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Teoría de la corrupción

Por: | 10 de junio de 2013

LA FARSAMakingOffEmpecemos con lo sabido. En nuestra vida hay una separación de lo público y lo privado. Por un lado tenemos la esfera de la publicidad, de la visibilidad, ese lugar en el que los actos se emprenden a vista de todos; y, por otro, la reserva de lo privado, ese espacio en el que se protegen el secreto y lo íntimo.

El corrupto traslada hábitos privados a la esfera de lo público y basa su actuación en el favor, en el amparo, en la mezcla.

Así, cuando en la esfera pública decimos de alguien que concede u obtiene favores nos referimos a aquel que presta o logra ayudas, protecciones, supuestamente gratuitas..., protecciones y ayudas que comprometen: gracias que se realizan en apariencia sin esperar pago o recompensa.

En realidad, esas concesiones se basan en la capacidad de influencia, en ese ascendiente que alguien tiene sobre personas que toman decisiones o que gozan de autoridad. Ya lo sabemos: una persona influyente es alguien bien situado, ubicación de la que se aprovecha para producir o remover obstáculos.

Conviene observar que al hablar de la influencia no me refiero al individuo que desempeña su tarea prevista, institucional o reglamentaria: no aludo a quien se atiene a las normas según las atribuciones que le están asignadas de antemano y públicamente. Antes bien, me refiero a aquel que hace valer su predominio más allá de la ordenanza, a aquel que se vale de su persona, de su habilidad o de sus conocimientos para conceder auxilios particulares.

Decía Max Weber que la política y la burocracia contemporáneas progresan al eliminar ese factor personal, justamente porque convierten la labor desempeñada en una tarea sometida a visibilidad y fiscalización: lo importante no es el individuo que la ejecuta, que sólo es alguien solvente pero sustituible. Lo decisivo es el correcto cometido que ustedes o yo podríamos hacer si estuviéramos preparados para dicha función. En el sistema pensado por Max Weber, un empleo público o un cargo en la Administración o un puesto político no son recursos patrimoniales que sirvan para otorgar favores o Lafarsavalenciana1despachar presentes, sino una ocupación reglamentaria que se ejecuta para beneficio de la sociedad.

¿Y cuál es la base de esa actuación que implica a distintas personas? La confianza. Confiar es esperar que el otro cumpla con la obligación o con la expectativa. Cuando esto no se verifica, cuando no hay un sistema eficaz de sanciones para quien incumple sus funciones, cuando se burla la ley de manera ostentosa y achulapada, entonces la confianza se deteriora, la irresponsabilidad se premia y el crédito público se malogra.

Hasta aquí la reflexión o la prosa pesadamente sociológicas de las que me sirvo. Ustedes, sin embargo, me pedirán nombres en negrita: tienen la sospecha de que hay, de que ha habido (¿de que seguirá habiendo?) casos de favores, de regalos, de granjerías entre políticos en ejercicio, casos llamativos, desvergonzados, de enriquecimientos súbitos o de alardes lujosos, de ventajistas que se valen de promociones edilicias y de obras asiáticas. ¿Quieren que les diga en quiénes pienso? Me estaba mordiendo la lengua para no dar nombres.

En La farsa valenciana (Foca, 2013) doy nombres.

La América de Kennedy

Por: | 06 de junio de 2013

lifejackieEl País se hace eco de la exposición que la Fundación Loewe inaugura en Madrid, con fotografías de Mark Shaw (http://bit.ly/10T0HNi). "Ecos de los Kennedy" se titula.

En la muestra Covers, que Alejandro Lillo y yo mismo comisariamos para el Vicerrectorado de la Universitat de València, intentamos reflejar la América de John F. Kennedy. Reflejar y recrear con portadas, cubiertas, carátulas. Tomamos, entre otras cosas, las revistas Life y Time como espejos, como espejos deformados o retocados de un mundo opulento, de un bienestar material. Las cosas estaban cambiando y los jóvenes estaban haciéndose presentes, con malestar e impertinencia. Reproduzco dos partes del libro que acompañó a la exposición. Es posible que estos pasajes que redactamos Alejandro Lillo y yo despierten interés y puedan ser motivo para leer el catálogo. Entero. La fotografía que reproduzco data de 1953. Pertenece al fondo Life de la Universitat de València. Es cool.

1. Life y Time. Las revistas ilustradas son el espejo del mundo, un reflejo deformado y agrandado, un calco mejorado de lo que hay. Son expectativa y directiva: indican qué esperar, cómo verse, cómo reproducir y lucir la indumentaria y el aspecto de las celebridades. Son fuente de instrucción moral, pues aleccionan sobre el bien y lo deseable, sobre el mal y lo repudiable. En su interior hay moda y hay reportajes de sociedad, prescripciones y orden. Enseñan qué es el éxito, la belleza, el dinamismo, el progreso. Las cubiertas de las revistas muestran y tapan, difunden una imagen y callan sobre su reverso, ocultan parte de sus contenidos. En una América que tiene prisa, la prensa da las claves para entender lo que pasa, y lo que queda fuera de ellas parece como que no existe. El colorido vistoso de sus primeras planas es un reclamo que imanta al ciudadano. Todo el mundo ha de estar presentable, todos han de posar: siempre hay un objetivo abierto, siempre hay una instantánea que mejora.

2. La juventud de Kennedy. El 20 de enero de 1961, el nuevo presidente de los Estados Unidos John Fitzgerald Kennedy pronuncia el discurso inaugural de su mandato. Habla a los congregados y habla al resto de la Nación valiéndose de las cámaras. De hecho, es la audiencia televisiva el auténtico destinatario de sus palabras y de sus gestos, del aplomo que luce. Kennedy es un 'joven' político de cuarenta y tres años que ha sabido expresar los anhelos de unos compatriotas que viven la prosperidad capitalista, la rivalidad de la Guerra Fría, el temor nuclear y la carrera espacial.

Es de familia rica, católica: que alguien así acceda a la Presidencia es un exotismo histórico, una novedad. Los norteamericanos padecen una crisis, una crisis propiamente cultural. El bienestar les hace ser más exigentes y más hedonistas. La juventud se está reafirmando, diferenciando su identidad, y tal cosa se vive con vértigo y desconcierto. Kennedy sabe expresar ese tránsito generacional. Él es un hombre que ha luchado en la Guerra Mundial, que ha sido un bravo combatiente, que sabe lo que es trabajar duro. Es joven, en efecto, y aún le queda mucho por vivir…

Pero sobre todo Kennedy sabe persuadir. En él la oratoria es un instrumento esencial y con él empieza una nueva forma de hacer política. Para auparle se han hecho campañas de imagen, numerosas encuestas, viajes, mítines, contactos personales y apariciones constantes en los medios de comunicación. Sabe venderse y saben presentarlo fresco, como un atractivo producto publicitario: todo lo que ha aprendido a lo largo de los años lo demuestra en su discurso de toma de posesión. El joven Kennedy se vale de la palabra que aúna la descripción y la alusión, el retrato colectivo y la apelación individual, lo pretérito y lo reciente. Se remonta a la historia fundacional de los Estados Unidos y recuerda el estado de cosas presente, la Guerra Fría. Se expresa con contundencia armada y con generosidad hegemónica para dirigirse a sus compatriotas, a los amigos y aliados, a los adversarios, a la humanidad en su conjunto. Su retórica es universalista y patriótica a un tiempo, algo característico de la tradición política norteamericana. Sabe condensar expectativas en frases contundentes y memorables. Memorables en el sentido de que podrán ser recordadas.

Se vale, en efecto, de imágenes reconocibles, de expreso lirismo: “la antorcha ha pasado a manos de una nueva generación”, dice entre otras cosas. Y él, precisamente, es quien encabeza el cambio, la irrupción de los jóvenes. Es una fórmula bien vistosa, muy gráfica. Pero no sólo constata lo que ocurre: además propone luchar, valiéndose para ello de la técnica del slogan. La televisión manda. Apela al coraje y a la prudencia de los americanos frente al enemigo: “No negociemos nunca por temor, pero no tengamos nunca temor a negociar”, afirma refiriéndose al adversario soviético. Habla a la Nación, pero habla a cada individuo: “Así pues, compatriotas: preguntad, no qué puede hacer vuestro país vosotros; preguntad qué podéis hacer vosotros por vuestro país”, dice alentando a cada estadounidense.

Kennedy es hijo involuntario de la Revolución rusa, de esa conmoción que le reta como norteamericano. Sus decisiones más graves estarán relacionadas con la amenaza soviética en un contexto de incertidumbre estadounidense. La carrera espacial, por ejemplo, es una rivalidad vistosa que ha empezado a perderse en 1957 con el lanzamiento soviético del Sputnik. Kennedy sabrá devolver el orgullo: ganaremos el dominio del espacio y llegaremos a la Luna. Regresaremos con vida. ”Independientemente de toda opinión política, desde un simple punto de vista imaginativo, pienso que la mayoría de nosotros preferiría que fueran los americanos los primeros en llegar a la Luna. En efecto, a los americanos en la Luna nos los imaginamos”, decía Umberto Eco en un artículo de 1959, recogido después en Diario mínimo. ¿Que por qué nos los imaginábamos? Porque para aquellas fechas toda una literatura de ciencia-ficción había facilitado esa posibilidad aún pasmosa e irrealizable. ¿Y los rusos? También los soviéticos podían llegar a la Luna. Al fin y al cabo, el lanzamiento del Sputnik en 1957 había sido una proeza en plena Guerra Fría. ¿Un satélite artificial alrededor de la Tierra? Aquello abatió a los norteamericanos, dicen: esa afrenta tecnológica dio origen al programa Explorer y, después, a la misión Apolo. Diez años después de que Umberto Eco escribiera ese artículo, los norteamericanos llegaban a la Luna. El Apolo 11 consumaba un sueño y sobre todo unas fantasías propiamente literarias.

Pero regresemos a 1959. ¿Y los rusos?, se preguntaba Umberto Eco. “Los rusos… Hay que hacer un esfuerzo para imaginárselos allí”, se respondía el ensayista italiano. La literatura de ciencia ficción de la que habla Eco ha creado una experiencia de lo imaginario (la llegada a la Luna) y una expectativa de lo posible: el triunfo de los americanos en lucha contra la amenaza roja o contra el ataque exterior. O dicho en otros términos: las novelas –el cine y el curso histórico– han creado un espacio de experiencia y un horizonte de expectativas de lo que es probable, temido o deseado. Y en la ciencia o en la técnica también lo probable, temido o deseado, suele ser lo que ya creemos saber con las narraciones…

Estados Unidos es una Nación poderosa, sí, pero no es impermeable al cambio. Los jóvenes lo están desestabilizando todo, no sólo la tradicional forma de hacer política. Las caretas comienzan a caer. Los modelos familiares están cambiando, las relaciones domésticas se resienten, el ideal de ama de casa se disuelve. La televisión da cuenta de ello a su manera. Por ejemplo, Pedro y Vilma Picapiedra aún encarnan a gentes satisfechas y desconcertadas. The Flintstones (1960-1966) eran, sí, una familia: una familia de primitivos que se parecían extraordinariamente a los norteamericanos de los sesenta. Vivían en una prehistoria muy singular. Se vestían con taparrabos, pero de diseño. Daba gusto vivir así, rodeados de aquellos lujos materiales, que eran precisamente los de comienzos de los sesenta. ¿Cómo eran sus existencias? Su casa está en Rocadura: una zona residencial, una inmensa urbanización de bungalows, es decir, de viviendas unifamiliares. Wilma y Pedro Picapiedra disfrutan de una comodidad material evidente. Pedro trabaja en una pedrera o cantera, pelando la montaña a lomos de un dinosaurio gigantesco. Wilma ejerce sólo de ama de casa. Atiende a su maridito cuando éste regresa. El esposo es algo bruto y, por eso, suele gritar de alegría (Yabba-dabba-doo) o suele dar órdenes terminantes a su mujer: ¡Wilma, ábreme la puerta! Son clase media americana con bienes materiales, con tocadiscos, con electrodomésticos. Compran en un hipermercado gigantesco: gozan de la prosperidad de la Edad de Piedra. Tienen un autocine cercano, como lo tenían los estadounidenses de los cincuenta. Si hay un autocine es porque disponen de coche. La rueda ya se ha inventado, por supuesto. Así es: la familia es propietaria de un vehículo muy aireado, una suerte de cabriolet. Nos referimos al troncomóvil.

El troncomóvil no viene con extras pero es muy fashion. Funciona con tracción animal (los pies de Pedro), las ruedas son dos pesadísimos cilindros y la carrocería es de madera. Tiene capacidad para cuatro adultos: aparte del matrimonio Picapiedra, otra pareja de amigos, Pablo y Betty Mármol. Ah, y sus respectivos hijos: Pebbles y Bamm Bamm. No recordamos si Dino, la mascota que hace las veces de perro y que disputa con Pedro también se sube al carro. Lo que sí recordamos es el inmenso costillar que les sirven cuando se disponen a ver una película en el autocine. Es la opulencia de la Norteamérica de Kennedy. Vilma sabe atender…

Como Norman Bates sabe atender, gerente de un motel de carretera. Estrenada en 1960, Psycho, Psicosis en castellano, narra precisamente la historia de un joven que no ha podido o sabido rebelarse, ese muchacho interpretado por Anthony Perkins que ha reprimido su contestación. Alfred Hitchcock muestra esa otra cara de la sociedad estadounidense, su soledad y la perturbación de sus habitantes.

Mientras tanto, Jacqueline es el modelo de esposa atenta, cuidadosa, vigilante de su hogar: esa Casa Blanca que presentará a todos sus conciudadanos, como debe hacer una buena anfitriona. Pero es también el modelo de mujer moderna, de gran dinamismo, de sólida formación intelectual: rica y a la vez estilosa. Todo su aspecto e indumentaria acabarán dependiendo del diseñador Oleg Cassini, que la viste como una europea a la manera estadounidense: con elegante simplicidad. El resultado es seductor. Una dama de pelo oscuro y de actitud y pronto enigmáticos, glamurosos, finos: ya no encarna a la rubia teñida y carnal, como tantas y tantas mujeres de los cincuenta o como la propia Marilyn, siempre preocupada por el tinte. Ahora, a comienzos de los sesenta, la indumentaria de Jackie se impone como norma. Con ella triunfan la sofisticación, el lujo y la sencillez, rasgos que a su modo encarna también Audrey Hepburn, la dama que lucirá como nadie la naturalidad. Dos modelos de mujer pugnan por imponerse: el que representa Marilyn y el personificado por Jackie. Rubia contra morena, contención frente a deseo. ¿Es preciso elegir?, preguntarán algunos.

Y entonces, en febrero de 1963, sale al mercado The Feminine Mystique, La mística de la feminidad, un ensayo de Betty Friedan, un ama de casa cuatro años más joven que Kennedy, que va a trastornarlo todo. Friedan denuncia la imagen de mujer que han fabricado los medios, vinculada con la reclusión de las féminas en la esfera doméstica, apartándolas así de los asuntos públicos y de la posibilidad de realizarse como personas. La denuncia de Friedan es más real que la imagen hogareña y familiar del matrimonio Kennedy, que tiene mucho de pose, de artificio, de maravillosa puesta en escena: la pareja tiene otra cara, repleta de infidelidades presidenciales y promiscuidad sexual.

Porque la forma de enfocar el sexo también está cambiando. En 1960, por ejemplo, el Departamento de Alimentación y Fármacos de Estados Unidos aprueba el primer anticonceptivo oral del mundo. Se comercializará con el nombre de Enovid. Las costumbres sexuales se relajan. Es entonces, en 1962, cuando otro joven de 34 años, un prometedor cineasta llamado Stanley Kubrick, estrena Lolita. El estrépito, de nuevo, será grande. Y aunque la película modifica algunos de los aspectos más controvertidos de la novela homónima de Vladímir Nabokov, como la edad de la nínfula o lo expreso de las escenas sexuales, las relaciones entre una niña de 14 años y un profesor de mediana edad eran algo escandaloso para la moral de la época. ¿Qué destapa Lolita? ¿Qué expone a la luz pública? ¿La sexualidad de los niños? No exactamente, pues eso ya lo había advertido Sigmund Freud a comienzos del siglo XX. Más bien lo que la película muestra es la atracción, el deseo sexual que los adultos, en especial los hombres, sienten hacia las adolescentes, hacia quienes ya tienen cuerpo de mujer pero mentalidad de niñas. El sexo ya no es sólo cosa de adultos, tampoco es algo que se desarrolle en la intimidad de un cuarto o de una estancia: el sexo es una joven de 14 años –en la novela tiene 12-- moviendo el Hula Hoop en el jardín y un adulto de origen europeo, Humbert Humbert, sucumbiendo ante Dolores Haze: Dolly o Lolita o Lo. Lolita es una nínfula ciertamente: “una niña demoníaca”, al decir del narrador, en la que se mezclan una “tierna y soñadora puerilidad” y una “especie de vulgaridad descarada”: una doncella que embruja, una muchachita que ejerce un atractivo sexual desde su propia inocencia perversa. ¿Inocencia perversa? ¿Dónde arraiga la perversidad? ¿En Humbert Humbert o en Lo?

La sexualidad está a la orden del día: la pasión y el deseo se palpan en el ambiente. Quizá sea por la tensión que provoca el recrudecimiento de la Guerra Fría, con la Invasión de Bahía de Cochinos y la construcción del Muro de Berlín en 1961, pero parece haber una necesidad de aliviar tensiones, de relajar los músculos, de soltar los corsés. No es casual que por esos años el Hula Hoop arrase en ventas. Ese aro que uno hace girar moviendo las caderas evoca la sensualidad de las sacudidas de Elvis, como también se equipara al baile nacido del rock y que se ejecuta, literalmente, como si te estuvieras secando con una toalla. Hablamos del twist, popularizado por Chubby Checker a partir de 1960, con tan sólo 19 años. A diferencia de los bailes de pareja más vinculados con el rock, en los que priman los movimientos rápidos y los giros y piruetas espectaculares, en el twist el chico y la chica bailan separados pero insinuándose. El contacto, al ser visual, deja trabajar a la imaginación, deja espacio para el deseo: permite contemplar esa agitación lenta y rítmica de las caderas, esos vaivenes del torso y de los brazos, de la pelvis y las nalgas. Promesas de placeres futuros que hay que posponer, que aún están por descubrir. Y es tan fácil bailarlo. Sí: desliza los brazos como si te estuvieras secando la espalda con la toalla después de la ducha; gira el pie como si estuvieras apagando una colilla. Ya tienes el resultado: movimientos incitantes de parejas que aún no se tocan. Algunos críticos censurarán este baile: el individuo solitario gira sobre sí mismo, como una metáfora del mundo moderno. Los joviales muchachos que se entregaron con frenesí no lo juzgaban así: quien baila el vals se abstrae de lo que le rodea; en cambio quien se agita con el twist observa el entorno, justamente esas parejas potenciales.

Todo es sexo y desenfreno, dirán los padres más conservadores, los adultos más apegados a las tradiciones. Y justamente por eso tratarán de contraatacar. Lo cierto es que tras el empuje inicial del rock de mediados de los 50, distintas circunstancias favorecen cierta vuelta a la normalidad: Little Richard abandona la música temporalmente en 1957, y algo parecido le sucede a Jerry Lee Lewis, que en la práctica desaparece de los escenarios debido a su escandaloso matrimonio con una chica de tan sólo 13 años; Chuck Berry es detenido en 1959, acusado de tráfico de menores, permaneciendo en prisión desde febrero de 1962 hasta octubre de 1963; Buddy Holly, Richie Valens y Big Bopper Richardson, tres prometedores rockers, mueren en un accidente de avión el 3 de febrero de 1959; Eddie Cochran, otro de los pioneros de la nueva música, fallece poco después, el 17 de abril de 1960, en otro accidente, en esta ocasión de automóvil; Elvis Presley ya no vuelve a ser el mismo tras su regreso del Ejército el 2 de marzo de 1960. Vuelve corregido, en efecto.

El vacío dejado por todos estos artistas es ocupado por otros que ya habían cosechado importantes éxitos pero que tratan ahora de copar el mercado. Estamos a principios de los 60: Paul Anka, Frankie Avalon, Pat Boone, Neil Sedaka, Dion o Del Shannon representan el lado amable del rock, chicos buenos y románticos, tradicionales y educados, muy alejados de gamberros y sinvergüenzas como Elvis Presley, Chuck Berry o Eddie Cochran.

Pero también entra un poco de aire fresco, anticipo de lo que vendrá después. The Beach Boys, un alegre y desenfadado grupo californiano, canta con abundantes coros y distintas voces lo maravilloso que es ser joven y las bondades de la playa, de las vacaciones, del calor, del verano. ¿Se puede aspirar a algo más saludable? Aunque el verano del 63 no estaba para muchas fiestas. Poco después de la aparición de Surfin´ USA, el segundo álbum de los Beach Boys, se celebraba en agosto la Marcha sobre Washington por el trabajo y la libertad. La manifestación, que aglutina a numerosas personas, reivindica la igualdad de derechos civiles y el fin de la segregación racial. Se reúnen los líderes de los movimientos civiles, distintas personalidades y cantantes, entre ellos Bob Dylan. Allí, Martin Luther King pronunció un discurso resonante, de gran influencia: I Have a Dream. La Marcha sobre Washington concentra a unas doscientas cincuenta mil personas, de todas las razas, y fue una demostración de fuerza y de expectativa: la de una clase media que aspira al mérito y a la felicidad constitucionales. El sueño del que habla King cuestiona el maltrato racial, por supuesto: “algún día mis cuatro hijos pequeños vivirán en una Nación en la que no serán juzgados por el color de su piel”. Pero incluye algo más: la esperanza de un mañana en que se valore por igual a todos, “negros y blancos, judíos y cristianos, católicos y protestantes”.

Sin embargo, antes de que acabe el año, otro suceso trastorna la vida de millones de norteamericanos. John Fitzgerald Kennedy es asesinado mientras recorre las calles de Dallas. ¿Acaso han sido los soviéticos?, se oye decir a algún locutor. La televisión retransmite la conmoción, el llanto del norteamericano medio, el estupor. Nos muestra a una elegantísima Jackie enfundada completamente de negro, con velo y con duelo: haciendo explícito el dolor de la primera dama. Decididamente, aquello representa un punto y aparte.

¿Un debate entre Joan Calabuig y Pepe Reig?

Por: | 06 de junio de 2013

JoanCalabuigEl Partit Socialista del País Valencià es una institución respetable del sistema político. Tan respetable es que corre el riesgo de ser sencillamente un partido de orden, conservador. Digo esto y me corrijo: el Partido Popular de la Comunidad Valenciana es conservador pero ha tenido unos representantes probablemente poco respetables. En fin, lo que quiero decir es que el PSPV corre el riesgo de desvanecerse si no está en la esfera pública, si no interviene en las redes sociales. Sé que hay algún dirigente de esta organización que ha dicho literalmente que las redes y Facebook están destruyendo el partido. ¿Acaso por no haber una sola opinión publicada? ¿Acaso por no haber un dictado que todos los militantes deberían seguir?

Con Ximo Puig, el secretario general del PSPV tuvimos una excelente experiencia. Propuse y organicé un debate con él y con Fran Sanz. El resultado fue esperanzador. Ahora, desde hace unos días, propongo un Pepereig1evento semejante. Se trataría de un debate con Joan Calabuig, máxima autoridad municipal del PSPV, y Pepe Reig, un cualificado militante de dicha organización.

Lo propuse días atrás, ya digo. Parece que hay silencios sonoros (y perdonen la expresión tan tópica). Parece que hay cierta resistencia. De momento, el sr. Calabuig no acusa recibo de mi propuesta. No me lo imagino temeroso: Joan Calabuig tiene tablas. No me lo imagino rencoroso: el sr. Calabuig sabe librar batallas que a veces gana o a veces pierde, o sea que es buen encajador. No me lo imagino sectario: Joan Calabuig discute no sólo con los afines; también con los que discrepan de su línea política. ¿Entonces?

Voy a conjeturar. Seguramente hay prevención, quizá desconfianza: no hacia Pepe Reig, un militante preparadísimo y de gran agudeza. Quizá al sr. Calabuig le frene mi persona. ¿Pero quién es Serna, un individuo que ni siquiera es militante del PSPV, para proponer un debate? Piense de mí lo mejor: lo mejor, me refiero, a la hora de ser moderado, moderador y tranquilo.

¿Pero y si el problema fuera Pepe Reig? Una amable militante del Partido Socialista del País Valencià me escribe privadamente y me hace una pregunta muy sensata. La hace como amiga de Joan Calabuig. Creo no ser indiscreto si reproduzco una parte mínima de su cuestión:

"¿No estaría bien que en lugar de Pepe Reig fuera otro u otra militante de base la que hablara con Joan [Calabuig]? Es que todos salen del mismo baul (...). Así que me parece estupendo el órdago que le lanza [usted] a mi amigo Joan, que por cierto, no va por la vida de dirigente distante, va de compañero de partido con la gente que se acerca a él como eso, como compañeros. Pero el oponente [que usted] no me parece el adecuado".

Creo que esta persona está equivocada. No conozco en el PSPV personas con mayor capacidad de persuasión que Pepe Reig. Como mucho, la capacidad puede ser equivalente. Reig es profesor universitario de Comunicación. Sabe de lo que habla, sabe hablar y sabe estar. Y además no es un extremado. Sencillamente argumenta como pocos en favor de la democracia, de la ciudad, de la ciudadanía.

¿Cuánto tiempo hemos de esperar una respuesta, incluso una respuesta positiva al desafío que planteo? ¿Espero sentado? Sinceramente, el sr. Calabuig tiene arrestos para estas cosas y para otras. Es defensor de causas colectivas y de asuntos controvertidos. No va a encontrar mejor disposición y auditorio para hacerse escuchar. Sr. Calabuig, es su turno.

Antonio Muñoz Molina. La felicidad

Por: | 05 de junio de 2013

24 de septiembre de 2010, Fotografía de Ricardo Martín

Antonio Muñoz Molina ha sido galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Si les digo que me alegro mucho, me quedo corto. Si les digo que mi felicitación es pura alegría, me quedo cortísimo. Voy a romper una norma que me impongo: no celebrar los logros de los demás refiriéndome a mí mismo. Pero no tengo más remedio. Ahora verán por qué. Antonio Muñoz Molina es, para mí, un autor de referencia: probablemente el novelista más importante de mi madurez. Fue mi padre quien me insistió en que lo leyera. Tanto y tanto me lo dijo, que acabé disfrutando El dueño del secreto (1994), obra que por entonces acababa de aparecer y que he leído de momento seis veces.

http://justoserna.com/2011/03/24/por-que-hay-que-releer-novelas/

Muñoz Molina fue para mí un descubrimiento relativamente tardío: 1994. Desde entonces no he dejado de leer sus obras. No he dejado de releer sus libros, de escribir ensayos sobre sus ficciones, de publicar reseñas, de presentarlo en Valencia y en Segovia, de vernos, de tratarnos, de almorzar, de compartir unas cervezas. Es más: él tuvo el gesto de avalar Diario de un burgués (2006), del que somos autores Anaclet Pons y yo, en un Madrid gélido: en el Círculo de Bellas Artes. Normalmente, no hay fidelidad que dure tanto. Pues bien, espero serle leal hasta que me muera.

Es un autor que se compromete, que escribe admirablemente, con el que discrepo y convengo, con quien comparto y disiento. No hay frase irrelevante. No hay obra menor. No hay texto breve. No hay idea secundaria. Todo en él es significativo y discutible. Todo en él es prueba de amor propio, de esfuerzo, de valor. De cultura y de lectura.

Puedo considerarme amigo suyo. No saben de qué premio gozo. Una tarde de 2004, en la cafetería del Colegio Mayor Rector Peset, de Valencia, tuvimos una conversación tres personas: Antonio, mi padre y yo. ¿Imaginan? Fue probablemente el día más feliz de la vejez de mi padre. Aún me emociono. Yo viví aquello con una dicha absoluta.

Antonio, un fuerte abrazo y mi enhorabuena. Justo.

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Fotografía: Ricardo Martín

Carta abierta a Joan Calabuig

Por: | 04 de junio de 2013

Uno. Cuando entre parejas se dice "tenemos que hablar", frase fatídica, está claro que hay un divorcio en ciernes. Al menos una separación. Debemos darnos un tiempo, debemos considerar nuestras Pepe reigrelaciones. Ya no siento lo mismo. Etcétera. La frasecita de marras es un aviso para navegantes.

Cuando yo le digo a Joan Calabuig --máximo dirigente del PSPV de Valencia-- tenemos que hablar, no hay referencia alguna a parejas de hecho o matrimonios. Claro que no. No hay broma ni guasa alguna. Es una frase literal que le digo porque sí: tenemos que hablar de lo poco que compartimos: el PSPV. Les pondré en antecedentes.

Al serme presentado Calabuig, la persona que hacía de mediador dijo de mí: simpatiza con el PSPV pero siempre está en el lado contrario, con los críticos. No sé. No sé si es exactamente así. Quiero decir: no tengo especial simpatía por el PSPV, organización en la que no milito; tampoco hago causa común con los críticos, entre quienes hay gente con la que no comulgo. Es al revés: quiero que el partido socialista me convenza; y veo que ciertos críticos socialistas me persuaden con sus argumentos.

No es posible que Joan Calabuig, una autoridad del PSPV, no me razone. No es posible que no derribe mis resistencias. Yo soy un votante. Debe esforzarse. Lo vi en televisión con motivo de las pasadas elecciones autonómicas y no me defraudó. Es más: escribí con convicción lo que ahora reproduzco (procede de mi blog: http://justoserna.com/2011/05/12/bon-dia-rebonica/).

Dos. "La respuesta de Calabuig siempre fue correcta, con el tono adecuado, mitinero cuando tocaba y pedagógico siempre. Fue creciendo en soltura y en mordiente. Irritó a la señora Barberá. Consiguió que la candidata se equivocara, que perdiera algún papel, que leyera mal en ciertos momentos, que se le agriara la expresión. Hubo instantes en que parecía a punto de estallar: tal era su ira. Aunque sólo sea por eso, la actuación de Joan Calabuig fue valiosa, meritoria, enérgica. En un par de ocasiones, a micrófono cerrado, la señora Barberá clamaba contra el candidato socialista, cosa a la que él respondía con elegancia y dureza dicendo algo así como: aquí tienen, aquí ven, mi oponente no me deja hablar, no desea que hable y que denuncie. Calabuig alternó el valenciano y el castellano, mientras que Barberá habló en un castellano por momentos farfullante". Punto y aparte.

Tres. Esto es lo que escribí de él. No se me dirá que fui hostil. Pues bien, lo que le planteo ahora a Joan Calabuig en esta Carta abierta es un debate en la sede del PSPV: en Blanquerías. ¿Conmigo? No: yo ejercería de moderador, como en la exitosa sesión con Ximo Puig y Fran Sanz. Sin embargo, en este caso, el concurrente sería Pepe Reig, un significado y valiosísimo militante del PSPV. No se trata de ninguna encerrona. No se trata de humillar a ningún contendiente. Antes al contrario. Tengo experiencia en moderar debates y que yo sepa nadie se ha sentido especialmente lastimado con mi actuación.

Lo que le pido a Joan Calabuig, que fue candidato a la Alcaldía de Valencia, es que discuta con Pepe Reig. Siguiendo unas normas estrictísimas, eso sí: sin malas palabras, sin malestar. Del debate hemos de salir con buen ánimo. Cada uno habrá dado lo suyo. Y cada uno se habrá mostrado como es. ¿No hizo eso mismo Joan Calabuig frente a Rita Barberá?

El convocado puede decirme varias cosas. ¿Quién soy yo para desafiarle? ¿Quién soy yo para convocarle? ¿Quién es Pepe Reig, militante de base, para hablar con un dirigente? Las respuestas son las que con su ejemplo dio Ximo Puig días atrás: es un acto renovador en el que dos personas que coinciden en el mismo partido discrepan amistosamente, dos varones preocupados por las mujeres, por los niños, por la ciudad, por la educación, por la mejora. Yo haría de moderador garantizando el buen hacer y el buen resultado. No hay segundas. Hay una primera lectura y hay un lección que todos debemos aprender.

¿Acepta, sr. Calabuig?

 

Fotografía: Pepe Reig

No vamos a rezar

Por: | 03 de junio de 2013

Aunque pequemos de reiterativos o precisamente por ello: hay que repetir y repetirse. Hoy es día 3. El día del mes en que la Asocación de Víctimas del Metro de Valencia convoca su cita para protestar, para  hacerse visibles.

El accidente ocurrió el 3 de julio de 2006. Jordi Évole pudo emitir un programa de Salvados dedicado a esta desgracia, al olvido, a la irresponsabilidad. Fue una conmoción. Mostraba actitudes penosas de ciertos políticos; mostraba un posible compadreo para evitar las responsabilidades penales; mostraba muchas cosas. El 3 de mayo fuimos todos a la plaza, a las 19 horas, como estaba previsto.

Hoy, 3 de junio, hay que volver a la plaza de la Virgen de Valencia a las 19 horas. Para estar con los familiares, con los supervivientes. Y para hacer bulto. Se nos ha de ver como hormigas que acuden solidariamente, que forman un montón. Hay un montón de razones para ir y manifestarse. ZurdosTV y sus jóvenes colaboradores han grabado, montado, sonorizado este clip de convocatoria. No se lo pierdan. El propio Évole lo ha visto y campechanamente lo califica de "brutal". A las 19, todos a la plaza de la Virgen. No vamos a rezar. Vamos a acompañar y a protestar.

 

Hay que salir del ataúd

Por: | 02 de junio de 2013

DraculaLugosiLa vida da muchas vueltas, reza el tópico. Los que están arriba, estarán abajo. En cien años, todos calvos. Esos dichos suelen ser rencorosos, pues expresan una fatalidad: no hay que hacer nada, dado que todos salimos con los pies por delante.

Es mi deseo, sin duda. Salir con los pies por delante. Eso sí: ancianito, muy ancianito y con la vida ya hecha. ¿Ya hecha? No tenemos suficiente. Si tienes vida que caduca, no puedes reservarte para un más allá que nunca llega. Hay que ensuciarse las manos: tienes que valerte de ti mismo confiando en que por acción o por omisión no rebasarás tu nivel de incompetencia.

Miren el caso de Drácula: lleva siglos y siglos penando con una vida incabable y ahí está, ahí lo tienen. Él se pone con los pies por delante, pero a la que te descuidas salta de su lecho (de su lecho mortuorio) para cometer nuevas iniquidades, que son las que le permiten prolongar esa agonía de siglos.

Entre los humanos hay gente que vive como los vampiros: o porque chupa la sangre de sus congéneres los vivos; o porque simplemente confía en prolongar su mediocre existencia, pasando inadvertida. Durante buena parte del tiempo, ese humano que imita a Drácula hace lo mismo que el Conde: yace y espera largo tiempo, confiando también en que nada cambie para seguir en esta mediocridad de siglos por venir.

En medio de una crisis institucional como la presente, hay que salir del ataúd, hay que remontar, pero no para sacrificar a los demás o para malvivir acomodado esperando la eternidad. Hay que hacerse con la vida… propia para demostrar de qué somos capaces. Perdonen las molestias.

Ximo Puig, Fran Sanz y quién más

Por: | 29 de mayo de 2013

XimoPuigEl Partido Socialista es una formación generalmente temida o despreciada por sus rivales. ¿Hay razones? Sin duda, el PSPV no siempre lo ha hecho bien. A veces, incluso, muy mal. Ha pecado de arrogancia, como si tuviera la hegemonía de la izquierda local. Y ha pecado de moderación: como si sólo dicha organización fuera un partido de orden.

Bueno, pues vamos a darle la vuelta al argumento y creo que Ximo Puig nos puede ayudar: la izquierda será hegemónica en la Comunidad Valenciana si hay un partido socialista fuerte, si hay otras formaciones con aspiraciones; una organización de Gobierno, una coalición para formar un Gabinete, será posible si dejan de lado las mezquindades.

Juntar en un debate a un militante crítico y a un secretario general no es un acto irrelevante. Hay muchas y poderosas razones para acudir a un evento de esta clase. No es una conmemoración nostálgica; no es una celebración de las gestas del grupo; no es una exaltación de lo propio. Es, por el contrario, un diálogo sutil, una discusión de altura y de hondura en el que un secretario general se mide con sus militantes más preparados.

Y Ximo Puig es un dirigente de sólida formación. Tiene, quizá, que soltar amarras, que ser osado frente a un aparato, frente a una estructura orgánica de armas tomar. Puig ha demostrado audacia aceptando este desafío que yo planteé semanas atrás. ¿Sabrá apoyarse en los ciudadanos, en los militantes? Los aparatos de los partidos son necesarios, qué duda cabe, pero no son la fuente de legitimidad. Y no pueden ser el oigen del poder.

Que lo piensen bien: Fran Sanz y Ximo Puig me deben convencer para que apoye a los socialistas. Yo no milito, yo no soy un voto cautivo ni soy un estómago agradecido. Necesito tener la convicción intelectual y moral de que el PSPV es uno de los instrumentos del cambio. Uno de los instrumentos. Los restantes partidos deberían empezar a organizar actos semejantes. De paso, una lectura o relectura de Antonio Gramsci y, en fin, de Tony Judt no vendrían mal. A todos les podrían beneficiar.

http://ccaa.elpais.com/ccaa/2013/04/27/valencia/1367090286_201570.html

Aznar y los jarrones chinos

Por: | 28 de mayo de 2013

Les reproduzco el artículo que publiqué el 3 de noviembre de 2006. Lo titulé "Los jarrones chinos". Si me hacen la caridad, échenle un vistazo.

JoseMariaAznar2013Antena3Cuando uno es presidente del Gobierno o tiene responsabilidades muy graves no se le piden sutilezas, demoras o complejidades. Lo que se le exige es que tome decisiones sensatas que no agraven el estado de las cosas, que no provoquen la enemistad irreductible de los adversarios institucionales, que no lleven el país a la ruina. Lo que se le demanda es eficacia, una capacidad para resolver problemas, no para crearlos. La valoración la darán las urnas: mientras tanto, los escrutinios son públicos pero mediáticos, algunos pronunciados con la esperanza de derribar al mandatario que toma decisiones. Ese político debe guiarse por la lógica de la responsabilidad, del acuerdo, del ajustado cálculo de necesidades. Hay unas preferencias pero los recursos no son inagotables, razón por la cual debe jerarquizar.

Como nos recordaba Giovanni Sartori, los derechos jurídicos son absolutos: no son negociables y son prerrogativas que se reconocen a todos los ciudadanos por principio. Pero los derechos materiales son relativos: dependen del presupuesto. Precisamente por eso, el presidente no debe ser manirroto, no debe gastar a manos llenas ni emprender aventuras espoleado por grandes principios. En política debe haber principios, por supuesto, una guía de decencia, pero no pueden ser la base de la gestión ordinaria: de lo contrario, el gobernante avanza intoxicado por sus propias convicciones, hace del Gobierno la base de un proselitismo militante. Estas ideas no son mías, por supuesto. Son tesis que compartimos muchos después de haber leído a Max Weber: sobre todo su obra El político y el científico. Son ideas de lo que es el realismo prudente en política. Pero Weber admitía los efectos movilizadores de las utopías. De éstas se han seguido algunos de los experimentos más nefastos del siglo XX, aunque del horizonte utópico, añadía Weber, viene el empeño menor de reemplazar las cosas que pueden ser cambiadas. Un equilibrio entre ese fondo idealista y la gestión prudente es, seguramente, la mejor estrategia del mandatario.

Cuando ese presidente del Gobierno deja la política, los electores esperan que se distancie, que deje de dar la murga, que cobre una buena pensión, que alcance mayor estatura humana y que ceda el quehacer y el combate ideológico para los que están en activo. Los votantes (en fin, yo mismo y otros como yo) esperan de un ex presidente ironía, algo de guasa y algo de ternura que administrarse a sí mismo para admitir la pequeñez de los tesones humanos. El estadista está más allá de la pendencia y, por tanto, ya no tiene necesidad de justificar cada día, de proclamar nada. Puede obrar con esa soltura que manifiesta quien ya no desea triunfar, pues ha conseguido algo muy notable. Es entonces cuando entre los antiguos mandatarios vemos aparecer (o reaparecer) figuras inéditas, insólitas, insospechadas: gentes como ustedes y como yo, con dudas, con incertidumbres o incluso con una agudeza que no siempre supieron o pudieron aplicar cuando eran mandatarios. Unos se dedican a conferenciar o a dictar cursos: como José María Aznar, pues supone que tiene una experiencia aprovechable y comunicable, y otros consumen su tiempo con empeños de artesano, como Felipe González, que a lo que nos cuentan parece aquel personaje de García Márquez: el coronel Aureliano Buendía elaborando pececitos de oro.

Se le atribuye precisamente a González una frase interesante, descriptiva. Según la metáfora que aventuró en cierta ocasión, los ex presidentes del Gobierno serían como los jarrones chinos en una casa pequeña: valiosos, pero incómodos. Esas piezas únicas estorban mucho en cualquier sitio que se colocan, cosa por la que todo el mundo piensa en cómo deshacerse del jarrón chino sin que nadie quiera asumir la descortesía que ese retiro supone. González parece aceptar un discreto segundo plano, de florero: seguramente influyen los largos años de Gobierno. No es el caso de Aznar: su voluntaria y meritoria decisión de retirarse parece haberle dejado insatisfecho y, por proselitismo, se empeña en difundir un credo combatiente y quejumbroso. Crea fundaciones, inaugura editoriales, interfiere en política, incluso en su propio partido, y se pone dijes de pensador: tal vez porque la derecha a la que pertenece dice encarnar el liberalismo; tal vez porque se sabe intelectual orgánico y militante en guerra pedagógica contra todo lo que se le opone. Pero el problema, en su caso, no es el credo: la verdadera cuestión está en el desaliño ideológico con que lo expresa. ¿Para cuándo reserva Aznar la sutileza, la demora o la complejidad de su jarrón chino?

Justo Serna, "Los jarrones chinos", Levante-Emv, 3 de noviembre de 2006

El militante crítico y leal...

Por: | 24 de mayo de 2013

RojoIdentifiquemos el acto: 30 de mayo a las 19:30 horas en la calle Blanquerías, Valencia. Hay tres personas sentadas a la mesa: en este caso, Fran Sanz, Ximo Puig y yo mismo. Se disponen a dialogar.

No puede decirse que los tres seamos exactamente amigos o íntimos. Somos gente que se conoce, personas de la esfera pública que hemos coincidido anteriormente y que ahora vamos a hablar en voz alta. Hay invitados, asistentes que han acudido para escuchar esas intervenciones. Hay cierta inquietud en la sala, incluso mucha expectativa. ¿De qué vamos a parlamentar?

Hay cosas propias. El Partido Socialista ha de remontar su declive. Necesitamos una oposición verosímil y radical, una alternativa sólida. No basta con el PSPV, pero esa oposición no es creíble sin el PSPV: no hay compromiso sin los socialistas; no hay izquierda sin los socialistas. Ahora bien, el PSPV debe descartar toda altanería. Necesitamos desalojar a quienes nos han avergonzado, a quienes hemos deplorado por su ufanía y por sus despilfarros. Necesitamos desalojar a quienes han hecho del cargo su fórmula de clientelismo.

La democracia interna es el primer escalón. No se trata de ejercer el asambleísmo. Se trata de practicar la transparencia y de reconocer el mérito. Un partido socialista no puede funcionar con la ley de hierro de la oligarquía, pero las organizaciones rivales no pueden pensarse como exclusivas o prístinas o incontaminadas.

El militante crítico y leal es aquel que no acepta el patriotismo de partido como lógica; es aquel que entrega a la organización su tiempo y su raciocinio, sin que eso le suponga clientelismo o esclavitud. El militante crítico y leal muestra y demuestra su entusiasmo, su empecinamiento. ¿Por qué razón? Por la razón; por el pesimismo de la voluntad y por el optimismo de la inteligencia: justamente al revés de lo que decía Antonio Gramsci.

El mandatario leal y crítico es aquel que no acepta el patriotismo de partido como lógica; es aquel que entrega a la organización su tiempo y su raciocinio, sin que eso le suponga organizar clientelismo o esclavitud. El dirigente crítico y leal muestra y demuestra su entusiasmo, su empecinamiento. ¿Por qué razón? Por la razón: por el optimismo de la voluntad y por el pesimismo de la inteligencia: justamente lo dicho por Antonio Gramsci.

Volvamos a la mesa, a la mesa de debate del día 30 de mayo a las 19:30 horas en Blanquerías. ¿Se lo van a perder?

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Presente Continuo

Sobre el blog

Un historiador echa un vistazo al presente. Éstas no son las noticias de las nueve. Pero a las nueve o a las diez hay actualidad, un presente continuo que sólo se entiende cuando se escribe: cuando se escribe la historia.

Sobre el autor

Justo Serna

es catedrático de la Universidad de Valencia. Es especialista en historia contemporánea. Colabora habitualmente en prensa desde el año 2000 y ha escrito varios libros y ensayos. Es especialista en historia cultural y ha coeditado volúmenes de Antonio Gramsci, Carlo Ginzburg, Joan Fuster, etcétera. De ese etcétera se está ocupando ahora.

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