Red de Casas del Ministerio de Exteriores

“Yo soy el Rey”

Por: Red de Casas

13 sep 2017

Juan Castell

Era aquel del siglo XIV un tiempo difícil para los hijos de Israel, pero no más que otros anteriores ni los que esperaban por venir, que todos lo fueron y serían desde que fuesen expulsados de la tierra que les prometió Adonai, y que con ello se vieron limitados en sus posibilidades de desarrollar las muchas capacidades que poseían; impelidos a ganarse la vida como bien pudieron. Entre ellas la medicina, como físicos, que tenían prohibido el acceso a la enseñanza del arte de la medicina en los cenobios primero, y en las escuelas que con el devenir de los tiempos fueron apareciendo en Occidente, después.

Es por ello que el personaje principal de Luz de Sefarad hubo de aprender el arte de los suyos, pero también de los musulmanes, que en un tiempo anterior a éste de la baja Edad Media fueron los depositarios del saber clásico de griegos y romanos, y conservaron el conocimiento de las escuelas de Hipócrates de Cos o de Galeno, entre otros, y ello les proporcionó prestigio y grandes figuras de la medicina. Por ello, los judíos siempre estuvieron en la proximidad de aquellos que podían decidir sobre sus vidas: los poderosos, que los apreciaron por sus conocimientos, gozando de enorme prestigio en el ejercicio de este arte como lo atestiguan figuras tan elevadas como lo fueron los profesores de la escuela de Montpellier o el propio Avicena.

Pero, a pesar de ello, tenían prohibido no solo el acceso a los lugares donde se enseñaba, sino al propio ejercicio de la medicina con los cristianos, lo que no era óbice para que los más poderosos y, a la cabeza de ellos los reyes, se procuraran físicos judíos a su servicio, como es el caso de los dos protagonistas de Luz de Sefarad, Muerte en Sevilla y Yo soy el Rey, en los que sus protagonistas muestran sus capacidades para afrontar los fenómenos de salud y enfermedad, no solo con los individuos como personas aisladas, sino haciendo frente a la mayor de las catástrofes sanitarias que conocieran los tiempos como fue la llegada de la gran mortandad, como se llamó en la mitad del siglo XIV a la Peste Negra. Y, valiéndose de los conocimientos de la época, y de una capacidad para interpretar las formas en las que Adonai materializaba el castigo de la enfermedad en los cuerpos, lograron ver en la tiniebla.

No menos cierto era que los judíos siempre tuvieron cierta superioridad intelectual sobre el común de los cristianos. Su obligación de leer la Torá ante la comunidad en su bar mitzvá; en esa ceremonia que le confería al niño judío su paso a miembro adulto de la aljama, le obligaba de forma ineludible a estar alfabetizado en una sociedad en la que el analfabetismo entre los cristianos estaba generalizado, incluso las mujeres judías que vivían en un ambiente familiar de hombres cultivados adquirían unas capacidades que no poseían las cristianas en general.

Los médicos judíos actuaron como transmisores del conocimiento clásico grecolatino a través de su contacto con el mundo musulmán, y el dominio de su lengua les proporcionaba las herramientas para ello. De esta manera adquirieron unas habilidades superiores y muy apreciadas por los nobles cristianos. Y, todo ello, hacía que dentro de la oscuridad generalizada de la época, en cuanto a los conocimientos médicos, el judío proporcionase una luz, como lo hizo el físico Moshé Asher Toledano y su hijo Asher Toledano, médico, este último, formado en la escuela de Montpellier; la más prestigiosa de aquella lejana época del siglo XIV, aprovechando esa relajación de las normas prohibicionistas que permitían de facto hacer lo que la norma prohibía. Y, gracias a ello, pudo estudiar y también ser médico de reyes, de Pedro I de Castilla nada menos, y de este modo ser testigo directo de los acontecimientos de una época. Como también lo había sido su padre de las regencias de la reina María de Molina tras la muerte de su esposo el rey Sancho IV de Castilla y la minoridad de su hijo Fernando IV, primero, y posteriormente tras la prematura muerte de éste con la de su nieto Alfonso XI.

Y así, de la mano de Moshé Asher Toledano y de su hijo Asher recorreremos y analizaremos una época, una cultura; varias, una religión; tres, y un arte: el de la medicina, que aún tenía un largo, un larguísimo recorrido hasta nuestro tiempo, como el que tenían ellos por delante y, que a pesar de todo traerían luz a una tierra que estaba forjándose un futuro de injusticia y de grandeza, de valor y de ignominia; esta tierra era la suya, la nuestra: Sefarad.

 

Juan Castell es médico y escritor, autor de “Yo soy el Rey”. Su artículo se enmarca en la presentación de esta obra, que tendrá lugar el 19 de septiembre en la sede del Centro Sefarad - Israel.

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