centrados en gánsteres y coristas, que glorifican al adúltero, los sinvergüenzas y los jugadores”.

Resulta evidente que el Kremlin no tragaba con la coartada habitual de la izquierda bienpensante a la hora de defender la afición a la serie negra en el cine y la literatura: que servía como denuncia de la corrupción inherente al sistema democrático.

Dado que Zhdánov funcionaba como la voz-de-su-amo en cuestiones estéticas, era Stalin quién oficialmente rechazaba la novela y el cine negros.  Asombra ya que sabemos que era un ávido consumidor de películas de policías, detectives y maleantes. En La corte del zar rojo (Crítica), Simon Stalin 1_LacortedelzarrojoSebag Montefiore explica que tenía una sala de proyecciones en cada una de sus residencias. Y muchas de sus jornadas terminaban con el pase de, al menos, una película. Estaba razonablemente al día del cine mundial: desde Alemania, los camiones militares le trajeron la bien surtida filmoteca privada de Goebbels, el ministro de propaganda nazi. 

Aquellas sesiones golfas degeneraban en momentos cómicos. Si se trataba de una película extranjera, el comisionado para el cine, Ivan Bolshakov, debía traducir en voz alta. Bolshakov no sabía idiomas y, a pesar de que sus ayudantes le preparaban, sus versiones solían ser incoherentes, provocando el cachondeo entre los espectadores. Con todo, Stalin entendía lo esencial. Y apreciaba el modo tajante con que actuaban los gángsteres de celuloide, a la hora de eliminar chivatos o eslabones débiles. Aunque sus propias actividades en la clandestinidad bolchevique empequeñecían las fantasias de Hollywood: en 1907, el atraco a un vehículo del Banco Estatal del Imperio Ruso, en Tiflis, realizado con granadas, causó 40 muertos. Ríanse de la Matanza del Día de San Valentín.

StalinArrest ficha policial

Ficha policial de Stalin. Decidió que nunca sería tan blando como los policias, jueces y carceleros zaristas.

Como un fan, se tomaba muy a pecho las declaraciones de sus actores favoritos. Apreciaba cualquier western, especialmente si venía firmado por John Ford y tenía a John Wayne como figura principal. Consternado al enterárse de que el actor era un anticomunista vociferante, ordenó que fuera asesinado. No sé sabe si era una broma de borracho pero, en 1958, Jruschov estaba de visita en Estados Unidos cuando le presentaron a Wayne, al que informó de que, personalmente, había rescindido la orden de acabar con su vida. 

Otra sorpresa: Stalin toleraba el jazz (o lo que allí se denominaba jazz, generalmente confundido con un baile, el foxtrot). Era más moderno que el truculento Máximo Gorki, que había pronosticado en Pravda y en fecha tan tardía como 1928, que la popularidad de la música sincopada –otra forma de decir jazz- conduciría a la homosexualidad. Stalin aplaudió las películas musicales de Grigori Aleksandrov, que triunfó en los años treinta con lo que se denominaban “comedias de jazz”, y ordenó que se fabricaran discos con los números más populares.

  

Веселые ребята íntegra: en ruso, subtitulada en inglés. Vale la pena ver al menos los títulos iniciales. Internacionalmente, fue conocida como Jolly fellows; en España, se estrenó en 1935 como Rusia revista 1940 (gracias a J, B. Heinink y su fabuloso archivo).

Según Sebag Montefiori, Stalin se involucraba en todo el proceso de elaboración de esas películas. Más poderoso que cualquier mogul de Hollywood, ejercía de productor, inspirador, crítico, censor, distribuidor. Y no rehuía los retoques menores, desde eliminar besos “indecentes” a garrapatear estrofas para alguna secuencia musical. Asombra que la fiera considerara los bailes de salón como indispensables para la educación de los oficiales del Ejército Rojo, por lo menos hasta la invasión alemana. Ah, el sentido del humor georgiano: las alcohólicas veladas en el Kremlin o en la dacha de Kuntsevo podían terminar con Stalin haciendo de DJ y obligando a que los presentes –ninguna mujer- bailaran entre sí. Vaya risa, camaradas.

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Planeta Manrique

Sobre el blog

¡Tanta música, tan poco tiempo! Este blog quiere ofrecerte pistas, aclarar misterios, iluminar rincones oscuros, averiguar las claves de la pasión que nos mueve. Que es arte pero, atención, también negocio.

Sobre el autor

Diego A. Manrique

, en contra del tópico que persigue a los críticos, nunca quiso ser músico. En su salón hay un bonito piano pero está tapado por montañas de discos, libros, revistas. Sus amigos músicos se enfadan mucho.

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