Imagen de archivo de la obra Merzbau (1923), de Kurt Schwitters
El arte no es inmortal. Puede ser destruido de mil maneras, quemado, perdido para siempre, robado y desaparecido, borrado, desmantelado. A pesar de esa desaparición, muchas de las obras que ya no pueden ser vistas no han sido olvidadas. Hay una gran nave donde están muchas de ellas. The Gallery of Lost Art es un almacén virtual desarrollado por Tate Media y el canal 4 de la televisión pública británica, donde cada semana aparece sobre una mesa todo lo que se sabe o queda de estas piezas del arte moderno y contemporáneo de los últimos cien años.
Ahí están obras como el Merzbau, de Kurt Schwitters (1923), que convirtió una habitación en una especie de estructura escultórica, o las delicadas esculturas cubistas de papel (1914) de Georges Braque, así como el archifamoso Monumento a la Tercera Internacional (1920), de Valdimir Tatlin, que jamás fue construido. Cada una tiene desplegadas sobre una mesa, a la manera de un archivo, las fotos y documentos relacionados con ellas y en algunos casos videos que las explican.
Cada una es una historia. Muchas, un misterio sin resolver. En 1937 el Pabellón Español en la Exposición Universal de París fue, como muchos de los otros pabellones nacionales, un manifiesto político. El edificio de Josep Lluis Sert duró apenas unos meses, y albergó, además del Guernica de Picasso, y otras obras emblemáticas, una gran pintura mural de Joan Miró, El payés catalán en rebeldía. El término de la exposición se desmanteló el edificio y las obras tuvieron distintos destinos. La de Miró, donada a la República, se perdió en el camino a Valencia.
En los años sesenta proliferaron las actitudes de rechazo a la mercantilización del arte. En ese contexto lo efímero ganó prestigio y dio lugar a los happenings, las acciones y las performances. También a la destrucción de algunas obras. La tumba (1967), de Paul Thek, con su figura en cera encerrada en un mausoleo que parecía una escultura minimalista, fue una de ellas, y está incluida en esta galería de obras perdidas. En 1970 John Baldessari destruyó todas las pinturas que había realizado entre 1953 y 1966 y tituló esta acción The Cremation Project (foto inferior). El artista aun afirma que nunca se arrepintió de ello, incluso se dice que hizo galletas con las cenizas.
La destrucción late a veces con fuerza en el corazón de ciertas obras de arte, es la tentación de algunos artistas. El caso de Robert Raushenberg tiene que ver más con estrategias de desaparición que con violencia contra las obras. Rauschenberg admiraba profundamente a Willem de Kooning. Tanto que le ofreció un trato casi diabólico. En el otoño de 1953 fue a su estudio y le pidió al maestro uno de sus dibujos para borrarlo por completo. Rauschenberg, que acababa de terminar su serie Pinturas blancas, quería forzar aun más la idea de llevar la pintura o el dibujo a la frontera del significado o su ausencia. ¿Puede significar algo un dibujo borrado? De Kooning accedió, pero quiso que el sacrificio fuera real, así es que le dió uno de sus dibujos más apreciados. Erased De Kooning Drawing (ver video bajo estas líneas, en inglés, en el que el propio Rauschenberg cuenta la historia) no se expuso hasta una década después, pero su fama creció en ese tiempo y especialistas, artistas o curiosos fueron a verlo e a su estudio. ¿Era creación o destrucción? Fue, según él, un experimento provechoso.
El valor de las obras que acabaron destruidas por accidentes u otras calamidades es incalculable. En el atentado del 11-S se estima que las obras de arte carbonizadas alcanzaban un valor de 822 millones de euros. El Art Loss Register es la mayor base de datos privada de obras de arte robadas o desaparecidas en circunstancias poco claras. Entre otras cosas, pretende ser una referencia para coleccionistas a quienes se ofrezcan obras de procedencia dudosa, e incluso gestiona la compensación a los dueños originales. Hasta ahora se han recuperado obras por un valor aproximado de 230 millones e euros.
Pero, ¿existen realmente coleccionistas de arte obsesivos que encargan el robo de una obra de arte famosa para guardarla en una cámara acorazada, o algo por el estilo, para su exclusivo goce personal? Pues parece que sí, y además no son pocos. Es lo que se deduce del libro Por amor al arte, de Erik El Belga, el ladrón y falsificador de arte más famoso del mundo. Su libro de memorias aparecido hace pocos meses es un recuento de unos años en los que su pasión por el arte, principalmente románico y gótico, se mezcló de manera explosiva con su afán de aventuras arriesgadas. Aparte de la aventura vital, que se lee como un thriller (la labor de Nuria de Madariaga en la redacción del libro es reseñable), lo que más llama la atención es la urgencia con la que coleccionistas privados de todo el mundo acuden a él con encargos de robo que van desde cuadros emblemáticos y colecciones completas de objetos de ciertos museos, hasta enormes y frágiles vidrieras de iglesias.
Erik El Belga y su banda eran capaces no solo de hacerlo sin dañar las piezas sino de restaurarlas antes de entregarlas a sus nuevos e ilegales dueños. Por no hablar de los prestigiosos marchantes que, además, se atrevían a encargar al ladrón la falsificación de pinturas (incluido un Leonardo) y dar el cambiazo al coleccionista original y al posible cliente, con doble y sustanciosa ganancia. ¿Exageración, mentira? Puede haber dosis de ambas, pero el prontuario de uno de los más perseguidos -y solicitados- ladrones especializados da fe de las desapariciones. Como son, en general, obras más antiguas no están en esta Gallery of Lost Art. Algunas han sido devueltas. Otras siguen escondidas y en poder de personas con relevantes fortunas, posiblemente admiradas socialmente por su devoción por el arte.

