El periodista independiente Juan Miguel Álvarez publica “La soledad del pornógrafo”, un perfil de Hernán Hoyos, en el número de junio de la magnífica revista colombiana El Malpensante. Reconozco que aunque no tenía ni idea de la existencia del protagonista del perfil, “el único escritor colombiano que ganaba plata antes de García Márquez”, disfruté leyendo el texto de El Malpensante porque las distintas escenas dibujan con trazo fino el retrato de un escritor que goza de una excelente mala reputación. Para muchos, Hoyos está considerado como el pionero de la literatura porno en Colombia. Y ya se sabe que los escritores de porno no suelen figurar en las listas de candidatos a los premios Nobel.
Hernán Hoyos ha cumplido 83 años y lleva más de diez sin escribir. Sus novelas fueron rechazadas por grandes editoriales. Pero eso nunca le resultó un impedimento para seguir escribiendo porque a él lo que le gustaba era ser escritor, editor y distribuidor. Creó su editorial, "Ediciones Exclusivas", repartía los libros por las librerías y, de vez en cuando, pasaba a recoger el dinero que le correspondía por las ventas. “He sentido la compulsión por ser independiente”, explica en el perfil.
Un amigo le propuso vender sus libros descargándolos de Internet. Le adelantó 100.000 pesos y él le dio un CD que contenía Sor Terrible y sus datos biográficos. La cosa no salió bien y el editor desapareció. “No creo en Internet como negocio. Es una güevonada. El negocio funciona si tú vas a cobrarle al cliente y te paga en efectivo o en cheque. En esta época hay cosas que son muy nombradas, pero que no son negocio: el Internet y las librerías”, dice Hoyos.
Ha comenzado a reeditar sus libros. Desde 2002, ha publicado cinco, pero tiene “cuarenta y pico libros” para reeditar. Las tiradas son cortas, 300 ejemplares. Ahora ya no le apetece viajar y los distribuye sólo por las librerías de Cali, la ciudad donde vive. El periodista le ofrece en una de las entrevistas sus contactos para que algún editor valore la posible publicación de su obra. “Te ruego que me comprendas –finalizó, alejando cualquier duda-. No quiero perder el control de mi pequeño negocio editorial”.