El grupo de percusiones de la Ruta en el teatro romano de Cartagena. FOTO: ÁNGEL COLINA
Casi nadie entre los expedicionarios de la Ruta Quetzal BBVA sabe si hoy es miércoles o jueves, pero todos tienen bien claro que ha pasado exactamente un mes desde el principio de la aventura. Giuseppe Spatafora apunta “Jornada 30” en una esquina de su libreta. Bajo un sol que abrasa en el teatro romano de Cartagena, avanza despacio con un enorme tambor africano entre las piernas. El italiano de 17 años se prepara para interpretar una canción tradicional africana con el grupo de percusionistas en el mismo escenario en el que hace 2.000 años se representaban obras teatrales frente a un público de 7.000 espectadores.
Solo faltan siete días para que la expedición concluya, pero eso no parece preocuparle. “La ruta no se acaba, no se acabará nunca”, afirma tajante. A medida que el final se acerca, se siente sereno y quiere centrarse en el tiempo que queda a disposición, para disfrutarlo al máximo.
Giuseppe echa de menos el saco de dormir y las marchas por la selva. Ha interiorizado tanto el espíritu rutero que ya no se siente a gusto tumbado en la cama, asegura. “Lo que estoy viviendo me ha enseñado mucho, a paritir de ahora voy a intentar ser feliz”, dice tambaleando por el peso del tambor. “He dado un nombre a esta forma de andar: el estilo del borracho. Y solo es una de las muchísimas cosas que he aprendido a lo largo del viaje”. Esta experiencia, según él, no le cambiará. Ya le ha cambiado.