Bruce Springsteen: Tan seguro como que la tierra gira

Por: | 09 de diciembre de 2016

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Hoy en La Ruta Norteamericana traemos en exclusiva el nuevo prólogo de Ignacio Julià a la reedición de su libro Promesas Rotas. Se trata de una biografía esencial en español de Bruce Springsteen, con la que muchos nos iniciamos en la carrera del músico de Nueva Jersey. Ahora se ha vuelto a publicar ampliada a través de la editorial Alternia y en este blog puedes disfrutar de su nuevo prólogo escrito por Julià, uno de los críticos musicales más reputados de nuestro país.

Llevo tanto tiempo esperando a expresarlo en palabras que ahora siento cierta aprensión al finalmente teclearlas, como si al decirlo públicamente fuese a deshacerse un larguísimo encanto. Centauros del desierto, la obra maestra de John Ford estrenada el año en que nací, 1956, es probable e inexplicablemente mi película favorita. Por muchas y variadas razones que van de lo técnico y lo prosaico a lo temático y lo estético, y de ahí hasta lo más hondamente inconsciente. Estas son algunas de ellas…

Es un western del autor de autores en la cinematografía norteamericana del siglo pasado, alguien que se consideraba un simple artesano pero desveló posiblemente mejor que nadie el carácter y la mitología de su país en la época que le tocó vivir. Se ha preservado con la deslumbrante definición del formato VistaVision, una cromática odisea en vibrante Technicolor que arranca con brutalidad y pronto enfila una interminable búsqueda de la niña raptada por un vengativo jefe indio, pero sobre todo persigue reconstruir la identidad quebrada de su protagonista, que es quien deberá rescatar a la pequeña Deborah. Ethan Edwards, veterano de la Confederación que perdió la guerra civil y exmercenario del emperador mexicano Maximiliano, vuelve a un hogar que no es el suyo atraído por el silenciado, antiguo amor hacia la mujer que se casó con su hermano. Quizás también le traiga al seno familiar una tácita necesidad de echar raíces, pero tras la masacre de la familia, que coincide con su llegada tras una larga ausencia, deberá partir en un rastreo que durará años, en la creencia de que su virulento racismo le llevará a dar con ella ‘’tan seguro como que la tierra gira’’.


Ford declaró que su nuevo western era la ‘’tragedia de un solitario’’. Un neurótico que ha dado la espalda a la sociedad y ha visto enrocarse su integridad moral, por errónea que esta parezca, extrayendo fuerza y resistencia de su empecinamiento. Al enfrentar una dualidad como la encarnada por Ethan Edwards en The Searchers, su título original, el viejo Ford y su guionista Frank Nugent exponían muchas de las contradicciones que Estados Unidos tenía por resolver en aquel entonces, algunas de ellas irresueltas medio siglo después. Naturalmente contaron con el rostro y la compostura de John Wayne, quien con esta obra redime cualquier asomo de fachada sin interior o discutible perfil ideológico. En la que sin duda es su más portentosa interpretación, Wayne desdobla al obsesivo de iracundo instinto asesino que es su finalmente odioso personaje en alguien que avanza entre sentimientos complejos sin entenderlos plenamente, emociones cuyos matices están en constante evolución, concretando quizás el mejor retrato sobre la ambigüedad del ser humano, tú y yo incluidos, que ha dado el cine. El actor solo necesita estar en plano para transmitir toda esa informe desazón disfrazada de rústico estoicismo y hacernos sentir cómo el imparable curso del tiempo nos transforma también a nosotros.

The Searchers es, lo ha repetido, una de las películas favoritas de Bruce Springsteen y, en consecuencia, el huraño e intempestivo Ethan Edwards, finalmente redimido por un inesperado halo de humanidad pero aun así condenado a seguir vagando por agrestes y erosionados territorios físicos y mentales, un personaje en el que debió de verse espejado. Como la obra de Ford —salvando las distancias entre artes distintas y desiguales creadores—, su cancionero exploraría el abismo entre los ideales de su país y los sombríos resultados que arroja la realidad, el luminoso sueño americano y la violencia y desigualdad que lo embarran. Sus personajes vagarían asimismo por territorios fronterizos, solo que cien años después estos se habían convertido en páramos industriales y solares abandonados, largas autovías por las que perderse sin otro destino que dejarse llevar y calles de pequeñas casas a ambos lados en poblaciones secundarias. Se comportarían con la ambigüedad de la carne y el espíritu que nos es común, con aliento realista en comparación a la artificiosa música popular que algunos se empeñaban en vendernos, intentando comprender quiénes son y a dónde pertenecen.

Por último, podríamos decir que Bruce Springsteen, el músico pero sobre todo la figura pública y el artista socialmente comprometido, también habita el difuso contorno de lo ambiguo. ‘’Todas mis canciones tratan sobre la identidad norteamericana y tu propia identidad, y las máscaras detrás de las máscaras detrás de las máscaras, las del país y las tuyas’’, planteaba en 2007 ante un reportero de la revista Rolling Stone. ‘’Van de intentar agarrarse a lo que lo hace valioso, lo que lo hace un lugar que es especial, pues sigo creyendo que lo es. Los artistas que me gustaban hicieron lo mismo. Eran buscadores [en inglés, ‘searchers’]: Hank Williams, Frank Sinatra, Elvis, James Brown... Las figuras que me interesaban, Woody Guthrie y Dylan, Martin Luther King y Malcolm X, habitaban la frontera de la imaginación americana. Cambiaron el curso de la historia y nuestras propias ideas acerca de quiénes somos’’.

BruceAlterniaCuando en 1992 acepté el encargo de la editorial valenciana La Máscara —redactar el texto para uno de sus libros gráficos de la Colección Imágenes de Rock—, Bruce Springsteen no estaba en su mejor momento creativo o comercial. Tras cuatro años de inactividad, ocupados en formar una familia junto a Patti Scialfa y engendrar a sus hijos Evan y Jessica, regresaba aquella primavera con dos álbumes lanzados al unísono, Human Touch y Lucky Town, que testimoniaban la imparable deriva creativa experimentada tras haber decidido poner punto final a la E Street Band. La banda había sido en cierto modo una familia sustitutoria desde los días en que sus padres se mudaron a California, dejándole a su aire en Nueva Jersey con solo diecinueve años, y tal vez sintió que debía también proseguir su propia vida sin sus compañeros de estudio y escenario.

Quienes le habíamos descubierto en 1975 con Born to Run y observamos de cerca su encumbramiento a través de primero The River y más tarde el millonario Born in the USA, nos sentimos justamente decepcionados con aquellos discos. Era como si una pujante fuerza creativa se hubiese visto derrotada por el éxito desmesurado y el refugio en la vida cotidiana hubiese disminuido al autor de canciones, de ahí el título de aquel primer libro que hoy tienes entre manos en su versión última: corregida, revisada, ampliada, definitiva. Lo inspiró la letra de «Thunder Road», claro: ‘’Esta noche seremos libres, se romperán todas las promesas’’.

Ahora vemos que no era tan extraño aquel declive creativo si nos atenemos a la dualidad que siempre había estado presente en su trayectoria: el tipo solitario que seduce a la colectividad por su efusividad, el cantautor folk que en realidad se ha curtido en bandas de bar, el dinámico roquero que esconde un interior maltrecho, etc. El estruendo del rock’n’roll había sido tal vez un acto teatral para fingir la entereza de una masculinidad que en realidad falseaba, podía aducirse, y ahora su nueva faceta como autor de canciones que afrontarían las veleidades y los desconciertos de la vida en pareja —sus letras sobre ‘’tíos y tías’’ como él las llama— era vista como nueva demostración de que su arte era en sí mismo reaccionario. Tanto como lo había sido nutrirse del rock y el soul primigenios en una época, mediados de los años setenta, que alentaba el inminente rompimiento del punk y anunciaba la posmodernidad de la nueva ola. Con los años sus letras, despojadas del romanticismo de antaño, inmersas en la realidad cotidiana o la denuncia social, han bordeado la medianía, con muy honrosas excepciones.

Pero tales disquisiciones no sirven para sus oyentes acérrimos, pues el elemento básico en esa relación fue siempre puramente emocional, no sabe de musicología ni de contextos, se reduce a las incongruentes razones del corazón. Y, además, esta presunta derrota tenía una explicación muy razonable.

‘’Tratar de mantener la clase de éxito que habíamos obtenido con Born in the USA hubiese sido una apuesta perdedora, un vistazo a la historia del rock así lo confirma’’, escribe en la antología de sus letras Songs, publicada en 1998. ‘’Los artistas capacitados para llegar al gran público siempre viven un debate interno sobre si vale la pena, si el premio compensa por la exposición, la energía y la tozudez necesarias para darle a la gente lo que pide. También sentí que el gran público es por naturaleza transitorio. Si dependes demasiado de él puede llegar a distorsionar lo que haces y quién eres. Puedes cegarte ante las más hondas resonancias de tu obra y ante la importancia de tus oyentes más devotos. Por esa razón creé una serie de discos que tenían sus altibajos. Esto me permitía hablarle a un público mayoritario y luego dar un paso atrás en obras más reflexivas. Con esto en mente, en 1987 decidí volver a presentarme ante mis fans como cantautor’’.

Se refiere a Tunnel of Love, pero la doble vertiente —discos en solitario y otros con la E Street Band— se ha venido desarrollando desde entonces. Desde su punto de vista, ha sido lo conveniente para su cordura y creatividad —y hay un buen número de composiciones que así lo corroboran, por supuesto—, pero para sus admiradores más críticos ya nada ha sido lo mismo desde que la banda de la Calle E fue mandada a casa y se quebró un futuro que, pese a que seguramente hubiese documentado la oxidación de sus valores y la progresiva invasión de la rutina, ya nunca sabremos qué nos hubiese deparado realmente. Una de las verdades inalterables del rock es que los conjuntos siempre son más productivos que los artistas en solitario, aunque por su propia condición grupal tiendan a durar poco. Una mirada retrospectiva a los años sesenta lo corrobora.

Es hasta cierto punto natural que la gran mayoría de sus seguidores, pues la música puede crear una complicidad indestructible entre emisor y receptor, no hayan querido reconocer la merma en sus poderes creativos que ha desdibujado aquella efigie mítica de los setenta. En cuanto a él, ha seguido adelante tratando de ser coherente como artista y dejando que la vida real —esos compromisos con familia y comunidad de los que huía en su juventud— le fuese mostrando quién era realmente una vez que descendía del escenario y pisaba la calle o cruzaba el umbral del hogar.

‘’Retumbad, jóvenes músicos, retumbad’’, concluía en su brillante conferencia de 2012, a su paso por el festival SXSW de Austin, Texas. ‘’Abrid las orejas y el corazón. No os toméis demasiado en serio, y tomaos a vosotros mismos tan en serio como os tomáis la muerte. No os preocupéis por nada; preocupaos por todo. Mantened una férrea confianza, pero también dudad, pues la duda os mantendrá despiertos y alerta. Créete el más malote del lugar y también que eres una mierda. Eso te mantendrá honesto. Sé capaz de mantener dos ideas totalmente contradictorias vivas, en lo más hondo del corazón y la mente. Si no te vuelven loco, te fortalecerán. Mantente en tus trece, hambriento, vivo. Y cuando salgas a escena para hacer ruido, trátalo como si fuese lo único que tenemos. Y, entonces, recuerda que es solo rock’n’roll’’.

Parece indiscutible, este mensaje de aliento a las nuevas generaciones, que no desestima la intrínseca dualidad que nos hace tan maleables como humanos. Suena inspirador pese a que hoy los jóvenes estén ante un futuro distinto al que le esperaba cuando él empezó. Contagia pasión por la música y transmite la sabiduría de quien ya tiene más pasado detrás que futuro delante. De quien sabe ya por experiencia que, pese a todo, la tierra seguirá girando…

 

 

Hay 2 Comentarios

THE RIVER -1980 FUE MEDIANAMENTE BUENO.

Desde entonces nada de nada

Personalmente para mi es el más grande sin ninguna duda.Desde hace 30 años su música ha formado parte de mi vida y de mis recuerdos.Desde 1993 no me he perdido ninguna de sus giras por España.El boss,no hay nada mejor que lo defina.

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. Redactor de El País y colaborador del suplemento cultural Babelia y las revistas Ruta 66 y Efe Eme. Colabora también con un espacio musical en el programa A vivir de la Cadena SER. Es autor de los libros Acordes rotos y Martha. Cree en el verso de Bruce Springsteen: "Aprendimos más con un disco de tres minutos, que con todo lo que nos enseñaron en la escuela".

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