Todo a cien: Tutankamón replicado

Por: | 05 de mayo de 2014

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Imagen del comic de Peter Duggan

En 1986 The Bangles lanzaban una canción que iba a alcanzar los números uno en todas partes: Walk like an Eyptian : “Las antiguas pinturas de las tumbas/bailan el baile de la arena, ¿sabes?/ Si se mueven demasiado deprisa/ se caerán como en un juego de dominó.” Y todos bailábamos como los egipcios, siempre de perfil. Hasta el propio Michael Jackson bailaba de perfil.

No era la primera vez que los egipcios llegaban al número uno de popularidad, piensen en la Cleopatra de Liz o en las decenas de películas de momias –seguro que alguna incluso porno, que hay gustos para todo-, empezando por la clásica de 1932 con Boris Karloff, -qué miedo- y siguiendo con el resto de versiones  degradadas, las que ponen a menudo en los viajes de Renfe. Eso por no hablar de la exposición de Tutankamón de los 70 del XX.

Como el rey del oro se le presentaría y se le percibiría  también en la citada muestra que recorrería algunas ciudades europeas y de los Estados Unidos inaugurando, según ciertos autores, lo que años después sería una práctica habitual en nuestros museos: la alta cultura convertida en un fenómeno de masas. La histeria colectiva en torno al personaje transformaba el que había sido el papel de los museos hasta aquel momento. Estaba claro que se exhibían los objetos de un personaje de culto, muy popular, pero un valor añadido era sin duda que muchos de ellos eran... de oro. Así se publicitaba la muestra -“Los tesoros de Tutankamón”- que,  al tiempo, le confirmaría como el faraón de las grandes riquezas un poco a la manera de las estrellas del Hollywood de los 50.

Y es que ni los fenicios, ni Mesopotamia, ni siquiera los Etruscos… Egipto es imbatible. De todas las civilizaciones extinguidas es la que más éxitos ha cosechado a lo largo de la historia con sus pirámides y, en especial, con esas momias raptadas por el Museo Británico que siguen acumulando a los visitantes  fascinados frente a los sarcófagos. Sea como fuere, de todo el “famoseo” del Imperio Nuevo, sin duda quien ha acaparado más flashes a lo largo de los años ha sido  el citado Tutankamón, cuya tumba se descubría en noviembre 1922, en plena época decó.

No obstante, es rara su fama porque no se sabe nada de su vida. Como muy bien comentaba Howard Carter, el descubridor de la tumba, “en el estado actual de nuestro conocimiento podemos decir sin faltar a la verdad que el hecho básico de su vida es que murió y fue enterrado.”  Es verdad. Parece extraordinario que alguien adquiera la tremenda popularidad del rey  Tutankamón sin que quede constancia de alguna hazaña en su biografía; es extraño que alguien se convierta en personaje de culto por una causa en el fondo tan banal como morirse y ser enterrado. Nadie sabe a ciencia cierta qué hizo durante su corta vida pues, sigue reflexionando el propio Carter en las páginas de 1923, donde se relatan las hazañas del descubrimiento: “Estamos llegando a conocer hasta el último detalle de lo que tenía, pero qué era y qué hizo tristemente siguen siendo asuntos abiertos a la  investigación.”  

Incluso ahora, tantos años después, Tutankamón continúa siendo un famosísimo gran desconocido, una celebridad sólo eclipsada por Cleopatra en las fantasías colectivas. Inusualmente joven -un “joven rey”, como le llama  la cubana Dulce María Loynaz en su maravilloso poema-, bellísimo y desafiante como le representa su sarcófago -los pómulos perfectos, el rostro distinguido, la boca carnosa, los ojos ligeramente rasgados...-, Tutankamón se dibuja en el imaginario colectivo como la más deseable de las momias, aquella que hubiéramos podido amar en el más exasperado delirio de exotismo necrófilo, a la manera de la poeta cubana.

Ahora, y quien sabe si siguiendo los pasos del resto de copias como la “Neocueva de Altamira”, se ha construido una réplica exacta de la tumba de Tutankamón que quienes la han visitado ya comentan que, aunque a ratos se ve que es falsa, guarda momentos de gran intensidad –supongo porque se reproduce la claustrofobia original. La “neotumba” ha sido replicada por la empresa madrileña Factum Arte, cuya perfección se pudo comprobar en la estupenda exposición de Piranesi en la Caixa. Allí se habían construido a todo tamaño algunas de las antigüedades en las estampas aunque a mí, pese a  apreciar la idea y la perfección del producto, me causaba un poco se repelús ver eso tan fuera de lugar, lo confieso.  

Y ahora…. la “neotumba”. Se dice, una vez más, que su finalidad es preservar la original, muy maltrecha  pese al control de visitas.  La “neotumba” tiene varias ventajas, por ejemplo, admitir muchas más personas a la vez. Y luego, claro, el precio: costará menos que visitar la tumba original, igual que quien se compra uno de esos perfumes que imitan el olor de las marcas conocidas.  De modo que, esta vez, no voy a hablar del aura del original ni de la emoción única; ni siquiera de todo lo que tiene que ver con Occidente y nuestro concepto de la  copia –o réplica- como negativa. En este caso el tan comentado asunto de la conservación parece un poco una broma: o no se  puede visitar la original porque se daña o se puede visitar sin más. Poner un precio de todo a cien para ver la réplica parece un contrasentido. Además, cuentan que dice el Ministro del ramo que muchos turistas irán a ver la réplica  para compararla con la original –o sea que se hará una doble caja. Lo único que falta en la réplica, he leído, es el propio rey replicado, por respeto dicen, como si no fuera ya bastante poco respeto el hecho mismo de mostrar  momias o líderes embalsamados donde menos te lo esperas. Desde luego me parece que en estas cuestiones subyace cierta doble moral, en especial cuando se argumenta que se hace la réplica por motivos de conservación. Entonces… ¿por qué seguir dejando entrar a los turistas? ¿Acabará la “neotumba” por ser el premio de consolación, el todo a cien, para los viajes masivos, bailando todos como los egipcios?

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