Recóndita Armonía

06 mar 2016

Réquiem por Harnoncourt

Por: Rubén Amón

La muerte de Nikolaus Harnoncourt (86 años) nos habría sorprendido si no hubiera sido porque ya había trascendido hace unas semanas la noticia de su retirada. Que era una forma de morirse. Y que anticipaba estos pormenores trágicos revelados ahora asépticamente por las agencias de noticias.

Hrn

Harnoncourt ha muerto al tiempo que ha aparecido su último disco. Un homenaje a Beethoven -Cuarta y Quinta sinfonías- que parece un testamento. Porque recurrió para grabarlas a la orquesta de su vida -Concertus Musicus Wien- y porque la versión demuestra la personalidad y la originalidad de Harnoncourt, demiurgo de un Beethoven telúrico, magmático. Que suena y abruma como nunca lo habíamos escuchado. Y que explica la mayor contribución de Harnoncourt a la música: la clarividencia, la capacidad de leer entre líneas, el asombro de convertir el silencio en la nota más sonora de la partitura, la concepción oceánica de la lectura musical.

A Harnoncourt le interesó menos el oleaje que la corriente. Nos llevó siempre a las profundidades. Sus conciertos eran acontecimientos. Sucedían cosas. Se producían experiencias memorables, trascendiendo la especialidad barroca que hizo del maestro berlinés un descubridor de Monterverdi, un cantor de Bach, un costalero de Handel, un discutible mediador vivaldiano.

Discutible quiere decir que Harnoncourt nunca buscó ni encontró la unanimidad. Menos aún cuando las grandes batutas de su generación -Karajan, Bernstein, Maazel, Solti- debieron observarlo como un excéntrico amanuense que halló en el barroco su territorio marginal. Fue el contexto en que grabó junto a Leonhardt la integral de las cantantas de Bach, proeza discográfica sin equivalencia y canon estético del que mamaron los herederos británicos, holandeses y franceses.

 

Harnoncourt perseveró en la minoría con la reputación del pionero. Y se despechó después como director de orquesta sin restricciones, hasta el extremo de concederse experiencias tan insólitas como el Porgy and Bess de Gershwin y la Aida de Verdi. No pasará a la historia gracias a ellas. Pasará a la historia por haber comprendido el misterio de Mozart en Don Giovanni. Por haber llegado a la esencia de Beethoven en la prisión Fidelio. Por haber acompañado de la mano el viaje a ninguna parte de Schubert. Por haber despojado a Dvorak de la propaganda. Por haber hallado la llave de Bruckner en el órgano de Graz. Por haber hecho de la música un rito dionisíaco. Harnoncourt ejerció de chamán, de brujo, pero también se demostró como un sabio, un filósofo, un humanista, desmintiendo el arquetipo del director/dictador. Ni siquiera llevaba batuta. La música se le deslizaba entre los dedos. La contenía. La exudaba.

 

Y su reino no fue de este mundo hasta que apareció entronizado en el Concierto de Año Nuevo de 2001. Allí descubrieron los profanos la expresividad de su gesto, las facultades de telepredicador, la hondura de su mirada, el carisma hipnótico, la combustión de la Filarmónica de Viena, el esfuerzo con que Harnoncourt hizo de la música una liturgia de la vida y de la muerte. Del sonido y del silencio. Tanto color. Tanto contraste. Tanta dinámica. Tanta implicación. Tanta emoción. Tanta pena, tanta. Ha muerto Bach otra vez. Y ha muerto Mozart.

 

 

Hay 4 Comentarios

De nuevo nadie se acuerda del gran Handel. Alguien algun dia hara justicia al poderoso dramaturgo que fue Jorge Federico. Pero Harnoncourt si lo hizo. Su Fiesta de Alejandro y su Belzhazzar son un redescubrimiento maravillos en un musico maltratado como ninguno por formas de interpretasion chatas y burocráticas. Curiosamente algunos handelianos fanáticos y un poco snobs lo criticaron por su aparente heterodoxia!!!. No importa, lo que importa es su recreación del gran orador musical que fue este primer Europeo, nacido en Alemania, formado en Italia y subdito Ingles.

Harnoncourt ha sido alguien que ha hecho que mirásemos a la música de otra forma muy diferente a lo establecido por los grandes factotums del circuito, tanto en concierto como en el más devorador mundo de las grabaciones, las grandes multinacionales y sus directores estrella.
Ni voy a favor ni en contra de ninguno de ellos, sin fundamentar un juicio de valor con argumento de peso. Para ser muy gráfico, ni soy acérrimo por fe de los Karajan, la gran pirámide que todos, se quiera o no, hemos escalado, ni de Harnoncourt; ni de I Musici o St.Martin in the Fields versus Musica Antiqua Köln o los Kuijken. Con Harnoncourt, como con Leonhardt, he aprendido a escuchar de otra manera.
Harnoncourt nos ha movido y animado a ponernos delante de la música como si fuese la primera vez, pidiéndonos que nos despojásemos de la memoria aprendida, a escuchar sin prejuicios y escoger sin resquemores ocultos. Eso, sólo eso, ya es una novedad, una vía abierta al futuro invaluable. Nunca jamás permaneceremos indiferentes. Eso en arte, en música no tiene precio, ni valor ni rasero.
Se acabó la rutina. Cada día una escala de Vivaldi o un coral de Bach es un nuevo mundo por descubrir. El oír da paso al escuchar. Hay un antes y un después de Harnoncourt, tanto para su Concentus, como para cualquier orquesta sinfónica, como para cualquier foso de ópera y como, lo más importante, para el oyente. Y allá cada cual con su elección.
Yo elijo la no rutina. Eso es uno de los nuevos paisajes, caminos y recovecos que le debo a Harnoncourt. La travesía de los océanos musicales en la nave de Harnoncourt ha sido y seguirá siéndolo apasionante y novedosa. ¿Podríamos decir lo mismo de cada intérprete que ha navegado por esas aguas? Yo creo que no.

Un director excepcional, que supo aportar una visión propia a la interpretación musical. Junto a Toscanini, Furtwängler, Klemperer y Boulez, lo mejor del siglo XX.

Una enorme pérdida, creo que no somos pocos los que entramos en el mundo barroco a partir de sus direcciones, descubriendo a Monteverdi gracias a su descomunal ciclo de Zurich junto a Ponnelle. Pero como demuestra el inicio de dicho Ulisse, la fragilidad humana es acechada por la fortuna, el amor... y el tiempo, que a todos nos arrastra hasta grutas tan profundas como su mirada, que se imponía amenazante como la de un mesías venido a rescatarnos, pero que se contradecía con su cercanía y simpatía.

Publicar un comentario

Si tienes una cuenta en TypePad o TypeKey, por favor Inicia sesión.

Sobre el blog

La ópera no muerde. Como mucho, aburre. Aficiónese o síganos. O haga las dos cosas a la vez. Intentaremos que no se arrepienta.

Sobre el autor

Rubén Amón

Rubén Amón Podría haber sido barítono, podría haber sido pianista, pero el autor de este blog tuvo que resignarse a un teclado más limitado, el del ordenador, para dedicarse al periodismo y explorar, incluso, uno de sus ámbitos más minoritarios, sospechosos y hasta esnobistas: la ópera y la música clásica.

Categorías

Archivo

agosto 2016

Lun. Mar. Mie. Jue. Vie. Sáb. Dom.
1 2 3 4 5 6 7
8 9 10 11 12 13 14
15 16 17 18 19 20 21
22 23 24 25 26 27 28
29 30 31        

El País

EDICIONES EL PAIS, S.L. - Miguel Yuste 40 – 28037 – Madrid [España] | Aviso Legal