La Ruta Norteamericana

Sobre el blog

Viaja por el pasado, el presente y el futuro de la música popular norteamericana. Disfruta del rock, pop, soul, folk, country, blues, jazz... Un recorrido sonoro con el propósito de compartir la música que nos emociona.

Sobre el autor

Fernando Navarro

. Redactor de El País y colaborador del suplemento cultural Babelia y las revistas Ruta 66 y Efe Eme. Colabora también con un espacio musical en el programa A vivir de la Cadena SER. Es autor de los libros Acordes rotos y Martha. Cree en el verso de Bruce Springsteen: "Aprendimos más con un disco de tres minutos, que con todo lo que nos enseñaron en la escuela".

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Martha. Música para el recuerdo

“Un accidente de tráfico y sus consecuencias despiertan en Javi, un periodista inmerso en la crisis del sector, un torrente de recuerdos y sensaciones que le conducen a su juventud, a esos veranos en el pueblo con sus amigos, al descubrimiento del amor y de esas canciones que te marcan de por vida. Un canto al rock, a la amistad, a la integridad ética y al amor puro”


Fernando Navarro

Acordes Rotos. Retazos eternos de la música norteamericana.

Acordes Rotos. Retazos eternos de la música norteamericana repasa el siglo XX estadounidense a través de las historias de más de treinta artistas, claves en el nacimiento y desarrollo de los estilos básicos de la música popular. Un documento que tiene en cuenta a músicos esenciales, que dejaron un legado inmortal sin importar el éxito ni el aplauso fácil.

We shall overcome

Por: | 29 de septiembre de 2010

En un día como hoy, esta canción protagoniza La Ruta Norteamericana. Salud, solidaridad y templanza.



Otis Redding, fuego sobrecogedor del Sur

Por: | 29 de septiembre de 2010

Recupero para el blog el siguiente texto publicado para la revista Efe Eme dentro de la sección "Forajidos". El artículo está dedicado a la figura de Otis Redding, tristemente apagada demasiado pronto.


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”No me gusta que me supliquen. Detrás de una súplica hay siempre una mentira” “Duelo al sol” (“Duel in the Sun”, 1946), dirigida por King Vidor.

Aún hoy, sólo de pensarlo, resulta sobrecogedor: Estados Unidos prendía de costa a costa en ese reguero de disturbios durante la lucha de los afroamericanos por sus derechos civiles cuando Otis Redding, ese negro de la Georgia rural que solía vestir chaqueta blanca, ardía sin control sobre un escenario, de izquierda a derecha, arriba y abajo, sin parar, sin concesiones, y causaba el mayor de los incendios. Corría el año 1965, poco después de la Marcha sobre Washington y los trágicos sucesos del Verano de la Libertad en Mississippi, y el fuego estallaba con ‘Respect’. Su espíritu, el del negro que lo escuchaba y, seguramente, el de muchos blancos que también lo escuchaban, se declaraban en llamas, impulsados por esos vientos feroces y esos metales pesados que lo acompañaban. Imposible poner un cortafuegos a una voz que invadía el cuerpo, como el más agresivo y primario de los sentimientos. Solo de pensarlo, resulta sobrecogedor. Y cierto: aún hoy, solo de escucharlo, sobrecoge un cantante como Otis Redding.
Nacido en Dawson (Georgia) en 1941, Redding se crió en Macon, donde su padre compaginó su trabajo en una base militar con su labor de predicador. Pero el cabeza de familia enfermó y el hijo tuvo que dejar la escuela para hacerse cargo de cinco hermanos. Trabajó de dependiente de una gasolinera y de picador, pero sin abandonar su pasión por la música. En el colegio, había tocado la batería y se había familiarizado con los rudimentos de guitarra y piano en un cuarteto de gospel. El salto lo dio en 1958, cuando entró como vocalista en The Upsetters, el grupo del ídolo local Little Richard, quien siempre fue la primera referencia musical de un joven Redding. Allí, también conoció a su futura mujer Zelma, al guitarrista Johnny Jenkins y a su futuro manager, Phil Walden, un blanco relacionado en el mundillo del R&B. Como Little Richard, decidió viajar a Los Ángeles con la idea de encontrar algo de gloria musical, pero esta no llegaría. Durante los meses que pasó en la gran ciudad, Redding apenas sacó algo de dinero lavando coches y grabó un par de sencillos sin ninguna repercusión. De vuelta a Macon, se centró en la música y se convirtió en miembro permanente de la banda de Johnny Jenkins, The Pinnetoppers.
En el camino se cruzó Stax Records, la discográfica fundada en 1958 por el blanco Jim Stewart y su hermana Estelle Axton, levantada en un antiguo cine de un barrio negro y que dio alas al soul de Memphis. La casa de discos había obtenido un gran éxito en el verano de 1962 con el instrumental ‘Green onions’ de los Booker T. & The MG.’s. Esto permitió que los Pinneetoppers, que contaban con muchos instrumentales, tuvieran su oportunidad. Pero el material de Jenkins no causó impresión. Hasta que en las sesiones de grabación se dejó cantar a Otis Redding. Según cuenta el propio Phil Walden en el magnífico libro “Soulsville, U.S.A.”, escrito por Rob Bowman, él fue quien convenció al promotor Joe Galkin para que Redding grabara algo. La versión del ‘Hey, hey, baby’ de Little Richard no fascinó a Galkin, que no creía en la necesidad de contar con un sucedáneo del melocotón de Georgia en Stax, pero sucedió lo contrario con el tema ‘These arms of mine’, compuesto por Redding. El cantante alcanzó tal intensidad en el estudio que Galkin se quedó sin respiración. Era el prototipo de balada que haría famoso a Otis Redding. La sección rítmica marcaba una suave cadencia mientras su lamento, roto y visceral, subía el ritmo y se colaba por los poros de la piel.
A partir de entonces, Redding no dejó de grabar canciones y se convirtió en una insignia de Stax Records. Desde que puso un pie en esos estudios, no paró de crecer artísticamente. Sacó una serie de singles rompedores que se recogerían en discos que pasarían a ser obras maestras del soul. “Pain in my heart”, lanzado en 1964, mostraba el poder de Otis bajo el acompañamiento de los mejores músicos de sesión de Stax (Isaac Hayes al órgano, Booket T. Jones a los teclados, Al Jackson a la batería, Steve Cropper a la guitarra y otros ilustres nombres en los vientos). Un año después, certificó su talento como vocalista y compositor en “The great Otis Redding sings soul ballads” y alcanzó una de las cumbres más grandes de la historia de la música negra con “Otis blue”, grabado en vivo, como todo lo que se hacía en esos estudios de Memphis, en menos de 24 horas. “Otis blue” elevó al músico a la categoría de genio por su instinto insuperable para los arreglos y para la selección de canciones que hace suyas, como ‘Shake’ y ‘A change is gonna come’, ambas de Sam Cooke, quien había sido asesinado meses antes, ‘Rock me baby’ de B.B. King, ‘My Girl’ de Smokey Robinson, ‘Down in the valley’ de Solomon Burke o ‘Satisfaction’ de los Rolling Stones. El disco sería un gran éxito, pero más aún sirvió para definir un género: el soul.


Redding era puro sonido Stax gracias al equipo de lujo que siempre le rodeaba, incluida su banda Bar-Kays, y al mismo tiempo era simplemente Otis. El negro de Georgia partiéndose el alma en cada composición, combinando en su voz el blues y el gospel con un ropaje pop. No era un vocalista de escuela. Era un hombre de instinto, un paleto sureño, según terminología blanca dominante, que transmitía sus propios latidos del corazón. Las palabras de Otis sonaban reales, como un canto personal, pero que ofrecían un mensaje universal que entendía cualquiera, iban directamente a los huesos. En sus canciones, se podía notar el sudor apasionado de quien no regateaba. Y sus directos eran incendiarios, expresión suprema de su música. Jon Landau, antes de ser manager de Bruce Springsteen, como crítico musical de “Crawdaddy”, aseguró que Otis Redding se había convertido en el mensajero de un sonido excitante, el soul, que cruzaba todas las fronteras reales y ficticias, las de cualquier estado o país así como las de cualquier espíritu. Era un mensaje humano, natural y tan sentido que resultaba casi imposible no participar en él, mientras los vientos arropaban con efusividad cada letra masticada de Otis.

El canto de Otis estaba presente en un país que vivía el dilema nacional de su identidad. Mientras los políticos, poco a poco, iban cediendo a la presión afroamericana, liderada por Martin Luther King, los extremistas blancos se organizaban para ejecutar ataques y asesinatos contra la comunidad negra. En los mismos años que el músico sacaba sus discos y cruzaba fronteras comerciales, el Gobierno llevaba a cabo reformas legislativas para conceder más identidad ciudadana a los negros, pese a que los enfrentamientos no acabaron. Así, en 1964, se aprobaba la Ley de Derechos Civiles y, un año después, la Ley federal sobre el Derecho al Voto. En 1966, Redding, quien no era activista y pensaba más en términos laborales-comerciales de su carrera, quiso dejar constancia de su conciencia negra y dio a su mensaje un tono más reivindicativo al formar parte del supergrupo Soul Clan, un fantástico elenco que contaba con Solomon Burke, Wilson Pickett, Don Covay, Ben E. King y Joe Tex. Su single, ‘Soul meeting’, alcanzó el número uno de las listas de R&B. Esta alianza de gigantes del soul tenía un verdadero sentimiento negro. El objetivo era controlar de cerca sus ganancias y destinar parte de ellas a la comunidad, pero los gerifaltes del negocio discográfico asfixiaron el proyecto.
En 1967, el fuego de Otis llegó a Europa en todo su esplendor. Con bandas como The Beatles, The Rolling Stones o The Doors en lo más alto del mundo del rock, Stax decide promocionar a sus artistas en el viejo continente. Redding, Carla Thomas, Sam & Dave, Eddie Floyd, Arthur Conley, Booker T. & The MG’s giran por ciudades como Londres y París. El tour de los maestros del soul es un éxito y, tras las vibrantes actuaciones de Redding, la revista “Melody Marker” decide otorgarle el título de mejor cantante del año, reemplazando a Elvis Presley. Como se puede comprobar en el Festival de Monterrey, ante más de 50.000 personas, su dramatismo musical, lejos de ser una estudiada pose, adquiere connotaciones místicas. Janis Joplin así lo expresó, aunque verdaderamente Redding acudió a regañadientes a ese rollo hippy.
Visceral e intuitivo, Redding representa a un músico que rompe moldes, absolutamente suyo en la concepción del arte musical, entendido como una prolongación del cuerpo, como un estallido del alma. Sin embargo, como en las viejas historias del Oeste, al hombre que llegaba al corazón de la gente le esperaba un destino trágico. En diciembre de 1967, su avioneta se estrelló en las afueras de Madison, en Wisconsin, en el lago Monona. Otis y la mayoría de miembros de los Bar-Kays murieron en el accidente. Tenía tan sólo 26 años y, tres días antes, acababa de grabar ‘The dock of the bay’, que quedaría para la posteridad como una coda bella y melancólica. A su entierro asistieron todos los famosos del mundo del soul: James Brown, Stevie Wonder, Aretha Franklin, Sam & Dave, Booker T. Jones… Ya muerto, le apodaron el rey del soul. El trono le correspondía, sin duda, pero Otis era un hombre de pueblo, un tipo de su tierra, del Sur. El gran Steve Cropper, guitarrista que le acompañó en tantas sesiones, decía al referirse a los genios de Stax Records que contribuyeron a moldear un sonido fascinante: “Éramos obreros, no virtuosos”. Tomando como premisa sus sabias palabras, la magia residía en la sensibilidad a flor de piel y, Otis, Mr. Pitiful, se ha hecho inmortal como un obrero mágico de los sentimientos.


Texto original para la revista Efe Eme .

Hyseed Dixie, hillbilly gamberro y cómico

Por: | 27 de septiembre de 2010

Nuestra sección "Parada para repostar" cuenta hoy con un grupo de raíces norteamericanas especialista en versiones y hacer disfrutar al personal con su estilo gamberro y desenfadado. Alberto Lozano, al frente del programa radiofónico Callejón del hambre, comparte con los viajeros de esta ruta su experiencia de asistir a un concierto de estos tipos. Ya sabéis: lo que no se comparte se pierde, y sería una pena no oír hablar de Hyseed Dixie.
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Los mejores descubrimientos son siempre algo personal. Cuando un amigo trae un disco/libro/dibujo/poema/película o lo que sea que te hace “Clic” y un mundo entero, inexplorado, se planta ante ti, desafiante, diciendo: A ver si te atreves!!, en ese momento, tomas una decisión personal que a veces puede llevarte muy lejos. O puede que solo metas un dedo en el agua y digas: “Está fría, mejor otro día”
Otras veces no es un amigo, es un maestro, de la radio, de la escuela, de la barra, el que te abre los ojos como platos sobre un músico, un sonido, una idea (impagable escuchar a un mesonero hablando de Camarón, testigo involuntario como camarerode las andanzas por Cádiz de esa voz salvaje, hasta llegar a hacerse un flamenco de pro. -Yo que soy de Valladolid!! Y tuno!!- decía el mesonero con los ojos vidriosos)
Pero cuando te cae de golpe, entra en tu cabeza y ese clic, zas! te golpea desde dentro, entonces hay que lanzarse, con el riesgo de partirte la crisma contra tus propios prejuicios.
Esa fue mi experiencia en La Sidrería, en Potes, en el bar de Toño, vamos. Alargado, abigarrado y muy agradable, es uno de eso sitios en los que la banda sonora es tan importante como el argumento. Y en eso estábamos, disfrutando de unos buenos “argumentos” en la barra, con la vista fija en unos instrumentos plantados al fondo, con pinta de llevar ahí toda la vida. “Si” me decía Carlos “a veces llega alguno, y se sube a tocar y también hay actuaciones” Un sitio lleno de buena música. Y eso sonaba por los altavoces, blues, rock, country, blues-grass…
Las canciones, casi todas reconocibles, caían como la cerveza, suaves, en unas recién estrenadas vacaciones. Y yo soy de los que las canturrean mientras suenan, no lo puedo evitar. Así que mi sorpresa fue mayúscula y en negrita, cuando en medio de un acelerado finger-picking de banjo me encontré cantando: <<Highway to hell!!!>> ¿=)(/&%$··”?
Cómo??
Me lancé a por Toño con la cerveza casi como micro, preguntándole por tal maravilla. Me miró dos veces y me dijo: “Aahhh no los conoces? son Hyseed Dixie, son unos tipos geniales que hacen versiones de AC/DC en hillbilly.” Me tuvo que escribir el nombre en una servilleta de papel (un clásico de barra donde los haya) que guardé en el único sitio que se que no voy a perder, el bolso de mi chica.
Enterado por el propio Toño de que el disco tenia añitos (del 2001) y que había más discos de versiones sobre otros grupos, tuve que aguantarme las ganas de salir corriendo a un ciber, abandonando a mi familia y a la de mi mujer, para saber más de estos locos geniales. Es más, esperé toda una deliciosa semana de desconexión en Asturias, sin móvil y con un magnifico paisaje que disfrutar y patear.


Estos Hillbilly Rockers (“Paletos Rockeros” como se denominan a sí mismos) son buenos músicos, grandes vocalistas, cómicos y gamberros donde los haya. Cuatro tipos de Los Apalaches que me han hecho redescubrir las canciones de los australianos desde otro punto de vista y disfrutarlas de nuevo como hace mucho que no lo hacía.
El hecho de ya tengan 8 discos editados, que actuaran en el Azkena Rock en 2008 o que hayan vendido 200.000 copias de su debut en USA, no quita que fueran una sorpresa para este par de oídos asombrados.
Por eso los descubrimientos son personales y por eso aquí tenéis esta personalísima versión del <<Bohemian Rapsody>>. Si queréis mas, buscadlo vosotros mismos (cuentan una leyenda muy cachonda sobre como conocieron las canciones de AC/DC).
Que sea algo personal.

Texto: Alberto Lozano, creador y locutor del Callejón del Hambre (Onda Pacheli, 107.6 FM, Madrid)

Cuando Woody Guthrie y Steve Earle cantan por Labordeta

Por: | 24 de septiembre de 2010

De verdad, me puede. Me hierve la sangre y me produce una desazón mezclada de rabia que acaba por joderme el día.
Este blog, La Ruta Norteamericana, se centra mejor o peor en los sonidos relacionados con la música popular de Estados Unidos. A veces, se admiten confluencias de otros sitios, por supuesto. Por tanto, este sitio no suele tratar temas relacionados con la música española, cosa que le gustaría en más de una ocasión, o derivados, en tanto en cuanto, es un sitio pactado y centrado en la música norteamericana, intentando hablar solo de música, pese a que muchas veces desearía participar en noticias y debates ajenos a este tipo de música y más de una vez he tenido que pasar página sin hablar de otras cosas en el blog. Pero esto es el colmo, esto es una bofetada en la cara en una noche de frío invernal.
Como a tanta gente, la muerte de José Antonio Labordeta me causó tristeza. Se iba una persona y artista mayúsculos, un hombre encomiable, una referencia vital para sobreponerse a los tiempos de zozobra, de corrupción e hipocresía, también a los tiempos de la caverna, de los grises y la represión. Era un hombre entre hombres, un tipo admirable.
De alguna manera, me sentí muy identificado al leer la columna de opinión de David Trueba en el diario El País, como otras que se han escrito o dicho en otros medios, sobre El Abuelo. Dejadme que os la reproduzca, letra por letra:
“Permítanme limitar la onda expansiva de la tristeza por la muerte de José Antonio Labordeta a los territorios de la televisión. Al menos en esta columna. Otros contarán con más criterio muchas cosas de alguien a quien sus amigos apodabanEl abuelo. El profesor de instituto, el cantautor, el político, el escritor y hasta el actor ocasional, se refundieron en el presentador de televisión.
Aquel guía entre antropólogo y caminante disperso, condujo a una numerosa audiencia por casi 30 capítulos de la serie Un país en la mochila. Y seguramente reemitirá más de una vez en el futuro como prueba de la dignidad de un programa. Labordeta era el perfecto sherpa de un viaje a pie, sin afanes de protagonismo, cuajado con conversaciones casuales donde se ayudaba de la retranca, la cultura cercana y la socarronería emboscada tras el bigote.
Labordeta y su mochila fueron hasta objeto de burla en aquellas tardes infames donde el Congreso de los Diputados debatía sobre la guerra de Irak. Allí, cuando tuvo que mandar a tomar por culo a algún diputado conservador que por fidelidad a su caudillo no lo dejaba hablar, Labordeta terminó de forjar un recuerdo imborrable. El del tipo sencillo que hablaba sobre un plato de borraja con la misma pasión que si fuera caviar. Aquella imagen de viajero por caminos sin gloria, tenía algo de otro tiempo. Pero no de un tiempo pasado y perdido, sino de un tiempo que quizá no existió nunca. Labordeta encontró su utopía en los caminos sin nombre, en la gente de una aldea que sabía de algo por la fuerza de la costumbre, en paisajes que nunca tuvieron glamour de postal.
Retrató una España cordial frente a la patria cainita, humilde ante la desmesura, silenciosa frente a la vanidad. Se fue a buscar algo que echarle a la televisión que no tuviera sabor a televisión, sino a tierra. Una apuestaprovocadora y hasta intransferible. Había que ser Labordeta para hacer aquello y no caer ni el paternalismo ni en la cutrez. Su legado televisivo permanecerá terco entre productos de usar y tirar, como sus canciones hechas a guitarrazos siguen siendo himnos a la utopía más asequible del mundo, pero siempre inalcanzable”.
De alguna manera, siempre pude sentir una afinidad humana con ese caminar. Pude admirar el peso espiritual de esa mochila, tesoro de la libertad y la fraternidad. Cuando uno, centrandose en su ruta norteamericana, dice emocionarse con el viaje de costa a costa de Woody Guthrie, con las andanzas de Bob Dylan por Greenwich Village, con las noches de neón de Tom Waits, con la carretera eléctrica de Neil Young o con el camino dolido de Steve Earle, es imposible que no sienta el mismo sentimiento de arrebato y admiración por el caminante disperso que era Labordeta. Incluso la simbiosis casi es mayor por la cercanía, la comunidad que representa en esta nuestra tierra.
Entonces, como siempre, también es verdad, aparecen los rufianes, los directores de pompas fúnebres, los intelectuales del cretinismo. Y a mí, cierto es, me pillan desprevenido. El motivo de este mensaje en La Ruta Norteamericana viene a raíz de la siguiente columna de opinión de Salvador Sostres, titulada España después de Labordeta y publicada en el diario El Mundo. Reproduzco integramente su contenido:
"De verdad que me sabe mal que Labordeta se haya muerto y de verdad que le tenía un cierto cariño. Siempre me pareció demasiado tosco, pero insisto: tosco con cariño. Descanse en paz, amén, y todas esas cosas en las que él no creía pero que espero sinceramente que Ellas sí crean en él.
Dicho esto, hay que poner sobre el tapete algunas cuestiones. La primera es que es muy lamentable que todos nuestros cantautores sean comunistas. Esa cosa tan casposa del puño cerrado y de la equivocación sistemática, sin la más mínima decencia intelectual que les lleve por lo menos a reconocer que la economía de mercado les ha ido maravillosamente bien para engordar sus arcas. Es una lástima que uno tenga que pensar, cuando escucha algunas de las bellísimas canciones de Aute, de Sabina, de Lluís Llach o de Serrat, que en el fondo hablan de otras cosas.
La segunda cuestión es la mochila. Ahora que Labordeta ya pasó, hay que empezar a superar la mochila y el concepto de la excursión. Todo este gusto por lo rural y por el “contacto con la naturaleza” no lleva a nada bueno. Reblandece los espíritus y nos vuelve coñazos y cursis. Además de profundamente insinceros. Hay demasiados bosques, demasiados caminos, demasiadas rutas. En la mayor parte del territorio español falta asfalto, casinos, cines, bares que cierren tarde con pianistas imposibles. Faltan coctelerías, grandes restaurantes, carreteras como Dios manda, túneles para no tener que dar tantas vueltas. Todos esos inquietantes paisajes por los que Labordeta caminaba remiten al atraso, a lo ancesatral, al tercermundismo de donde venimos. Hay que llevar la civilización a todos los rincones de la geografía de los países avanzados. Es barata y de cobardes la retórica de los pajarillos que cantan por la mañana. Hay que ponerse a trabajar, abolir el campo y crear más y más ciudades. Como una higiene. Como el gran pacto de usar desodorante.
Y como consecuencia directa de la segunda cuestión viene la tercera. Desaparecido Labordeta es hora que desaparezcan, también, todos aquellos productores de quesos que promocionaba en sus programas. No hay nada tan peligroso para la salud pública como los productos que vienen “directamente de la granja” y que incluso presumen de no haber pasado por ningún tipo de control. Nada. “Directos de la granja”. Esos huevos “directos de la granja”, ¡cuánta salmonela han dado, cuántos retortijones, cuántas noches en las urgencias de los hospitales pensando que de tanto defecar se te iba a escapar hasta el cerebro!
Labordeta fue siempre un buen hombre. Un buen hombre totalmente equivocado, pero un buen hombre. Su “puño cerrado” y en alto del que tanto presumía fue siempre un escarnio a los millones de muertes que su ideología ha causado. Sus canciones van a sonar por última vez el día de su funeral y tal vez en algún documental de La 1 cuando dentro de muchos años vuelvan a mandar los socialistas. Su ruralismo de mochila y botas es precisamente lo contrario de lo que necesita España, que ya ha tenido bastante de perder el tiempo mirando árboles y se tiene que poner de una puñetera vez a trabajar."
En un epígrafe, asegura en su blog el autor del mismo que “escribir es meterse en problemas”. Como si fuera algo premeditado, sin otra opción que provocar. Siempre he pensado que es lo contrario de eso. Tiene maldita gracia el asunto. Jodida gracia leer sus palabras sobre Labordeta y lo que representa.
Dice Umberto Eco que el problema del mundo no es que haya imbéciles, el problema del mundo es cuando a los imbéciles les da por pensar. Según la Real Academia Española (RAE), imbécil es el alelado, el escaso de razón. A veces, es inevitable que ese pensamiento obtuso y rancio haga hervir la sangre y den ganas de decir como Labordeta. "¡A la mierda!".




Y vayan por ti estas dos canciones, abuelo, desde esta Ruta Norteamericana. Woody Guthrie y su <<Tom Joad>> y Steve Earle y su << The Revolution Starts Now>>. Tu legado humano no se apaga, Labordeta.






Arranca el TurboRock!

Por: | 22 de septiembre de 2010

Esta ruta norteamericana se detiene en el arranque de un festival que hace las delicias de los amantes del rock de guitarras y con brío. Me refiero a TurboRock! Festival, que este año se consolida y se celebrará en tres ciudades: Madrid (Sala Rock Kitchen), Valencia (Sala Spook, Pinedo) y Santander (Mercado de Sarón).
Como tal, el festival es una fiesta itinerante de rock que ofrece al público un buen puñado de grandes e interesantes bandas nacionales e internacionales, en las mejores condiciones y con un aforo limitado en cada ciudad. Por sus escenarios pasarán grupos como The Soundtrack Of Our Lives, Mudhoney, Redd Kross, Hoodoo Gurus, Young Fresh Fellows, The Right Ons, The Muffs, Sex Museum o Los Coronas, entre otros.
Dejo el cartel del festival para que el aficionado al rock se organice por si quiere acudir alguno de sus numerosos conciertos. Yo, sinceramente, tengo ganas de ver a Hoodoo Gurus, a los que nunca he visto en directo. La banda australiana representa una de las grandes cumbres del rock musculoso, nacido en el cruce de aguas entre el power-pop, el garage, la psicodelia y el rock de Detroit. En fin, un zarpazo para el espíritu.

TURBOROCK! FESTIVAL 2010. FECHAS:

MADRID.

22 sept: The Soundtrack Of Our Lives (OEOC), The Muffs, JC Brooks & The Uptown Sound.

23 sept: Redd Kross, Hoodoo Gurus, Autoramas, Muco & The Mires.

28 sept: Mudhoney, Young Fresh Fellows, The Meanies.
VALENCIA.

24 sept: Mudhoney, The Soundtrack Of Our Lives (OEOC), Young Fresh Fellows, The Right Ons, JC Brooks & The Uptown Sound, The Wildebeests, Muck & The Mires, Los Chicos

25 sept: Redd Kross, Hoodoo Gurus, The Muffs, Sex Museum, The Meanies, Los Coronas, Autoramas, Johnny Throttle.
SANTANDER.

24 sept: Redd Kross, Hoodoo Gurus, The Muffs, Sex Museum, The Meanies, Los Coronas, Autoramas, Johnny Throttle.
25 sept: Mudhoney, The Soundtrack Of Our Lives (OEOC), Young Fresh Fellows, The Right Ons, JC Brooks & The Uptown Sound, The Wildebeests, Muco & The Mires, Los Chicos


El grito de orgulloso rock de Nick Curran

Por: | 20 de septiembre de 2010

Hay discos que, a veces, te sorprenden tanto que parecen como descubrir de nuevo el amor. Conocí relativamente hace poco a Nick Curran, y desde entonces cada disco suyo me parece como una indispensable sobredosis de amor por el rock’n’roll. Llevo mucho tiempo queriendo hablar de su último trabajo que, de hecho, ya está entre mis mejores de este año que encara su recta final. Se llama Reform School Girl.
Visceral y apasionado, Nick Curran es un currante del rock primigenio y se podría decir que es el sucedaneo perfecto de Little Richard, con permiso, eso sí, de Mr. Penniman. Curran lleva con orgullo su propósito de revivir el legado de la primera ola del rock, la de los años 50, pero aportando su intensidad personal y su visión salvaje, protopunk, al asunto. En fin, música vintage pero con atributos, nervio y conocimiento. En sus composiciones y versiones, no hay un imitador. Qué va. Hay un hombre partiendose el espíritu por comunicar su inmenso amor por los sonidos de los años dorados del rock.
El músico ha formado parte de varios proyectos como The Fabulous Thunderbirds y el combo Deguello pero conviene destacar su carrera en solitario con discos demoledores, donde la sangre del rock fluye como un torrente por sus canciones. Reform School Girl es, además, una grandiosa noticia porque acaba con varios años de sequía en solitario de Curran, que regresa por todo lo alto.
Dicho lo cual, la recomendación de esta ruta norteamericana es la siguiente: hazte con el disco de Nick Curran, vete a casa, lejos del mundanal ruido y la rutina gris de todos los días, pinchalo, tumbate en la cama y preparate para acabar saltando como un loco sobre el colchón, sintiendo que te espera un cadillac en la puerta de casa con ese colega y esa chica rubia que aún no conoces. Nick Curran te lo comunica con todas las letras, lo grita con todo el orgullo del secundario de lujo que está en esto por amor al arte pero su sola presencia llena la pantalla: R-O-C-K-N-R-O-L-L.


La colosal Mavis Staples junto a Jeff Tweedy

Por: | 14 de septiembre de 2010

Para mí, sin todavía haberlo escuchado, es una de las grandes promesas discográficas de este año. Desde hace meses, espero su llegada con ganas. Hablo de You are not alone, el nuevo trabajo de la inmensa Mavis Staples bajo la supervisión a los mandos de la producción de Jeff Tweedy, líder de Wilco.
En este nuevo disco, Staples versiona algunas canciones tradicionales junto a otras de Randy Newman, Allen Toussaint, Little Milton o John Fogerty, entre otros. Cualquier clásico en la voz torrencial de Staples adquiere una tonalidad distinta, se puede sobredimensionar bajo el carácter arrebatador de una cantante colosal. Por ejemplo, en uno de sus más recientes testimonios discográficos, We'll Never Turn Back, bajo la producción de Ry Cooder, la cantante muestra unas cualidades magníficas. Sucede lo mismo con el gran Have a Little Faith.
Con estas credenciales, es normal que el nuevo proyecto sea esperado con interés. Será interesante ver a Tweedy, que ha compuesto dos canciones, en los mandos de la producción con una musa del soul. Conviene recordar que Mavis era integrante de los legendarios Staples Singers, la banda familiar que puso en la órbita comercial el gospel con su fantástico espíritu y juego de voces. Luego, en solitario, se adentró en terrenos más cercanos a la música profana. En este sentido, el cantante de Wilco y Mavis, ambos músicos de Chicago, representan, de alguna manera, dos estilos bien distintos y apasionantes de entender la música norteamericana.
Por tanto, creo que para el nuevo curso, después de las vacaciones de verano, ha sido un acierto la portada de Ruta 66. Una Mavis sonriente promete buenas sensaciones musicales en su nuevo disco. Apuesta por la música norteamericana de órdago. Como la que se muestra en el siguiente vídeo, en el que Mavis y Tweedy interpretan <<Wrote a song for everyone>>, de la Creedence Clearwater Revival. Sabor a licor del bueno.


Las maravillosas atmósferas de Band of Horses

Por: | 10 de septiembre de 2010

Uno de los grandes discos de estas vacaciones, que he podido escuchar en repetidas ocasiones y disfrutar con calma, ha sido el último de Band of Horses. Su nombre: Infinite Arms. Creció y creció hasta convertirse en un discazo.
Alguna vez nos hemos referido a ellos en este blog en relación a bandas como los Fleet Foxes, pero nunca hemos hablado de ellos con detenimiento. Band of Horses, como los Fleet Foxes, vienen de Seattle, la cuna del garage, y también forman parte del legendario sello de Sub Pop. Se les incluye, hoy en día, en esa oleada de formaciones de revival folk con tintes indies pero lo cierto que, más allá de estas etiquetas, yo los he visto siempre como una interesante banda que enlaza mucho con las atmósferas y sensibilidad de My Morning Jacket. Ben Bridwell, su cantante, de hecho, recuerda mucho con su estilo a Jim James, de los Jacket.
Con estas credenciales, servidor les tenía en su órbita de bandas más que buenas de la escena norteamericana. En su anterior trabajo, Cease to Begin, ya llamaron mi atención con su sonido pulido y su evocación folk-rock. Pero creo, sinceramente, que han hecho su mejor disco, han dado un paso cualitativo y poderoso en este Infinite Arms.
Los chicos de Bridwell se han situado en la parte de arriba de las nuevas formaciones estadounidenses en ese ámbito de crear ambientes estilosos, etéreos en ese folk de cuidadosos arreglos. Y buena parte de culpa tiene su productor, Phil Ek, que vuelve a trabajar con ellos y es uno de los productores más solicitados de la última década. En los últimos años ha trabajado con The Shins, Fleet Foxes, The Dodos o Built to Spill.
En este Infinite Arms, el sonido entra como guante blanco y hay temas gloriosos como el que abre el disco <<Factory>> o <<Compliments>>, pero nos quedamos en esta ruta norteamericana con una canción que se repetía en mi cabeza una y otra vez, que me perseguía en un dulce callejón sin salida. Hablo de <<Laredo>>. Band of Horses, maravillosos.


Las canciones de Bob Dylan son llevadas a cómic

Por: | 06 de septiembre de 2010

De siempre he pensado que la música es de todas las artes la más evocadora. Más que el cine, la pintura, la escultura e incluso más que la literatura, la música consigue crear imágenes de todo tipo en el oyente, recrea y entremezcla ilusiones y sentimientos con una fuerza innata a todo aquel que se deje llevar por una melodía. De alguna manera, la proyección no es tan dirigida como en el resto de las artes y nace del mismo estado de ánimo del receptor. Al menos, así sucede conmigo, que desde muy joven he usado la música como vía de escape y de recreo en los mejores y peores momentos existenciales, alcanzando las cotas más altas de emoción como en las mejores películas y los mejores libros.
Dicho lo cual, ¿qué imágenes te sugiere una canción tan universal como <<Blowing in the wind>>? ¿Qué guión le pondrías al emocionante y sincero <<I want you>>? Digo todo esto porque vuelvo de las vacaciones y me encuentro con una curiosa noticia: habrá un cómic sobre Bob Dylan. El proyecto, llamado Bob Dylan Revisited (Editorial Norma), consiste en reunir 13 canciones míticas del cantante adaptadas por 13 autores distintos de cómic.
Ciertamente, se trata de una vuelta de tuerca más sobre la vida del músico, tal vez, más influyente del siglo XX. Así, con todo, la relación de autores y las canciones que se ilustran es la siguiente: Thierry Murat (Blowing in the wind), Lorenzo Mattotti (A hard rain’s a-gonna fall), Nicolas Nemiri (I want you), François Avril (Girl of the North Country), Christopher (Positively 4th Street), Dave McKean (Desolation row), Gradimir Smudja (Hurricane), Zep (Not dark yet), Benjamin Flao (Blind Willie McTell), Jean-Claude Götting (Lay, lady, lay), Jean-Philippe Bramanti (Knockin’ on Heaven’s door), Bézian (Tombstone Blues) y Alfred (Like a rolling stone).
La verdad que la influencia de Bob Dylan se extiende a otros campos artísticos más allá de la música. No hace mucho se habló en este blo, sin ir más lejos, del biopic I’m not there, escrito y dirigido por Todd Haynes, donde se hace un retrato poliédrico de la vida del músico. También hay que recordar que existen varios ensayos sobre la capacidad literaria de Dylan. De hecho, recibió un Premio Pulitzer, convirtiéndose en el primer músico en conseguir este galardón de las letras norteamericanas. También recibió el Premio Príncipe de Asturias de las Artes.
Puestos así, veremos qué sale de este proyecto del cómic, considerado por muchos el noveno arte. Y si tengo que elegir una canción de la que tenga especial curiosidad por ver en imágenes dentro de las propuestas, me quedo con <<Girl of the North Country>>. ¿Qué dibujará François Avril, que según leo en diversos sitios trabaja para el mundo editorial, de la publicidad y el libro infantil, sobre este tema? Es una canción que siempre me ha despertado grandes recreaciones, pero es cierto que da buenas pistas por su letra descriptiva y su música sugerente.
La canción, recogida en el disco The Freewheelin' Bob Dylan, nació tras el viaje de Dylan a Inglaterra y conocer a varios músicos de la escena local del folk. Pero, puestos a dibujar, yo me pondría la segunda versión dylaniana. Me refiero al dueto con el gran Johnny Cash en el magnético y excelente, Nashville Skyline. Al escuchar esta versión de <<Girl of the North Country>> me emociono, pienso en dibujos a carboncillo de praderas y ríos lejanos, pienso en paseos sin rumbo y el viento moviendo las copas de árboles en el camino... me dejo llevar por una canción que aborda de principio a fin el alma por su sencillez.


El País

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