Los expedicionarios embarcan desde Sanlúcar de Barrameda. FOTO: ÁNGEL COLINA
La cubierta del barco que surca el Guadalquivir rumbo a Sevilla se parece a un campamento. Las mochilas verdes de los integrantes de la Ruta Quetzal BBVA ocupan las sillas, mientras que la arena y los expedicionarios mismos pueblan el suelo. Pese al madrugón y a los ojos legañosos, nadie duerme. Los diarios y los anuarios pasan de mano en mano para el intercambio de números de teléfono y las dedicatorias de ritual.
Este domingo, los ruteros se parecen un poco más a sus coetáneos. Las dedicatorias trascienden las hojas y se trasladan a las banderas, a las camisetas e incluso a la piel. “Se nota el cansancio, pero los últimos momentos son los mejores”, señala Haris Pipi mientras escribe en el dorsal del anuario de su mejor amigo. La expedicionaria chipriota no quiere perder ni un minuto del último tramo de esta aventura. “Ya dormiré a la vuelta y no me apetece malgastar tiempo aquí llorando”, dice. Quizás sea por eso que ha decidido posponer la lectura de los mensajes de sus compañeros para cuando esté en casa.
Una pila de anuarios reposan encima de las piernas de Pablo Cumbrera Conde, en la búsqueda de la inspiración para escribir unas últimas palabras a sus compañeros. Está en mil cosas a la vez y sus ojos saltones vuelan de un punto a otro.
El rutero gaditano es un veterano del proyecto fundado por Miguel de la Quadra-Salcedo. Participó en el viaje del año pasado y su diario de bordo recibió un premio, lo que le permitió repetir la experiencia. Lo que siente, sin embargo, es muy diferente de lo que vivió a lo largo de la anterior edición. “La Ruta la hacen las personas, por eso cada año es distinta”, dice mientras tortura un bolígrafo con los dedos huesudos.
Un diario es “la llave que abre la habitación de los recuerdos”, según él, y no le importa que todos sus compañeros hayan tenido acceso al suyo, que ha sido publicado por la Diputación de Cádiz. “Este año he optado por un estilo diferente, mucho más personal” y no quiere que los otros lo lean, por eso a veces utiliza alfabetos extranjeros.
Sus compañeros no paran de acercarse para pedirle una firma o una dedicatoria. “Estoy en todos los fregados”, asegura. “Y cuando la gente tira la piedra, siempre está ahí mi mano”.
Pablo ya sabe lo que se siente al volver a casa. “Al principio tienes ganas de hacer muchas cosas, pero luego te paras a pensar que te gustaría compartirlas con tus compañeros”. Habla muy rápido y cada vez que suelta frases risueñas (“El mundo es un libro”), remata la solemnidad de sus comentarios de Romeo moderno, como se autodefine, con una mueca o unas risas.
Al desembarcar, los expedicionarios se dirigen hacia la catedral de Sevilla con sus tambores, clavos de olor y ceros. Siguen los pasos de Juan Sebastián Elcano al regresar de la primera vuelta al mundo en 1522 con apenas 18 supervivientes de la tripulación. “¡Es el último día de la ruta, chavales!”, reflexiona uno de los monitores. “¡El penúltimo!”, le corrigen al unísono.