El inquietante inmovilismo en el que parece haber encallado el proceso de paz viene a coincidir en Euskadi con una encadenada retahíla de protestas abertzales. Posiblemente todo sea una puntual coincidencia, pero es significativo que la ausencia de respuesta del Gobierno de Mariano Rajoy a la reiterada exigencia de una flexibilización de la política penitenciara ha asociado como en los mejores tiempos de la ilegalizada Batasuna a la izquierda radical con las reclamaciones de ETA. Y el dato evidente no solo preocupa a la fiscalía y a las víctimas del terrorismo, sino a la mayoría de los partidos democráticos, confiados en que esta deriva no tenga recorrido.
Bajo el reconocido presagio que Arnaldo Otegi formuló cuando instó a la catarsis de que "todos" harían juntos la travesía hacia las vías políticas dentro del entramado abertzale, es fácil entender que el conglomerado Sortu-Bildu-EH Bildu-Amaiur ni quiera ni pueda desligarse de las reivindicaciones capitalizadas por Herrira en favor de los derechos humanos de los presos de ETA. En cambio, ya desde una óptica más aséptica, resulta mucho más difícil de comprender el liderazgo de reconocidos dirigentes de partidos ya legalizados en las proclamas amenazantes lanzadas tras la muerte en un hospital francés del terrorista Thierry, donde se ha recuperado un lenguaje borroka que se creía olvidado.
En suelo vizcaíno, ante el cadáver de quien ordenó el atentado de la T-4 y dinamitó otra esperanza de paz por medio de una negociación, y año y medio después de una tregua definitiva, se han vuelto a escuchar vivas a ETA militar. ¿Hay algo más allá de la expresión puntual de una comprensible indignación? De momento, el fallecimiento de Thierry ha resucitado viejos fantasmas que parecían superados.
En ese contexto podría situarse el explícito respaldo del diputado general de Gipuzkoa, Martin Garitano (Bildu), a los ocho jóvenes de Segi condenados por el Tribunal Supremo que, de paso, ha evidenciado la complicidad entre las movilizaciones de esta organización juvenil y la comprensión del Ayuntamiento de San Sebastián. Ante semejantes retratos de situación es acertado proclamar que en realidad, volvemos por donde solíamos.
Podría asegurarse que la izquierda abertzale se apresura a demostrar sin figuras que sigue haciendo suya la reivindicación de los presos, que no la ha olvidado a pesar de su acción institucional. Así se entendería que abrazara esta causa como principio fundamental sobre el que hacer pivotar en el Parlamento vasco el arranque de la ponencia sobre la paz. Incluso, no es descartable que la creciente agresividad de la que viene rodeando su discurso político guarde una estrecha relación con el hastío que le provoca la nula receptividad de sus exigencias en política penitenciaria. Y el PNV se vuelve a situar en el centro de su diana. Posiblemente igual hemos avanzado menos de lo que se cree.