La Ruta Norteamericana

Sobre el blog

Viaja por el pasado, el presente y el futuro de la música popular norteamericana. Disfruta del rock, pop, soul, folk, country, blues, jazz... Un recorrido sonoro con el propósito de compartir la música que nos emociona.

Sobre el autor

Fernando Navarro

. Redactor de El País y colaborador del suplemento cultural Babelia y las revistas Ruta 66 y Efe Eme. Colabora también con un espacio musical en el programa A vivir de la Cadena SER. Es autor de los libros Acordes rotos y Martha. Cree en el verso de Bruce Springsteen: "Aprendimos más con un disco de tres minutos, que con todo lo que nos enseñaron en la escuela".

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Martha. Música para el recuerdo

“Un accidente de tráfico y sus consecuencias despiertan en Javi, un periodista inmerso en la crisis del sector, un torrente de recuerdos y sensaciones que le conducen a su juventud, a esos veranos en el pueblo con sus amigos, al descubrimiento del amor y de esas canciones que te marcan de por vida. Un canto al rock, a la amistad, a la integridad ética y al amor puro”


Fernando Navarro

Acordes Rotos. Retazos eternos de la música norteamericana.

Acordes Rotos. Retazos eternos de la música norteamericana repasa el siglo XX estadounidense a través de las historias de más de treinta artistas, claves en el nacimiento y desarrollo de los estilos básicos de la música popular. Un documento que tiene en cuenta a músicos esenciales, que dejaron un legado inmortal sin importar el éxito ni el aplauso fácil.

Carretera y manta con Jackson Browne

Por: | 30 de junio de 2010

Chris Isaak estuvo ayer sublime. El concierto en el Palacio de Congresos de Madrid fue, en una palabra, colosal. Es fascinante saber que todavía existen músicos tan grandes, elegantes y talentosos como este músico, metido a actor y auténtico showman.
Quiero quedarme con la anécdota que contó Isaak sobre uno de sus grandes ídolos, Jackson Browne. Según dijo, conoció a Browne en San Francisco y cuando se le presentó, todo emocionado, Browne le estrechó la mano y emitió un sonido apenas cacofónico, en plan broma y que dejó a Isaak sin palabras. Sería bueno saber cual de los dos músicos se ha ligado más chicas. Porque ambos están en lo alto de esa imaginaria lista de cantantes más atractivos entre las mujeres.
Precisamente, la revista Ruta 66 en su número de julio (con portada para Drive By Truckers) lleva un amplio informe sobre Jackson Browne, en el que colabora y se habla de sus primeros años en la escena de Los Angeles. Para estas fechas se antoja una lectura recomendadísima. Siempre asocio la agradable música de Browne con el preámbulo del verano. Como Isaak, me reconozco un fan irredento de Jackson Browne. Es uno de mis cantautores favoritos. Siento una empatía total con su música y su estilo. Me inspira y me hace sentirme en paz conmigo mismo.
Bien, España ha ganado y se ha clasificado para cuartos del Mundial de fútbol y parece que todo el mundo hoy está más contento, pese a la crisis, las huelgas y los problemas cotidianos. El fútbol siempre será una excusa para ser felices. Creo que la música también, aunque seguramente que de otro modo. Sin ser excluyentes, soy de los que fue perdiendo contacto con el juego del balón a medida que se adentraba más y más en el mundo musical. Y creo que la buena música tiene un poder más redentor y sugerente que el deporte. Pero sé que es cuestión de músicos.
Por eso, hoy, con el sol plano, pienso todavía en el concierto de Isaak, pero siento aún más ganas de pinchar algo de Jackson Browne. Hay tantas cosas en su discografía que me gustan que podría estar varios minutos pensándolo. Pero, amigos, hoy elijo esta: <<Running On Empty>>. Carretera y manta. Esta canción se mete por el cuerpo como la brisa por la ventanilla en un viaje por una larga y esperanzadora carretera solitaria.


Lágrimas con Chris Isaak

Por: | 27 de junio de 2010

“Soy un crooner. Hace años me encontré con un amigo íntimo de Roy Orbison y me dijo: “Chris, no eres un cantante de rock. Eres un baladista romántico como Roy”.

Después de regresar de tierras lejanas, tomo el contacto con este blog con cierto tembleque en las piernas. No puede ser de otra forma si uno piensa que mañana martes espero estar sentado frente a Chris Isaak, en el Palacio de Congresos de Madrid.
Elegante y majestuoso, el bueno de Isaak es mucho más que el autor de <<Wicked Game>> y lo tiene todo para ser un tío que cumpla de sobra sobre un escenario. De hecho, desde que tengo uso de razón musical con este hombre, siempre he pensado que Isaak debe ser una de las mejores y más profundas propuestas musicales para degustar en directo. Ese sentido trágico y bello de sus composiciones suelen ser difícil que dejen indiferente y se pueden clavar con fuego dentro de lo más profundo de uno mismo. Por lo que he podido leer por ahí, sus actuaciones en el Azkena Rock y otros sitios de la península han sido sublimes.
Tuve la suerte de entrevistarle al poco de salir su último disco, Mr Lucky. Fue para la revista Rolling Stone. Isaak se mostró como un tipo encantador. Durante nuestra conversación (él se encontraba en San Francisco, sentado frente a la bahía), el músico me contó lo que más arriba escribo sobre su parecido con Roy Orbison. Y a poco que se escuche sus tremendas baladas, se percibe que es seguramente el sucedáneo más certero del fallecido e irrepetible Orbison, con permiso siempre del mismo Orbison, allí dónde se encuentre.
Reconozco que escuchar a Isaak en la oscuridad, centrándose en sus crescendos vocales y en los vientos que acompañan a sus canciones, pueden poner los pelos de punta. Incluso, si te pilla bajo de defensas emocionales o con una copa de más, quién sabe, puede hacerte llorar. De hecho, él mismo me contó que ha visto llorar a varias personas (especialmente chicas) en las primeras filas de sus conciertos. Sin embargo, Isaak me confesó que hay una canción que siempre, siempre, le hace llorar. Se llama <<Auld Lang Syne>>, tema de origen escocés y que en Estados Unidos la gente canta en el día de Año Nuevo. A decir verdad, este himno intergeneracional siempre me ha parecido un temazo, una canción popular de las que emocionan y se graban en la memoria y piel de uno. Coincido con él.
Si mañana a Chris Isaak le da por cantarla, yo simplemente me muero ahí mismo, si no lo he hecho antes con algunas de sus grandes canciones. Y que Dios bendiga a este intérprete mayúsculo. El <<Auld Lang Syne>> más famoso del cine en Qué bello es vivir. Va por Chris Isaak.


Tom Waits, editor de la revista Mojo

Por: | 11 de junio de 2010

Mojo, posiblemente la mejor revista musical, que lleva publicándose desde noviembre de 1993, celebra su número 200 con un especial dedicado a Tom Waits. El crooner norteamericano protagoniza toda la revista con dos entrevistas (una a Hank Williams III, nieto del mítico músico) y artículos dedicados a sus discos, canciones, películas y libros favoritos.
Sinceramente, creo que es un número para guardar. La portada es tremenda pero además Mojo regala un cd en el que el propio Waits reúne canciones de Bob Dylan, Howlin’ Wolf, Ray Charles, Harry Belafonte, Cliff Edwards, Big Mama Thornton o Prisonaires. ¡Ahí es nada!
Menciono asimismo la página web de la revista por la gran recopilación que hacen de “los momentos Waits”. Dedicadle algo de tiempo (sacadlo si no lo tenéis) para disfrutar de este personaje hecho a sí mismo como un trapero cósmico, un hombre lobo de taberna abandonada.
Me dispongo a estar fuera de cobertura, sin pasar por esta ruta norteamericana, al menos durante 15 días. Causas mayores que bien merecen ser disfrutadas con la mejor compañía. Aparte, me llevaré mi Mojo. Prometo volver con las pilas cargadas.
Reconozco que en los próximos días, si veo una noche estrellada, será como escuchar el Closing Time de Tom Waits, un disco que marcó mi vida y me acompaña siempre en momentos especiales. A veces, la vida te pone a prueba y creo que hay que rebuscar mucho, incluso entre la niebla de los malos momentos o la basura, para dar con tu tesoro. Siempre anda esperando en algún lugar. Solo hay que salir al encuentro.


In memoriam: Hank Jones, exquisito pianista de jazz

Por: | 07 de junio de 2010

Reproduzco a continuación el obituario que el diario El País publica hoy sobre la muerte del magnífico pianista Hank Jones, que murió a mediados de mayo. Más vale tarde que nunca. Y valga esta ruta norteamericana para recordar a un hombre básico en el jazz, cuya música era medicina para el alma.
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Con su prodigioso talento a las teclas y su envidiable instinto, Hank Jones, exquisito pianista de jazz, fallecido a los 91 años el pasado 16 de mayo, siempre estuvo ahí, como escudero de Ella Fitzgerald, Benny Goodman, Charlie Parker, Miles Davis o John Coltrane, como puntal en plena tormenta del bebop o como un magnífico solista con un lenguaje propio cuando los caminos del jazz se dispersaban. El nombre de este músico, admirado por crítica y público, pese a estar siempre en un segundo plano, se cita entre los más grandes del género.
Nació en Vicksburg, Misisipi, en 1918. Su familia fue cuna de tres importantes músicos: el trompetista Thad Jones (tocó con Count Basie), el baterista Elvin Jones (formó parte de la banda de Coltrane) y el propio Hank, que tuvo como más temprana influencia a Fats Waller, famoso pianista en las ondas que introdujo el órgano en el jazz y destacaba por su estilo viril y simpático.
A comienzos de los cuarenta, su objetivo pasaba por trasladarse a Nueva York. El bebop empezaba a conquistar la Gran Manzana desde su base de operaciones en Harlem. Era un estilo nuevo, evolucionado del swing, con frases frenéticas y nerviosas, fundamentado en la improvisación y que reducía todo al mínimo posible. Bajo las recomendaciones del saxofonista Lucky Thompson, entró en la banda de Hot Lips Page en 1944. A partir de entonces, absorbió el complejo y fascinante idioma bebop y lo hizo suyo al piano. A fin de cuentas, aquella vanguardia latía en su elegante y expresivo toque. Coleman Hawkins y Billy Eckstine se beneficiaron de sus cualidades, aunque su primer contrato fijo llegó con Ella Fitzgerald, mientras aprovechaba cualquier oportunidad para tocar con Charlie Parker en abrasivas sesiones.
Jones pasó a ser el secundario de lujo, combinando el bebop con una energía propia de Art Tatum, uno de sus principales maestros, con el que registró el imprescindible Our delight, aunque su discografía recoge decenas de trabajos y colaboraciones. Fue músico permanente de Birdland, el más famoso club de Manhattan. Perteneció a la orquesta de la cadena CBS, que tocaba para los programas de Jackie Gleason y Ed Sullivan, un trabajo que le permitió en 1962 acompañar al piano a Marilyn Monroe en el célebre <<Happy birthday>> en honor al presidente John F. Kennedy. Ya como solista, y a un impresionante ritmo, mantuvo el nivel de pianista espléndido, repleto de versatilidad e imaginación y sorprendido en sus últimos años por los sonidos africanos.

Pasa a la historia, tanto por su música como por su presencia. Porque Jones siempre estuvo ahí, como data la fotografía más mítica del jazz, A great day in Harlem, publicada en 1958 por la revista Esquire; y hoy mundialmente reproducida en postales y pósteres, donde 57 famosos artistas del género posan en unas escaleras de la calle 126, entre las avenidas Quinta y Madison. Count Basie, Art Blakey, Charles Mingus, Thelonious Monk, Coleman Hawkins, Lester Young, Sonny Rollins o Dizzy Gillespie sonríen y, entre ellos, en uno de los márgenes, con la misma elegante aureola del blanco y negro, está Hank Jones.


Woody Guthrie, el auténtico héroe americano

Por: | 02 de junio de 2010

Guillermo Altares, ex responsable de Babelia y ahora redactor jefe del diario El País, y Cristóbal Manuel, fotógrafo del periódico, se encuentran desde hace unos días en Arizona para cubrir la polémica suscitada por la ley de inmigración aprobada en ese Estado norteamericano. El otro día, Altares publicaba un interesante artículo titulado “Esta tierra es nuestra tierra”, que indudablemente traía a la memoria el título de la canción de Woody Guthrie <<This Land is Your Land>>. De alguna manera, tanto tiempo después, la obra de Woody Guthrie sigue estando presente. Aprovecho, por tanto, para traer a este blog mi colaboración con la revista Efe Eme, dentro de la sección "Forajidos".

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"La vida de un hombre no vale nada si no vive de acuerdo con su conciencia”.
“La gran prueba” (“Friendly Persuasion”, 1956), dirigida por William Wyler.

El 23 de enero de 1943 el diario The Times sacaba el siguiente editorial: “Después de la guerra, el desempleo ha sido la enfermedad más extendida, insidiosa y destructiva de nuestra generación: es la enfermedad social de la civilización occidental de nuestra época”. Por aquel entonces, Woody Guthrie debía estar girando por algún lugar de Estados Unidos con los Almanac Singers, el grupo del joven Pete Seeger que simpatizaba con las ideas comunistas, mientras que, con su gorra a lo Oliver Twist y su cigarrillo a medio caer, desenfundaba su guitarra en la que se podía leer: “This machine kills fascists” (Esta máquina mata fascistas). Tras una Segunda Guerra Mundial asoladora y una depresión económica histórica, la prensa anglosajona buscaba definir la última década de un mundo que intentaba superar su estado terminal. Y, entre tanto, un pequeño hombre recorría su país, entonces ya primera potencia mundial, de arriba abajo, de este a oeste, para transmitir un mensaje de resistencia, de lucha diaria.
Décadas después de su muerte, Woody Guthrie representa todavía la voz de la clase trabajadora estadounidense. La voz del tipo que no fue bendecido, del hombre que la fortuna dejó varado en mitad de la carretera, pero cuya entereza era hierro forjado. Nacido el 14 de julio de 1912, la vida de este músico inquieto está marcada por la superación ante la catástrofe y la desidia. Se crió en Okemah, en el Estado de Oklahoma, motivo por el cual escuchó muchas veces en su vida el calificativo despectivo de Okie (nombre con el que se conocía a los habitantes de las Grandes Llanuras durante la época de la Gran Depresión), al que podía responder con un puñetazo. A los 15 años, Woody era un desastre en el colegio y limpiaba zapatos y recogía botellas vacías o chatarra para venderla. A los 17, se mudó con su familia a Pampa, Texas, después de que a su padre le diesen trabajo en una empresa petrolífera. Con el incipiente oro negro, Guthrie tenía opiniones claras sobre el nuevo mundo, donde unos ganaban mucho y otros apenas tenían para tirar. “El petróleo era lo que decidía si te trataban como un ser humano, como a un asno o como a un perro”, escribía el músico en su autobiografía, Rumbo a la Gloria (Bound for Glory).
El joven de la gorra entró pronto en contacto con la música y aprendió los entresijos de la guitarra, la mandolina y la armónica, incluso de instrumentos de percusión. Le encantaba escuchar las canciones de las emisoras de Pampa y allí sintió adoración por las composiciones folklóricas y el blues rural. Comenzó a componer para los Corncobs, una banda local, pero su primera canción en solitario daba buena cuenta de las que serían sus señas de identidad. Woody, el tipo deslenguado y batallador, se ponía en la piel del presidente Roosvelt y disparaba contra los responsables de las desigualdades sociales. Como buen forajido, no le faltaban balas. Siempre había a quién dar. Todas sus letras se ponían del lado de los oprimidos.
A principios de los años treinta, tras el crash del 29, la radiografía del país presentaba un aspecto desolador. En 1932, John Dos Passos, en su función de reportero de la conocida generación perdida, informaba que, por ejemplo, los parados de Detroit vivían en cuevas excavadas en enormes montones de arena abandonados. Su relato era el posterior reflejo de la realidad que Guthrie vería con sus propios ojos. Entre marzo de 1937 y septiembre de 1941, el músico se embarcó en siete viajes alrededor de Estados Unidos. En aquellas travesías, era un Huckberry Finn con guitarra, sin ataduras, en continua supervivencia. Robó fruta en las plantaciones, pescó en los ríos y cazó conejos en los campos. En la Gran Depresión, los hombres sin trabajo deambulaban por el campo en busca de alguna ocupación o se congregaban en las afueras de las grandes ciudades en colonias de chabolas de cartón, conocidas irónicamente en EE UU como hoovernilles, en honor a los despropósitos de las políticas económicas del presidente Hebert Hoover (1929-1933). John Steinbeck, otro narrador de la generación perdida, también documentó los hoovernilles en su magistral obra, Las uvas de la ira (1939). Estas chozas de los inmigrantes desheredados en su propia tierra fueron lugar de descanso y desamparo de Guthrie.
El músico, que también durmió bajo los puentes, aprendió qué clase de penitencia pasaba el obrero y el campesino en suelo americano. Woody descansaba entre los nómadas que se recogen en las fotografías de Dorothea Lange, a mitad, siempre, de la esperanza sujeta entre dientes y ningún sitio. Desde entonces, decidió convertirse en testigo de su tiempo. Como escribió en su autobiografía: “Con el negocio del petróleo en picado, el trigo llevado por el viento y la gente trabajadora dando tumbos asediada por hipotecas, deudas y facturas, enfermedades y preocupaciones de toda condición ruinosa, vi que tenía material para crear canciones”. A partir de ahí, nació un Charlot como el de Tiempos Modernos, pero con más mala leche y un instrumento de cuerdas entre las manos.
De la erosión de la tierra y las tormentas de arena llegó su paso a Nueva York y su encuentro con Pete Seeger con el que formó los Almanac Singers. El grupo, abierto a varios músicos, tenía su epicentro en Greenwich Village y tocaba canciones pacifistas. Sus integrantes, entre ellos Lee Hays de The Weavers, formaban parte del ala de la izquierda liberal, combativa y minoritaria estadounidense que en un principio se opuso a la entrada de Washington en la Segunda Guerra Mundial, más cuando Stalin pactó con Hitler en 1939. La participación en la guerra significaba ir contra la Rusia comunista. Sin embargo, los Almanac, influenciados por Guthrie, terminaron apoyando la lucha contra el nazismo para dar sentido a sus ideales de transformación global. Pero, después del ataque japonés de Pearl Habor en 1941, el FBI intensificó sus persecuciones comunistas y la sociedad receló del discurso de los cantantes. Los Almanac Singers dejaron de actuar.
Tras la guerra, Guthrie publicó artículos en panfletos y periódicos locales en los que llamaba a la resistencia contra el fascismo y los abusos del poder, mientras nunca paraba de tocar y componer cientos de canciones. Piezas de paso, improvisadas, según el público y el estado de ánimo, así como emblemas de su generación y las venideras, como ‘This Hard Land’ This land is your land. En un Diner de carretera, camino de Nueva York, escribió las primeras estrofas de este himno de la música popular estadounidense. Guthrie lo compuso en respuesta al tema ‘God Bless America’ de Irving Berlin. No podía soportar la complacencia de Berlin y su difusión generalizada por el país. Las emisoras de radio repetían una y otra vez ‘God Bless America’ cantada por Kate Smith, que a la postre se convertiría en la típica star singer con sus programas de televisión y sus actuaciones para el Ejército y los actos deportivos con regusto patriótico. La América de Guthrie no estaba bendecida por Dios, no daba gracias. El cantautor de Oklahoma señalaba otro rumbo, subido a un tren de mercancías o en la parte de atrás de una furgoneta de segunda mano. Hasta que la enfermedad se cruzó en su camino. En septiembre de 1954, ingresó en un hospital de Brooklyn. Iba cargado con un cuaderno de apuntes, su guitarra y el manuscrito de la segunda parte de su autobiografía, Seeds of Man. Enfermo de Huntington, poco a poco fue apagándose.
En octubre de 1967, Guthrie moría sin llegar a los 40 años. Mientras tanto, Irving Berlin llegaría a los 101, pasaría por Hollywood, se haría rico y recibiría todos los premios y condecoraciones nacionales posibles. De hecho, ‘God Bless America’ se considera el segundo himno nacional de EE UU. ‘This Hard Land’ This land is your land no ha tenido la misma suerte, aunque guarda su pálpito cómplice, pasando como una antorcha entre generaciones de músicos y tocándose todavía entre trovadores anónimos de Washington Square.
“Canto para hacer que te sientas orgulloso de ti mismo y de tu trabajo”, declaró Guthrie en mitad de la tormenta de sus tiempos. En sus memorias, Bob Dylan, que abandonó su pueblo de Minnesota para conocer en persona al ídolo de su vida, cuenta que se sintió como si le transmitiese su energía. Cierto: su legado quedaba en buenas manos. En Los vagabundos de la cosecha, obra periodística de la Gran Depresión, Steinbeck escribía en uno de sus artículos: “Un hombre a quien llevan de un lado a otro como una bestia, rodeado de guardias armados, hambriento y obligado a vivir entre la suciedad, pierde su dignidad, esto es, pierde el lugar que legítimamente le corresponde en la sociedad”. A ese lugar, a esa dignidad, cantaba con todo el espíritu Woody Guthrie.



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