Desde el aire, Veracruz se antoja una ciudad cuadriculada con una abundante arboleda. Sobre el terreno, la ciudad es bastante más desordenada. En la periferia de la localidad hay en especial almacenes de un cierto tamaño y pequeñas industrias locales salpicadas por viviendas de planta baja, la mayoría de ellas con la fachada degradada. El centro es otra historia. De estilo colonial, las plazas del corazón de la ciudad están repletas de terrazas, vendedores ambulantes y mariachis que animan la velada; locales con pórticos en los que la humedad de la ciudad se hace más llevadera.
Veracruz alberga todavía la huella colonial con la arquitectura y la organización del centro. Las autoridades españolas, cuando llegaron en la región del Golfo de México, eligieron esta ciudad como su principal puerto con el centro y el norte de América. Algo que no pasó desapercibido por otros países que en su día fueron potencias coloniales, que favorecieron un acoso a la ciudad con flotas corsarias y piratas, por lo que el enclave fue fortificado.
La huella que deja Veracruz es la de una bocanada de aire húmedo, de esos que deja sin apenas aliento sólo salir a la calle. La pasada madrugada era imposible no despertarse por la tormenta que azotó la zona y el chaparrón que dejó. Y sin embargo, esta mañana la humedad no ha descendido.
El Estado de Veracruz se conoce por otra actividad, el cultivo de la vainilla, que fue uno de los pilares del desarrollo económico y político de la cultura totonaca, que vivió su apogeo entre los años 650 y 950. Los ruteros se dirigen hoy hacia Papantla, precisamente, para conocer esa milenaria industria local.
(Para los padres que siguen el blog, esta noche colgaré fotos de los chavales).