Por extraño que parezca, a veces, tengo la sensación de que quiero más a mis discos rayados que a los que están en óptimas condiciones. Por raro que suene, son esos CDs, que se saltan de canción a canción, se detienen alocadamente en un segundo determinado o vuelven al primer corte sin avisar, a los que más cariño tengo. Uno de esos discos es The Stranger de Billy Joel. Acabo de hacer la prueba: lleno de torpedos sonoros, alterándose incontrolable en la canción Vienna, su escucha ha sido un martirio mayúsculo pero poco me ha importado porque me ha vuelto a recordar que este plástico es especial.


