Alberto Fernández, con Néstor y Cristina Kirchner
En las oficinas de YPF Repsol, un torre vidriada que se eleva en Puerto Madero, funcionarios del Gobierno que forman parte de flamante la intervención en la compañía hallaron contratos firmados por los gerentes del área de Comunicación Estratégica y Asuntos Públicos de la gestión anterior; encontraron papeles que les pareció conveniente difundir.
A través de Tiempo Argentino, diario oficialista si los hay, se supo que el ex jefe de gabinete Alberto Fernández ganaba un honorario de 25 mil pesos al mes por un servicio de consultoría que, según los términos del contrato, consistía en mantener a los directivos del área bien informados sobre la actividad parlamentaria y política del país.
El diario consignó por error que el contrato se había iniciado en octubre del año pasado: el propio Fernández aclaró luego que la relación se había originado mucho antes, y muy poco después de su salida del Gobierno, en julio del 2008, y por una gestión de Néstor Kirchner.
La anécdota, por un lado, diferencia a Néstor de Cristina Kirchner. La salida de Fernández, que había formado parte del círculo íntimo del matrimonio durante muchos años, lo había enemistado con la presidenta, pero Néstor Kirchner se sensibilizó cuando supo que su ex colaborador había sufrido un problema de salud y lo llamó para ofrecerle un ingreso mensual a través de YPF Repsol.
El relato también corrobora la intensidad del vínculo de Kirchner con Enrique y Sebastián Eskenazi. Viejos conocidos suyos de los tiempos de la privatización del Banco de Santa Cruz, Kirchner introdujo a los Eskenazi en YPF Repsol, cuando la petrolera era propiedad exclusiva de compañía la española, en un proceso de "argentinización" del 25 por ciento del paquete accionario, que se financió con créditos garantizados por los dividendos de propia la compañía.
El foco de la nota de Tiempo Argentino fue que Fernández había ocultado su condición de "lobista" de la empresa cuando opinó en algunos medios de comunicación de manera crítica sobre proceso de expropiación de las acciones de Repsol, a modo de reproche por su falta ética.
Entrevisté al ex jefe de gabinete en el programa que conduzco en Radio Continental, y Fernández objetó que lo llamaran lobista, porque su trabajo no consistía en hacer gestiones ante funcionarios del Gobierno o del Congreso en favor de la empresa, sino que brindaba información a los directivos, un trabajo más hacia adentro que hacia afuera. Muchas empresas importantes pagan a consultores y encuestadores para acceder a sus análisis y datos, y no es infrecuente que tengan servicios contratados en forma mensual.
En Argentina no existe legislación que establezca reglas para los funcionarios que egresan de la función pública. Otros países fijan un "período de carencia ex post": son normas que buscan prevenir los conflictos de interés para quienes están en tránsito entre la función pública y la actividad privada. Durante uno o dos años, el funcionario saliente no puede trabajar del otro lado del mostrador como lobista en el mismo sector de influencia que tuvo desde el Estado.
La ley de Ética Pública 25.188 sancionada en 1999 contemplaba alguna de estas restricciones, pero el artículo fue vetado por el entonces presidente Fernando De la Rúa en el año 2001. Cuando le hablé de las normas de carencia ex post, Fernández me dijo que, de existir, tampoco comprenderían su caso, ya que YPF Repsol no estaba bajo su ámbito de influencia directa como jefe de gabinete.
"No trabajé sobre información confidencial y no quise representar los derechos de la empresa", se defendió. También dijo que, para evitar conflictos de interés del estilo, él mantuvo cerrado su estudio de abogados mientras trabajó en el Gobierno, y que no lo dejó funcionando bajo la tutela de un tercero como se estila en la política argentina.
Considero que él igual debió informar a la opinión pública, al opinar sobre YPF Repsol, su condición de contratado por la empresa, porque resulta una norma bastante elemental de transparencia, aunque puede resultar algo incómodo de aclarar.
También puedo comprender que el ex jefe de gabinete diga que los medios oficialistas no quieren promover un debate sobre la ética de los funcionarios públicos, sino que sólo buscan mellar su credibilidad ahora que él integra las filas de la oposición, porque jamás repararon en exhibiciones tan grotescas como el significativo incremento patrimonial de la familia Kirchner desde su ascenso al poder.
"Cuando salí de la función pública, yo no tenía imprentas a nombre de mis amigos y ni tenía hoteles para vivir", afirmó Fernández. La imprenta fue una referencia a la investigación en marcha sobre los vínculos del vicepresidente y de su socio, José Núñez Carmona, con el grupo inversor que levantó la quiebra de la ex Ciccone Calcográfica; con esa frase, Fernández aludió también a los hoteles de lujo que el matrimonio Kirchner construyó en El Calafate. Uno de ellos es explotado en alquiler por un empresario que es a su vez contratista del Estado y el otro aloja a las tripulaciones de la compañía aérea estatal Aerolíneas Argentinas.
La fortuna del matrimonio Kirchner se multiplicado de manera notable desde que Néstor Kirchner llegó a la presidencia, allá por el año 2003, gracias a sus hoteles y a la compra a valor fiscal de terrenos en El Calafate que luego vendieron por millones. Boudou también declaró que su patrimonio aumentó mientras se desempeñaba como ministro de Economía gracias a ingresos provenientes de sociedades que creó con amigos suyos de la infancia, cuya actividad se desconoce.
Puede sonar ingenuo, pero sigo creyendo que sería muy deseable para mejorar la calidad de nuestra democracia y para bajar los niveles de corrupción en la política argentina que estos debates se dieran con más frecuencia, y no siempre de manera sesgada.