Hay quienes culpan de lo que está sufriendo Grecia a sus propios engaños, al maquillaje con el que ocultaron sus agujeros Goldman Sachs mediante, y hay quienes culpan directamente a Merkel, a la austeridad y a los rígidos programas impuestos por la troika a cambio del rescate. Pero la tragedia que está viviendo Grecia no es solo resultado de ambas cosas, ambas caras de una moneda que aún está girando despistada y peligrosamente sin encontrar sitio en el suelo. Buena parte de la culpa hay que endosarla también a la ligereza con la que hemos asumido la victoria de la tecnocracia.
Que el Gobierno de tecnócratas encabezado por Lukas Papademos fue una salida digna a la crisis creada cuando el socialista Papandreu se vio obligado a dimitir en otoño es una realidad. Se trataba de un ex vicepresidente del BCE que pareció digerible al dividido Parlamento griego incapaz de llegar a otros acuerdos y homologable a unos socios europeos espantados entonces por la propuesta de un referéndum que querían evitar.
El problema vino después: ¿Qué puede llegar después de la tecnocracia? ¿Qué salida le queda a un pueblo que ha visto fracasar a sus políticos? ¿Qué capacidad de regeneración pueden tener los partidos que no han logrado evitar el abismo, que no han sido capaces de retener la soberanía para Grecia y de pilotar una salida de la recesión? Entre nula y escasa.
La voladura incontrolada del bipartidismo que vivió Grecia en las elecciones del 6 de mayo ha colocado a Europa ante un peligro mayor que el de la crisis: el de la democracia inservible. Fracasados los grandes partidos, los griegos probaron suerte con nazis, con la izquierda radical y otros antes marginales. El resultado de mayo fue una ingobernabilidad sin apenas margen para la vertebración y salvación del euro. El de este domingo está por analizar.
El camino que abrió Grecia continuó después en Italia. Mario Monti (ex comisario europeo y es asesor de Goldman Sachs) dirige la economía italiana con el permiso de unos partidos de izquierda y derecha suficientemente comprometidos con que no se hunda el país, pero suficientemente asustados, también, ante la idea de que en algún momento las urnas luego les pasen factura. ¿Y después qué?
Portugal y España tienen un activo: Sus políticas, aunque impopulares, están regidas por Gobiernos elegidos en las urnas y endosadas por sólidas mayorías parlamentarias e incluso por la oposición. Un valor que no sólo no se debe menospreciar, sino al que hoy debemos aferrarnos. El Partido Social Demócrata del primer ministro Passos Coelho (conservador), ligado con el CDS, sufre desgaste, pero no deslegitimación. En España, el Gobierno popular de Mariano Rajoy ha cometido graves errores e imprevisión y no debería usar la mayoría absoluta para eludir la transparencia y el control, pero no está en cuestión.
Los gobiernos de tecnócratas han sido una solución temporal y de emergencia ante la alternativa del caos institucional. Que puedan desembocar en una nueva etapa de confianza en la clase política, de validez de la ideología y que devuelva las riendas a las organizaciones democráticas que deben vertebrar nuestro sistema político es algo por demostrar. Cuidado, pues, con la postecnocracia.