Pasados los cincuenta años, el Hombre del Rock se enfrenta a un dilema: las canas. Y recalcamos lo del sexo masculino: su equivalente femenino ya lleva décadas planteándose la logística de teñirse, la posibilidad de cambiar regularmente el color de la melena, la urgencia de enfrentarse a esos chivatos implacables que son las canas.
El rock prometía la juventud eterna, por lo menos para sus practicantes. Con una ropa adecuada y un mínimo cuidado corporal, el artista daba el pego. Excepto en la cabellera, cuyo emblanquecimiento delata que el contador va corriendo. Algunos lo combaten a lo bruto: da bastante grima ver en los escenarios a esos caballeros de carita arrugada pero con un imposible casco de pelo color ala de cuervo.
