Balance: 10 años de Zona MACO

Por: | 17 de abril de 2013

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Obras del artista mexicano Pedro Reyes (galería Labor) en Zona MACO Sur 

Por María Minera (México DF)

Las ferias de arte son espacios en los que todavía muchos se adentran no sin cierta suspicacia y con la idea de que lo que ahí van a encontrar no puede ser tan bueno o no estaría, tan desvergonzadamente, por así decirlo, a la venta –según esa vieja, viejísima creencia, de que el arte no debería mezclarse nunca con el dinero. En realidad, como dijera hace algunos años el artista Gabriel Orozco, el mercado –y ahí las ferias– “en realidad es otro espacio del arte, como el museo, la calle o la sala de la casa; otro espacio donde el arte circula públicamente. El mercado tiene un impacto en la vida pública, y así hay que entenderlo, como a las instituciones en general”. O sea que más allá de su lógica comercial, las ferias de arte contemporáneo (especialmente en lugares como México donde el acceso al arte que se produce en nuestros días es más bien limitado) funcionan también un poco como espacios de exhibición. Claro, podría pensarse que eso que allí se exhibe no es necesariamente representativo de lo que realmente ocurre afuera, ya que aquello que las galerías deciden mostrar –se sobreentiende: en base a modas o consideraciones estrictamente comerciales–, se antoja caprichoso y poco confiable. Y seguramente algo hay de eso, pero es importante observar que en la actualidad es en las galerías donde recae casi toda la tarea de dar visibilidad a la producción reciente (por supuesto, más allá están todos los espacios y maneras de mostrar el arte no institucionales). De modo que uno puede hacerse una idea bastante clara de lo que se está haciendo en la actualidad al asistir a una feria. Y eso es lo malo de las ferias: que uno alcanza a reconocer enseguida las flaquezas del arte contemporáneo, a ratos repetitivo (impresiona mucho ver cómo hay obras que reaparecen cada tantos metros), retórico, insustancial. Pero también eso es lo que tienen de bueno: que uno de pronto puede encontrar ahí algo que de veras lo asombre –o lo maraville o conmueva.

Amalia Pica Zona MACO Sur
Obra de Amalia Pica Zona MACO Sur

En ese sentido, la feria de arte Zona MACO, que este año llegó a su décima edición, tuvo mucho de ambas cosas. Por un lado, hay que decir que el nivel sigue siendo disparejo, y que bien puede quedarle al visitante la sensación de que podría prescindirse de no poco de lo que se presenta. Pero también es cierto que hay algunas galerías –como Elastic (Malmö), Nordenhake (Berlín), Carl Freedman (Londres) o La Caja Negra (Madrid y recientemente también en DF)– que se toman realmente en serio el trabajo y no sólo muestran la obra de artistas interesantes –algunos desconocidos en México– sino que la manera de mostrarla es también muy atractiva. De nuevo, ahí se hace evidente que muchas galerías entienden que una feria de arte es también un espacio de visibilidad al que, por tanto, tratan como si fuera una sala de exhibición hecha y derecha, con incluso algo parecido a una idea curatorial detrás. Y eso siempre se agradece en el mar de cosas más bien recargadas y caóticas. Aunque, desde luego, la típica escena en una feria como Zona MACO acabe siendo la de la familia tomándose por turnos una fotografía frente a las obras más llamativas (los letreros de neón y las pinturas fosforescentes son siempre los mejores ganchos).

Rirkrit Tiravanija en Kurimanzutto
Obra de Rirkrit Tiravanija en galería Kurimanzutto, en Zona MACO

Cabe preguntarse por qué algunas de las galerías foráneas más fuertes (como Lisson Gallery o David Zwirner), que probaron suerte en ediciones anteriores, han decidido no volver este año. Es posible que la feria no esté pudiendo resolver algunas de sus limitantes (que tienen que ver, en algunos casos, con asuntos que trascienden a la propia feria, como sería el del mercado mexicano, que apenas va despuntando), pero quizá sólo tenga que ver con que finalmente Zona MACO se está perfilando cada vez más como un centro de interés fundamentalmente iberoamericano, como lo demuestra la asistencia mayoritaria de galerías de América del Sur y, desde luego, de España, cuya presencia ha crecido notablemente en esta edición. Y por obvias razones, me parece. A las más veteranas Travesía Cuatro (Madrid), Espacio Mínimo (Madrid), La Caja Negra y Luis Adelantado (Valencia, pero también con espacio en la ciudad de México), este año se sumaron las galerías Bacelos (Vigo)Inés Barrenechea (Madrid), Carreras Múgica (Bilbao) y Pro Gallery (Madrid). Esto en la sección principal, pero también hubo importante participación española, ya fuera de galerías o de artistas, en la secciones Zona MACO Sur y Nuevas Propuestas, donde se presentan únicamente proyectos individuales. Ahí se pudo ver a galerías como Àngels Barcelona (Barcelona), Elba Benítez (Madrid), Nogueras Blanchard (Barcelona) y Max Estrella (Madrid).

Vista de Ramis Barquet
Vista de la galería Ramis Barquet en Zona MACO

Este apartado de la feria es, desde luego, lo más interesante de todo pero al mismo tiempo lo que menos bien encaja, dado el formato. Por tratarse de secciones comisariadas –Zona MACO Sur por Juan A. Gaitán y Nuevas Propuestas por Mirjam Varadinis– es evidente que el atractivo, en términos de enfoque e incluso de montaje, crece, pero al mismo tiempo el interés se diluye entre tantísimo que ver. Por otro lado, hay algo curioso en la idea de combinar de este modo el ejercicio curatorial y el comercial. Uno no deja de preguntarse si una feria es el lugar para planteamientos tan concretos –y algunos tan hondos o incluso tan a contrapelo de todo lo que, finalmente, es el sostén de un evento como éste. Las ferias funcionan sobre todo por dos cosas: por una suma de esfuerzos y porque –como buen mercado– cumplen con lo que dice el refrán aquel: para gustos hay colores. En suma, se trata de facilitarle la vida al coleccionista. Punto. Pero la idea detrás es interesante vista desde otro ángulo: todo allí tiene la misma relevancia (que no el mismo precio, claro está). Y por eso, distinguir de pronto ciertos proyectos de otros –a los que de paso se les da el valor añadido de haber sido elegidos por un comisario– es un pelín extraño. Como raro es también ver cómo se perciben algunos postulados (este año, Zona MACO Sur, por ejemplo, se concentró en los trabajos que de un modo u otro hablan de cómo se ha ido formando una conciencia histórica a partir de procesos y movimientos culturales y políticos) en medio del desparpajo general.

A pesar de los diez años, uno sigue sintiendo que Zona MACO es una feria joven (o lo es, si se piensa que hay por ahí una, Armory Show, que acaba de cumplir cien años). Eso, de nuevo, es bueno y malo. Es una feria sin duda rebosante de vitalidad pero que al mismo tiempo no deja de tener sus puntos débiles que necesita atacar cuanto antes, si quiere convertirse realmente en un referente regional. Sin embargo, y a pesar de sus carencias, Zona MACO es una demostración de que el formato de las ferias de arte, a diferencia de, por ejemplo, algunas bienales que persisten en el modelo de representaciones nacionales (como lo expuso tan acertadamente hace unas semanas en este mismo blog Estrella de Diego), siguen no sólo siendo pertinentes, sino que nos llevan a preguntarnos por qué un ejercicio de esta naturaleza –no sólo con evidentes pretensiones comerciales, sino uno que tiende a privilegiar las expresiones más predecibles y a los artistas más inflados–, tiene tanto éxito de público. A saber.

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=contemporary art is obsolete=

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