
La Ruta Norteamericana estrena sección. Digamos que lo que viene se podría encuadrar por su calidad siempre dentro de lo que ya se denomina “Delicatessen”, pero quiero destacar el formato de estas delicias. En la nueva sección, las delicias son siempre en 33 y 1/3 rpm. Surcos tradicionales, especiales, los que suenan en este recién estrenado apartado llamado “Por amor al vinilo”. Los álbumes que se recomendarán en él serán siempre discos que se pueden encontrar en ese formato: clásicos imperecederos reeditados por las compañías o propuestas discográficas de lo más apetitosas en vinilo, pero intentando no caer en lo muy obvio.
A decir verdad, ando lejos de ser un purista del vinilo. Quiero decir: no baso mi dieta musical única y exclusivamente en la escucha de vinilos y nunca he rechazado los otros formatos (incluidas las cassettes, ya piezas arqueológicas, pero por las que uno se apasionó por decenas de canciones e intentó calamitosamente ligar con sus listas de canciones románticas con la chavala del pueblo o del instituto). De hecho, por la generación a la que pertenezco, confieso que el vinilo ha sido a lo último que me he incorporado. Pero desde hace unos años escucho y disfruto de la música en los platos y hay algo incuestionable: suena de maravilla.
Si bien el vinilo no se puede escuchar en el coche o en el metro, si bien las novedades suelen ser más caras o si bien ocupa más espacio, nada supera a una relajada escucha de un buen vinilo. Yo, sinceramente, lo asocio al noble y apreciado acto en mi vida de dedicar todo el tiempo, toda la atención, a la escucha correspondiente. A ese plástico, a esos decibelios. De entregarte, en definitiva, de los pies a la cabeza, por cada instante que respiras, al elepé que gira en el plato. Es, por eso, que esta sección “Por amor al vinilo” se inaugura hoy con la mejor dama, musa particular, reina del soul: Aretha Franklin.