Se ligaba comprando discos: ahí arriba está la prueba. Ocurre al principio de A clockwork orange, la novela de Anthony Burgess, versión Stanley Kubrick: Alex (Malcolm McDowell), jefe de los drugos, se maquea y va a ligar. En una tienda de discos, conecta con dos jovencitas aburridas, que chupan helados mientras repasan la oferta musical. Terminan los tres en su dormitorio, donde se dedican a un vigoroso mete-saca, que Kubrick resuelve acelerando la acción.
Vaya obsesión: los directores de cine foráneos llegaban al swinging London y se empeñaban en mostrar que los jóvenes británicos follaban como conejos (en la novela, ugh, se trataba de sexo forzado). Es más, los cineastas creían que la nueva raza se dedicaba con entusiasmo a los tríos; un día de estos recuperaremos una escena matemáticamente similar del Blowup, de Michelangelo Antonioni. Hasta se repite una actriz: Gillian Hills. Cierto que también los directores locales estaban fascinados por el troilismo: imposible olvidar el menáge a trois de Mick Jagger, Anita Pallenberg y Michelle Breton en la turbadora Performance.
