Uno. Durante meses he compartido horas y horas con Tony Soprano. Ahora leo que un gran guionista vuelve sobre sus pasos.
A Soprano lo he vivido como un colega, como un compañero con el que departes y compartes inquietudes y dolores. Ha sido una convivencia difícil. No es sencillo tratar con un mafioso, con un tipo que corrompe a concejales, a empresarios. Si eres un individuo corriente, no es cómodo hacerlo tuyo, un habitual. Uno desea departir con gente honrada. O con personas normales, aceptablemente honestas.
Tony Soprano no es una persona normal: conforme ha ido envejeciendo, su fisonomía se ha ido agrandando hasta hacerse un tipo amenazadoramente corpulento. Pero le tengo simpatía: y esto no es normal.
Yo creo tener su misma edad, mes arriba, mes abajo. He ido envejeciendo, pero a la vez he ido perdiendo corpulencia. En cambio, la figura de Tony ha aumentado: se ha desbordado anormalmente.
Pero su anormalidad es, también, de otra naturaleza. Es la de quien resuelve los problemas con favores, con compromisos particulares, con regalos, con amenazas, con presiones. Con presiones y depresiones, las que él mismo provoca y las que su circunstancia le produce.
Soprano vive una contradicción difícil de resolver: quiere tener una familia normal, quiere educar a sus hijos en valores, quiere compartir la existencia con una mujer inteligente y hacendosa, quiere procurar un porvenir a sus vástagos. Y quiere vivir en Nueva Jersey, una ciudad mediana y de recursos contables. No es un lugar feo. Tiene su historia, pero no es nada si lo comparamos con Nueva York.
Tony Soprano gestiona desechos. Basuras, vaya. Pero es un mafioso, un individuo que emplea la extorsión, la violencia, la represalia, el secreto, la mordida y la red para obtener beneficios. No es exactamente un capitalista. Sus prácticas son, propiamente, precapitalistas. O al menos no tienen que ver con el mercado libre, sino con los contratos cautivos. Con las contratas amañadas.
Qué pena, me decía. Seguro que yo podría haber simpatizado con Tony, pero no soy tan deshonesto. No me vanaglorio de ello. Sencillamente: no tengo agallas para amedrentar, para exigir, para cobrar, para torcer voluntades.
Durante meses he disfrutado con esta serie de televisión, emitada entre 1999 y 2007. La he disfrutado gracias al DVD con el que me obsequiaron o me obsequié (ahora no sabría decirlo). Los Soprano debería ser de obligada visión en la Comunidad Valenciana. Felizmente, en el Mediterráneo no tenemos esa mafia local. No, no y no.
Dos. Días atrás intenté ver Crematorio (2011). La serie española se inspira en una novela homónima de Rafael Chirbes. Apenas pude completar capítulo y medio de dicha producción televisiva. Me provocaba incredulidad. Y un tedio inmenso.Y eso que trataba de conductas mafiosas, delictivas.
Los personajes los veía prototípicos, caracterizados siempre en situaciones bien reconocibles. Nada de su comportamiento desmentía lo que el espectador ya vaticinaba. Al menos durante ese capítulo y medio que logré aguantar.
Admito que no me creía a Pepe Sancho haciendo el papel de Rubén Bertomeu, con gestos adustos de gran padrino, con una severidad impostada. Había algo en la presentación, en el relato o en la puesta en escena que me desagradaba: parecía una versión española de qualité de Los Soprano, una adaptación esforzadamente cool. Todo tenía un subrayado y un énfasis exagerados, con una pátina de lujo y buen gusto.
Hay que aprender a apagar la tele. Apagar el aparato para retirarse a otra habitación y leer un libro: un libro que tenga que ver con la televisión, por ejemplo. Sin ir más lejos, tengo pendientes dos lecturas muy inspiradoras. La primera es Honrarás a tu padre, de Gay Talese: la obra en la que se basó Los Soprano. Fue un obsequio maravilloso de unos amigos: seguro que en casa a los devotos de Tony Soprano podrá compensarnos.
El otro libro al que aludo es Crematorio, de Rafael Chirbes. Chirbes...: lo leyó mi padre con entusiasmo, me lo recomendó y yo aún no había encontrado el momento de satisfacer un deseo suyo que tenía mucho de póstumo. Días atrás tenía en mis manos un ejemplar de Crematorio. Hice una prueba (hagan la prueba): leí página y media de dicha novela. Comprobé su excelencia: página y media incomparablemente superiores al capítulo y medio de la serie.
No le había hecho caso a mi padre. En cambio, la actualidad de la serie me ha llevado al libro. Qué gran invento la tele. O, como decía Groucho Marx, "encuentro la televisión muy educativa. Cada vez que alguien la enciende, me retiro a otra habitación y leo un libro".