¿Boicot a Mercadona? Sé que en Facebook hay un colectivo que postula dicha iniciativa. Ay. Y sé que hay personas muy finas que se adhieren. Son tantas las declaraciones de don Juan Roig, son tantas las palabras airadas y sobradas del magnate, que entiendo la irritación de algunos clientes. De hecho, yo he escrito contra la asimilación china que él defiende. Siento simpatía por los amarillos. De hecho, no los entiendo: por idioma y por cultura, cosa que me hace interesarme.
Hasta hace poco, en el Presidente de Mercadona había prudencia, sensatez verbal. Había contención, cosa muy oriental y cosa que yo comparto. Su principio era: el negocio es el negocio, asunto que me parece razonable.
Ahora, sin embargo, el sr. Roig abandona la mudez para intervenir en la esfera pública, como un severo burgués protestante, figura por otra parte que me resulta tan admirable. Nos hace recomendaciones y nos hace reconvenciones. Alto ahí. Hasta aquí hemos llegado, dicen algunos clientes de su establecimiento. Es más: el sr. Roig habla como si fuera un magnate del patriotismo. Uf.
Vamos a reponernos. O vamos a tranquilizarnos. Si ven avanzar a la Roja, si los futbolistas españoles van aupándose, no se lamenten. Es bueno para el tono anímico de la colectividad. Yo, sin embargo, no he visto nada. No me vanaglorio: soy muy poco adepto a los eventos de masas. El nacionalismo no es una enfermedad, como equivocadamente dicen Rosa Díez o mi admirado Fernando Savater. El nacionalismo es un dolor que padecen todas las sociedades: fíjense en Gran Bretaña, la Gran Bretaña por la que siento tanta devoción. Qué pena de jubileo.
El nacionalismo es un dolor que algunos no padecemos: yo no creo haber contraído esa patología. ¿Acaso padezco un nacionalismo banal, invisible? Si quieren que les diga la verdad, últimamente sólo me emociono con el patriotismo de la Casa Blanca: con El Ala Oeste (1999-2006), que veo tarde, a destiempo, admirando esa producción. ¡Cómo envidio a los norteamericanos de la ficción!
Hablo castellano (de hecho, sólo hablo aceptablemente el castellano), pero no me vanaglorio de la españolidad. En casa nos comunicamos en catalán y en español. No saben cómo me alegro. Ojalá habláramos (y no sólo leyéramos) más idiomas. Ojalá pudiera farfullar y leer la lengua de Thomas Mann. O la de Mao Zedong. O la de Juan Roig, que articula de cuando en cuando una jerga indescifrable.
Ah, por cierto, en el momento de escribir esto que ustedes leen, acabo de regresar de Mercadona: he hecho la primera compra semanal. Por necesidad y por solidaridad con los trabajadores que allí sobreviven. No es desprendimiento; es establecimiento: en la tienda del sr. Roig trabajan tres familiares míos, a los que desde aquí saludo.
Besos.