40 Aniversario
Simetrías

Simetrías

Los caprichosos movimientos de los planetas en el cielo del ocaso no tienen sentido hasta que inclinas la cabeza y comprendes que el suelo que pisas es otro planeta más. El mundo es confuso y farragoso, pero entender las cosas suele ser cuestión de mirarlas desde el ángulo adecuado.

Política de bata blanca

Por: | 15 de marzo de 2012

Experimento
Experimento, por javier sampedro

La pregunta más estúpida imaginable es seguramente la que hacen en los controles de inmigración de las aduanas norteamericanas: ¿Piensa usted poner una bomba durante su estancia o algo de eso? Y la segunda podría ser: ¿Se considera usted un racista? Todo el mundo dirá que no, como ya sabemos sin necesidad de hacer ninguna encuesta. "Yo no soy racista, pero..." es el exordio invariable de las cumbres más borrascosas que pueda alcanzar la antología inacabada del desprecio étnico.

La gente responde mucho mejor a las preguntas que no se le hacen. Para saber si el racismo ha calado en una sociedad, por seguir con el ejemplo, una buena estrategia es dividir a la población en dos grupos al azar y preguntar al primero: ¿Cuántas de estas tres cosas le molestan?: el ruido de los coches; las lavanderías públicas; las reuniones de la comunidad. Y al segundo grupo le preguntas: ¿Cuántas de estas cuatro cosas le molestan?: el ruido de los coches; las lavanderías públicas; las reuniones de la comunidad; tener un vecino negro.

Si el primer grupo da 1,95 y el segundo 2,37, la única explicación es el racismo (no del segundo grupo, sino de la población entera). Esos fueron exactamente los resultados cuando el experimento se hizo entre la población blanca del sur de Estados Unidos; los números implican que el 42% de los encuestados son racistas. Honestamente, las cosas ya parecían bastante malas con el 19% que admitía serlo abiertamente, pero saber lo que piensa la gente siempre es mejor que creerse lo que dice. Al menos si uno se dedica a la política.

El 60% de los votantes republicanos admite el "cambio climático", pero solo el 44% acepta el "calentamiento global". La diferencia puede deberse a que lo primero suena más fino, o más probablemente a que se entiende peor; hasta puede ser que el 16% de los republicanos crea realmente en el enfriamiento global, quizá porque les parece una refutación del calentamiento aún más humillante que la estabilidad térmica. En cualquier caso, el experimento revela lo mucho que importa en política la forma de presentar las cosas, de envolverlas, de nombrarlas. De enredarlas, en una palabra.

Lo anterior es un típico resultado de la política experimental, una corriente emergente entre los politólogos que acaso no aclare cómo salir de la crisis, pero que ya puede exhibir un manual publicado por la Universidad de Cambridge, el Cambridge Handbook of Experimental Political Science. Sus principales promotores, los politólogos norteamericanos James Druckman y Arthur Lupia, acaban de repasar el estado del arte en la revista Science.

Los experimentos políticos más comunes exploran cómo la gente decide su voto; la gente pueden ser los electores, pero también los diputados del Congreso o los miembros de un jurado. Otros trabajos muestran que el presidencialismo no es tan malo como parece, que pagar un dólar aumenta en un 32% los aciertos en un test de cultura política, que la participación se dispara si persuades a la gente de que sus vecinos sabrán si han ido a votar o no.

Pero la línea favorita de experimentación es la que evalúa qué forma de presentar las cosas al público resulta más o menos óptima para seducir a los predispuestos, aplacar a los críticos o ridiculizar a los contrarios, por si conviene llamar al IVA por cualquier nombre menos por el suyo, neutralizar la manifestación del 11 de marzo con una polémica dadaísta sobre el citado 11 de marzo, mandar al fiscal general a seguir la pista del perborato sódico y descubrir de pronto, con el destello cegador de una revelación, los nexos ocultos entre el aborto y la reforma laboral.

Tanto experimento para que luego manden los bancos.

 

Demasiado para Watson

Por: | 09 de marzo de 2012

Jeroglífico
Jeroglífico: ¿Puedo ver a algún encargado?

Desde que Deep Blue le dio un repaso a Kaspárov, o al menos logró ponerle de un pésimo humor que todavía le dura, una pregunta capital se repite con angustia en los departamentos de filosofía y las tertulias de guardar: ¿Qué es lo siguiente al ajedrez? ¿El bridge, la caligrafía china, la fonética inglesa? ¿El teorema de Fermat, la conjetura de Poincaré, el gato de Schrödinger? Nada de eso.

Lo siguiente al ajedrez son los crucigramas.

El ajedrez se basa en unas pocas piezas y unas pocas normas para moverlas, sin ambigüedades ni zonas de penumbra; cualquier posible movimiento del jugador contrario, como cualquier posible respuesta a él, genera solo un número finito de futuros imaginarios pero exactos y explícitos, la clase de paisaje que un robot puede rastrear de forma sistemática, con esa paciencia espesa y esa rapidez impertinente que le otorgan sus tripas matemáticas.

Hacer un crucigrama es mucho más difícil que todo eso. Hallar la respuesta correcta es casi lo de menos: el problema gordo es entender la pregunta. Tomemos este ejemplo: Horizontales, fila 3: "La primera persona mencionada por su nombre en El hombre de la máscara de hierro es este héroe de un libro anterior del mismo autor". Peor que un jaque mate, ya te digo. Deep Blue no hubiera podido con eso --y ahí querría yo ver a Kaspárov--, pero lo siguiente a Deep Blue sí puede. Se llama Watson y es el último desafío a la soberbia humana que ha salido del laboratorio de David Ferrucci, el jefe de análisis e integración semántica de IBM.

Watson, desde luego, puede memorizar el diccionario de la RAE en un pestañeo y tragarse la biblioteca del Congreso y la wikipedia entera si hace falta. Pero nadie aprende qué quiere decir yo leyendo en el diccionario que es "la parte consciente del individuo mediante la cual cada persona se hace cargo de su propia identidad". Pese al heroico esfuerzo de los lexicógrafos y al proverbial mal carácter de los gramáticos normativos, el lenguaje humano es implícito, ambiguo, contextual y tan negociable como una promesa de campaña. Tomemos ahora el siguiente intercambio entre el inspector Lestrade y Bartleby el delincuente:

--Si se llevó el dinero, ¿por qué no la denunciaste?

--No dije que ella me robara el dinero.

--Pues un kilo es mucha pasta para una propina.

--No dije que ella me robara el dinero.

--Lo pensaste.

--No dije que ella me robara el dinero.

--La llamaste ladrona, que es lo mismo.

--No dije que ella me robara el dinero.

¿Podría hacer Watson el papel de Lestrade? ¿Y el de Bartleby el delincuente? Quién sabe. Watson aprende de sus errores, maneja con soltura las analogías, capta los dobles sentidos y hasta entiende los chistes, incluidos los malos. Ya ganó un concurso televisivo el año pasado.

¿Qué es lo siguiente al crucigrama? Es la economía, estúpido. El otro día supimos que Citibank ha comprado una réplica del robot para "explorar" posibles mejoras en sus servicios bancarios, según dijo un portavoz. No dijo que fueran a robarle el dinero.

Esto va a ser demasiado para Watson; si empezamos con los bancos vamos a necesitar a Holmes.

 

Dos Nobel mal dados

Por: | 06 de marzo de 2012

El primer thriller farmacéutico
Javier Sampedro, el primer thriller farmacéutico

Aunque la noticia no ha trascendido aún a la opinión pública, los científicos que han examinado el tema tienen ya pocas dudas, o ninguna, de que la Academia sueca cometió dos graves errores al conceder los premios Nobel de Medicina de 1952 y 2011. Casi 60 años los separan, pero persisten tanto el modus operandi --ignorar al descubridor para premiar a su jefe-- como el móvil del crimen: ambos errores afectan a cuestiones vitales no solo para la ciencia, sino también para la industria. Le tengo dicho que siga siempre la pista del dinero, Watson.

El último Nobel de Medicina recayó en el inmunólogo francés Jules Hoffmann y otros dos colegas por descubrir cómo funciona la inmunidad innata, una primera línea de defensa contra virus, bacterias, hongos y gusanos de cualquier clase que dispara antes y hace muchas menos preguntas que la exquisitamente selectiva inmunidad adaptativa, o lo que solemos entender por sistema inmune.

La Academia acreditó a Hoffmann, antiguo presidente de la Academia Francesa de Ciencias, por descubrir el sistema utilizando la poderosa genética de la mosca Drosophila, lo que permitió extrapolarlo a nuestra especie y abrir la investigación de un tipo radicalmente nuevo de agentes antimicrobianos. La nueva penicilina del doctor Hoffmann sería un buen titular.

Solo que no es del doctor Hoffmann.

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H5N1, agente sin secretos

Por: | 29 de febrero de 2012

Un caso enrevesado
javier sampedro

Las mutaciones que convierten el virus aviar H5N1 en un agente pandémico mortífero serán publicadas en Nature y Science sin ninguna mutilación. El panel científico que asesora a Washington sobre bioseguridad (NSABB, National Science Advisory Board for Biosecurity), que había recomendado en diciembre censurar los dos artículos, ha perdido el pulso con los expertos reunidos por la OMS, que son los líderes mundiales de la investigación en el campo.

El jefe de enfermedades infecciosas de los NIH (Institutos Nacionales de la Salud norteamericanos), Antoni Fauci, que es uno de los científicos reunidos por la OMS, ha sido el encargado de aplacar a su propia fiera. Fauci acaba de revelar, en una reunión organizada en Washington por la Sociedad Americana de Microbiología, que el Gobierno federal va a encargar a su propio panel "que se avenga a reexaminar las nuevas versiones de los artículos", vulgo que se la envaine.

Y así lo ha hecho en efecto el jefe del NSABB, Paul Keim, que le acaba de reconocer a los editores de Science que "la recomendación del NSABB, qué duda cabe, podría cambiar en el futuro", y que ellos pueden "dar marcha atrás y revertir todo esto si es que ése es el mejor curso de acción", vulgo para ti la perra.

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Dios sería lamarckista

Por: | 16 de febrero de 2012

Bisonte de altamira
Javier Sampedro, El bisonte de Altamira visto de frente

Uno de los padres del darwinismo moderno, Theodosius Dobzhansky, abrazó la selección natural como la herramienta óptima elegida por Dios para crear al hombre a su imagen y semejanza. Craso error, porque si Dios existiera sería lamarckista. Sus criaturas no solo pasarían a la descendencia sus genes, sino también el tuneado con que la biografía los ha ido puliendo, los estratos de consonancia que han resultado de su careo con el mundo. No la partitura de Sweet Lorraine, sino el disco en que la borda Frank Sinatra. Bueno, esa parece la forma más inteligente de hacer las cosas, ¿no creen?

Los biólogos consideramos el lamarckismo, o herencia de los caracteres adquiridos, una teoría refutada por dos experimentos históricos, el de Weismann y el de Luria y Delbrück. El primero es uno de los padres de la genética, y los segundos una leyenda de la biología molecular. Sus refutaciones del lamarckismo, sin embargo, poseen la sutileza de un martillo pilón.

August Weismann no solo fue uno de los primeros darwinistas alemanes, sino el primer ultradarwinista del mundo. A diferencia de Darwin, albergaba la ardorosa creencia en que el lamarckismo era erróneo, y a finales del siglo XIX quiso refutarlo con un experimento memorable: le cortó la cola a cinco generaciones seguidas de ratones y comprobó que, pese a ello, seguían naciendo con la cola intacta. Luego el lamarckismo era erróneo, concluyó de algún modo.

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Sobre el autor

Javier Sampedro

Javier Sampedro. (Madrid, 1960) es doctor en biología molecular. Hasta 1993 se dedicó profesionalmente a la investigación genética, primero en el Centro de Biología Molecular Severo Ochoa de Madrid, y después en el Laboratory of Molecular Biology del Medical Research Council en Cambridge. En 1994 se recicló como periodista y ha sido durante 15 años redactor de El País. Buen dibujante y mal guitarrista de jazz, su lema es: "Si no les gustan tengo otros".

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