Cembrero

Sobre la autora

María Antonia Sánchez-Vallejo. Periodista con experiencia en Oriente Próximo y en la cobertura de las guerras de Irak y Líbano, llevo un cuarto de siglo viajando a Grecia. He pasado temporadas en Salónica, donde amplié mis estudios de griego, y he cubierto las elecciones de 2009 y buena parte de la crisis de la deuda. También disfruto del país en vacaciones.

Eskup

¿Nazi o descerebrado?

Por: | 19 de marzo de 2013

Katidis3
¿Nazi? ¿O simplemente descerebrado? Yorgos Katidis, centrocampista del AEK ateniense, no podrá pasear la ristra de tatuajes que le adornan por los estadios donde a partir de ahora juegue la selección griega de fútbol, de la que ha sido apartado de por vida por remedar el saludo fascista sobre el césped. El sábado pasado, Katidis, de 20 años, marcó el gol de la victoria de su equipo ante el Veria en un partido de la Super League y lo celebró con el brazo en ristre, enhiesto, y una actitud tan fiera que sus excusas posteriores en las redes sociales –no entender el significado del gesto- suenan a vanas.

¿Ignorancia, cuando en el Parlamento griego se sientan 18 diputados, correligionarios de quienes, además de saludar a lo nazi, apalean emigrantes y fanfarrean con hacerles jabón en hornos crematorios, como mostraba un reportaje emitido el 5 de marzo por la televisión británica Channel 4? ¿Desconocimiento de lo que significa el ademán, cuando un día después Grecia conmemoraba solemnemente –con la presencia del primer ministro, Andonis Samarás-, el 70º aniversario de la primera deportación a los campos de exterminio nazis de los judíos sefardíes de Salónica?

SamarasDavidLa relación entre fútbol y las más difusas formas de violencia ultra no es nueva; tampoco la acción de Katidis (el italiano Paolo di Canio lo hizo en 2005, y le cayó sólo un partido de suspensión), pero mentar la bicha nazi en Grecia es hoy azuzar el pútrido huevo de la serpiente. Las más que fundadas sospechas de connivencia entre hooligans y miembros de Aurora Dorada cobran relieve con la acción de Katidis. Los estadios griegos son ollas a presión donde muchas veces se dirimen diferencias, políticas y de las otras, como en 2004, cuando la selección nacional –a la sazón campeona de Europa- perdió ante Albania en un partido clasificatorio para el Mundial de Alemania, con el resultado de un muerto y cinco heridos por arma blanca. O, sin ir tan lejos, cuando en noviembre pasado el diputado de Syriza Dimitris Stratulis fue golpeado por tres camisas negras de Aurora Dorada en un encuentro en la cancha, qué casualidad, del AEK, un club de acreditada trayectoria antifascista y cuyo emblema es el águila bicéfala de Bizancio. Stratulis recibió también amenazas de muerte.  

“No soy un fascista y no lo habría hecho si hubiera sabido qué significa”, escribió en Twitter y Facebook el excapitán de la selección griega sub-19 para acallar la polémica. Puede que el bueno de Katidis hiciera novillos cuando en clase de primaria explicaron la ocupación nazi de Grecia (1941-44), un oprobio inoculado en el ADN y que hasta los críos de teta conocen; las matanzas de civiles en Kalávryta y Distomo a manos de oficiales de las SS; los 300.000 muertos literalmente de hambre, o la larga guerra civil que vino luego. Pero, por edad, seguro que sus abuelos sí se acuerdan.

Cementeriojudio
Las tumbas con la estrella de David profanadas hace unos meses en Salónica; las crecientes amenazas a la comunidad judía; el revisionismo de un asesor del mismísimo ministro del Interior griego, cuya dimisión han pedido los responsables de la misma… Y mientras tanto la arrogancia rampante de Aurora Dorada, abriendo sedes por doquier –en Nueva York, en Nüremberg, en Australia…- y dando clases de espíritu nacional en los colegios en medio de la putrefacción social causada por cinco años de crisis. El saludo de Katidis no es baladí, ni una anécdota o un hecho marginal. Es el mal encarnado en un bosque de tatuajes sobre fondo verde.

Créditos fotos:

Yorgos Katidis saluda tras marcar el gol que dio la victoria al AEK. © Giannis Liakos (Reuters/Icon)

Andonis Samarás, en la sinagoga Monastirioton de Salónica. © Alexandros Avramidis (Reuters)

Tumbas profanadas en el cementerio judío de Salónica.

¿Una década perdida?

Por: | 08 de marzo de 2013

NoFuture
Un despacho de la agencia Europa Press fechado el pasado 4 de marzo en Nueva York informaba de que, según los Índices Russell de análisis e inversión, Grecia ya no figura entre los países desarrollados y ha pasado a engrosar la lista de los emergentes. O la traducción de emergente es un error, o un alarde de optimismo cuando no una broma de mal gusto, porque los estragos de la crisis en Grecia, tras cinco años de profunda recesión, se parecen más a los de la década perdida de la América Latina de los ochenta, con sus deudas externas impagables –y el default de México en 1982-, paños calientes como el Plan Brady y las ollas populares como pobre sostén de los hambrientos.

Grecia no es un país emergente, pese a la consideración de Russell (o la traducción hecha por la agencia): no es Sudáfrica, ni Rusia, ni China, ni India, ni mucho menos Brasil, que durante el mandato de Lula sacó a cerca de 40 millones de personas de la pobreza y los insertó en ese bienestar plagado de servidumbres –consumo y endeudamiento- que llamamos clase media. En Grecia no hay pujanza por ningún sitio; el fenómeno  es exactamente el contrario: amplias capas de población hasta hace poco saneada pasan frío –el consumo de combustible para calefacción ha caído hasta el 70% debido a su alto precio- y viven un estado de privación material: un tercio de la población está bajo el umbral de la pobreza. Sólo en Atenas una famélica legión depende de los 191 comedores populares de la Iglesia ortodoxa, de las 250.000 raciones de comida diarias repartidas. La caridad ha sustituido a los derechos; la privación de África, al bienestar de Europa. “Nos hemos ido de Europa, las imágenes que ofrecen los medios [de la vida cotidiana en Grecia] son propias del Tercer Mundo”, cuenta en conversación telefónica Nikitas Kanakis, presidente de la sección local de la ONG Médicos del Mundo.

Repartocomida5
Lo peor es que, además de sojuzgarlos hasta la humillación mediante ajustes y reformas, se les tome por tontos (a los griegos, pero también a los españoles, o a los portugueses). Basta que un político o funcionario –generalmente, un subalterno - lance la posibilidad de nuevos recortes, para que el titular del negociado en cuestión desmienta el rumor… y la troika aproveche el eco para dejarlos a ambos en evidencia anunciando taza y media de suplicios. Un ejemplo: la supresión de puestos de trabajo en la Administración este año. Primero que sí, luego que no, para al final dar la cifra exacta: 25.000 funcionarios menos en 2013 como condición para recibir el siguiente tramo de la ayuda.

Otro tanto sucede con la rebaja del salario mínimo, que ya fue jibarizado en febrero de 2012: para los mayores de 25 años es ahora de 585 euros brutos; para los menores, 510. El globo sonda vuela a su antojo desde entonces, y hace poco más de un mes, Yorgos Mergos, subsecretario de Economía, apuntó que podría retocarse a la baja para hacer más competitiva la economía (¿como en Bulgaria, con un sueldo mínimo de 156 euros? ¿O en Rumanía, con 123?). Su jefe de filas, Yanis Sturnaras, le corrigió enseguida. Pero hace tres semanas el comisario europeo Olli Rehn apuntó que la discusión está abierta y, hace unos días, una docena de directivos de multinacionales pusieron como condición para invertir en Grecia la supresión de esos topes, contraproducentes a su juicio para reducir el paro. Según el diario To Vima, los ejecutivos ofrecieron al ministro de Desarrollo la posibilidad de invertir en minijobs con sueldos de 250-300 por trabajos de tres o cuatro días a la semana. El paro juvenil en Grecia es del 61%.

DouleiaPor eso conmueve especialmente el relato de la crisis de Kostas Tsapogas, que merecería leerse en las escuelas de negocios, y en los despachos del FMI o el BCE, para corregir el rumbo. Periodista, clase media desahogada y porvenir asegurado, Tsapogas y su esposa, redactora del mismo diario, perdieron sus trabajos pero se niegan a perder sus vidas y a dejarse llevar por el nihilismo que atenaza a sus congéneres, y echa a muchos en brazos de soluciones desencajadas como el partido neonazi Aurora Dorada. “Queremos creer desesperadamente que la situación no será permanente”, dice Tsapogas. “Creemos que el mayor peligro es sucumbir a la depresión (…) Cuando nos vamos a la cama por la noche, caemos en la cuenta de que hemos sobrevivido un día más. Siete noches, y hemos sobrevivido otra semana”.

Como América Latina, que sobrevivió al ahogo de la deuda, a los enjuagues del Plan Brady y a la miseria compartida y solidaria. Punto por punto, todo recuerda a Grecia: la deuda y la componenda de la quita; los rescates a cambio de ajustes, y viceversa; las colas de menesterosos ante las ollas populares.

 

Pura raza griega

Por: | 01 de marzo de 2013

Socrates
¿Certificados de pureza de sangre en pleno siglo XXI? ¿Y en la Unión Europea? A algo muy parecido suena la propuesta de 84 diputados de la conservadora Nueva Democracia (ND) de permitir el acceso a las Fuerzas Armadas, la Policía y hasta la guardia fronteriza sólo a “griegos étnicamente puros”, de pura cepa. La enmienda cuenta con el respaldo del jefe del Estado Mayor del Ejército y, cómo no, del partido neonazi Aurora Dorada –tercero en las encuestas de intención de voto-, que la considera “una gran victoria” y que desde hace semanas imparte formación del espíritu nacional –disfrazada de mitología clásica e historia de la antigua Hélade- a niños de 6 a 10 años. La moción de más de la mitad de la bancada de ND, que desautoriza a los griegos naturalizados por “cuestiones de seguridad”, fue retirada tras el rechazo de sus socios de coalición, el socialista Pasok y Dimar (izquierda moderada).

Hiela la sangre esgrimir el pedigrí, el rasgo identitario más visceral e irracional de todos, el más fortuito, cuando 200.000 niños, según organizaciones de inmigrantes, viven en Grecia en un desamparo administrativo y legal absoluto: sin papeles, sin derechos, sin nada. Son los hijos de inmigrantes con papeles nacidos o escolarizados en Grecia, que hasta hace nada, y gracias a una reforma legislativa del Pasok en enero de 2010, podían obtener la nacionalidad en virtud del ius soli (derecho de suelo). La desafortunada gestión del fenómeno migratorio por parte de los Gobiernos de Atenas ha arrumbado en el limbo a sus mayores, migrantes económicos o peticionarios de asilo, que debían aguardar hasta una década para obtener la nacionalidad.

InmipapelesEl 5 de febrero, el Consejo de Estado dejó sin efecto la llamada ley Rangusis (del entonces ministro del Interior socialista, Yanis Rangusis) por considerarla inconstitucional. Decenas de miles de personas que soñaban con regularizar su situación por arraigo o nacimiento, como la segunda generación de inmigrantes, han vuelto a quedarse suspendidos del aire. Como A., que supera la treintena y de origen sudanés, pero nacido en Grecia y sin papel alguno que lo pruebe –ni su nacionalidad ni su existencia administrativa-, o Jackie, de 21 años y origen keniano-nigeriano, una griega más a efectos cotidianos, pero una sombra infame en lo que hace a los legajos. O Enmanuela Rapusi, en su día albanesa, hoy nada, que llegó a Grecia a los 9 años y ahora trabaja, sin papeles, en una empresa de artes gráficas. Una veintena de asociaciones de extranjeros y organizaciones de derechos humanos han cerrado filas en torno a una campaña que han bautizado como Ιθαγένεια για όλα τα παιδιά (Nacionalidad para todos los niños, infra).

 La decisión del Consejo de Estado y la propuesta de probar “vínculos genuinos”, de sangre o estirpe, para entrar en el Ejército parecen las dos caras de la misma moneda: la de una agenda ultra, dicen los más críticos. Y ahí vuelve a asomar la bestia: ¿cuáles son esos lazos? ¿El factor RH, por echar mano de un ejemplo aranista? ¿Una ristra de apellidos libres de toda sospecha? (funcionarios como el actual portavoz del Gobierno, Simos Kedíkoglu, no satisfarían los requisitos: su apellido es de inequívoco origen turco) ¿La fe, la ortodoxia a machamartillo? Van por ahí los tiros, como si Grecia hubiera dado un salto atrás, a la época de la Dictadura de los Coroneles (1967-74), en la que la profesión de helenidad consistía precisamente en identificar la patria –otro concepto que asusta, en según qué bocas- con la Iglesia ortodoxa. Grecia, griegos, cristianos.

Está por ver cómo se resuelve científicamente –biológica, antropomórficamente hablando- la condición adecuada de grecidad para ser policía o capitán general. O para ser mesonero o ministro. Porque, si se esgrime únicamente el élan de la raza, muchos de los que han contribuido a forjar la historia reciente de Grecia no habrían pasado de la categoría de parias: como el coronel Mordejai Frizis, judío, un héroe de la II Guerra Mundial; los influyentes miembros de la comunidad sefardí de Salónica, motor económico y cultural de la ciudad –y blanco creciente de las iras de Aurora Dorada-, o, en fin, el diputado socialista perteneciente a la minoría musulmana, que en la misma tribuna del Parlamento de Atenas se ve hostigado por los neonazis, igual que sus correligionarios en la región de Tracia, el 1% de la población griega e igualmente periódico objetivo de ataques racistas.

Grafiti
Qué heladora es la sangre cuando hierve. Las bolsas de plasma y hemoderivados que cada jueves reparten las huestes de Aurora Dorada en un banco de sangre “sólo para griegos” compiten, y ganan, con los recortes que la Cruz Roja Suiza imprime a sus suministros al país por el retraso en el pago de los hospitales. El racismo avanza a dentelladas, como recuerda este descorazonador grafiti en una calle de Atenas, enviado por mi amiga M.: “Nuestros abuelos, refugiados; nuestros padres, emigrantes; ¿nosotros, racistas?”.

El País

EDICIONES EL PAIS, S.L. - Miguel Yuste 40 – 28037 – Madrid [España] | Aviso Legal