Imagen de la película venganza de Pierre Morel, con Liam Neeson.Cortesía de EuropaCorp.
Venganza y su secuela son películas estimables, sobre todo el film original en el que Liam Neeson, un ex-agente de la CIA, tiene que viajar a París y encontrar a su hija, que ha sido raptada por una red de albaneses que se dedica a la trata de blancas. Neeson es una especie de superhombre invencible en el cuerpo a cuerpo. Es la cara de Hollywood de una trama bien dirigida por Pierre Morel que, aunque pone el acento en el entretenimiento, fluye adecuadamente sobre un trasfondo documental y verídico, el tráfico de personas.
Ese trasfondo tiene una versión cinematográfica mucho más impactante. Les recomiendo la película Tráfico Humano, del director Christian Dugay, protagonizada por Mira Sorvino como una agente de la policía de Nueva York y el gran Donald Shuterland. Y les advierto: no es una película fácil ni está pensada para suavizar lo que se narra al espectador, como sucede en Venganza. Yo lo hice hace cuatro años y quedé impresionado. Todo cuanto se contaba allí era real, el tráfico de personas, la venta de niñas, las organizaciones que se encargan de ello en todo el mundo, y la enorme dificultad de las autoridades para conseguir pruebas y castigar a los culpables.
Son historias paralelas de una joven ucraniana, Nadia, que es engañada y traída a Estados Unidos para trabajar como esclava sexual, y de la búsqueda desesperada por parte de su padre, antiguo oficial del ejército soviético, ahora retirado; de una niña americana de doce años que es secuestrada en Manila para ser vendida a Arabia Saudí; del engaño de un novio para meter a una joven rusa y madre soltera en una organización de explotación sexual y prostitución, y del caso de una joven de Rumanía de 17 años que sufre igual destino.
Hay personajes malvados que precisamente no dejan una huella memorable en nuestra memoria cinematográfica, como un traficante de niños americano en Manila, y el líder de la organización, Sergei Karpovich, (interpretado por un excelente Robert Carlyle) que trata a las personas con las que trafica como si fueran los bolígrafos de plástico que desechamos o perdemos a menudo.
Mira Sorvino y Donald Sutherland en un cartel promocional de la película Tráfico Humano.
La película, en realidad una serie de capítulos para la televisión, me dejó tan impresionado que comencé a investigar el tema, y me involucré en un artículo para El País Semanal sobre la esclavitud. Hablé con Elena, una atractiva mujer de un país que tenía que ocultarme la identidad verdadera y el lugar donde nació, cuya historia parece sacada de una película de terror, con la limpieza étnica llevada a cabo en su país y la promesa de una vida mejor en España.
Elena habla cinco idiomas. Vino a España en 2003 de la mano de su novio, embarazada de gemelos, y al segundo día su compañero se quitó la careta, transformándose en un monstruo; le exigió que abortara para ejercer la prostitución en la casa de campo. Ella se negó. Recibió una paliza que mató a sus bebés. Y después de una estancia en el hospital, su ex-novio, primos, y hermanos la obligaron a prostituirse en jornadas maratonianas, desde las seis de la tarde hasta las diez de la mañana. A los dos meses, la policía detuvo al traficante, fue deportado, pero ella recibió amenazas para que no lo denunciase. Los delincuentes amenazaron directamente a su familia en su país natal. ¿Qué podría hacer la policía española? ¿Proteger allí a los suyos?
Finalmente, Elena escapó de aquella red, tras siete meses infernales. Y entró en contacto con la Asociación para la Prevención y Atención a la Mujer Prostituida (APRAMP). A los traficantes les amenazó; si tocaban a su familia, los denunciaría a la policía. Cuando hablé con ella, me confesó que se arrepentía de no haberles denunciado en su momento. ¿Quién puede reprocharle algo así?
Para ese artículo hablé con otras mujeres que habían sufrido calvarios parecidos. Conversé con organizaciones que ayudan a estas mujeres obligadas a prostituirse. Desde entonces considero que la prostitución y la trata de blancas son las caras de una misma moneda. Las mujeres son forzadas a que "normalicen" una situación para encontrar una manera de sobrevivir. Incluso aquellas mujeres que entran en el mercado de sexo de forma voluntaria terminan siendo inevitablemente explotadas.
Llegué a la conclusión de que las prostitutas son siempre víctimas; que la prostitución nunca es una opción voluntaria, y que los políticos y las autoridades rechazan a estas mujeres y las colocan en el mismo cajón que los detestables individuos y las organizaciones que dirigen. La prostitución no es una opción, me comentaron en ALECRIN, una asociación en Vigo que se dedica a rescatar e integrar prostitutas. El argumento es tan irrefutable como terrible. "¿A que mujer le gusta ser penetrada por diez individuos diferentes al día?"
FreeThe Slaves se dedica a luchar contra el tráfico de personas.
La esclavitud sexual es un estigma del nuevo siglo, pero no la única. En mi artículo hablé con Kevin Bales, el fundador de FreetheSlaves, una de las organizaciones más importantes para liberar esclavos, especialmente en la India y África. El racimo de horrores a los que los miembros de esta ONG tienen que enfrentarse no parece tener fin. En Ghana se han documentado casos de compra de niños por 28 dólares para usarlos como esclavos, reparando botes y redes, en el lago Volta. En Nai Basti, una aldea al norte de la India, las organizaciones locales emprenden campañas de rescate de niños esclavos de no más de nueve años, usados en los telares para fabricar alfombras.
Estos niños tienen una cazuela como retrete, una luz tibia para romper la oscuridad y una ración diaria que consiste en un plato de lentejas aguadas. El polvo de la lana se introduce en sus pulmones y sus dedos terminan con abrasiones por culpa de los hilos.
Los pequeños trabajan durante quince horas al día. Los negreros los han condicionado para que se oculten cuando aparece la policía. Los miembros de ONG y organizaciones locales que tratan de liberarlos deben de ir acompañados por un agente de policía, identificar a los pequeños como esclavos e iniciar una investigación.
Pero normalmente las campañas fracasan. Los niños se han ocultado, los negreros envían sus abogados y demandan a estas organizaciones. Y lo que suele ser frecuente, sobornan a la policía para que mire hacia otro lado. Como los esclavizadores tienen acceso a toda la documentación, los propios agentes sobornados les avisan de la presencia de los padres de estos niños que fueron raptados. Los negreros los asesinan. Los niños quedan libres, pero también sus esclavizadores, y la cadena vuelve a ponerse en marcha.
Kofi Annan fue vendido como esclavo cuando tenía seis años, y forzado a trabajar en los botes de pesca de Ghana durante siete años, hasta que consiguió escapar. Hoy ayuda a los niños que fueron esclavizados como él a reintegrarse en la sociedad. Cortesía de Freetheslaves.
En mi entreviste con Bales, quedé estupefacto. Los traficantes de personas se embolsan unas ganancias de unos 32.000 millones de dólares al año, solo superados por el tráfico de armas y drogas. En una ciudad como París podrían existir 3.000 esclavos domésticos. Las cifras de esclavos en el mundo podrían llegar hasta los 27 millones. Esa cantidad "dobla el número de todos los que fueron robados de Africa durtante los 300 años que duró el tráfico de esclavos", en palabras de Bales.
La directora de documentales Peggy Callaham ha realizado entrevistas en video que muestran los testimonios de aquellos que sufrieron la esclavitud. De niños, mujeres y hombres que lograron la libertad.
¿Qué se puede hacer? Aunque en el mundo puedan existir cinco millones de esclavizadores, lo habitual es que cada uno de ellos no controle más que a cuatro o cinco personas a la vez. Una vez neutralizado el negrero, el fruto se multiplica.
El dinero es importante, desde luego. La liberación de un niño en los campos de Ghana puede costar 800 dólares, así que el apoyo a estas organizaciones cuenta, y mucho. Bales ha conocido casos de esclavos terrribles que han aprendido a vivir en libertad junto con los activistas por los derechos humanos. Por ello, está convencido de que es posible acabar con esta esclavitud. En el siglo de las telecomunicaciones, internet, la estación espacial y las tabletas inteligentes, la esclavitud tendría que ser un anacronismo, una memoria terrible de tiempos pasados de gente arrastrando grilletes. Pero sigue con nosotros.