Es una de las especialidades de los medios británicos: la criminalización de los famosos más revoltosos, especialmente si tienen origen lumpen, con la posibilidad de beatificación posterior. En un mercado tan competitivo, los tabloides necesitan grandes cantidades de villanos y héroes. Los periódicos y las televisiones están allí, preparados para testificar que el canalla, convenientemente redimido, ha adquirido la condición de ejemplo moral. Piensen en Vinnie Jones, jugador odioso por su violencia, finalmente aceptado como intérprete de malos cinematográficos y simpático tertuliano. O John Lydon, alías Johnny Rotten, que en los tiempos de los Sex Pistols se jugaba la vida si salía solo a la calle. Con el tiempo, reducido a amable cascarrabias, aparece en documentales y protagoniza anuncios de la mantequilla Country Life.
Shaun Ryder es un caso especial. Durante el Segundo Verano del Amor de los raves y el acid house, puso cara a la ola de desenfreno: aunque su grupo, los Happy Mondays, no tocaba precisamente esa música, se le atribuyó el papel de flautista de Hamelín, repartiendo pastillas de éxtasis entre la embobada juventud británica. Una ofensa para Ryder: él y sus amigos no regalaban nada; en todo caso, vendían. MDMA pero también entradas para sus conciertos, pases de backstage, grabaciones piratas. Si eran tan populares como para atraer a reventas y camellos, parecían pensar, mejor nos aprovechamos nosotros mismos. Si nos suben al carro de Madchester, que más da: nosotros y los nuestros sabemos que venimos de Salford. Tipos duros.
