Sin ninguna duda, lo mejor de México es su gente. No sólo por su amabilidad, sino porque son unos grandes contadores de historias, algunas de las cuales son dignas de las mejores novelas del realismo mágico. Me cuenta Araceli, que regente un pequeño hotel en el centro de Río Lagartos, que todo el pueblo está abocado a los preparativos de la fiesta mayor, que la dividen en dos partes: la religiosa, que arranca el día 17 y dura hasta el día del Apóstol Santiago, el 25 de julio, y la profana, que se alarga el resto del mes.
Araceli explica que el santo fue retirado durante la Guerra Castas, el conflicto étnico que azotó la península de Yucatán en la segunda mitad del siglo XIX y durante la cual se quemaron imágenes católicas. Un viejecito, prosigue Araceli, la guardó entre sacos de carbón para que no fuera destruida durante la guerra. Hasta que un día el pueblo amaneció con las calles de arenisca llenas de las huellas de un caballo, que no era otro que el que monta el apóstol. Fue entonces cuando el pueblo decidió rescatarlo de su exilio y devolverlo a la iglesia de la de donde, dice Araceli, nunca debió haber salido.
La historia no acaba aquí, porque Araceli y las mujeres que descansan en un banco a la puerta junto a ella aseguran que el 25 de julio el cielo de la localidad lo preside una estrella que sólo aparece ese día del año. Y junto a ella, añade, aparece una constelación de astros que proceden de Halachó, otro municipio de Yucatán cuyo patrón es el mismo Santiago. “Esa constelación de estrellas es la de su hermano de Halachó, que cada 25 de julio viene hasta Río Lagartos a visitar a su hermano.
Ayer el pueblo se agolpó en la plaza principal para anunciar las fechas de los festejos de Santiago. Además de una concurrida fiesta, los vecinos marcaron en el suelo con tiza los espacios donde se ubicará cada tendero para vender papas, refrescos y otros productos. Pero también se pusieron de acuerdo todos los gremios, desde el de ganaderos hasta el de pescadores, para realizar las ofrendas al santo. El mayor evento de la segunda parte de la fiesta es una corrida de toros –aunque por lo visto es más bien de vaquillas- cuya plaza se irá levantando a medida que se acerquen las fechas. Todo el mundo ya está movilizado.
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