Más Satán y menos Shakespeare

Por: | 10 de marzo de 2015

Kevinspacey

Si el Maligno tiene tiempo de ver series debe estar poniéndose las botas con la tercera temporada de House of Cards. Y es que los guionistas del show han dejado de lado la obsesión shakesperiana que tan plomiza resultó para la segunda entrega de la serie y se han lanzado en brazos de Joyce, Milton y hasta de Dante. De Maquiavelo hemos pasado a Lucifer con la misma rapidez con la que una moneda gira sobre sí misma antes de decidir si va a ser cara o cruz.

En la segunda temporada de House of Cards, la insistencia en el carácter pérfido y avillanado de la pareja se comió por completo las subtramas, como si fuera imprescindible comprender que nos encontrábamos ante dos genios del mal, dos gotas de agua paridas por la pluma del Marqués de Sade, un dúo indivisible, un malo-mala de una sola pieza . Hasta el pobre Doug Stamper fue dejado de lado para centrarse en el inevitable mensaje de que la pareja que manipula unida, permanece unida. Sin embargo, en el final de esa temporada ya se intuía lo que iba a ser el núcleo narrativo de la actual entrega: el —maldito— síndrome de Estocolmo.

SPOILERS de la tercera temporada a partir de aquí

La primera sorpresa es que Doug (Michael Kelly, el mejor actor de la serie) sigue vivo; la segunda es que el arranque de la tercera temporada es un espléndido flashback —a través de su perspectiva— de los primeros meses de Frank Underwood en la Casa Blanca. Ambas cosas son una suerte de shock y rompen —ya de entrada— cualquier similitud con la temporada anterior: Underwood ha llegado a lo más alto y Stamper resucita en el lodo, apaleado, casi asesinado, por una idea con formas femeninas que sólo pretendía huir de su captor. Lo segundo es la contundencia de la presentación del personaje de Kevin Spacey, que supera aquella de la primera entrega donde asesina al perro de su vecino: el presidente orinando en la tumba de su padre.

Del complejo villano de Enrique VIII se pasa al Anticristo, sin solución de continuidad. De los cigarros compartidos con su esposa en la ventana se pasa a los puros en las escaleras con el presidente ruso (una sensacional creación familiarmente ‘putiniana’ del actor Lars Mikkelsen) y de la pareja molecular de vasos comunicantes nos desplazamos al matrimonio de crisis atómica cuya implosión es sólo una consecuencia del cambio de roles que tan urgentemente demandaba la serie. La maravillosa Robin Wright olvida su carácter espectral de la segunda temporada (ese rostro inalterable que despachaba amantes y colaboradores con la gelidez del invierno siberiano) para meterse de lleno en los zapatos de la alta política y darse de bruces contra la sombra de su marido, en el que descubrirá al antagonista, a la bestia. Algo que —probablemente— sabía desde el principio, pero que se convierte en uno de esos pensamientos que jamás se verbalizan por temor a que se hagan realidad.

Robinwright

Si la idea luciferiana del hombre que prefiere reinar en el infierno que servir en el cielo no había quedado bastante clara, el momento en que Spacey divaga con un sacerdote (en una iglesia) sobre el significado del poder para poco después escupir a la efigie de Jesucristo es —probablemente— el non serviam más ruidoso que se ha visto en una serie (estadounidense o de cualquier otro lado) en la historia de la televisión. El hombre que desafía al mismísimo creador y le reprocha que no esté dispuesto a compartir su poder no dista mucho del que —si es usted creyente— fue expulsado del cielo por su soberbia. Puede que Underwood no sea Lucifer pero, desde luego, se caerían bien.

Pero matices religiosos aparte, lo que éstos aportan a la trama son, inevitablemente anclas emocionales que conectan con el espectador a un nivel extrañamente emocional: es imposible empatizar con ese tipo que parece despreciar todo lo que es humano. La propia fotografía de la serie (un gris oscuro que a veces es pura negrura) y la transformación del personaje de Spacey, sus canas, su voz, esa sonrisa que exhibe antes de volver a mentir como un bellaco, oscurecen al espectador, que observa algo sorprendido cómo se pasa del vodevil al drama, con impresionantes apuntes sobre conflictos que en el momento de escribir la serie no se habían producido (el conflicto palestino-israelí como espejo de la situación en Ucrania).

Houseofcards

Sin embargo, esa capacidad para convertir a Underwood en algo mucho más ‘elevado’ (en su ruindad y hasta en su condescendencia) le da a la serie un punto de apoyo para que todas las subtramas revivan con fuerza, en el contraste entre el mismísimo demonio de la política y los peones que se mueven a su alrededor, en el tablero que él ha dispuesto: la odisea de adicciones de Stamper, finalizada con una de las elipsis más terribles que un servidor recuerda en la pequeña pantalla; la historia de amor caduco entre la candidata demócrata y el asesor del presidente, escenificada en los pasos lentos de ella, esperando que él la llame antes de llegar a la puerta, y —por supuesto— el purgatorio de la primera dama, que por primera vez es capaz de advertir la auténtica naturaleza de su marido: esa conversación en el Despacho Oval cuyas palabras contienen más violencia que cualquiera de los asesinatos que se han producido en la serie en los tres años que lleva en antena.

Hay algo desolador en esta House of Cards. No es sólo la constatación de lo terrible que es la adicción a una idea (y todos en esta temporada son adictos a la suya propia, ya sea romántica o política) sino la presentación de una tesis aterradora: que como ya sucede con la guerra nuclear en la que no hay ganador, todos pierden, en el ejercicio del poder nadie puede salir impune. El poder no solo corrompe: posee. Y no sólo lo hace con aquellos/as que lo abrazan, también con los que lo respiran, con los que transitan, con los que se acercan demasiado. Si en la segunda temporada había dos malos de manual (Frank y Claire) y un montón de tipos y tipas que sobrevivían trampeando, en un esquema nítido pero excesivamente autorreferencial e hiperparódico, en la tercera el poder es un virus que lo parasita absolutamente todo, para el que no hay exorcismo que valga.

No encontrará el espectador ni un atisbo de humor, ningún momento sardónico, ninguna concesión, ningún guiño en ese finale: en la contemplación de ese presidente envejecido y encolerizado para el que no hay más que instrumentos de carne y hueso que le lleven del punto A al punto B. El espectador comprende —quizás demasiado tarde— que lo que intentan decirle es que no hay esperanza, que el idealismo es un cadáver y que nada bueno o sano sobrevive a la política, porque el poder, el poder de verdad, y en eso Frank Underwood estaría de acuerdo, solo se sirve a sí mismo.

Hay 14 Comentarios

muy buena descripción de lo que ocurre. gran artículo

Maravilloso articulo de crítica a una maravillosa seria, donde todos los actores sobresalen y de que manera. Muchas gracias por escribir este tipo de críticas con fundamento y no las cosas que no lee por ahi. Saludos!!

Kevin Spacey es un maestro. Coge el papel y lo estruja y muestra esa frialdad y falta de escrúpulos que hiela la sangre. Ahora luego acaba el episodio, y como sabes aquello que la realidad supera la ficción, te vas a la cama que al día siguiente hay que madrugar, y tenemos que ver el careto a tu jefe, un Frank Underwood a la española, con toda su mala leche, su falta de valores y cero de su inteligencia. Ay, a este paso me voy a tener que ver una de Paco Martínez Soria, a ver si me evade un poco. Oh, no si se parece a... horror!!!

"Ok, estupendo articulo de analisis literario-filosofico sobre una de las temporadas mas lights de House of Cards" +1

a emilio le diría un par de cosas. uno: escribir en mayúsculas significa gritar. dos: te has enterado de bien poco. si crees que esta temporada es un panfletos sobre el modo de vida americano es que, o bien no has visto la temporada completa, o bien tu concepto sobre el "modelo" es poco menos que alucinante.

excelente artículo.

saludos

Muy buen artículo y buenas apreciaciones. A mí esta tercera temporada me ha parecido todavía mejor que la segunda y ahí ahí con la primera. Dicen en los comentarios que sorprende que Frank quiera gobernar. Tonto no es este hombre, y es algo que deberíamos saber a estas alturas. Lo importante es que sus propuestas siempre están por encima de cualquier atadura (sea Congreso, sea el mismo Dios) y que su catadura moral le hace estar por encima del bien y del mal. Curiosamente, quien puede pararle los pies lleva su mismo apellido y es lo grandioso que se va gestando desde el episodio sexto.
En mi blog lo explico un poco más a fondo.

A mí me ha fascinado esta tercera temporada. Tiene otro ritmo, es más sibilina, más sutil e introspectiva. Y tiene hitos insuperables, casi todos con Claire como protagonista. Qué maravilla de serie.

@arbitrario estoy totalmente de acuerdo contigo, yo también empatizo con los Underwood, tambien me la he visto pausada. Y creo que tanto Claire como Kevin quieren hacer cosas "buenas", el fallo es que tienen su percepción muy particular de lo que es "bueno".

Supongo que todos saben que esto es un remake de una serie inglesa que, por cierto, está mucho mejor...

Ok, estupendo articulo de analisis literario-filosofico sobre una de las temporadas mas lights de House of Cards. Si, tiene sus momentos dramaticos y espeluznantes (orinar en la tumba, la pelea con Claire, el escupitajo a la cruz), pero en general, lo que daba vida a la serie, las manipulaciones de Frank se han diluido precisamente por tener el poder y solo agarran ritmo cuando vuelve a tejer su trama de manipulacion para obtener la nominacion del partido. Pero Doug? Quiza su drama como victima, pero su historia ABURRE. La trama rusa? Quiza interesante en como se negocia, pero falta de interes, precisamente por que Frank solo negocia. No se ve un camino donde alguna manipulacion de Frank aparezca al final. Irse al valle del Jordan? Pues no repercute mas que en una salida de los rusos. Si Frank le importa un carajo Claire para tener poder, por que esta rotura de la 4ta pared diciendo, sobre la candidata rival al saber que tenia informacion del diario "She can go after me all she wants. But she goes after Claire, I'll slit her fucking throat in broad daylight! ". Vamos, un defensa extrema de Claire cuando en la pelea se declara que solo la utiliza. No, no, esta temporada aprueba por los pelos.

@EMILIO ¿Los yankis adoctrinan a los europeos obre lo malos que son los de Podemos?

LOS YANKIS TRANSMITEN ESTA SERIE PARA QUE VEAMOS QUE TODO DEBE SER ASÍ... ASÍ ADOCTRINAN A LOS EUROPEOS CON LO MALOS QUE SON LOS MUSULMANES O LOS DE PODEMOS... Y LO BUENOS QUE SON ELLOS, AUNQUE SEAN MALOS, LOS SON "PORQUE ASÍ SON LAS COSAS"... QUÉ HORROR.

... a mi realmente me sorprende el cambio de rumbo de la serie, en que Frank deja de maquinar y, contra todo pronostico, parece estar interesado en gobernar...

Es más que evidente que te has metido jartada de capítulos... de ahí esa perspectiva tan lóbrega y deprimente. Siempre opiné que ver de corrido series enteras, es demasiado inmersivo, y en base al mundo que representan, pueden ofrecer una imagen angustiosa.

Por mi parte todavía no he terminado (voy a capítulo / dia) pero por lo visto a día de hoy, mi perspectiva difiere totalmente de la tuya. No solo empatizo completamente con Underwood, sino que son los demás los que traen peligro.... ¿no me dirás que el presi ruso te inspiraba confi? -por cierto, estupendo papelón-
La temporada tiene más guiños al espectador que cualquiera de las precedentes. En la escena del escupitajo, olvidas que tras caer al suelo el cristo y desmenuzarse a los pies de Underwood, éste rebusca y recoge uno de los pedazos, para romper la cuarta pared y decirnos: ""I've got God's ear now"....
JUASSSSS ¡puto crack!

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Quinta Temporada

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