Al igual que hubo una edad dorada de Hollywood, donde un buen puñado de directores, actores y guionistas parieron en blanco y negro obras maestras imborrables para la memoria colectiva, hubo un tiempo en que el pop brilló incandescente, con espíritu bendito y sabor a Martini nocturno, gracias a la labor de un grupo de profesionales y amantes de su oficio, que, ajenos a los jóvenes rebeldes e individualistas del rock de la contracultura, captaron a su manera otra cara sentimental de la Norteamérica de los sesenta. Fue el tiempo de Hal David, uno de los mejores y más sensibles letristas de la historia del pop.


