La guitarra suprema de los años 60

Por: | 03 de abril de 2014

  MICHAEL-BLOOMFIELD retrato

Los "cultos" musicales van por rachas. Especialmente en estos tiempos retro que vivimos, donde la exhibición de rarezas discográficas forma parte de la construcción del propio personaje. Hoy, quizás lo que más se valore sean los cantautores raros, que puedan ser uncidos al yugo del freak folk, o igual se prefiere a los grupos psicodélicos de pocas luces. Así que perfectamente puede que pase desapercibida la primera antología panorámica de un guitarrista esencial surgido en los años sesenta: Michael Bloomfield (1943-1981).

 

Trailer de Sweet blues, el documental que acompaña a su actual retrospectiva

Bien, qué más da: a cada uno, su veneno. Además, hay que reconocerlo: Bloomfield pertenece a un prototipo demodé. Era un virtuoso, aunque siempre subordinara sus habilidades a la expresión visceral. Perteneciente a una próspera familia judía de Chicago, se había transculturizado: adoptó el lenguaje musical de otra minoría, los negros del South Side. Sin complejos de inferioridad: tocó con titanes de blues, de Muddy Waters para abajo.

Mike Bloomfield Howlin Wolf

Bloomfield en el salón de Howlin' Wolf (detalle: los sofas tienen funda de plástico)

Con todo, era musicalmente flexible: un bluesman que dominaba el lenguaje del jazz y que encajaría en la estética del rock liberado. Cuando Bob Dylan le llamó para que tocara en lo que sería el bestial Highway 61 revisited, solo le dio una orden: “nada del rollo B. B. King”. Y Bloomfield (Mike, para los oyentes) respondió con frases punzantes, que parecían estallar dentro del universo alucinado del Dylan del 65 y abrasar todo lo que tocaban. Con Bob, también pasó otra prueba de fuego: le acompañaba en su actuación eléctrica del Newport Folk Festival, aquella que San Pete Seeger quiso interrumpir con un hacha.

 

Bloomfield evocando la grabación de Highway 61 revisited

Tuvo el valor de rechazar el papel de pistolero de Dylan en directo: no le gustó el enrarecido mundo que se iba espesando a su alrededor, el clima de hipper than thou que dificultaba hasta la conversación. Estaba atado además por un compromiso militante, con la Paul Butterfield Blues Band. Una propuesta multirracial y ambiciosa, misioneros del blues reconvertidos en exploradores del ancho mundo: con East West (1966), crearon el raga-rock. Aquí se puede ver ilustrado con imágenes psicodélicas:

  

Luego, la migración generacional. Para poner en marcha The Electric Flag, se instaló en los alredores  de San Francisco. El plan consistía en formar una banda polivalente, apta para recrear diversos palos de la música estadounidense. No pudo ser: para su segundo álbum, la mitad de la tropa estaba en el laberinto de la heroína. Y Buddy Miles ya no era el osito cariñoso de los tiempos de Wilson Pickett: el éxito le transtornó y le convirtió en la parodia de un soulman.

 

Electric Flag interpretando "Drinkin' wine spoo-dee-o-dee"en el Monterey Pop Festival de 1967

MICHAEL BLOOMFIELD live_adventures_of_mike_bloomfield_and_al_kooperLa siguiente aventura le proporcionó su máxima visibilidad: la aplicación del concepto jam sesión al rock, formando tándem con otro escudero de Dylan, el teclista Al Kooper. Pero ya no era fiable: el disco de presentación, Super session (1968), se tuvo que completar con otro guitarrista, Stephen Stills. A partir de entonces, ya no sabemos en qué grado era culpa de su insomnio o del imperioso jaco

En los setenta, todavía probó a encestar con ayuda de grandes compañías. Un par de supergrupos artificiosos (Triumvirate, KGB), una infeliz resurrección de Electric Flag. Se desilusionó: el público aplaudía aunque el concierto no despegara; el culto del nombre legendario obviaba el reto de crear arte. Michael desempolvó la guitarra acústica y -sin olvidar la Gibson Les Paul- se fue acomodando en el limbo de los pequeños sellos, los bolos locales. Sin presión, lo que le permitió profundizar en el folk, la old time music, el góspel...nada extraño que intimara con Robert Crumb, que ilustró (abajo) sus andanzas con Big Joe Williams.

Le perseguía Hacienda: en los años álgidos, no se preocupó de declarar ingresos y cumplir con los impuestos. Pagó a plazos, como pudo. Hasta lanzó un disco didáctico -If you love these blues, play 'em as you please, editado por la revista Guitar Player- donde, aseguraba, estaban sus mejores interpretaciones. Incluso aceptó trabajos anónimos, como hacer scores para películas pornográficas de los hermanos Mitchell: imaginen, tiempos en que los magnates del porno se preocupaban por la banda sonora.

El final fue sórdido. Descubrieron su cadáver en San Francisco; la autopsia determinó que había sufrido una sobredosis de heroína. Parece ser que sus colegas intentaron revivirle con chutes de cocaína. Cuando eso fracasó, le llevaron hasta su coche y allí le dejaron.

 

Acompañando a Muddy Waters en 1974; su música se ha deteriorado y Mike evita las cámaras

MICHAEL-BLOOMFIELDEl estuche que ahora se publica se llama From his head to his heart to his hands (Sony) y contiene tres CD más un documental en DVD. Concebido por su amigo Al Kooper, es esencialmente una colección de momentos álgidos, con instantáneas de su década oscura.

Perfecto para el neófito, frustrante para el convertido: apenas hay muestras de su trabajo como músico de estudio -¿qué fue de las sesiones con Ann-Margret?- y ni rastro de sus labores cinematográficas (aparte del porno, también ilustró películas como The trip o Medium cool). Dentro del propio catálogo de Columbia -es decir, sin necesidad de pedir licencias- Kooper podía haber incluido muestras de sus jams con Moby Grape o del Triumvirate que grabó con Dr. John y John Hammond (sí, el hijo del muy legendario cazatalentos que estuvo a punto de fichar a Mike en 1964).

 

Eso sí: Desde su cabeza a su corazón y hasta sus manos recoge un dulce momento de reivindicación. En 1980, el Dylan cristiano estaba actuando en San Francisco. Preguntó por Mike y le llevaron a su casa de Mill Valley. Fue una reunión cordial -Bloomfield le regaló una lujosa edición del Viejo Testamento, herencia de su abuela- y Bob le invitó a tocar. La caja incluye la extensa presentación de Dylan, evocando su primer encuentro en Chicago, y una incendiaria versión de "The groom’s still waiting at the altar", con la Gibson de Bloomfield cortando feroz a través del barullo, como ese faro que recuerda la presencia de la isla de Alcatraz cuando la bahía está invadida por la niebla.

MICHAEL-BLOOMFIELD por Robert Crumb

Monográfico de EL AMPLIFICADOR dedicado a Mike Bloomfield: El hombre de los dedos de oro

Hay 12 Comentarios

Antonio: gracias por tus palabras! La versión de "Lucha de gigantes" era del Mariachi Gallos de México https://www.youtube.com/watch?v=-dltg04fYPM&feature=youtu.be

mas que virtuoso era un guitarrista que tocaba con sentimiento, porque sino el adjetivo habria que aplicarlo a la mayoria de los musicos y entonces deberiamos buscar otro adjetivo nuevo para los verdaderos virtuosos.
excelente la nota, me ha gustado mucho.

como se pica la gente, está de puta madre este blog. Te sigo desde que aparecías de cuando en cuando en para vosotros jóvenes. Sigue ahi, y te quería hacer una pregunta, cual es el grupo mejicano que hace una versión de Lucha de Gigantes en plan mariachi total, me acuerdo de haberlo oido cuando aún hacias en ambigú

¡Como si, a estas alturas, me hiciera alguna ilusión de que pueda imponer un canon! Cuando eres un perro verde, por mucho que llueva, no te destiñes...

Qué raro me parece eso si estás hablando "de la construcción del propio personaje"...

A ti lo que te molesta realmente es que la gente (sean personajes, medios o un hibrído ad hoc para salir del paso) construya sus preferencias y su criterio musical sin "pasar por caja", sorteando el canon impuesto por el plumilla de turno.

No, hombre, no. Eso no está pensado para el consumidor, que es soberano y cuyos gustos no me atrevería a valorar sin datos (de ventas) fiables. Estaba pensando en algunos medios modernos, donde cacarea gente que adora a Vashti Bunyan pero que, por lo que se deduce, nunca ha escuchado a -digamos- Fairport Convention.

En el primer párrafo subyace un desprecio y una falta de empatía hacia el consumidor actual que tira de espaldas. Claro, todo lo que no pase por el filtro de Manrique y se escape a su línea "pontificadora", lo despachamos con ese "o igual se prefiere a los grupos psicodélicos de pocas luces" que estaría muy bien que alguna vez desarrollara, para darle verdadero sentido a esa altivez maníaca.

Digo lo mismo que Ja. El primero en olvidarse he sido yo. Lo que tengo de Bloomfield esta en casete y no tengo donde oírlo. Me había olvidado hasta del nombre. Qué buenísimo que era. Nos vamos haciendo viejos. ¡El tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos! ja ja

Es la tercera vez que leo el mismo articulo con diferente maquetación, en un mes.

No sé si tienes algún artículo de Cipollina en esta onda, pero merecerá la pena leerla.

Muy interesante, me faltaban detalles de su historia y ahora quiero saberlo todo. Gracias.

Ya era hora que alguien se acordara de él.

Publicar un comentario

Los comentarios están moderados y no aparecerán en el blog hasta que el propietario los apruebe.

Este blog sólo permite comentarios de usuarios registrados. To comment, please Inicia sesión.

Planeta Manrique

Sobre el blog

¡Tanta música, tan poco tiempo! Este blog quiere ofrecerte pistas, aclarar misterios, iluminar rincones oscuros, averiguar las claves de la pasión que nos mueve. Que es arte pero, atención, también negocio.

Sobre el autor

Diego A. Manrique

, en contra del tópico que persigue a los críticos, nunca quiso ser músico. En su salón hay un bonito piano pero está tapado por montañas de discos, libros, revistas. Sus amigos músicos se enfadan mucho.

El Amplificador

El País

EDICIONES EL PAIS, S.L. - Miguel Yuste 40 – 28037 – Madrid [España] | Aviso Legal