Antonio Basagoiti abandona la política pero deja su huella inequívoca en el PP vasco. Al irse, una vez trabada la sucesión que pretendía, abre la puerta a la interrogante sobre cuál será el sello que la nueva presidenta, Arantza Quiroga, imprimirá durante su mandato habida cuenta de de que les caracterizan perfiles tan distintos aunque hayan compartido las mismas inquietudes.
Quizá para mitigar esta primera sensación de choque, Quiroga ha aprovechado la elección del portavoz del partido y así enviar un primer mensaje de su futuro estilo. Consciente de que va a ser sometida a un puntilloso examen sobre cada una de sus posiciones políticas, y mucho más en el ámbito de las libertades sociales habida cuenta de sus creencias religiosas, la presidenta ha apostado por Borja Sémper para que siga proyectando esa imagen de renovación estética y programática que Basagoiti abanderó desde que sustituyó a Maria San Gil.
Con la signfiicativa apuesta por Sémper, otro valor en alza de largo recorrido, Quiroga se olvida también de las exigencias de las cuotas territoriales tan influyentes en el PP vasco. Bien es verdad que lo hace favorecida por las posiciones confortables de Bizkaia (Antón Damborenea, en la Mesa de la Cámara) y de Álava (Iñaki Oyarzábal, secretario general), pero es indudable que ha escogido un perfil como el parlamentario guipuzcoano dotado de un lenguaje que pisa el suelo de la realidad vasca desde una óptica popular de mayor apertura y que en ocasiones puede colisionar con las esencias de Génova.
Basagoiti no se ha cansado de repetir en su despedida que Quiroga ha sido uno de los bastones de apoyo en la gestión de su presidencia, y sobre todo en el arranque enrevesado de su mandato en 2008. Pero, de momento, no puede evitar que la imagen estereotipada de su sucesora llegue cargada de un simbolismo menos asociado a la renovación del discurso popular. Por eso adquiere más valor la elección de Sémper como contrapeso. En cualquier caso, el PP tampoco tiene demasiados atajos para consolidar su proyección electoral. La llegada de la paz al País Vasco rompe para siempre con sus lógicos duros discursos de los tiempos del terror y obliga a los populares a una adecuación de la centralidad. Lo deberán acompañar de un olfato alerta sobre cómo evoluciona la propia sociedad en la que ya han conseguido implicarse tras años recluidos en la amenaza y el rencor.
Mientras, Quiroga ya tiene un motivo para el estreno de su nueva responsabilidad: representar al PP en la ronda de encuentros que ell lehendakari, Iñigo Urkullu, pretende mantener con el resto de partidos para conseguir un complicado pacto de estabilidad. Los populares son conscientes de que su capacidad de decisión está en Madrid y no en Euskadi, donde su principal objetivo radica en cubrir las necesidades de las dos instituciones que controlan en el Ayuntamiento de Vitoria y la Diputación de Álava.
Es ante retos como el que ahora ocupa a Urkullu cuando los populares siguen lamentando que las urnas del pasado 21-O les privara de un parlamentario más. Al PNV, por supuesto, le ocurre lo mismo. En una situación de crisis económica como la actual, la suma de una mayoría parlamentaria entre ambos partidos habría dado vuelta al calcetín al actual escenario político vasco, cada día más alejado del acuerdo suficiente y necesario.