Red de Casas del Ministerio de Exteriores

Janucá: cuando los judíos salen a la calle

Por: Red de Casas

06 dic 2017

Jorge Rozemblum

 

A pesar de la “desconexión” con lo judío que supuso para España la expulsión en 1492, hay una fiesta del calendario hebreo que ha trascendido mundialmente gracias a la abundante filmografía hollywoodense sobre la época navideña. Y es que la “Hanukkah” que muestran es la misma Janucá de la que hablamos aquí. Pese a su visibilidad mediática no es, no obstante, la celebración más importante: ni siquiera tiene una referencia bíblica (como Pésaj, la pascua de la salida de Egipto), sino que surge de la tradición, eso sí: basada en un relato histórico que aparece reflejado en los libros de Macabeos (que son canónicos del Antiguo Testamento cristiano, pero que no forman parte de la biblia judía o Tanáj).

La fecha señalada rememora un “milagro” acaecido hace más de dos mil años y que cuenta la implacable resistencia de un pueblo a perder sus señas de identidad y desaparecer tras siglos de sometimiento. En efecto, el pueblo judío y la tierra de Israel estuvieron bajo el yugo de imperios vecinos desde el siglo VII AEC, cuando Jerusalén fue saqueada por Babilonia, su Templo de Salomón destruido y sus élites secuestradas y exiliadas, hasta el alzamiento de los Macabeos contra la profanación pagana del Segundo Templo a manos de los seléucidas helenos, herederos de la expansión macedonia dirigida por Alejandro.

Es una fiesta singular ya que, entre otras cosas, aun celebrándose durante ocho días (como las jornadas que la exigua reserva de aceite purificado mantuvo encendido el candelabro, hasta que se logró reponer), todos son laborables, quizás indicando que la conservación de la identidad no debería destacarse como un hecho memorable, sino como un acto natural e instintivo de supervivencia. Pero, a pesar de que la heroicidad de la estirpe de Matatías que protagoniza los sucesos no mereciera su inclusión en el Libro más sagrado, sí lo hace la tradición, a la que seguramente refuerza el solsticio de invierno, cuya significación celebramos justamente como Fiesta de las Luces cuando el sol parece abandonarnos. Como inauguración o apertura (que es lo que la palabra janucá significa en hebreo) cuando el destino parece cerrarse ante nosotros. Como ruptura de las leyes naturales (milagro) frente a un poder que intenta confundirse con la voluntad divina.

Poco duró en términos de la milenaria historia judía la nueva independencia conseguida, apenas un siglo hasta la llegada del nuevo conquistador romano. Sin embargo, su recuerdo ha logrado que el pueblo de Israel conservara la memoria de lo sucedido, incluyendo en sus plegarias la alusión a los milagros de los que fueron testigos nuestros antepasados “entonces y en nuestros tiempos”, como reza la bendición específica de estos días. Porque el propio idioma hebreo designa a esta festividad con una palabra que tiene la misma raíz que educación (jinúj), enseñándonos que ésta no es más que la inauguración, la apertura o el estreno de nuevos pensamientos, de devolución del propio rostro que las influencias imperiales (hoy diríamos, globalizantes) han desfigurado y distorsionado adorando a ídolos de barro a los que ofrecemos en sacrificio nuestro propio ser.

Como toda fecha señalada en el calendario hebreo, el tiempo la ha dotado de rituales: el más visible de todos es el encendido durante cada una de sus vísperas de una vela añadida al candelabro de ocho brazos, o januquiá. Y, tal como indica el Talmúd (la recopilación de las tradiciones religiosas orales en los primeros siglos de nuestra era), es tiempo de enarbolar y proclamar a los vientos nuestra libertad, reconquistar las calles y la alegría de vivir como mejor escudo ante los que pretenden borrar lo que somos y fuimos, e instaurar la oscuridad. Esta intención de hacerla pública y notoria, con luces encendidas fuera de la puerta del hogar o en la ventana más cercana a la calle, es justamente el elemento que justifica que sea reconocida en toda ciudad donde more una comunidad judía, como sucede en los últimos años incluso en varias ciudades de nuestro país.

Es un festejo que, según la ley judía no obstante, no tiene el halo de santidad de un simple shabat (el descanso sabático): quienes lo observan trabajan normalmente, y no existe motivo religioso para que las escuelas cierren, aunque sí lo hacen en Israel desde el segundo día de la festividad y hasta su finalización. Es costumbre reunirse con familiares o amigos para el encendido de la januquiá e intercambiar presentes. En algunas comunidades, como las originarias del este de Europa (ashkenazíes) los niños suelen jugar con una peonza especial de cuatro caras (llamada dredl en ídish o sevivón en hebreo). También hay una profusa gastronomía basada en el elemento protagonista del milagro: el aceite; generalmente bollería frita de patata (látkes) o sufganiót, especie de dónuts rellenos de mermelada.

Janucá es una invitación a reinaugurarnos, a encontrar las fuerzas para seguir ostentando lo que somos en un mundo de disfraces y poses estudiadas; a confiar en que algo mantendrá encendida nuestra luz interior aún en la peor de las tinieblas.

 

Jorge Rozemblum es músico y director de Radiosefarad.com. Su artículo se enmarca en el evento “Milagro antes de Janucá”, que se celebra en Centro Sefarad-Israel el 7 de diciembre de 2017.

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