La Ruta Norteamericana

Sobre el blog

Viaja por el pasado, el presente y el futuro de la música popular norteamericana. Disfruta del rock, pop, soul, folk, country, blues, jazz... Un recorrido sonoro con el propósito de compartir la música que nos emociona.

Sobre el autor

Fernando Navarro

. Redactor de El País y colaborador del suplemento cultural Babelia y las revistas Ruta 66 y Efe Eme. Colabora también con un espacio musical en el programa A vivir de la Cadena SER. Es autor de los libros Acordes rotos y Martha. Cree en el verso de Bruce Springsteen: "Aprendimos más con un disco de tres minutos, que con todo lo que nos enseñaron en la escuela".

La canción del Jukebox

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Lugar de encuentro sobre actualidad musical y sonidos raíces de la música norteamericana. Otro punto de reunión y recomendaciones del blog de Fernando Navarro pero hecho con la colaboración de todos sus miembros. ¡Pásate por nuestro grupo!

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Martha

Martha. Música para el recuerdo

“Un accidente de tráfico y sus consecuencias despiertan en Javi, un periodista inmerso en la crisis del sector, un torrente de recuerdos y sensaciones que le conducen a su juventud, a esos veranos en el pueblo con sus amigos, al descubrimiento del amor y de esas canciones que te marcan de por vida. Un canto al rock, a la amistad, a la integridad ética y al amor puro”


Fernando Navarro

Acordes Rotos. Retazos eternos de la música norteamericana.

Acordes Rotos. Retazos eternos de la música norteamericana repasa el siglo XX estadounidense a través de las historias de más de treinta artistas, claves en el nacimiento y desarrollo de los estilos básicos de la música popular. Un documento que tiene en cuenta a músicos esenciales, que dejaron un legado inmortal sin importar el éxito ni el aplauso fácil.

Un regalo de California llamado Jonny Kaplan

Por: | 30 de mayo de 2011

Alguna vez ha dicho Jonny Kaplan que el mejor regalo de Estados Unidos al resto del mundo es su música. Con permiso del cine, la ciencia y la tecnología, es una afirmación difícil de rechazar a poco que se conozca el tremendo legado musical que ofrece la primera potencia del mundo. Pero lo bueno de este asunto es que lo dice uno de sus mejores y más desconocidos embajadores en la actualidad. Al menos, uno de los más queridos por La Ruta Norteamericana. Porque Jonny Kaplan es rock'n'roll estadounidense de los pies a la cabeza.
Natural de Filadelfia, Kaplan, fundador y líder de The Lazy Stars, es un músico a reivindicar. Apenas vende un puñado de discos, pero tiene los atributos de una verdadera rock star: ingenioso, alto, desgarbado como un Jim Morrison al uso, amante de los tejanos raídos y apasionado de California. Características de un perfil propio del más fiel representante del rock estadounidense entre los sesenta y los setenta.
Pero, como todo compositor con categoría de artista, los puntos fuertes residen en su música. Un vibrante rock de tintes sureños que se revuelve con un espíritu impetuoso de la Costa Oeste. Cruce de caminos de una persona que vive a caballo entre Los Angeles y Nashville, y que dejó en su juventud Nueva York por California. Una decisión acorde para alguien que a los 13 años ya se empapaba de los discos de Gram Parsons.
Jonny Kaplan es además muy querido en el mundillo de la música norteamericana. Es íntimo amigo de Lucinda Williams. La cantante de Luisiana se acerca siempre que puede a verle a sus actuaciones, e incluso Kaplan ha grabado con la mano derecha de Williams, Dough Pettibone, espléndido guitarrista que si da la bendición a un músico es para estar más que orgulloso.
También ha entrado a un estudio de grabación con Rami Jafee (Wallflowers), Ken Stringfellow (guitarrista de REM y The Posies) o Christopher Thorn (Blind Melon). Precisamente, tras sustituir a uno de los miembros de Blind Melon, Chiris Thorn le empujó para sacar su primer disco, California Heart.
La lista de colaboraciones sobre un escenario impone incluso más. Ha tocado en directo con Lucinda Williams, Keith Richards, Ben Harper, Norah Jones, Dee Dee Ramone, Dwight Yoakam, Kings Of Leon, Turbonegro, Shane McGowan o Wilco, entre otros.
El rockero ambulante regresa a España con una amplia gira por varias ciudades. Empieza este viernes en Bilbao. Yo estaré como un clavo el próximo 15 de junio en la Sala Sol de Madrid. Disfrutar de Kaplan es toda una motivación, pero también quiero ver a los teloneros, The Serpientes, una banda madrileña que mezcla rock americano con garage y a la que tengo un gran cariño.
Y una cosa está clara: músicos como Jonny Kaplan dignifican al rock’n’roll en la actualidad. Con esas composiciones luminosas y ese feeling rock, muy Stone, tan contagioso, su sola existencia es razón suficiente para saber que todavía hay bares por descubrir, quedan obreros de los acordes, sin auras de estrella, por disfrutar. Siempre al pie del escenario.
Fechas de la gira:

03 junio-viernes / EL BALCON DE LA LOLA / BILBAO
04 junio-sįbado / LE BUKOWSKI / DONOSTIA
10 junio-viernes / JIMMI JAZZ / GASTEIZ
15 junio-miércles / EL SOL / MADRID
16 junio-jueves / WHISKEY BAR LOS PICOS / LIÉRGANES
18 junio-sįbado / MARDI GRASS / A CORUŃA


Bob Dylan y Blind Willie McTell: hermanos de sangre

Por: | 26 de mayo de 2011

La semana dedicada a Bob Dylan cuenta hoy con la colaboración de Miguel Martínez, periodista experto en música y que nos trae la hermandad entre Dylan y Blind Willie McTell, un gran bluesman. La Ruta Norteamericana sigue repasando la obra de Dylan desde diferentes perspectivas y hoy está de enhorabuena gracias al interesante texto de Martínez, quien arroja luz sobre una época del artista de Duluth y un músico admirado por él.
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Cuando en 1991 apareció The Bootleg Series Volumes 1-3, colección de rarezas e inéditos con la que Bob Dylan empezó a “piratearse” a sí mismo, una de las canciones que más llamó la atención entre aquellas cincuenta y ocho fue <<Blind Willie McTell>>. ¿Cómo era posible que no la hubiese incluido en Infidels (1983), el disco para el que fue concebida, cuando era la mejor de aquellas sesiones? Cosas de Bob, que pensaba “no la he grabado bien” (literal). Pero no solo está muy bien grabada, sino que han pasado casi treinta años y su brío se revaloriza con cada vuelta que da la Tierra al sol.
Al margen de sus prestaciones musicales e interpretativas, de vuelo majuestuoso, hipnóticas en su evocación de la lucha para ser testigo y afrontar la muerte y la condena, sean estas de una persona o del mundo, hay en este tema una segunda lectura. Porque no son tan casuales ni caprichosos como parecen ni su título ni su estribillo.“Y sé que nadie puede cantar el blues como Blind Willie McTell”, reza este último. Al escucharlo, cientos de fans del bardo de Duluth corrieron como posesos para descubrir a ese hombre. La mayoría esperaría encontrarse a alguien de voz primitiva, como la de Bob ya en esa época, y currículum afilado, como el Charley Patton a quien Dylan dedicó la canción <<High Water>> en el disco Love And Theft (2001). Pero no. De carrera modesta (primera grabación en 1927, última en 1956, tres años antes de morir) y fama restringida al estado de Georgia y alrededores, un secreto bien guardado para conocedores del género, McTell era un “bluesman” que cantaba de forma cristalina, suave. Que fluía como el joven Elvis. Estaba en la esquina opuesta a Tommy McClennan, al lobo aullador y al sapo que croa.
Sin embargo, un buceo en su biografía revela cuánto hay de almas gemelas entre la de Willie y la de Bob. Cuánto el primero ha iluminado al segundo. Resumiéndolo: 1) la intimidad de McTell es la misma que la que del joven Dylan cuando expresaba sentimientos complejos a través de una inteligencia mesurada, respetable; 2) McTell tiró de tantos o más seudónimos que Robert Allen Zimmerman; 3) durante su adolescencia McTell se escapó de casa para convertirse en vagabundo y lo explicó con las mismas palabras, casi calcadas, que luego usó Dylan para contar lo mismo de él (con una salvedad: Bob no se escapó, todo era mentira); 4) ambos sabían modelar con arcilla; 5) Blind Willie componía canciones sobre asesinatos de amigos y conocidos en la misma onda que Bob captó años depués para temas como <<The Death Of Emmett Till>> y <<The Lonesome Death Of Hattie Carroll>>; 6) ambos imitaban acentos a la perfección si la canción lo requería; 7) ambos han robado a compañeros de profesión, readaptando y mejorando esos hurtos: <<Blind Willie McTell>>, la canción, pellizca hallazgos de una pieza de McTell, <<The Dyin' Crapshooter's Blues>>, sin rubor; 8) estirando el punto anterior, en un tema de Ruth Willis en el que Blind Willie tocó la guitarra cuando se grabó en estudio, <<Rough Alley Blues>>, se dice la extraña frase “túmbate en mi gran cama de hierba”, que Bob usó treinta y pico años después en <<Lay, Lady, Lay>>; 9) los dos tuvieron una etapa de conversión cristiana que les llevó a predicar desde el escenario... Y así podríamos seguir horas. Porque McTell fue lo que Dylan hubiera querido ser. Mucho respeto para él.
Texto: Miguel Martínez, periodista, asesor y promotor musical.


La educación sentimental de Bob Dylan

Por: | 25 de mayo de 2011

Intentar plasmar las influencias de Dylan es casi un imposible. Tras media década dedicado a la música, el cantante de Minnesota ilustra en sí mismo casi todos los surcos de la música norteamericana. Solo hay que ver sus últimos discos para comprobar que pocos músicos hacen por rastrear tanto en las carreteras secundarias de los sonidos raíces.
Algunos han criticado a Dylan, precisamente, por mimetizar sus influencias. Un debate, como tantos de los que puede generar este artista, que para mí no tiene cabida. Considero que criticar a Dylan de plagiador es como intentar ponerle puertas al campo. Una de las virtudes del músico de Duluth es dar forma a un cancionero tenso, emotivo y trascendental a través de las herencias sonoras que ha absorbido bajo su prisma artístico. Dylan ha basado toda su obra en investigar y difundir.
Ya en los primeros sesenta, con sus primeros trabajos, se habló de este debate. No fueron pocos los que dudaron de su capacidad de transformación y vieron en él un simple imitador del folk tradicional. Pero Dylan tenía un oído excepcional y además tenía algo que contar. Era algo más que un grandísimo narrador: tenía la capacidad innata de transmitir, de captar los tiempos y hacer llegar el mensaje de manera fascinante y nueva. Cuando se le preguntaba, el propio Dylan, siempre esquivo, siempre fabulador, decía a los periodistas que tenía el don para componer como otros tienen el don para hacer pasteles o derribar árboles.
En mi opinión, Dylan forma parte de la historia oral de Estados Unidos. Es una especie de cápsula del tiempo que recoge en su obra un siglo de música norteamericana con el consiguiente impulso del pop británico, que le permitió evolucionar su cancionero. Su radar es más amplio que el de ninguna otra estrella clásica. Hay anécdotas al respecto bastante ilustrativas. Cuando los Beatles se encontraron con Dylan en EE UU, John Lennon empezó a imitar socarronamente a Johnny Cash y Dylan no dudó en defender al hombre de negro. Con su country y su visión tradicionalista, Cash podía sonar desfasado para los líderes del rock y la contracultura pero para Dylan era una piedra angular de la música popular. El autor de <<Like a rolling stone>> era capaz de mirar al pasado y al futuro con más profundidad de campo que nadie.
Dentro de la semana dedicada a Bob por su 70 cumpleaños,La Ruta Norteamericana repasa la música que influenció al músico estadounidense. A priori, sé que es una tarea complicadísima. Como decía al principio, soy consciente de la magnitud sonora de nuestro protagonista. Pero espero que la siguiente lista de reproducción permita al lector y oyente hacerse una idea del mapa sonoro que ha transitado Dylan, especialmente el primer Dylan.
Es una lista parcial por completo pero que intenta recoger algunos de los artistas que inspiraron al cantante en sus primeros discos, incluso en su acercamiento al country y su paso al rock’n’roll (aunque no tengo en cuenta los vasos comunicantes con Beatles, Stones y compañía). Algunas de las mejores composiciones de Dylan nacieron de escuchar a muchos de los siguientes artistas, tanto en lírica como en sonido. Y muchos de los que se incluyen han sido citados por el propio Dylan en diversas entrevistas como sus influencias más admiradas. Espero que disfrutéis con la educación sentimental de uno de los grandes compositores del siglo XX.


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La semana de Bob Dylan. El "capricho de John Hammond"

Por: | 23 de mayo de 2011

La Ruta Norteamericana inaugura la semana de Bob Dylan, quien mañana 24 de mayo cumple 70 años. Una semana para celebrar tan simbólica fecha de un compositor imprescindible para entender buena parte de la historia musical de Estados Unidos. En las últimas semanas, diversas revistas especializadas han aprovechado este aniversario para dedicar especiales a Dylan.
El primer artículo rastrea los primeros años de Dylan. Los años en los que aquel chaval necesitó que alguien apostara por él. Porque hasta el mismo Bob Dylan, que con menos de 25 años ya era la voz de toda una generación en Estados Unidos, necesitó un padrino. Cierto que Dylan siempre anduvo sobrado de talento y supo arreglárselas por sí mismo pero de no haberse cruzado John Hammond en su camino, tal vez, la historia sería otra.
Por norma general, suele recordarse la importancia que Woody Guthrie, agitador de conciencias y revolucionario del folk, tuvo sobre el joven Dylan mientras se pasa de largo o de puntillas sobre el papel trascendental desempeñado por Hammond, un gran hombre en la sombra que alumbró al genio. Al igual que el apasionado descubrimiento de Guthrie fue esencial en la obra de aquel chico de Duluth, el productor de origen judío fue determinante en el porvenir de su carrera.
El capricho de John Hammond
Todos le conocían como el “capricho de Hammond”. A pesar de que era un joven e interesante músico folk en la escena de Greenwich Village, nadie creía en Bob Dylan por los pasillos de Columbia Records, excepto John Hammond. Según George Avakian, un productor prestigioso del sello que había convencido a Miles Davis a dejar la heroína, ese chico era una estafa. El poderoso Mitch Miller, director de la sección de discos pop de Columbia, contó en el documental No Direction Home que “como salía tan barato que dejábamos que John se lo permitiese”. Cierto: el primer álbum de Dylan, producido por Hammond, costó 402 dólares, calderilla para el mayor sello discográfico de Estados Unidos a principios de los sesenta. Pero, ¿quién se atrevía a negar este capricho al mismo hombre que había descubierto e impulsado las carreras de Count Basie, Benny Goodman, Billie Holiday o Aretha Franklin?
Hammond acababa de reincorporarse a Columbia y Dylan fue su apuesta personal. Tanto que, de no haberse cruzado en su camino, tal vez, la historia sería otra. Recién llegado a Nueva York en 1961, el músico entró pronto en contacto con la escena folk del Village, donde entabló amistad, entre otros, con Fred Neil, Pete Seeger o Ramblin’ Jack Elliot. No tuvo problemas en darse a conocer sobre un escenario pero la misma suerte no la corrió para conseguir un contrato discográfico. Fue rechazado por lo sellos Elektra, Folkways y Vanguard, que, en cambio, sí fichó a Joan Baez. Pero Hammond supo ver en él lo que otros no vieron.
No es de extrañar, por tanto, que en Crónicas, el primer volumen de sus memorias, Dylan empiece hablando de él: “Jamás se interesarían en alguien como yo salvo en circunstancias extraordinarias, pero John era un hombre extraordinario”. Sin duda, Hammond tenía una virtud al alcance de muy pocos: una intuición musical que se anticipaba a los tiempos. En palabras de Dylan: “Tenía olfato y visión... captaba mis pensamientos”. En la historia de la música popular, tan sólo gente como Sam Phillips, los hermamos Chess, Ahmet Ertegun, Jerry Wexler o Jim Stewart, formaron parte de su misma elite de hombres de honor sin haber cogido nunca un instrumento.
Al igual que el apasionado descubrimiento de Woody Guthrie fue esencial en la obra de aquel chico de Duluth, Hammond fue determinante en el porvenir de su carrera. Le consiguió su primer contrato, le enseñó a manejarse en un estudio de grabación, le impulsó a apostar por su instinto e incluso le influyó en su concepción social. Hammond era un gran defensor de los derechos civiles que se había empeñado en tener a Pete Seeger en Columbia pese a ser investigado por el comité de actividades anticomunistas del senador McCarthy. Ambos se encontraron por primera vez en el apartamento de Carolyn Hester, una cantautora que invitó a Dylan a tocar la armónica en una audición que tenía apalabra con Hammond.
El productor invitó al joven músico a tocar algo en el estudio de grabación y este respondió con una de sus pocas composiciones propias, <<Talking New York>>. Hammond quedó prendado. Como él mismo reconocería, captó su pellizco blues, sintió que era una especie de enlace con la tradición blues que él tanto admiraba y había hecho por difundir. En ese momento le ofreció un contrato y le regaló el disco reeditado de Robert Johnson King of the Delta Blues Singers.
Dylan grabó en el estudio A del 799 de la Séptima Avenida en noviembre de 1961. La mayoría era material ajeno. Dave Kapralik, jefe ejecutivo de Columbia, contempló dejar a Dylan en la cuneta. Según su visión, ese chico era un fraude. Pero Hammond luchó por su apuesta. El disco salió en marzo de 1962. El instinto de Kapralik no falló: el disco funcionó fatal en ventas. Pero tampoco falló el de Hammond, que produjo también Freewheelin’ Bob Dylan: ese chico era mucho más que un producto. Era una voz, un genio a punto de explotar.


Celebrando los 70 años de Bob Dylan

Por: | 23 de mayo de 2011

"No haría la mitad de las cosas que hago si tuviera que ponerme a la altura del mito Dylan". Bob Dylan en una entrevista con el reportero Toby Creswell en Rolling Stone en 1986.
El 24 de mayo de 1941 nació en Duluth, Minnesota, Robert Allen Zimmerman, más conocido como Bob Dylan. Desde entonces, los 70 años que han transcurrido hasta hoy han servido para alumbrar y consolidar al que seguramente es el músico más influyente de Estados Unidos. Premio Pulitzer y Príncipe de Asturias de las Artes, Dylan es, al menos, el genio que ha guiado buena parte del rumbo sonoro del autor esta ruta norteamericana en sus años de existencia. Un faro que ha arrojado luz en la oscuridad, unos acordes que han servido de trampolín sentimental y una lírica que ha inspirado algunos de los sueños más fugaces e inmortales en el inevitable tránsito de los años.
Ando lejos de ser un experto dylanita, ese adjetivo no escrito propio de un universo de la vida y obra de Dylan que nunca parecer acabar y siempre sirve para encontrar a alguien que sabe más datos biográficos que nadie o te descubre diez piratas más en una colección inabarcable. Pero sí me sitúo en el lado de los que una vez se fascinaron con la música de Dylan. Como Alicia en el país de las maravillas, caí por el agujero en mitad del bosque y fui a parar a un mundo de fantasía y matemática, en el que nada es lo que parece y todo tiene un significado, locura y lógica en un mismo jardín mientras hay un constante juego de palabras.
Me fasciné una vez en plena adolescencia, y después han sido tantas, con tanta sensación de magnitud y velocidad emocional, que han servido para considerar a Bob Dylan el hombre que ha ido señalando con el dedo, para bien o para mal, el camino a seguir. Situado en un olimpo particular, a pesar de sus errores, altibajos y el fanatismo que rodea su obra en algunos círculos musicales y que a veces roza el peligro público, Dylan es Dylan. El músico que nadie conoce y todos estudian y observan. El músico que ya pasó por allí. Síguele el rastro. Y, si das con él, confiésale que llevas toda la vida despertándote con <<Blowin in the wind>>, enséñale la lista de los 2.500 conciertos suyos a los que has asistido o dile simplemente que quemaste sus discos después de tocar para el Papa y te afiliaste al sindicato del crimen por su culpa, y te dirá: “Astronauta”.
No es nada nuevo: hay tantos Dylan como fieles y detractores. Un sinfín de unos y otros. Sin importar el bando, aunque me asocio con los primeros por razones de mantener mi paso, lo más fascinante en este músico que huyó de Hibbing, la localidad donde creció, para ir a Nueva York y huyó de Nueva York, su Ítaca, para refugiarse en Nashville, y así una detrás de otra, es su auténtica estrategia de supervivencia. Es la supervivencia del poeta. Y se llama ambigüedad.
En todos sus discos he encontrado motivos para amar la música, en todas sus etapas he fabulado con novelas de aventuras y redención y en todas sus entrevistas he dado con una persona que está muy por encima del músico medio. Pero, casualidad o no, conocí a Dylan con Highway 61 Revisited y eso marca como saltar en paracaídas en mitad de una lluvia de perseidas. Me hizo creer en la luna. En 1965, él, que había calzado una gorra y creyó ser la nueva reencarnación del espíritu del folk rural que viajaba de costa a costa de Estados Unidos a través de Woody Guthrie, Pete Seeger, Cisco Hudson o Ramblin’ Jack Elliot, estaba reescribiendo las letras de la música popular. Y a mí, décadas después, me volaba la cabeza. Eran los riffs del órgano Hammond, esa guitarra eléctrica tocada a contrapie, las panderetas y armónica locas y la voz esquiva de Dylan. Era el bing-bang en mis oídos.
Todavía hoy sigo descubriendo y redescubriendo a Dylan. Un amigo me dijo hace mucho que, a medida que creces, Dylan te llega con más fuerza y se instala con cimientos más fuertes. Es bueno saberlo para alguien que ha disfrutado mucho de sus últimos discos (quitando ese navideño), aún no siendo tan trascendentales como su etapa clásica. Y poco me importa el debate sobre su voz y su puesta en escena. Hoy en día, es todo movimiento. A su edad y en época de vacas flacas, muestra un propósito artístico digno de admiración.
Hermético e ingenioso, Dylan ha sido comparado con Picasso o Einstein por su aportación a desentrañar el universo humano. Seguramente, sea ir demasiado lejos, o tal vez no. Es innegable que su obra es ambiciosa y ofrece grandes momentos de gloria en sus respectivos contextos sociales. Uno de sus discípulos más reconocidos, Bruce Springsteen, aseguró un día que "si Elvis liberaba tu cuerpo, Dylan liberaba tu mente". Y en el camino a esa liberación, Dylan siempre ofreció el mejor rumbo.


El año pasado fui parte del equipo de periodistas que formó parte de la serie Pre-parados. Una serie de reportajes y entrevistas que se acercaba a los problemas de los jóvenes ante un paro juvenil de más del 40%, un mercado precario y unas condiciones y expectativas de futuro nefastas con la crisis económica global y la particular de España. Diez redactores de El País intentamos trazar el perfil de una generación, los menores de 30, que se han visto arrasados por la crisis.
Durante el mes y medio que duró la serie, nos llegaron centenares de cartas de jóvenes que expresaban su indignación, su tristeza, su enfado, su lucha o su derrota por el sistema político y económico que les había tocado vivir. Hice muchas entrevistas, conocí muchos jóvenes, como yo, de mi generación, de una generación mayor y otras más jóvenes. Conocí a muchísimas personas que desbordaban sentido común y hablaban un lenguaje muy distinto al que los medios de comunicación estamos acostumbrados a captar a la mínima de cambio cuando se trata de políticos y cargos públicos.
Esos mismos jóvenes de Pre-parados son los mismos jóvenes que hoy llenan la plaza de Sol y tantas plazas en más de 55 ciudades de toda España. Y son jóvenes acompañados de mayores. Mayores de varias generaciones. Son todos ciudadanos. Ciudadanos con sentido común, responsables y conscientes de lo que hacen y lo que dicen. Son ciudadanos que piensan y que tienen pensamiento crítico ante la impostura y el poder de los responsables políticos y económicos. Pensamiento crítico ante la vorágine actual. Como dice José Luis Sampedro, “la cultura occidental tiene una crisis de valores brutal porque ha sustituido los valores por los intereses”. Soy de los que piensan que existe una brecha real entre la realidad creada por los poderosos y la realidad de la calle.
Desbordado por el trabajo de estos días y por problemas personales de causa mayor, no he podido acercarme a este blog antes, pero La Ruta Norteamericana se suma a este movimiento cívico y civil. La música siempre ha sido inspiración o sonido de acompañamiento en muchas situaciones de la historia contemporánea donde se ha producido esa brecha social y cultural. Espero que la siguiente lista de reproducción sirva para lo mismo que sirvió en su día a otras generaciones, en otras partes del mundo, pero con el propósito de ser personas y hacerse mejor personas. Bajo el paraguas de los sonidos raíces que giran en torno a la música norteamericana, el siguiente playlist es música para el cambio, por la revolución pacífica y solidaria y por la promesa de un mundo y una sociedad más justas.


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El R&B rabioso de The Excitements

Por: | 16 de mayo de 2011

Como ya sabéis, La Ruta Norteamericana celebra los sonidos raíces aunque no suele centrarse, por cuestiones de tiempo y selección, en las bandas españolas. Pero hoy haré una excepción. Porque cuando aparecen discos como el de The Excitements uno siente que rejuvenece cinco años. Y es el poder de la música que a este blog inspira.
The Excitements sacaron hace unos meses su disco de debut homónimo, editado en CD y LP por el sello Pennimam Records. Tienen su base de operaciones en Barcelona pero bien podrían pasar como una formación de garito de Detroit. Nada nuevo para un mundo global en el que las influencias dejan de ser locales para viajar en el tiempo y en el espacio y llegar al último rincón del mundo. Pero sí es novedoso y plausible el atractivo R&B que desprende este grupo para un país como el nuestro, donde la supremacía la tienen otros sonidos.
Formados en 2010, este sexteto guarda el poder de la música soul en su vertiente más revolucionada. Rabioso R&B que tiene pegada. Explota maravillosamente en tus oídos. Mucha de la culpa la tiene la voz de Koko Jean Davis, una vocalista de Mozambique que parece haber bebido de la misma gloriosa pócima que sus madrinas espirituales Etta James o Tina Turner. El ritmo te invade el cuerpo, te agarra el alma y luego te deja con la cabeza bien volada. A mitad de camino entre el R&B de Little Richard y el garage-soul de Detroit Cobras, The Excitements se bañan sin ropajes de ningún tipo en el legado clásico de los sonidos raíces negros pasados por el filtro del rock de nuestros tiempos.



En las últimas 48 horas, The Excitements, que arranca gira en Madrid este viernes en la sala Sol, me han ganado. Conocedor ya de su gran álbum, que llevo desde hace tiempo en el coche como un artefacto anti-estrés, pusieron sin quererlo su rock al servicio de mis necesidades. Cuando la sombra de la muerte asoma para recordarte que esto de la vida es una jodida carrera de obstáculos, donde al final todos vamos a acabar al mismo sitio, acudí, creo que por instinto, a este disco (también al último del inigualable Josele Santiago, pero eso ya es otra historia). Y, a pesar de los temblores iniciales, me puse gallito al ritmo machacón de un R&B urgente, como si se declarara un incendio. El fuego hacía arder mi espíritu. Y me dije: la muerte terminará ganando, como siempre, pero, por el amor de Otis Redding en un cruce de caminos en el santo cielo con Bo Diddley, esta me la bailo yo, hasta dejar sin argumentos al vendedor de pompas fúnebres.
Consulta las fechas de la gira de The Excitements. (aquí)


"Todo lo que siempre he tenido son canciones de libertad /¿nos ayudas a cantar estas canciones de libertad? / Porque es todo lo que tengo, canciones redentoras". Redemption song.

A veces, despiertan necesidades vitales extrañas y entonces te entregas a ellas. Hace muchos años me entregué a Bob Marley. Durante una época de mi vida, llegué a estar literalmente anonadado con Marley, un músico extraordinario, un personaje irrepetible, una de las grandes joyas de la corona de la música popular mundial. Hoy se cumplen 30 años de su muerte. Y esta ruta norteamericana no puede por menos que recordar su figura y recomendar la lectura de su vida, dentro de la ingente literatura existente al respecto.
El músico jamaicano moría víctima del cáncer en Miami el 11 de mayo de 1981. Fallecía la persona, nacía la leyenda. Pocos nombres han alcanzado la relevancia que Marley ha dejado en el mundo de la música. Hijo olvidado de un militar blanco británico y una jamaicana sirvienta muy religiosa, Bob Marley era un mulato en la Jamaica pobre, que vivió y creció en los guettos, como el de Kingston, para convertirse en músico, pasar a ser una estrella local y lograr el estatus de icono mundial. Porque Marley dio audiencia global a los desheredados y, a diferencia de los Dylan, Beatles o Presley, llegó a los cinco continentes.
Con su poderoso mensaje y su ritmo novedoso, Marley fue líder y profeta en el tercer mundo. Y eso, en el contexto de la música popular, en Estados Unidos y Reino Unido, otorgaba un estatus especial. Como asegura Eric Hobsbawm en su Historia del siglo XX, el tercer mundo sirvió de inspiración a los disidentes culturales del primer mundo. La figura de Bob Marley quedó emparentada con esa disidencia, ese poder contracultural y popular, al tiempo que se elevaba a la categoría de símbolo en su país y tantos países de América Latina, África y Asia que transformaban sus sociedades y regímenes políticos. Porque, en la segunda mitad del siglo XX, el tercer mundo se convirtió en una especie de esperanza para todos aquéllos que todavía aspiraban a la revolución social, y el músico jamaicano representaba esa esperanza.
Hoy, Bob Marley es pasto de Kiss FM pero su mensaje fue revolucionario. Un día casi me caigo de la silla cuando escuché a una chica pedir algo de música romántica y a continuación decir: “Sí, Bob Marley, es un gran cantante romántico”. Cantante romántico como lo podía ser cualquiera. No diré que Marley no compuso buenas canciones que hablaban del amor y las relaciones de pareja, pero ubicar a este hombre en ese apartado es absurdo. Compararle con un prototipo sentimental, un producto discográfico es, sencillamente, demencial. Todavía hay quien lo cree cuando escucha <<No woman, no cry>>.
Quedé prendado de Marley por su mensaje bello y contestario. Pasó de unas letras inocentes, donde se hablaba de la supervivencia juvenil y las pequeñas tretas en una Jamaica repleta de descosidos, a componer algunos de los mejores poemas musicales de rebelión. La lista es extensa pero si uno escucha <<Get up, stand up>> o <<Catch a fire>> siente el asombroso hallazgo humano de la rebelión, de la necesidad de ponerse de pie cuando quieren que te sientes. Con ese bajo en primer plano que suena como si te estuviera empujando, lo notas en ti mismo. Es normal, por tanto, lo que no podía ser de otra forma: el reggae de Bob Marley era una especie de himno en Kingston en Jamaica, en Brixton en Londres o en Soweto en Sudáfrica. Era la llamada pacífica pero subversiva de un sonido primitivo, magnético, con raíces locales del ska pero que se hermanaban al blues de las plantaciones del sur estadounidense, al rockabilly primigenio de Presley o Ricky Nelson, a la profundidad negra de Memphis con sus metales.
La figura de Bob Marley es tan gigante como el día de su muerte. Su influencia ya no sé si la misma, aunque es indudable que marcó a decenas de músicos. También es innegable que su mensaje, para quien quiera acercarse a él, guarda la misma fuerza innata. Hoy, hace 30 años, moría de cáncer. Por un segundo, lo pienso, siento lo que es pasar por ahí, combatiendo con fe pero sin armas contra una enfermedad más fuerte que la vida, aunque escondas en tu interior el poder de la fe. Ese poder que hace a unas personas más especiales que otras. El mundo sigue sin ellas, como sin Bob Marley, pero, si me preguntan con que me quedó de este mundo loco y precipitado, lo tengo claro, como que el sol sale todas las mañanas: me quedo con lo que permanece para siempre. Me quedo con Bob Marley. Me quedo con <<Redemption song>>. Cada vez que alguien escucha esta canción el mundo seguro es un poco más habitable. Tiene otro color. Porque es todo lo que tenemos, canciones redentoras, que nadie nos puede quitar.

Ayer 8 de mayo se cumplieron 100 años del nacimiento de Robert Johnson, el bluesman más legendario de un género repleto de buenas historias. Todavía sobre él giran enigmas pero especialmente pervive su legado musical tan poderoso como el primer día. Johnson fue un músico excepcional. Él y Muddy Waters tal vez hayan sido los compositores que, con su manera de tocar, cantar y componer, primero consiguieron que el blues abandonase sus tradicionales círculos para llegar a una mayor audiencia.
La Ruta Norteamericana celebra el centenario del nacimiento de un músico irrepetible en el sentido más estricto de su significado y extraordinario, que forma parte del olimpo del Blues del Mississippi, piedra angular de la música popular, recuperando el artículo sobre su figura y su leyenda publicado en este blog y dentro de la serie Forajidos de la revista Efe Eme . Johnson descansa en el olimpo de los tres acordes junto a nombres de la talla de Charlie Patton, Son House, Skip James, John Lee Hooker o Muddy Waters.
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La leyenda dice que Robert Johnson vendió su alma al diablo en un cruce de caminos (“crossroads”) a cambio de aprender los secretos del blues. Al parecer, después de aquella medianoche, aquel músico rudimentario regresó a los tugurios y salas de actuaciones convertido en un maestro, con un estilo de guitarra que dejó boquiabiertos a propios y extraños mientras la agonía formaba parte de sus historias cotidianas, retratos de un negro del sur estadounidense que huía de su pasado y de su presente, camino de ninguna parte. No hay hechos que lo confirmen, pero poco importan los hechos en el Oeste y, en definitiva, en Estados Unidos, un país que necesitó ya en el siglo XIX registrar su historia temprana a partir de la mitología nacional con el objetivo de reforzar la tambaleante unión de sus numerosos Estados.
El misterio ha girado siempre en torno a la figura de Robert Johnson, el bluesman que sintetizó los sonidos originales del Mississippi. Al igual que nadie puede decir con precisión dónde nació el blues, aunque los datos de los musicólogos sugieren que fue en algún lugar del vasto territorio que se extiende desde el interior de Georgia y el norte de Florida hasta Texas, donde esclavos negros del algodón cantaban sus penas o alegrías en las plantaciones; tampoco nadie puede decir con precisión cómo Robert Johnson aprendió a tocar la guitarra y a hacer sucumbir al oyente con sus amores de paso, sus historias de hechizos o su tristeza masticada.
Los pocos datos que se conocen de su vida ilustran, eso sí, al prototipo de hombre negro del sur, con fuertes raíces africanas, castigado por su condición en tierra del Nuevo Mundo y sin más esperanzas de futuro que los sabores del sexo o el alcohol. Nacido en 1911 en Hazlehurst, localidad rural del Mississippi, lo más normal es que Robert Johnson vendiese su alma al diablo por llegar a ser algo en la vida. Sin un padre en casa, que según algunas biografías tuvo que huir del hogar porque unos terratenientes blancos querían lincharle, y en pleno corazón del Black Belt (cinturón negro), donde se concentraba desde la creación del país la mayor población esclava de EE UU, se casó joven, a los 18 años, como tantos en esa hacienda. Pero su mujer murió al año siguiente mientras paría. Tal vez, por todas esas cosas, no buscó solo refugio en el blues, más bien buscó su manera de existir.
Johnson, que aprendió a tocar atendiendo a dos pioneros como Son House y Willie Brown, representó al músico forastero, el ideal de cantante de blues. Su motor de vida era ser libre para ir de aquí para allá, viviendo desahogadamente cuando corrían buenos tiempos y trabajando cuando éstos eran duros. Se trataba de vivir, por lo general, tan bien como se podía y marcharse del lugar cuando se sentía insatisfecho o descontento. Como asegura David Evans en el magnífico libro “Nothing but the blues”, evitaba estar unido a la tierra, como otros trovadores del blues, ya que significaba una pérdida de movilidad y aceptación social. El músico prefería cantar y tocar a cambio de propinas en las esquinas de las calles, parques, trenes, barcos, salones de billar, bares, cafés, prostíbulos, fiestas particulares y espectáculos itinerantes. Era una vida peligrosa, pero mucho más gratificante e interesante que partirse la espalda bajo el sol.
Son muchas las historias que rodean esos viajes. La gente que estuvo con él dice que podía mantener una conversación en una habitación llena de personas mientras sonaba la radio de fondo, sin prestarle aparentemente ninguna atención, y al día siguiente tocar, nota por nota, cada una de las canciones que se habían emitido. También dicen que aparecía en algunas salas y con sus composiciones desgarradoras hacía llorar al público y, justo en ese momento, desaparecía en la oscuridad como si nunca hubiese estado allí. Otros simplemente le definen como un guitarrista brillante, el mejor guitarrista de blues de la historia, como afirmó muchos años después Eric Clapton, que bajo la influencia directa de su música le dedicó un homenaje en su disco “Me and Mr. Johnson”. Como músico errante y autodidacta, Johnson difundió el estilo picking que utilizaba todos los dedos de la mano derecha para tocar simultáneamente las cuerdas bajas acompañantes y un solo melódico sobre cuerdas agudas. Al mismo tiempo desarrolló el bottleneck, utilizando un cuello de botella roto para crear atmósferas. Sin embargo, Son House no le dio tanto crédito. Cuando le conoció, dijo, era un guitarrista del montón. Y es ahí donde nace la leyenda del diablo y el cruce de caminos y la fábula de su transformación.
El cruce de caminos (“crossroads”) forma parte de las creencias del hombre negro del sur estadounidense, herencia de los ritos africanos y una de las muchas señas de identidad de la población esclava en el continente americano. De África llegó la creencia en el conocido “hoodoo”, que viene a representar una especie de encantamiento que adquirió todo tipo de connotaciones en la cultura popular de los afroamericanos. Así, el “hoodoo man” era el brujo, el hechicero, con capacidad de crear sus conjuros de fortuna o desgracia, amor o desamor. Muchas canciones de blues de los años veinte y treinta se referían al “hoodoo”. Con esa voz apasionada, afectada por el día a día, el mismo Robert Johnson recoge todo tipo de referencias a este tipo de encantamientos. Entre todas las prácticas mágicas, se extendió que en el “crossroads” se podía invocar a los espíritus para conseguir conocimiento. Según señala Theophus Smith en su libro “Conjuring Culture: Biblical Formations of Black America”, todo este tipo de creencias llegó a mezclarse con referencias bíblicas, propias de la tradición misionera española. Mientras la población negra identificaba el cruce de caminos como un ritual donde invocar a los espíritus africanos, la población blanca puritana lo identificó con el diablo. Y en ese crossroads se asentó la idea de que Robert Johnson adquirió su talento, más aún cuando en su escaso cancionero se hallan piezas hipnóticas como ‘Cross Road Blues’ o ‘Me and the devil blues’. Sin embargo, hay diversos estudios anglosajones y españoles, como el llevado a cabo por Héctor Martínez, miembro de la banda madrileña de blues de The Forty Nighters, que apuntan que el cruce de caminos del músico de Mississippi forma parte de una descripción del cantante Tommy Johnson, amigo del propio Robert, y de cómo antes existía un tema llamado ‘Sold it to the devil’, que interpretó en los treinta Black Spider Dumpling. A partir de ahí, unas versiones e historias de unos y otros han dado forma un aspecto legendario que recayó sobre Robert Johnson.
El propio bluesmen contribuyó con su muerte a dar más pólvora al reguero de su leyenda. Murió joven, a los 27 años, en un cruce de carreteras en Greenwood, Mississippi, después de ser envenenado por un hombre que pensaba que se lo estaba montando con su mujer, pero ni esto está confirmado. Los adoradores del misterio afirman todavía que se trataba del propio demonio. Se fue muy pronto, eso es cierto, pero el fuego de su mito queda avivado para siempre: nadie sabe dónde está su verdadera tumba y sólo se conservan un par de fotografías (la revista “Vanity Fair”, en un reportaje hace un par de años, constató una tercera imagen junto al cantante Johnny Shines).
Su historia, por tanto, crece a medida que pasa el tiempo y su música rasga el alma como el primer día. Muy pocos artistas están cubiertos por el manto de auténtica leyenda como Robert Johnson, un músico genial, arquetipo del cantante blues del profundo sur. Incluso él, que aparece en las tres imágenes que se le atribuyen con sus largos dedos agarrando su vieja guitarra, dejó escrito un glorioso epitafio en ‘Me and The Devil blues’: “Enterrad mi cuerpo junto a la carretera, para que mi viejo y malvado espíritu pueda subirse a un autobús de la Greyhound y viajar”. Puro blues de leyenda.


The Decemberists, sonido campestre con esmoquin

Por: | 06 de mayo de 2011

Como dije ayer, llevaba tiempo queriendo hablar de algunos discos que me han alumbrado desde el comienzo de este de año. El otro día no me pude resistir a recomendar el gran trabajo (otro más) de Ron Sexsmith pero por el camino me he dejado unos cuantos. Más vale tarde que nunca.
A estas alturas, el último álbum de The Decemberists está lejos de ser una novedad pero no por ello esta ruta sonora lo olvida. Publicado en enero, para mí fue el primer gran trabajo de la temporada 2011 y, seguramente, sea uno de los grandes discos del año. Composiciones de folk-pop preciosas y delicadas.
La banda de Oregon ya llevaba años demostrando su valía dentro del género americana, ese paraguas que engloba tantos estilos y propuestas que diría Manolo Fernández en su gran programa Toma Uno , pero creo que con este último disco, The King is dead, acaban de dar su paso más gigante. Acaban de bordar una delicia a degustar con calma. Ecos a Neil Young de Harvest, a The Jayhawks o los R.E.M. o Wilco más melódicos. De hecho, cuentan con Peter Buck de R.E.M. en tres cortes.
Es un sonido campestre presentado con esmoquin. Tras apreciarlo en el frío enero, cuando vuelvo a este disco para escribir estas líneas, me doy cuenta de la grandeza de su sencillez. Canciones como <<Don’t carry it all>>, <<January Hymn>>, <<Down by the water>> o <<Rise to me>> presentan un aire tan frágil y enternecedor que es muy dificil no sentir el pequeño temblor de los grandes instantes. Arreglos sobresalientes y su cantante Colin Meloy en mejor forma que nunca.
El otro día se informaba en los medios que Jenny Conlee, la acordeonista de la banda, tiene que hacer frente a un cáncer de mamá. Desde aquí todos los ánimos para esta mujer que necesitará de una templanza vital notable para luchar contra una enfermedad de estas características. Templanza vital es lo que transmiten The Decemberits y su The King is dead. Si necesitáis resguardaos del trajín diario, acudid a este disco y dejaos empapar por su sugerente caudal sonoro.


El País

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