Apogeo de la esclavitud en el siglo XXI

Por: | 21 de mayo de 2013

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Imagen de la película venganza de Pierre Morel, con Liam Neeson.Cortesía de EuropaCorp.


Venganza
y su secuela son películas estimables, sobre todo el film original en el que Liam Neeson, un ex-agente de la CIA, tiene que viajar a París y encontrar a su hija, que ha sido raptada por una red de albaneses que se dedica a la trata de blancas. Neeson es una especie de superhombre invencible en el cuerpo a cuerpo. Es la cara de Hollywood de una trama bien dirigida por Pierre Morel que, aunque pone el acento en el entretenimiento, fluye adecuadamente sobre un trasfondo documental y verídico, el tráfico de personas.

Ese trasfondo tiene una versión cinematográfica mucho más impactante. Les recomiendo la película Tráfico Humano, del director Christian Dugay, protagonizada por Mira Sorvino como una agente de la policía de Nueva York y el gran Donald Shuterland. Y les advierto: no es una película fácil ni está pensada para suavizar lo que se narra al espectador, como sucede en Venganza. Yo lo hice hace cuatro años y quedé impresionado. Todo cuanto se contaba allí era real, el tráfico de personas, la venta de niñas, las organizaciones que se encargan de ello en todo el mundo, y la enorme dificultad de las autoridades para conseguir pruebas y castigar a los culpables.

Son historias paralelas de una joven ucraniana, Nadia, que es engañada y traída a Estados Unidos para trabajar como esclava sexual, y de la búsqueda desesperada por parte de su padre, antiguo oficial del ejército soviético, ahora retirado; de una niña americana de doce años que es secuestrada en Manila para ser vendida a Arabia Saudí; del engaño de un novio para meter a una joven rusa y madre soltera en una organización de explotación sexual y prostitución, y del caso de una joven de Rumanía de 17 años que sufre igual destino.

Hay personajes malvados que precisamente no dejan una huella memorable en nuestra memoria cinematográfica, como un traficante de niños americano en Manila, y el líder de la organización, Sergei Karpovich, (interpretado por un excelente Robert Carlyle) que trata a las personas con las que trafica como si fueran los bolígrafos de plástico que desechamos o perdemos a menudo.

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Mira Sorvino y Donald Sutherland en un cartel promocional de la película Tráfico Humano.

La película, en realidad una serie de capítulos para la televisión, me dejó tan impresionado que comencé a investigar el tema, y me involucré en un artículo para El País Semanal sobre la esclavitud. Hablé con Elena, una atractiva mujer de un país que tenía que ocultarme la identidad verdadera y el lugar donde nació, cuya historia parece sacada de una película de terror, con la limpieza étnica llevada a cabo en su país y la promesa de una vida mejor en España.

Elena habla cinco idiomas. Vino a España en 2003 de la mano de su novio, embarazada de gemelos, y al segundo día su compañero se quitó la careta, transformándose en un monstruo; le exigió que abortara para ejercer la prostitución en la casa de campo. Ella se negó. Recibió una paliza que mató a sus bebés. Y después de una estancia en el hospital, su ex-novio, primos, y hermanos la obligaron a prostituirse en jornadas maratonianas, desde las seis de la tarde hasta las diez de la mañana. A los dos meses, la policía detuvo al traficante, fue deportado, pero ella recibió amenazas para que no lo denunciase. Los delincuentes amenazaron directamente a su familia en su país natal. ¿Qué podría hacer la policía española? ¿Proteger allí a los suyos? 

Finalmente, Elena escapó de aquella red, tras siete meses infernales. Y entró en contacto con la Asociación para la Prevención y Atención a la Mujer Prostituida (APRAMP). A los traficantes les amenazó; si tocaban a su familia, los denunciaría a la policía. Cuando hablé con ella, me confesó que se arrepentía de no haberles denunciado en su momento. ¿Quién puede reprocharle algo así?

Para ese artículo hablé con otras mujeres que habían sufrido calvarios parecidos. Conversé con organizaciones que ayudan a estas mujeres obligadas a prostituirse. Desde entonces considero que la prostitución y la trata de blancas son las caras de una misma moneda. Las mujeres son forzadas a que "normalicen" una situación para encontrar una manera de sobrevivir. Incluso aquellas mujeres que entran en el mercado de sexo de forma voluntaria terminan siendo inevitablemente explotadas.

Llegué a la conclusión de que las prostitutas son siempre víctimas; que la prostitución nunca es una opción voluntaria, y que los políticos y las autoridades rechazan a estas mujeres y las colocan en el mismo cajón que los detestables individuos y las organizaciones que dirigen. La prostitución no es una opción, me comentaron en ALECRIN, una asociación en Vigo que se dedica a rescatar e integrar prostitutas. El argumento es tan irrefutable como terrible. "¿A que mujer le gusta ser penetrada por diez individuos diferentes al día?"

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FreeThe Slaves se dedica a luchar contra el tráfico de personas.

La esclavitud sexual es un estigma del nuevo siglo, pero no la única. En mi artículo hablé con Kevin Bales, el fundador de FreetheSlaves, una de las organizaciones más importantes para liberar esclavos, especialmente en la India y África. El racimo de horrores a los que los miembros de esta ONG tienen que enfrentarse no parece tener fin. En Ghana se han documentado casos de compra de niños por 28 dólares para usarlos como esclavos, reparando botes y redes, en el lago Volta. En Nai Basti, una aldea al norte de la India, las organizaciones locales emprenden campañas de rescate de niños esclavos de no más de nueve años, usados en los telares para fabricar alfombras.

Estos niños tienen una cazuela como retrete, una luz tibia para romper la oscuridad y una ración diaria que consiste en un plato de lentejas aguadas. El polvo de la lana se introduce en sus pulmones y sus dedos terminan con abrasiones por culpa de los hilos.

Los pequeños trabajan durante quince horas al día. Los negreros los han condicionado para que se oculten cuando aparece la policía. Los miembros de ONG y organizaciones locales que tratan de liberarlos deben de ir acompañados por un agente de policía, identificar a los pequeños como esclavos e iniciar una investigación.

Pero normalmente las campañas fracasan. Los niños se han ocultado, los negreros envían sus abogados y demandan a estas organizaciones. Y lo que suele ser frecuente, sobornan a la policía para que mire hacia otro lado. Como los esclavizadores tienen acceso a toda la documentación, los propios agentes sobornados les avisan de la presencia de los padres de estos niños que fueron raptados. Los negreros los asesinan. Los niños quedan libres, pero también sus esclavizadores, y la cadena vuelve a ponerse en marcha.

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Kofi Annan fue vendido como esclavo cuando tenía seis años, y forzado a trabajar en los botes de pesca de Ghana durante siete años, hasta que consiguió escapar. Hoy ayuda a los niños que fueron esclavizados como él a reintegrarse en la sociedad. Cortesía de Freetheslaves.

 

En mi entreviste con Bales, quedé estupefacto. Los traficantes de personas se embolsan unas ganancias de unos 32.000 millones de dólares al año, solo superados por el tráfico de armas y drogas. En una ciudad como París podrían existir 3.000 esclavos domésticos. Las cifras de esclavos en el mundo podrían llegar hasta los 27 millones. Esa cantidad "dobla el número de todos los que fueron robados de Africa durtante los 300 años que duró el tráfico de esclavos", en palabras de Bales.

La directora de documentales Peggy Callaham ha realizado entrevistas en video que muestran los testimonios de aquellos que sufrieron la esclavitud. De niños, mujeres y hombres que lograron la libertad.

¿Qué se puede hacer? Aunque en el mundo puedan existir cinco millones de esclavizadores, lo habitual es que cada uno de ellos no controle más que a cuatro o cinco personas a la vez. Una vez neutralizado el negrero, el fruto se multiplica. 

El dinero es importante, desde luego. La liberación de un niño en los campos de Ghana puede costar 800 dólares, así que el apoyo a estas organizaciones cuenta, y mucho. Bales ha conocido casos de esclavos terrribles que han aprendido a vivir en libertad junto con los activistas por los derechos humanos. Por ello, está convencido de que es posible acabar con esta esclavitud. En el siglo de las telecomunicaciones, internet, la estación espacial y las tabletas inteligentes, la esclavitud tendría que ser un anacronismo, una memoria terrible de tiempos pasados de gente arrastrando grilletes. Pero sigue con nosotros.

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Fotos: cortesía de Amblin/Universal

 

En la famosa escena de Parque Jurásico, que explica cómo obtener el ADN de un dinosaurio, parece chupado. Hace noventa millones de años, un mosquito picó a un dinosaurio y con la barriga llena de sangre, se fue a posar en una conífera para digerir el festín. Pero una avalancha de resina lo dejó atrapado. Con el tiempo, la resina se convirtió en ámbar y el mosquito quedó intacto en su prisión del tiempo. Así que los científicos de la película excavan, extraen el ámbar, lo agujerean y mediante una aguja llegan hasta el estómago...¿y qué tenemos? ¡Eureka! ¡Sangre de dinosaurio! A partir de aquí, se extrae el ADN, se secuencia, se rellenan los huecos con ADN de ranas y reptiles, se fertiliza un huevo, y ya tenemos al velociraptor bebé.

Ahora que veremos esta estupenda película –y criticada en su momento– que nos devuelve Spielberg a nuestra memoria cinematográfica con el lujo de las tres dimensiones, podemos replantearnos su argumento científico. Claro que ya sospechan que no es tan sencillo. ¿verdad?

Para empezar, muy pocas especies de árboles son capaces de producir una resina que, una vez endurecida, dure millones de años. Pero hay un ciprés en El Líbano y otro en Nueva Jersey (EE UU) en el que se han encontrado ámbar de 125 millones de años (algunos con mosquitos dentro). Así que, quitando las exóticas ubicaciones cinematográficas de la película, al menos tenemos la resina fósil disponible. Y con bicho dentro.

Una ventaja es la mentirijilla del título. La película de Spielberg se tenía que haber llamado Parque Cretácico, puesto que la mayoría de los dinosaurios que aparecen en él, sobre todo el tiranosaurio, y el velociraptor, vivieron  al finales del Cretácico, entre hace 70 y 65 millones de años. No hace entre 200 y 145 millones de años, el Jurásico. Pero bueno, esto hace las cosas un poco más fáciles. ¿o no?

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El Big Bang del humor científico

Por: | 12 de mayo de 2013

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De izquierda a derecha,Jim Parsons (Sheldon Cooper), Johnny Galecki (Leonard Hofstadter) Kaley Cuoco (Penny), Simon Helberg (Howard Wolowitz) y Kunal NayyarRajesh Ramayan)

Para aquellos que tachan la ciencia de aburrida: echen un vistazo a las cifras de audiencia de la serie The Big Bang Theory y se llevarán las manos a la cabeza. En Estados Unidos la siguen quince millones de personas. En un episodio emitido en la sexta temporada, la audiencia alcanzó los veinte millones. En comparación, la serie Walking Dead, aunque se emite por cable, llegó a atrapar trece millones de televidentes en sus mejores momentos.

Cuatro científicos extravagantes venden más que una legión de zombis. ¿Por qué?  

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Komona, la niña que aprendió a ser soldado y madre

Por: | 08 de mayo de 2013

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Una imagen del fim Rebelde. Cortesía de Good Films

 

El cine tiene un poder de atracción inigualable para sacarnos de nuestras cómodas butacas y ponernos en la piel del sufrimiento ajeno. Aunque sea por una hora y media, y sobre África, por ejemplo. Ni los telediarios que muestran la hambruna, niños con moscas en los ojos, o los campos de refugiados, llegan a conmovernos lo suficiente. Sólo lo logra el periodismo de calidad –el de blogs tan excelentes como África no es un país– (http://blogs.elpais.com/africa-no-es-un-pais/) o películas como Rebelde, el film de Kim Nguyen nominado al Oscar 2013 a la mejor película extranjera de habla no inglesa. Habla de la historia de una niña, Komona, que encierra todo el instinto de vivir en su pequeño cuerpo, en tiempos de guerra.

Komona vive en un país del África subsahariana en un poblado miserable. Un grupo de rebeldes irrumpe en su choza y obligan a la niña, que tiene doce años, a matar a sus padres con un AK-47. Los niños reclutados son conducidos hacia la selva. Allí se les entregan unas ramas para que practiquen el mantra de que los AK-47 se convertirán en sus nuevos progenitores.

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Cartel promocional de Rebelde, el film de Kim Nguyen.

Los niños se habitúan al manejo de las armas automáticas. Falta comida, pero sobran las balas. Prueban los bebedizos de la selva, las drogas extraídas de las hojas y lianas. Los rebeldes se valen de la selva para acondicionarlos al combate contra los soldados del gobierno. Pero Komona es la única que sobrevive en la primera refriega. Ella ve fantasmas, hombres y mujeres pintados de blanco, y entre ellos, a sus padres. Siente el deseo de enterrarlos. Sus progenitores hablan dentro de su cabeza. Y los rebeldes consideran que sus visiones son las de una bruja. Komona es traída ante el guerrillero líder, que confía en las visiones para ganar las batallas. Pero ese sujeto ya ha matado a tres brujas antes que ella.

Esta niña rebosa vitalidad, pese al manto de sufrimiento que oprime su espíritu. Aprende a llorar a solas, sin que la vean. Komona ha oído hablar del coltán. Ha visto las piedras negras tan valiosas para los rebeldes, aunque no sabe lo que es un iPhone ni una tableta inteligente, ni que los metales necesarios son extraídos por manos esclavas en su país. Es sólo un atisbo de la codicia de Occidente, la causa última de aquel infierno, algo que aparece tan solo unos cuantos segundos en la película, pero que es el actor fundamental tras los bastidores.

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La actriz Raquel Mzanda, en el papel de Komona. Cortesía de Good Films.

 

Ella conoce a un muchacho que es un negro albino, obligado también a ser soldado. El chico quiere casarse con ella, y juntos deciden escapar, aprovechando la incursión de un grupo de soldados. Salen del circuito de la guerra. De esa maquinaria que se nutre de sufrimiento humano y que Occidente ha instaurado por dinero. Todo lo que desea Komona y su chico al que llaman El Mago, cargado de amuletos, es vivir. Es algo tan consustancial como África: vivir. Se casan en una aldea en la que curiosamente la genética ha marcado a sus habitantes, todos ellos negros albinos y rubios, con un gallo blanco como ofrenda.

Pero esa vida se trunca cuando los rebeldes los encuentran. No sabemos cual es el país de Komona, pero la película ofrece las dos caras. Por un lado, el continente africano, sus gentes, sus formas de vida, sus costumbres. Por el otro, los ríos de codicia, que te atrapan y conducen al infierno, que corren y se multiplican como un cáncer. Estos ríos excavados por el beneficio y los intereses económicos. Podríamos dar más detalles de lo que le sucede a Komona. Mejor pasen y vean esta excelente película.

La vida de Komona es África, el continente primigenio del que surgió la especie humana, nos dice el film de Nguyen. Creencias y supervivencia. Ella logra volver a la aldea que la vió nacer y entierra las ropas de sus padres para que los fantasmas puedan vivir en paz. Finalmente, da a luz a su hijo en la ribera de un río. Con su bebé en brazos, es recogida por un grupo de mujeres y hombres a bordo de un camión vetusto. "No tengo dinero", dice, dudando antes de subir. "Ninguno de nosotros tiene dinero", le responden.

África no es un país y desde luego se tiende al fatal error de tratarlo como un ente único. A pesar de ello, en películas tan magníficas como El Jardinero Fiel se afirma que es allí donde la maquinaria occidental expía sus pecados –al vender medicinas caducadas para lavar su conciencia a "pacientes caducados". El coltán es uno de los tentáculos de occidente, símbolo del apetito del consumidor impaciente por tener entre sus manos la última pantallita con la que aislarse del mundo exterior. Pero no el único. Las armas abundan allí donde las medicinas escasean. Es mucho más rentable matar que curar.

El tráfico de armas y de personas compiten por el primer puesto en las actividades ilícitas de todo el mundo, generando decenas de miles de millones de euros cada año. El film Diamantes de Sangre, protagonizado por Leonardo DiCaprio, presenta una versión más espectacular al estilo de Hollywood de una historia que mezcla la codicia, el reclutamiento de los niños para la guerra, y el uso de esclavos para trabar en las minas de diamantes. Pero no es menos acertada que la historia de Komona. El dinero que fluye desde África hasta occidente siempre aparece al final de la cola que alimenta al monstruo.

Rebelde es un excelente ejercicio de ficción perfectamente documentada, un instrumento muy efectivo para sacarnos el polvo y remover conciencias. Según Amnistía Internacional y la ONU, más de 250.000 niños se han reclutado como soldados en diversas partes del mundo. Un 40 por ciento de ellos son niñas. El caso más reciente es el de la República Centroafricana, en el que se ha constatado el uso de 1000 niños para la guerra, según UNICEF. 

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Leonardo DiCaprio, en una escena de la película Blood Diamond. Cortesía de Warner Bros.

El coltán, que aparece brevemente en la vida de Komona, es un material necesario para hacer circuitos cada vez más pequeños, indispensable para que las capacidades de computación y las pantallas de las tabletas y teléfonos no paren de aumentar. El 84 por ciento de este mineral se encuentra en la Republica Democrática del Congo, en concreto en las minas de su parte más oriental. Allí donde se producen más de mil violaciones diarias en un conflicto eterno que ha dejado más de 6 millones de víctimas.

¿Es una simple casualidad? Naciones Unidas no culpa directamente a los importadores de este mineral, que venden sus productos elaborados a firmas que a su vez nutren a los gigantes de la computación. Pero admite que este apetito por el coltán es lo que a la postre alimenta toda la violencia que azota a ese país africano. Allí, el coltán es abundante, y mucho más barato que otras fuentes libres de conflicto, como Canadá o Australia. ¿Estaríamos dispuestos a pagar más por nuestros smartphones si nos asegurasen que no están al final manchados con sangre inocente?

Una última reflexión: "este mineral oscuro tiene la particularidad de haberse convertido en el diamante de sangre de la era digital", comentó el profesor Jeffery Mantz, de la Universidad George Mason, en un artículo publicado en 2008 en la revista Social Anthropology.

 

 


 

 

 

Mi tatatarabuelo es andaluz y viene de Marte

Por: | 05 de mayo de 2013

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Fotos: cortesía de Columbia Pictures.

En Planeta Prohibido vamos a hablar, y mucho, de Marte. ¿Por qué los marcianos nos fascinan tanto? De entre los clásicos, hay películas bastante delirantes. Con argumentos tan absurdos que cuesta creer que se convirtieran en películas. En Killers from Space (1954), los alienígenas son seres con ojos saltones que se han refugiado en las cuevas; se aprovechan así de la energía atómica liberada en los ensayos nucleares. Saben que la humanidad terminará extinguiéndose por culpa de su empeño en explotar bombas nucleares, y que dejaremos un mundo para que lo habiten las cucarachas. Su plan maestro es usar a tanto bicho para fertilizar de nuevo la Tierra, cultivando la vegetación por medio de rayos gamma. ¿Quieren un argumento un poco más absurdo y simple, resumible en una sola frase? En Invisible Invaders, (1959), los extraterrestres se han hecho invisibles y son capaces de resucitar a los muertos para convertirlos en zombies y así apoderarse de la humanidad. 

El film extravagante que sí logró convertirse en película de culto es La Tierra contra los Platillos Volantes. Los marcianos se dedican a arruinar los lanzamientos de cohetes de un profesor, el Dr. Marvin, que sueña con colonizar el espacio, y que además se acaba de casar con su secretaria, Carol. El Dr. Marvin fuma en pipa, es racional y simpático, y averigua que los alienígenas van a lanzar una oleada de platillos volantes para invadir la Tierra.

Bueno, estrictamente no hablamos de habitantes de Marte, sino de extraterrestres que han perdido su sistema solar. Pero quizá este film es el primero en asociar a los OVNI y las naves espaciales con Marte en el imaginario colectivo. Desde entonces, casi todos los extraterrestres son marcianos. ¿Qué otra cosa podrían ser? Estos platillos volantes animados por la magia de Ray Harryhausen, uno de los grandes maestros de los efectos especiales de todos los tiempos, inspiraron a Tim Burton para filmar su divertidísima versión, Mars Attack! O dicho de otra manera: ¡Nos invaden! 

Quizá eso mismo esta sucediendo...¡ahora!

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Planeta Prohibido

Sobre el blog

Un poquito de ciencia impertinente. 2.000 caracteres para divertirse y aprender tomando como hilo conductor los fascinantes hallazgos de la ciencia. Pero además hay atrevimiento. Especulación. La ciencia que tiene sentido del humor. La versión siglo 21 de Robby el robot, el autómata más famoso de la ciencia ficción,El Planeta Prohibido, que era incapaz de herir a los humanos. Nuestro Robby rescata en sus brazos mecánicos a la chica, pero a veces tiene más mala leche queTerminator. En El Planeta Prohibido (PB), una civilización extraterrestre llamada Krell es un millón de veces más avanzada que la humanidad, pero se extinguió en un solo día. Es celuloide, ciencia ficción, claro, pero quizá el conocimiento no baste para salvarnos. Y sin embargo, ¿tenemos algo mejor?

Sobre el autor

(Madrid, 1963) (Madrid, 1963) es periodista y escritor, se licenció en ciencias biológicas y es Master de Periodismo de Investigación por la Universidad Complutense. Autor de cuatro novelas (La Sombra del Chamán, Kraken, Proyecto Lázaro y Los Hijos del Cielo), le encanta mezclar la ciencia con el suspense, el thriller y la historia, en cócteles prohibidos. Fue coguionista de la serie científica de RTVE 2.Mil, ha colaborado para la BBC, escrito para Scientific American y New Scientist, Muy Interesante, y fue jefe de ciencia de La Razón. En El País Semanal se asoma al mundo de la ciencia. Luis habla también en RNE, en el programa A Hombros de Gigantes, sobre ciencia y cine.

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