Una propuesta para lectura de verano: El hombre inquieto, del sueco Henning Mankell. Tiene ritmo lento pero magnético, pesa lo justo (al menos, en la edición Maxi Tusquets) y justifica sus casi 600 páginas. En realidad, esconde dos libros en un solo volumen. Se supone que cierra el ciclo de las novelas de Kurt Wallander, y de ahí su tono crepuscular: le han hecho abuelo y el inspector aprovecha para revisar su frustrada vida amorosa, evocar a su padre pintor, repasar mentalmente casos pretéritos, mirar al abismo.
Pero todavía está en activo y se enfrenta a un caso apasionante. Le afecta personalmente: desaparecen los padres del financiero que vive con su hija. La investigación le lleva hacia las aguas turbias de la Guerra Fría. Aunque Suecia era oficialmente neutral, tenía que bailar delicadamente con el oso soviético. Y en los ochenta se alcanzó una situación paranoica, ante los avistamientos de supuestos submarinos del Pacto de Varsovia en aguas jurisdiccionales suecas. Se hablaba de posibles espías comunistas en las altas esferas; los militares suecos detestaban particularmente al primer ministro, el socialdemócrata Olof Palme, luego asesinado por mano desconocida.
