A diferencia de los vampiros, los muertos vivientes tienen un problema grave como protagonistas de una ficción: no hacen ni pueden hacer nada como personajes, simplemente van por ahí, caminando como zombis, nunca mejor dicho, comiéndose lo que pillan y no precisamente con buenos modales. Los vampiros dan mucho más juego: hablan, tienen sexo (mucho), intrigan, luchan por el poder, interactúan con humanos, viven miles de años, hablan... Quizás por eso (y porque no es la serie más adecuada para ver durante la cena y también porque llevar un tebeo con millones de seguidores a la pantalla siempre implica un enorme riesgo) existían ciertas reticencias entre algunos aficionados hacia The walking dead, que regresa este lunes a las 22.00 a la cadena Fox de su descanso invernal de media temporada (el episodio fue emitido el domingo en EE UU en AMC). Sin embargo, la serie apocalíptica que creó Frank Darabont antes de salir tarifando, basada en los comics de Robert Kirkman, también productor ejecutivo, ha batido todos los records de audiencia durante su tercera temporada. Pese a los muertos vivientes mudos, a los festines de carne fresca y al festival de escenas desagradables, el relato de un grupo de supervivientes en un mundo atestado de zombis se ha convertido en la serie más vista de la televisión por cable estadounidense.