Fotografía para leer

Por: | 14 de junio de 2013

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He escuchado con frecuencia a artistas -y no solo artistas- que detestan el arte con explicaciones. “No voy a las exposiciones a leer”, me ha dicho alguno, y no porque él sea reticente a la lectura. Es pintor. De esos que ahora afirman abiertamente –antes callaban-, estar cansados del arte conceptual. Hartos de llegar a una muestra y tener que quedarse obligatoriamente unos minutos ante una pared con un largo texto, sin el cual lo que hay a continuación carece de sentido. O, al menos, de todo su sentido.

Es cierto que muchas veces hay introducciones, escritas por los comisarios, que resultan algo crípticas o pretenciosas para el público en general. También es cierto que muchos otros procuran, precisamente, facilitar al espectador una entrada más sencilla y directa al universo del (o los) artista(s) de la exposición. De hecho, la mayoría de las personas que visitan un museo o una exposición pasan más tiempo leyendo las cartelas que observando la obra. Al parecer el tiempo medio de atención de un visitante ante cada obra de arte es de solo unos tres segundos, según la American Association of Museums. Pero aquí vamos a hablar de otra cosa. De otra forma de utilizar las palabras. De las obras en sí.

Lo siento, amigo, pero hay obras que vale la pena leer. ¿Por qué? Porque las imágenes se forman en la mente. Es ahí donde cobran sentido desde una serie de manchas de color sobre un lienzo –y eso abarca desde el hiperrealismo a lo abstracto-, hasta lo que ven naturalmente los ojos. Lo que vemos tiene que ser comprendido. Y las palabras pueden crear imágenes mentales, tan fuertes y válidas como una obra maestra.

No vamos a exagerar. Tal vez no estén a la altura de Las Meninas, un cuadro –sin texto- que, por lo demás, ha generado muchos escritos, algunos casi con el brillo de la pintura de Velázquez. Pero voy a mencionar dos exposiciones que hay ahora en Madrid, a escasos metros una de otra, que generan imágenes a partir de las palabras.

Uno puede pasar casi una hora leyendo la exposición Los países, de Pedro G. Romero en la galería Casa Sin Fin. Y con gusto. Porque no son explicaciones que intenten justificar la imagen. Son fotografían acompañadas de textos literarios. Como en una canción, la letra y la música tienen que acoplarse de una manera casi mágica para que surja una unidad melodiosa que por separado no tendrían.

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Pedro G. Romero no aborda un tema lírico. Todo lo contrario. Esta serie de trabajos en torno al paisaje y el desastre medioambiental causado por las viejas fábricas papeleras de Tolosa y la industria de la celulosa en Hernani, en el País Vasco, ofrece “ejemplos de tratamiento urbanístico o de meras calamidades”, según el artista. No solo aborda las secuelas de su actividad, sino también las consecuencias de la restauración de esas ruinas industriales. El caso es que los textos seleccionados para estas piezas consiguen generar imágenes mentales distintas al relato que proponen y también diferentes a lo que las fotos solas conseguirían. Y lo hace con un tipo de narración que resulta casi irresistible para el espectador: el diálogo. Un simple guión ante un párrafo implica al observador y lo convierte en una especie de voyeur (“escucheur”, perdonen la broma). Desaparece la voluntad aleccionadora o explicativa, surge la complicidad entre las tres partes: imagen, texto y espectador.

En uno de ellos se lee:

-Los países son sus paisajes.

-Entonces, ¿los países son sus paisajes?

-Sí, sus paisajes.

-¿Los países?

-Sí.

-¿Los paisajes?

-Sí.

-Entonces, el problema no son los países, el problema son los paisajes.

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La propuesta de la exposición Werker Sweatshop en García Galería, es muy distinta. Werker es una publicación atípica realizada por el artista español Marc Roig Blesa y el diseñador gráfico holandés Rogier Delfos, desarrollada a partir de las ideas del movimiento de la fotografía obrera, surgido en los años veinte del siglo pasado en Alemania.

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La saturación de imágenes en la que vivimos inmersos es tan absoluta y global, que basta enunciar o describir con palabras una imagen vista por todo el mundo en cualquier medio informativo, para que seamos capaces de reproducirla a través de nuestra memoria. Por eso en la primera sala de esta muestra solo hay frases enmarcadas. Aluden a acontecimientos informativos relacionados con la llamada Primavera árabe, el 15-M y otros movimientos semejantes. Las lees (si entiendes inglés) y las “ves”.

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En la segunda sala unos carteles, de notable fuerza gráfica, desarrollan a través de una sola imagen y sus textos –como lo haría un reportaje o una entrevista-, una serie de problemas que aquejan a los artistas “normales” –los que no cotizan al alza en lo más alto del mercado- tanto en Holanda como en otros países.

Si, amigo, a veces vale la pena leer en las exposiciones. Es más, leer siempre vale la pena.

Hay 3 Comentarios

Muy sugerente la nota de "incendiario". Respecto a cómo comportarse frente a ciertas cosas que uno "no entiende", o no al menos sin una cuidadosa lectura del prospecto, recuerdo unas palabras de Carlos Pujol, incluidas en su "Cuaderno de escritura"; las cito de memoria, pero garantizo el sentido. Algunos escritores., dice Pujol, juegan con el equívoco de si lo que dicen es de una profundidad sublime, o una simple tontería. En la duda, conviene optar por la segunda posibilidad.

Pues yo prefiero la fotografía para ser vista: http://xurl.es/1kf3v

No hay que confundir salchichas con palanganas. Escribes unos artículos magníficos y claros sobre arte pero, en este caso, se te han mezclado los papeles. Las obras que hoy comentas SON para ser leídas. Otra cosa es que, hoy en día, para poder entender lo que nos muestran, antes tengamos que leer de qué va la cosa. Por que si no, no entendemos nada y, muchas veces nos quedamos con la impresión de que artista y museo o galería están intentando 'quedarse con nosotros'.

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