40 Aniversario

El poder atómico de Godzilla

Por: | 21 de mayo de 2014

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               Póster del film Godzilla (2014). Warner Bros/Legendary Pictures.

 

El hombre fabrica la bomba, la bomba crea monstruos y los monstruos castigan al hombre. La conclusión resulta demasiado tentadora por su simpleza cuando hablamos de Godzilla, pero no cierra ni mucho menos la fascinación cinematográfica que desprende esta enorme criatura, cuyo rostro parece un híbrido de dragón, oso y águila. Un ser monstruoso que tiene forma de dinosaurio pero que es capaz de sumergirse y nadar mucho más rápido que el más veloz de los barcos de guerra.

La nueva versión de Godzilla 2014 es visualmente espectacular, como no podría ser de otra manera. El film del británico Gareth Edwards (160 millones de presupuesto) reinó en la taquilla mundial el pasado fin de semana, y promete ser uno de los bombazos del año, tras el relativo fiasco de la versión de Roland Emmerich

Quizá, a pesar de lo peregrino del argumento, porque es un film que guarda cierto sentido, que lleva a  reflexión más allá de la acción y los efectos especiales.

 

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                  Una escena del film de Edwards. Warner Bros/Legendary Pictures.

 

Hay una diferencia sustancial entre estas dos películas: Edwards nos presenta a Godzilla como el resultado de un desastre casi natural, con un objetivo (restablecer el equilibrio en su lucha contra dos especies de polillas gigantes radiactivas), mientras que Emmerich nos habla de un monstruo, que ha surgido por culpa de los seres humanos y que destruye Nueva York sin que sepamos muy bien la razón.

En ambos casos, Godzilla es una criatura que nace gracias a la bomba atómica, o que despierta gracias a ella. Pero, más allá de tratarse de un monstruo, para los japoneses representa la materialización de los temores de culpabilidad y horror que dejaron las terroríficas secuelas de los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki sobre sus supervivientes. 

La introducción cinematográfica de Godzilla para los espectadores occidentales a cargo del director Inoshiro Honda, en su obra maestra de 1954 retrata magistralmente estas secuelas, pese a que la película fue modificada para  atraer al público norteamericano en la versión que aquí analizamos, en 1956.

Un corresponsal americano, Steve Martin (interpretado por Raymond Burr, el popular actor de series como Perry Mason e Ironside) se despierta en un Tokio en ruinas. 

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                                    Cartel del clásico film de Inoshiro Honda.

 

La ciudad ha sido asolada por una catástrofe de un poder inimaginable; hay cientos de miles de muertos, y los heridos exhiben quemaduras radiactivas, y sobre todo un estigma de terror que nunca olvidarán, ya que todo ese horror puede repetirse. 

Ese miedo a la bomba atómica se percibe en cada fotograma, pese a que en la versión original japonesa el personaje de Burr no existía, nos dice Peter H. Brothers en un excelente artículo de la revista Cineaste

Las referencias a la bomba atómica no son tan explícitas, pero siguen ahí. El rugido de Godzilla se parece al de las alarmas antiaéreas que avisan de futuros bombardeos atómicos. 

Y en la introducción de este maravilloso filme, el peligro procede de las profundidades marinas donde habita Godzilla, y es percibido por un barco repleto de pescadores que logran ver antes del inevitable naufragio un resplandor que es similar al de una detonación nuclear.

La escena inicial está inspirada en un hecho acontecido el mismo año del estreno de la obra original. A las 6:45 de la mañana del 1 de marzo de 1954, los americanos detonaron un ingenio nuclear llamado “Bravo” en el atolón de Bikini.

La bomba fue 1.300 veces más potente que la de Hiroshima (es decir, con un poder explosivo equivalente a 17.000 toneladas de TNT). 

Había sido diseñada para producir una gran cantidad de lluvia radiactiva, que cayó sobre un grupo de 23 pescadores que faenaban a unos 160 kilómetros al este del atolón en la embarcación Daigo Fukuryu maru (en inglés, Lucky Dragon). 

La tripulación fue hospitalizada y uno de sus componentes falleció poco después, pero el incidente reavivó el temor de los japoneses.

 

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                   Raymond Burr, como el reportero Steve Martin, en el film de Honda (1956)

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El papel de Raymond Burr me recuerda al de John Hersey, el corresponsal americano enviado por la revista The New Yorker a Hiroshima para contar la historia de los supervivientes de la bomba. Fue en 1946, casi un año después de ese bombardeo. 

El público norteamericano no sabía nada sobre las consecuencias que la bomba atómica había traído a los japoneses de a pie de calle, y no había oído una sola palabra sobre las enfermedades causadas por la radiación (censurada por los médicos militares de Estados Unidos establecidos en aquel país).

El artículo de Hershey, Hiroshima, cubrió un número monográfico de la revista, que se agotó en horas. Sus descripciones son tan vívidas hoy como cuando llegaron a la sociedad americana, que se quedó en estado de shock. Posteriormente Hershey publicaría su trabajo en un libro que, de acuerdo con la Universidad de Nueva York, figura en primer lugar entre los 100 mejores trabajos periodísticos del siglo XX.

 

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               Imagen promocional de Godzilla (2014). Warner Bros/Legendary Pictures

 

Los americanos comprendieron que la bomba podría caer en manos de los soviéticos. La invulnerabilidad de la sociedad norteamericana era una simple ilusión. 

Llevada al terreno cinematográfico, el terror que inspiraba Godzilla se extendió a todo el mundo (aunque curiosamente, en las versiones posteriores a la obra de Inoshiro Honda, Godzilla termina convirtiéndose en un héroe para los más pequeños, el salvador de ciudades como Tokio y Osaka de la destrucción de otros monstruos radiactivos, nos dice Nancy Anisfield en un trabajo de la revista Journal of Popular Culture).

¿Y ahora? Lo más asombroso es que hemos perdido el miedo a un Apocalipsis  Nuclear, y lo hemos relegado a las películas; cuando en la realidad, las razones objetivas para no olvidar esa preocupación subsisten sobre todas las demás.

En una sociedad llena de miedos superfluos, el que en verdad importa es el miedo nuclear. Nos asustamos por el accidente de Fukushima y las fugas de radiación de sus reactores, pero le damos la espalda ante el hecho de que tanto Estados Unidos como Rusia conservan miles de cabezas nucleares dispuestas para su uso.

Estados Unidos tiene listas 1.922 armas nucleares para su empleo inmediato, es decir, que pueden ser lanzadas apretando un botón, ya que están instaladas en misiles. Rusia, 2.484. El Reino Unido, 160. Francia, 290. India, entre 80 y 100.

El inventario total de armas nucleares en todo el mundo en 2014, contando las que no están colocadas en un misil para ser liberadas, es de 17.105, de acuerdo con los datos del Centro para el Control de Armas y la No Proliferación) Center for Arms Control and Non-Proliferation).

Más de diecisiete mil cabezas nucleares. ¿Es o no una legítima causa de preocupación?

 

La verdadera Costa de los Mosquitos

Por: | 13 de mayo de 2014

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                          Harrison Ford charla con uno de los miembros del rodaje. Warner Bros.

 

Todavía quedan lugares inexplorados en la Tierra, y uno de ellos está retratado de forma magnífica en la película La Costa de los Mosquitos, del australiano Peter Weir (basada a su vez en una novela de Paul Theroux). 

Me refiero a Mosquitia, en la costa más oriental de Honduras, frente al Caribe: una región selvática que en su mayoría aún no ha sido hollada por el hombre. Mosquitia es la tierra prometida o Shangri-la que obsesiona a Allie Fox, el brillante inventor americano interpretado por Harrison Ford.

Ford está harto del consumismo de la sociedad norteamericana. Es una persona brillante cuyas invenciones no encuentran el reconocimiento en un sistema basado en la televisión masiva que promete felicidad a cambio de comprar y comprar. 

Estamos en 1986 (a tres años de la inesperada caída del Muro de Berlín) y los norteamericanos empiezan poco a poco a olvidar el peligro de una confrontación nuclear con la Unión Soviética

Pese a ello, Ford piensa que su sociedad terminará siendo irremediablemente consumida por las cenizas nucleares (un miedo común por entonces). 

Decide, tras un interesante encuentro con trabajadores inmigrantes, que Mosquitia es el paraíso al que llevar los logros tecnológicos –entre ellos, el frío: una máquina que produce hielo a cambio de fuego. “El hielo es la civilización”, sentencia. 

 

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                                       Ford, en una escena de la película. Warner Bros.

 

Ford quiere subyugar a los indígenas con la ciencia. Y en el transcurso de la película, junto con su mujer (interpretada por la excelente Helen Mirren) y sus hijos (entre los que se encuentra un jovencísimo River Phoenix), el inventor se topará con un enemigo mucho más temible que los mosquitos y la propia selva: la colonización religiosa de las mentes locales, llevada a cabo de la mano implacable de un predicador anticomunista e intolerante.

Planeta Prohibido decidió aceptar la amable invitación cursada por el Instituto Hondureño de Turismo y la Agencia de Promoción Turística de Centroamérica para acercarse a Honduras

La Mosquitia no estaba en nuestros planes, ya que nuestra visita iba a ser breve (aunque intensa). Recorrimos el Parque Nacional Pico Bonito, en la parte más occidental del país, empapándonos de una selva donde se contabilizaban más de 400 especies de aves. 

Buceamos en las aguas de Cayos Cochinos, apreciando la hospitalidad de los indígenas del lugar, los Garífonas.

 

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                                Pescadores en Cayos Cochinos. Foto: LM Ariza

 

Y disfrutamos de las aguas termales de Sambo Creek, en un santuario selvático donde se podían escuchar los monos aulladores en la lejanía: un arroyo de aguas calientes de origen volcánico que se abre paso en medio de la jungla.

Con el mapa en la mano, le pregunté a nuestro guía, David Garden, un hondureño nacido en La Ceiba, sobre Mosquitia

Esta selva quedaba apartada del turismo. “El 95 por ciento está inexplorado”, nos dijo. 

Aunque sobre ese mapa aparecían símbolos de aeropuertos, lo cierto es que la Mosquitia ofrece muy pocos lugares donde lograr aterrizar una avioneta. 

Su nombre real es el Departamento de Gracias a Dios. Garden cuenta que lo poco que se conoce de Mosquitia ha rendido numerosas plantas medicinales. Y añade que en la selva donde nos encontrábamos es muy parecida a la de esa región inexplorada.

Si quisiéramos emprender la misma aventura que Ford, tendríamos que elegir la época seca, ya que las lluvias y las crecidas pueden hacer que un campamento improvisado en la selva se lo lleve el río en unas horas. 

 

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                                     La selva de Sambo Creek. Foto. L.M. Ariza

 

Pero lo cierto es que los riesgos de la selva se han exagerado en las películas y en la literatura. En Mosquitia hay mosquitos, no cabe duda, pero no son los mosquitos los protagonistas, ni los que devorarán a cualquier hombre blanco que se atreva a poner sus pies allí.

Sobre esta región de la selva se ha extendido una leyenda, la de la Ciudad Blanca o Ciudad Dorada, una supuesta construcción de una cultura milenaria oculta bajo las copas y el inmenso dosel que no deja apenas entrar luz en algunas zonas. 

Garden nos dice que los indígenas de Mosquitia no quieren oír hablar de ello, y que los ancianos del lugar sí conocen la ubicación de esta fabulosa ciudad por boca de sus antepasados, pero que no quieren revelar los datos geográficos de este lugar sagrado. 

Nos relata que un equipo de la BBC estuvo en Mosquitia más de dos meses tratando de encontrar este El Dorado, y que estuvieron a punto de hacerlo. Habla de piedras sumergidas en los ríos que tienen inscritas numerosos glifos antiguos.

Y, por iniciativa del propio gobierno hondureño, un equipo de expertos de la Universidad de Houston de EE UU llevaron a cabo el análisis de una parte de Mosquitia desde el aire, utilizando un radar especial, LIDAR, capaz en principio de ver a través de las copas y el dosel selvático.

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      Elevación topográfica creada por el radar LIDAR, donde se aprecian las estructuras ocultas por la selva. UTL/Houston

 

El aparato, instalado en una avioneta, lanza pulsos de láser para realizar un mapa en tres dimensiones –disparando entre 25 y 50 veces por cada metro cuadrado de selva, lo que implica unos 100.000 disparos por segundo. 

William Carter, un ingeniero y cinematógrafo que participó en el proyecto, aseguró al diario Daily Mail que había descubierto indicios de lo que “podría ser estructuras levantadas por el hombre en medio de la selva”, en base a unas líneas y ángulos rectos que aparecen en el mapa digital.

Pero es todo muy borroso e inconcluso. La idea de una ciudad perdida en plena jungla es tan atractiva como peligrosa. En demasiadas ocasiones los medios, incluidos aquellos especializados en ciencia, se lanzan a tildar historias como ésta de “hallazgos” en base a simples impresiones y especulaciones cuando, en realidad no hay ningún indicio.

No dudo que Mosquitia guarde innumerables misterios, pero mi impresión es que se trata de un tesoro de prodigios biológicos, de nuevas especies en esta zona casi virgen. Y que las estructuras a las que se refieren los más ancianos del lugar no sean sino una invención transmitida oralmente a lo largo del tiempo para que el hombre blanco no profane los lugares sagrados que deben ser respetados.

 

Adictos (literalmente) a todo lo que engorda

Por: | 05 de mayo de 2014

 

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                                 La familia Klump al completo. Universal Pictures.

 

El Profesor Chiflado versión 1996 es un curioso remake del cómico Eddy Murphy a partir de una de las mejores películas de Jerry Lewis (1963), en la que éste encarnaba a un científico, Julius Kelp, repleto de clichés cinematográficos.

Kelp es un profesor de química genial, pero es un inadaptado social: no liga con las chicas, es incapaz de aferrarse a las corrientes que esculpen esa inolvidable juventud de principios de los sesenta, y decide utilizar la ciencia para cambiar su personalidad, para vencer la barrera de esa exclusión social que le resulta insoportable.

Para ello, Lewis se basa en la genial obra de Stevenson, el Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Una pócima ejerce en él los cambios necesarios para convertirse en un seductor que se presenta en sociedad de forma muy exitosa, tomando el apodo de Buddy Love

Pero la solución, que funciona muy bien al principio, empieza a no ser duradera, y la historia se encamina hacia el desastre...

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Un rescate casi auténtico de ciencia ficción

Por: | 28 de abril de 2014

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                                             Póster promocional de Argo. Warner Bros.

 

El cine se toma sus libertades cuando leemos en los créditos que la historia que se nos cuenta en la pantalla está “basada en hechos reales”. Pero en el caso de la película Argo, se dan dos circunstancias poco frecuentes. La historia es sólida, con nombres y apellidos, y los hechos que narra son reales, pero no podría haber sido la gran película que es si Ben Affleck no hubiera añadido –de manera bastante sabia– las consecuentes dosis de ficción.

Affleck encarna a Antonio Mendez, un agente de la CIA, que propone a sus jefes un plan realmente insólito para rescatar a seis miembros de la embajada norteamericana en Irán que lograron escapar poco antes de que los guardias de la revolución asaltasen el complejo: el rodaje de una película de ciencia ficción.

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Los virus del Apocalipsis (cinematográfico)

Por: | 21 de abril de 2014

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                           Póster promocional de 28 semanas después. Fox Atomics.

 


A medida que voy escribiendo estas líneas, los números de muertes por el virus Ébola se acumulan en Guinea. Los Centros de Control de Enfermedades en Atlanta (en inglés, conocidos por las siglas de CDC) contabilizan 157 casos, 101 muertes, y de ellos 66 casos confirmados. 

La epidemia también ha afectado a Liberia (22 casos, cuatro muertes y cinco casos confirmados en laboratorio). Pero el caso guineano es sin duda uno de los más graves.

No es la primera vez que el Ébola surge de su escondrijo de la selva para atacar seres humanos. En 1976, el virus sembró el terror en Yambuku, en el antiguo Zaire (hoy la República Democrática del Congo), cuando mató a 280 personas de las 318 que infectó. 

Solemos temblar cuando se nos menta este virus precisamente por su mortalidad –cercana al noventa por ciento según qué brotes–y sobre todo, por la popularidad de las descripciones del escritor Richard Preston en su libro La Zona Caliente (Emecé). Las fiebres hemorrágicas y los vómitos sanguinolentos de los infectados los transformaban en una especie de zombis, cuyos ojos inyectados en sangre se deshacían ante nuestra vista. ¿Es cierto?

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Planeta Prohibido

Sobre el blog

Un poquito de ciencia impertinente. 2.000 caracteres para divertirse y aprender tomando como hilo conductor los fascinantes hallazgos de la ciencia. Pero además hay atrevimiento. Especulación. La ciencia que tiene sentido del humor. La versión siglo 21 de Robby el robot, el autómata más famoso de la ciencia ficción,El Planeta Prohibido, que era incapaz de herir a los humanos. Nuestro Robby rescata en sus brazos mecánicos a la chica, pero a veces tiene más mala leche queTerminator. En El Planeta Prohibido (PB), una civilización extraterrestre llamada Krell es un millón de veces más avanzada que la humanidad, pero se extinguió en un solo día. Es celuloide, ciencia ficción, claro, pero quizá el conocimiento no baste para salvarnos. Y sin embargo, ¿tenemos algo mejor?

Sobre el autor

(Madrid, 1963) (Madrid, 1963) es periodista y escritor, se licenció en ciencias biológicas y es Master de Periodismo de Investigación por la Universidad Complutense. Autor de cuatro novelas (La Sombra del Chamán, Kraken, Proyecto Lázaro y Los Hijos del Cielo), le encanta mezclar la ciencia con el suspense, el thriller y la historia, en cócteles prohibidos. Fue coguionista de la serie científica de RTVE 2.Mil, ha colaborado para la BBC, escrito para Scientific American y New Scientist, Muy Interesante, y fue jefe de ciencia de La Razón. En El País Semanal se asoma al mundo de la ciencia. Luis habla también en RNE, en el programa A Hombros de Gigantes, sobre ciencia y cine.

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