La Ruta Norteamericana

Sobre el blog

Viaja por el pasado, el presente y el futuro de la música popular norteamericana. Disfruta del rock, pop, soul, folk, country, blues, jazz... Un recorrido sonoro con el propósito de compartir la música que nos emociona.

Sobre el autor

Fernando Navarro

. Redactor de El País y colaborador del suplemento cultural Babelia y las revistas Ruta 66 y Efe Eme. Colabora también con un espacio musical en el programa A vivir de la Cadena SER. Es autor de los libros Acordes rotos y Martha. Cree en el verso de Bruce Springsteen: "Aprendimos más con un disco de tres minutos, que con todo lo que nos enseñaron en la escuela".

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Martha. Música para el recuerdo

“Un accidente de tráfico y sus consecuencias despiertan en Javi, un periodista inmerso en la crisis del sector, un torrente de recuerdos y sensaciones que le conducen a su juventud, a esos veranos en el pueblo con sus amigos, al descubrimiento del amor y de esas canciones que te marcan de por vida. Un canto al rock, a la amistad, a la integridad ética y al amor puro”


Fernando Navarro

Acordes Rotos. Retazos eternos de la música norteamericana.

Acordes Rotos. Retazos eternos de la música norteamericana repasa el siglo XX estadounidense a través de las historias de más de treinta artistas, claves en el nacimiento y desarrollo de los estilos básicos de la música popular. Un documento que tiene en cuenta a músicos esenciales, que dejaron un legado inmortal sin importar el éxito ni el aplauso fácil.

El blues eléctrico de Elmore James para las vacaciones

Por: | 13 de agosto de 2010

Esta ruta norteamericana se detiene, por unos días. Es época de tomar un descanso, de desconectar, de hacer una parada en el camino y tomar aire. Las próximas tres semanas este blog estará inactivo por la llegada de las ansiadas vacaciones.
Supongo que uno siempre guarda para estas fechas lecturas y discos, como otorgándoles una dedicación especial. De alguna manera, es como decir que esas lecturas y esas escuchas no serán obligatorias, o precipitadas, o asumidas con cansancio. Serán algo especial, con cierta complicidad e ilusión por parte del lector. Desde hace cuatro meses o así, guardo para estos días de sosiego un libro musical, entre otros varios. Se trata de Blues. La música del Delta del Mississipi, escrito por Ted Gioia y editado por Turner Publicaciones.
Cuando cayó en mis manos, quedé prendado de sus primeras páginas y, consciente de que en esa época no tenía el tiempo suficiente para leerlo, me prometí reservarlo para las vacaciones. Estas han llegado y el libro de Gioia se antoja una opción magnífica, tras su monumental Historia del Jazz, publicada en 1977. Gioia tiene fama de hablar de música con documentación de investigador y pasión de un novelista, dos elementos que conjugan siempre en una lectura más que recomendable.
A la lectura de este libro se le sumarán también varios discos. Y en el día que comienzan las vacaciones, de siempre, el cuerpo me pide música alegre, efusiva, luminosa. Cierto que el blues suele asociarse a momentos trágicos, a pérdidas, a sufrimientos rutinarios, pero sería de locos pensar que no hay fiesta en su inmenso cancionero. En el día que arrancan mis vacaciones, preparándome para la lectura de Blues. La música del Delta del Mississipi, pienso en una canción de blues, por eso del libro, que se pueda pinchar para animar el espíritu.
Y, a bote pronto, se me ocurre pinchar algo visceral, con olor a tugurio y madrugada. El whisky en la mesa, la chica bailando con los ojos cerrados y el tipo sentado absorto en esos acordes vagabundos. Una tormenta eléctrica invadiendo el garito. Y el cuerpo me pide Elmore James, el gran Elmore James.
Máximo exponente de la técnica bottleneck con la guitarra eléctrica, James modernizó el blues con su riff y su sonido de raíces del Delta. Aunque nació y creció en el sur, puede ser considerado un bluesman de Chicago, la ciudad en la que desarrolló y grabó su estilo inconfundible. James representa al blues que más me apasiona, al blues agresivo, excitante, eléctrico y fiero. Sur emparentado con la electricidad de Chicago, al modo de Muddy Waters. Sin James, no estarían cosas que me revuelven el alma como John Mayall, Fleetwood Mac, Allman Brothers o Stevie Ray Vaughan. Y es por eso que me Elmore James suena así de fresco, décadas después, cuando las vacaciones esperan radiantes para ser disfrutadas.


El cementerio digital en el que a veces se convierte este blog tiene hoy que despedir a un músico bastante desconocido pero autor de una composición versionada por todos. Se hace necesario rendir un pequeño homenaje a Bobby Hebb.
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Sólo tuvo un éxito pero es más que suficiente para que los aficionados de la mejor música negra lloren su muerte. Bobby Hebb, fallecido a los 72 años el pasado 3 de agosto, era el autor de <<Sunny>>, una de las canciones más versionadas de la historia, pieza imperecedera de soul, que tomó tantos y maravillosos ropajes como grandes cantantes y bandas quisieron vestirla a su estilo desde la grandilocuencia de Frank Sinatra hasta la desmesura de James Brown.
Hijo de un matrimonio ciego que le enseñó a tocar la guitarra, la existencia artística que le tocó vivir a Hebb fue, como mínimo, singular. A pesar de que se hizo célebre cantando por la llegada de “días brillantes”, estos llegaron tan rápido como se fueron, tras el fulgurante ascenso de <<Sunny>>. Nunca más alcanzó una conquista igual que la de 1966 cuando la canción cruzó como un rayo la frontera de las listas de R&B y llegó al número dos de Billboard. Era el tema del momento en Estados Unidos. Esa repercusión le llevó aquel año a girar con los Beatles, ya por entonces el mayor fenómeno musical de la historia. Después siguió componiendo, como <<A Natural Man>> para Lou Rawls, que recibió un Grammy en 1971, pero su llama se fue apagando.
<<Sunny>> estaba destinada a ser patrimonio popular, relegando a su autor a un segundo plano. Con ese adorable y delicado crescendo de metales arropado por unos tímidos coros femeninos, radiaba una contagiosa inocencia. La fina voz de Hebb cantaba ilusionada, recitando frases simples pero evocadoras (“ayer mi vida estaba llena de lluvia… está soleado… me sonreíste y alivié mi pena”). Sin artificios, radiante de sinceridad y humanidad, guardaba la empatía de las mejores composiciones de soul de la historia. Como ellas, tenía el secreto de ensanchar el alma. Tal vez, por eso, el país entero la abrazó efusivamente.
Hebb compuso <<Sunny>> como una oración esperanzadora cuando se encontraba en plena tormenta vital, afligido por una doble tragedia. El 22 de noviembre de 1963, EE UU quedó conmocionado por el asesinato del presidente John F. Kennedy. En plena lucha de los derechos civiles, Hebb, un negro de Tennessee, sintió que la promesa de cambio en su agitado país fue acribillada vilmente. Dos días después, su hermano Hal fue asesinado a cuchilladas en la puerta de un local en Nashville, ciudad natal de ambos. Devastado pero con temple, el músico escribió <<Sunny>>, que más tarde grabaría en los estudios Bell Sound de Nueva York. Algunos quisieron ver en la canción una llamada a Dios, más cuando su autor decía que la cantaba para alejar a los malos espíritus.
Lo único cierto es que aquella plegaria había nacido para ser un clásico. Durante años, <<Sunny>> llegó a oídos de medio mundo en la voz de otros magníficos cantantes. Influenciados por el jazz vocal, Ella Fitzgerald y Frank Sinatra hicieron versiones repletas de estilo y algo más festivas. La voz de Dusty Springfield, recubierta de destacados arreglos orquestales, la bañó de urgencia. Por su parte, Marvin Gaye, con su habitual maestría, enlazó con el hermoso lamento latente del original mientras Stevie Wonder incluyó una emocionante armónica. Electric Flag la otorgó un ropaje más contundente con su poderoso blues eléctrico. Y James Brown la rescató en sus conciertos para revolucionar su ritmo, aunque fue el grupo Bobby Boney M el que añadió bases para hacerla un éxito en las pistas de baile.
Ciertamente, la lista es interminable. En el año 2000, la organización de derechos de difusión y autor de EE UU (BMI, en sus siglas en inglés) situó a Sunny en el puesto número 25 de las 100 canciones más divulgadas de la historia. Por entonces, Hebb, quien de joven tocó con Bo Diddley y se convirtió en uno de los primeros afroamericanos en actuar en el legendario programa radiofónico de country Grand Ole Opry, llevaba años sin sacar un disco y vivía recluido en su mansión de Salem (Massachusetts), aunque seguía cantando en un reducido circuito de locales. Anciano y olvidado, Hebb aseguraba haber escrito más de 3.000 canciones para decenas de músicos. A la vista de los resultados, a nadie, o a casi nadie, le importaba, como tampoco nadie, o casi nadie, se acordaba ya del autor de <<Sunny>>.


Reproduzco el obituario que escribí para el diario El País sobre la muerte de Mitch Miller. Considero que este hombre, pese a oponorse al rock'n'roll, fue una figura esencial de la cultura popular norteamericana, y representaba parte de los años dorados de la música popular estadounidense, entendida antes del auge del rock.
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El amplio y variado universo de la música popular estadounidense tenía en Mitch Miller, fallecido el pasado 1 de agosto a los 99 años, a toda una estrella. Presentador de televisión, director de orquesta, y, sobre todo, productor musical, Miller era un emblema para la cultura norteamericana y, especialmente, para la generación del baby boom, cuando en los cincuenta y sesenta los discos brillaban por su propósito artístico abundante en cuidadosos arreglos y el pop se disfrutaba en todos los hogares a través de la radio y la pequeña pantalla.
Nacido el 4 de julio de 1911, en Rochester (Nueva York), Miller formó parte de la rica generación artística judía surgida tras la II Guerra Mundial. Hijo de un inmigrante ruso y una costurera, se graduó en la Escuela de Música Eastman de la Universidad de Rochester. Como oboísta con talento, empezó su carrera en diferentes orquestas, llegando a participar en la lujosa formación de George Gershwin en 1934. Del mundo que rodeaba al maestro Gershwin, entre musicales de Broadway, compositores del Tin Pan Alley y clásicos de jazz, Miller absorbió la esencia del cancionero americano de primera mitad del siglo XX (conocido como Great American Songbook). Era música bella y pomposa, entendida como una seña de identidad del país, al igual que el cine de Hollywood.
A mediados de los años cuarenta, dejó los instrumentos para saltar al sector discográfico en Mercury Records, un pequeño sello que llegó a colocar entre los más importantes del negocio gracias a su trabajo en las labores de producción con Frankie Laine, Vic Damone o Patti Page. Con esta última, Miller demostró su talento y se convirtió en un pionero al introducir nuevas técnicas de sonidos sobre grabados en Money, Marbles y Chalk. A partir de ahí, dio el salto a Columbia Records, una de las grandes discográficas de todos los tiempos donde fue director de la sección de discos pop.
Con su peculiar perilla de bigote abultado y su rutilante sonrisa, fue un verdadero rey Midas de la música de estudio. Todo lo que pasaba por sus manos se transformaba en oro. En tan solo tres años, consiguió 51 números uno en grabaciones para Doris Day, Tony Bennet, Rosemary Clooney, Jo Stafford o Johnny Mathis. En el libro sobre la historia de Columbia Records, The Label, el periodista Gary Marmorstein cita a Miller en algunas de las cumbres más altas de la discográfica como un hombre atrevido a los mandos, que sabía lo que quería en todo momento. Rodeado de grandes vocalistas, su concepto artístico estaba abierto a los juegos instrumentales. Con todo, sus errores también fueron sonados: rechazó a una joven Aretha Franklin, distintos proyectos con Frank Sinatra y se opuso al ascenso del rock'n'roll.
A finales de los cincuenta, comenzó una célebre serie de discos titulados Sing along with Mitch, que hizo las delicias de la audiencia que huía de la música que popularizó Elvis Presley y demandaba canciones tradicionales. Ese era el mejor terreno de Miller. En los setenta, esa serie musical pasó a ser un programa de la cadena NBC, en una especie de karaoke televisado, donde un coro masculino interpretaba temas antiguos acompañado por algunas cantantes, como Leslie Uggams. Los espectadores podían unirse y entonar las letras que aparecían en la pantalla. Este programa le permitió entrar en la mayoría de los hogares del país, siendo un referente familiar de primer orden. Su rostro, como su música, alcanzó desde entonces la posteridad en la cultura norteamericana.


El fantasma de Tom Joad en Mojave

Por: | 04 de agosto de 2010

Hijo: ¿De quién es la culpa?
Agente: Ya sabes quién es el dueño de la tierra. La Shawnee Land y Cattle Company.
Padre: ¿Y quién es Shawnee Land y Cattle Company?
Agente: No es nadie. Es una empresa.
Hijo: ¿Tienen un presidente, no? ¿Tienen alguien que sepa para qué es una escopeta?
Agente: Oh, chico, no es culpa suya, porque el banco le dice qué hacer.
Hijo: Muy bien, ¿dónde está el banco?
Agente: En Tulsa. ¿Para qué tomarla con él? Allí no hay nadie excepto el administrador. Y ya está medio loco tratando de cumplir con las órdenes que llegan del Este.
Hijo: Entonces, ¿a quién disparamos?
Agente: Amigo, no lo sé. Si lo supiera, te lo diría.


Las Uvas de la Ira (The Grapes of Wrath, 1939) – John Steinbeck
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Al día siguiente tenía un examen de Literatura, pero el problema era que aquella tarde ya me pesaban de alguna forma extraña los 18 años recién estrenados. Era el día de mi cumpleaños y yo tampoco estaba para tirar cohetes. Acababa de cagarla en un examen de Historia y me daba la sensación que era la peor forma de inaugurar mi mayoría de edad. Para colmo, era lunes, y odiaba los lunes.
A media tarde, llegué a casa y sobre la cama me esperaba el regalo de mi madre, que había dejado antes de irse a trabajar. Era un disco. Ella sabía de mi ceguera por Bruce Springsteen. Hacía unos meses que había descubierto su música y poco a poco me iba haciendo con sus álbumes, que llegaban a mis manos como pergaminos de desconocidas rutas en las que adentrarse. Aquel disco se llamaba The Ghost of Tom Joad (El fantasma de Tom Joad), y marcaba una única ruta: la Ruta 66.
Recuerdo que pasé olímpicamente de estudiar no sé cuántos nombres de escritores y memorizar cada una de sus obras con sus características y estilos que no entendía. Agarré The Ghost of Tom Joad y lo coloqué en la cadena de música. En aquella solitaria casa, sólo estábamos lo que Bruce tenía que transmitir y yo. No entendía una palabra de lo que decía pero lo cogí al vuelo. O al menos así lo sentí, mientras observaba esa carátula difuminada en tonos impresionistas que parecía indicar que algo se estaba cociendo en otro sitio lejos de donde yo estaba. La armónica punzaba cada segundo más fuerte y un nombre se quedó grabado al final del todo: The Grapes of Wrath.
Un amigo me dijo mucho tiempo después que este álbum trataba sobre las fronteras, reales y emocionales, que separan a un hombre con su entorno. Y hoy me sigue pareciendo la mejor definición posible sobre el disco. Porque, con The Ghost of Tom Joad sonando en mi habitación aquel cumpleaños, fui consciente de cruzar una frontera, sin saber muy bien cuál. La tierra nueva en la que me adentraba traía polvo y se masticaba tan cruda que te descolocaba el gesto.
Pronto me hice con un ejemplar de bolsillo de Las Uvas de la Ira (The Grapes of Wrath). Aunque cueste creerlo, la influencia del disco de Springsteen poco tuvo que ver. La novela de John Steinbeck hablaba por sí sola. El disco de Bruce era un emocionante homenaje, pero la historia de Steinbeck partía el alma. Con cada paso de Tom Joad, la tortuga y toda la familia, tú contenías el aire. Las Uvas de la Ira se había convertido en el libro de mi vida.
Con 18 años, a punto de terminar el COU, cuando el orientador del colegio te decía que lo tuyo era ser empresario y el vecino de toda la vida que Periodismo no traía más que hambre y siempre era mejor hacer Publicidad o Marketing con no sé que apellido, me prometí ser periodista porque John Steinbeck fue periodista. Seguramente, lo que quería era ser Bruce Springsteen, subido a un escenario y cantando cada noche con mi guitarra, pero consciente de mis tremendas limitaciones terminaba siempre mirando si el bolígrafo tenía tinta, antes que buscando el enchufe para una guitarra que nunca existió.
Ese sentido del reportaje, de la crónica social, del valor humano, han sido las motivaciones más importantes para creer en una profesión en la que muchas veces cuesta creer. Serviría un capítulo de alguno de los libros de este periodista estadounidense, que vivió en Nueva York durante sus años de joven reportero y terminó muriendo allí mucho después, para señalar el camino a muchos que, como yo, se pueden perder a las primeras de cambio.

El camino que marca Las Uvas de la Ira es la Ruta 66. Ese rumbo lo cogí hace años, después de vivir en Nueva York. Era el colofón a un pequeño gran sueño personal. Durante ese viaje, fue evidente que la Ruta 66 estaba trillada y había pegatinas allí donde antes había naranjas. Sin embargo, valía que un día el sol se pusiese en mitad de la carretera para justificar el viaje. También valía pasar por algún punto de la novela, tan extraordinario aún hoy como hace décadas.
Uno de ellos es el desierto de Mojave, donde el alba rodeó a la familia Joad antes de llegar a los viñedos y los huertos cultivados de California. Lo crucé en pleno mediodía, con el coche amagando con la reserva y quedarse sin gasolina. Afuera, abrasaba el aire. Pese a todo, crucé sin preocupaciones. En mi cabeza habitaban las peripecias de los Joad, tal vez también las fotografías en blanco y negro de Dorothea Lange, tan asociadas con ese transcurrir literario.
Pero, más allá de la ficción, habitaba la realidad de la que había sido (y todavía es) la tierra prometida para miles de inmigrantes mexicanos, chinos y filipinos a los que se explotó sin piedad y se terminó expulsando cuando empezaron a dar muestras de rebelarse o de querer organizarse para defender sus derechos. Mi realidad se hallaba cruzando Mojave. Sentía el mismo extraño sentimiento masticado que cuando leí Las Uvas de la Ira. Tal vez, era mi estúpido homenaje a la obra de Steinbeck. Mojave era una travesía, como una prueba de fuego en tierra quemada para dar con algo.
Sonando The Ghost of Tom Joad de Springsteen, Mojave se coló en mis huesos. Temblaban mis pensamientos. “El predicador saca un misal de su saco de dormir / Enciende una colilla y le da una calada / esperando el momento en que el último sea el primero y el primero sea el último”, cantaba con voz seca Springsteen. Y me acordé del viejo Steinbeck, que decía que su símbolo era Pigasus, un cerdo volador, “atado a la tierra pero aspirando a volar”. Tomé a Pigasus también como mi símbolo, porque con Mojave abierto al sol sentí que siempre sería mejor ser un cerdo que aspira a volar que un pájaro enjaulado.



PD 1. Tal vez, el verano, tal vez, la nostalgia de aquellos días, en esta ruta norteamericana estoy volviendo a rememorar parte de mi viaje por el Oeste de Estados Unidos. Aprovecho para recomendar el blog Motel Americana, de María Sánchez y Álvaro Llorca, también en El País. Ambos recorren la tierra del Tío Sam de costa a costa y ponen su particular banda sonora al mismo con entrevistas y reportajes.
PD 2. Dedicado este post a José Andrés Rojo, ex jefe de Cultura de El País y hoy en la sección de Opinión, por sus amables y desinteresadas palabras para con este blog. Rojo es autor del blog cultural El rincón del distraído.

Viaje por Arizona y Utah con The Byrds

Por: | 02 de agosto de 2010

Aquel consejo de Stephen, sin duda, me ayudó a alcanzar un éxtasis musical casi sin precedentes. Aún hoy, años después, lo recuerdo con cierta nostalgia como algo grandioso, imborrable, maravilloso.
Stephen Sheppard era mi profesor en la Universidad de Nueva York (NYU, como se conoce coloquialmente). Todo un figura. Había estado 25 años en la redacción del mítico programa 60 minutes de la CBS y tenía un Emmy en su curriculum. Para los que no lo conozcan, 60 minutes es un programa referencial en la televisión norteamericana por sus reportajes con rigor y capacidad de entretenimiento. En Nueva York, se considera de lo mejor que ha habido y hay en la pequeña pantalla.
En la Universidad, Stephen enseñaba, entre otras cosas, sobre ética periodística. El primer día, en clase, me pidió leer, con mi inglés extranjero macarrónico, una sentencia entera en mitad de un aforo repleto de estadounidenses. Él no sabía que yo era español y mi inglés estaba a años luz de lo deseable. Pero la leí. Tuve la sensación que nadie entendió ni una palabra. Levanté la vista, y Stephen dijo: “Bien, confirmo mis sospechas: este chico es amante del rock’n’roll. Alguien que viene desde fuera de Estados Unidos y viste una camiseta del CBGB’s tiene que gustarle el rock’n’roll”. Aquel día yo vestía una camiseta negra del ya legendario garito del Lower East Side de Manhattan. Y quedaba claro, por mi acento y torpe lectura, que no había nacido en la tierra del Tío Sam. El abogado que acompañaba a Stephen ese día, invitado para la clase, volvió a repasar la sentencia para dar comienzo a su explicación sobre el caso mediático.
A la salida de clase, Stephen y yo estuvimos hablando. Resultó que él también era un apasionado de la música y tenía pensado ir a España de viaje al final del curso, por lo que me pidió información de Madrid. Quedamos un par de días en una pizzería de la calle cuatro. Le preparé una pequeña guía de viaje de Madrid. Estaba interesado en el flamenco y, pese a no conocer mucho de la materia, le propuse algunos locales famosos de Madrid.
En mi caso, le conté que al final del curso tenía preparado un viaje por California y Arizona, siguiendo parte del recorrido de la antigua Ruta 66. Entonces, dejó caer su enorme trozo de pizza de pepperoni, se rió y me dijo: “Vaya, a tu edad hice yo ese viaje y me cambió la vida”. Entonces me pidió detalles del trayecto. Como me lo había estudiado, más o menos le conté lo que iría recorriendo cada día, aunque estaba sujeto a cambios. Me dijo que haciendo la Ruta 66 se hizo fan absoluto de The Byrds, a los que pinchó varias veces en su viaje. Yo le dije que tenía un recopilatorio de ellos y me gustaban, pero que ciertamente no había prestado atención a sus discos y no había profundizado en su abundante cancionero. En parte, tenía su sentido: The Byrds habían participado en la banda sonora de Easy Rider, la película de culto de los viajes de carretera y manta.
El último día de clase fuimos todos los estudiantes a la pizzería a celebrar el final del curso. Le llevé a Stephen la guía elaborada por mí. Él me llevó varios discos grabados de The Byrds. Mr. Tambourine Man, Turn! Turn! Turn!, Fifth Dimension, Younger Than Yesterday, The Notorious Byrd. Y me instó a ponerlos en el coche en determinados puntos de mi trayecto: camino del Gran Cañón de Colorado, cruzando California por la interestatales 40 y 5 o antes de entrar a San Francisco. Así lo hice.
Es difícil explicar ese viaje y esa comunión con los Byrds. Era un periplo lleno de horas de coche. Pude disfrutar muchísimo también de discos Mark Olson, Nick Lowe, Rolling Stones, Tom Waits, Springsteen o Dylan, pero lo de los Byrds fue distinto. Con el sol barriendo la carretera de más de 100 kilómetros de recta, con el desierto prendiéndose en su juego de contrastes, el folk-rock de Byrds era una oda a la aventura, un himno interminable al gozo del instante. Su adorable psicodelia, sus pasajes de guitarras y sus juegos vocales reflejaban sueños de carretera estirados en el horizonte, bañados en libertad y alegría.
Lo de los Byrds tenía su propia dimensión. Amantes de la música folk pero también de los grupos integrantes de la Invasión Británica, los Byrds combinaron tanto influencias de Dylan como de los Beatles, pero con el curioso añadido (debido a su enorme talento) de que ellos mismos terminaron por influir en sus maestros, arrastrando a Dylan a abrazar la electricidad, al igual que los Beatles (que asistieron a grabaciones de los californianos) añadieron en muchos temas el sonido McGuinn, guitarrista de The Byrds que sacaba acordes de su Rickenbacker eléctrica de 12 cuerdas. Su sonido cristalino y esplendoroso era la mejor respuesta americana a los Beatles. Aunque con cambios de formación y salidas y venidas, era una mezcla fantástica de talento: Roger McGuinn, Chris Hillman, Gene Clark, David Crosby…

Esos primeros discos que me pasó Stephen llevan sus propias señas de identidad, más allá del movimiento hippie y el sabor a contracultura que desprenden. Pinché esos discos, sobre todo, en los días de mi paso por Arizona. Entre los recuerdos de aquel viaje, guardo uno muy vivamente. Era media mañana y los rayos de sol hacían rugir la tierra cuando a lo lejos aparecieron las montañas de Monument Valley. En pleno corazón de los indios navajo, las inmensas montañas rojizas parecían derretir el cielo. Y en ese momento empezó a sonar el disco Fith Dimension. Los Byrds alcanzaron toda su dimensión, gracias al consejo del buen Stephen.


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