Cuando falleció, hace un año, Néstor Kichner tenía una imagen positiva bien modesta (menos del 30 por ciento de los argentinos ponderaba su figura), venía de sufrir una derrota como candidato a diputado en la provincia de Buenos Aires y se preparaba para pelear otra vez por la presidencia, en una pendiente que se le presentaba empinada. Aquella realidad ha quedado opacada en el recuerdo, ahora moldeado por homenajes que lo han reinventado en clave de mito popular.
Ahora: ¿cuál fue su última contribución al presente político de Cristina Fernández de Kirchner?, tan diferente al que él conoció en sus últimos días.
Para Alberto Fernández, el jefe de gabinete que acompañó a Kirchner durante todo su mandato (2003-2008), fue la propia muerte la que modificó el escenario: "Cambió todo. El seguía, aún en los momentos de mayor debilidad, en el centro de la escena política. La oposición, en el único momento en el que pudo hacerle frente, fue cuando se puso en contra de Kirchner. El día que murió, desapareció el elemento que los vinculaba, que era el odio a Kirchner".
En el velorio, multitudinario, fue la primera señal, contundente, del cambio de clima: horas después de conocerse la noticia, la valoración positiva de la figura del ex presidente había trepado por arriba del 70 por ciento. Algo similar, aunque en otra dimensión, había ocurrido con Raúl Alfonsín. Tan vapuleado en vida y tan alabado después de su muerte, el entierro de Alfonsín iba a generar un clima propicio para el surgimiento de su hijo Ricardo como candidato a la presidencia de la Unión Cívica Radical.
Volviendo a Kirchner, Julio Bárbaro, otro ex funcionario de su Gobierno, opinó en el mismo sentido que el ex jefe de gabinete: "Como era él quien ponía el cuerpo, con su vida se lleva las broncas; y Cristina se queda con el dolor, la viudez y la posibilidad de construir una relación distinta" con la sociedad.
Pero sólo los ex kirchneristas, o quienes se han distanciado de Cristina Fernández de Kirchner, ponen el acento en la muerte. La presidenta y los ultrakirchernistas han empezado a hacer circular una interpretación bien diferente: Kirchner no alcanzó a ver los frutos de las batallas que libró antes de morir, pero nunca equivocó el rumbo: supo anticiparse.
La discusión tiene mucho que ver con visiones bien contrapuestas acerca del rol que jugó Kirchner en el gobierno de su esposa. Ahora se olvida, pero la convivencia pública entre un presidente que había dejado el poder con altos índices de popularidad para darle paso a la elección de su mujer, no había resultado sencilla. Después de tamaño gesto de despojo (o de ambición, porque la alternancia del matrimonio resultaba una estrategia útil para permanecer más de ocho años consecutivos en el poder) a Kirchner le resultó muy difícil acomodarse a un rol secundario, aún cuando se presentaba como un gladiador en defensa de "la presidenta coraje", como le gustaba llamarla.