Cembrero

Sobre la autora

María Antonia Sánchez-Vallejo. Periodista con experiencia en Oriente Próximo y en la cobertura de las guerras de Irak y Líbano, llevo un cuarto de siglo viajando a Grecia. He pasado temporadas en Salónica, donde amplié mis estudios de griego, y he cubierto las elecciones de 2009 y buena parte de la crisis de la deuda. También disfruto del país en vacaciones.

Eskup

Juegos fatuos

Por: | 13 de agosto de 2012

Estadio Faliro
Peor no pudieron empezar los Juegos Olímpicos de Londres para Grecia: una atleta expulsada por un comentario racista en Twitter; el primer descalificado por dopaje de la competición; o la sorprendente noticia de que la delegación helénica había alquilado, por 192.000 euros, un elitista club londinense, el Carlton, para agasajar a invitados ilustres y patrocinadores (mientras el Gobierno pergeña la enésima vuelta de tuerca al gasto público, una reducción de 11.500 millones de euros para los dos próximos años).

El medallero tampoco ayuda a insuflar ánimos en el alicaído espíritu nacional, que siempre se ha mostrado henchido al viento en las causas deportivas (en baloncesto, sobre todo, pero también en la Eurocopa de fútbol 2004): los griegos sólo han logrado dos medallas (ambas de bronce), muy por debajo de España, otro pobre PIG en apuros, y a la par que Taipei, Catar y Singapur.

La escasa relevancia de la presencia griega en los JJOO no tiene nada de sorprendente: nunca ha sido una potencia olímpica, aunque inventara el concepto y además se colgara metafóricamente el oro ante el mundo gracias a la exitosa organización de las olimpiadas de 2004, que marcaron el principio del fin de su bonanza económica: estaban presupuestadas en 2.400 millones, pero terminaron costando más de 11.000 millones. El milagro sólo pudo conseguirse gracias a una profusión de créditos que hoy se paga muy cara.

Por eso resulta llamativo constatar el estado de abandono en que se hallan las instalaciones construidas entonces, gracias a las ingentes sumas de dinero público y la mano de obra barata de una legión de inmigrantes, hoy más acorralados que nunca por la crisis y por quienes, por las buenas o por las malas, quieren expulsarlos de Grecia.

Mi colega Juanjo Mateo me proporciona este reportaje de la agencia estadounidense Associated Press (AP) que revela la desidia y el despilfarro –dos realidades muchas veces de la mano en las políticas públicas- de la gran gesta olímpica de 2004, cuando se urdieron sobornos millonarios, sobres bajo mano para favorecer concesiones y cuando, también, Atenas se dotó de espléndidas infraestructuras -afortunadamente, en uso-, como el anillo de circunvalación de la ciudad y el metro, excelente.

La galería de fotografías del reportaje de AP muestra las antiguas piscinas como estanques de aguas casi pútridas, con algo parecido a nenúfares flotando entre plásticos y deshechos inidentificables y abundantes familias de batracios batiendo récords de buena vida. Las imágenes también revelan las malas hierbas creciendo por doquier, la pintura de las fachadas o el revestimiento del tartán cariados; los cerrojos absurdos a realidades que ya no existen ni cuentan.

Sólo una de las instalaciones que se usaron en 2004 sigue en uso, el estadio Panathinaico, en pleno centro de Atenas, donde suelen celebrarse ceremonias oficiales multitudinarias (por ejemplo, relevos de la antorcha olímpica). El de Faliro, sin embargo, está tomado por la polvareda y los cardos.

Bandera griega Olympics
Por eso cuando la bandera griega se izó ayer en la ceremonia de clausura de Londres 2012, y sonó el himno -muy solemne y serio, tan distinto de los alegres aires de opereta del brasileño-, había dolor además de orgullo, al ver en qué estado de depauperación se encuentra el país que concibió para el mundo la idea olímpica.

El País

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