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El Señor Lobo (Blasco) crea problemas

Por: | 12 de junio de 2013

No es la primera vez que Rafael Blasco crepita sobre la parrilla a lo largo de su dilatada carrera política, pero sin ninguna duda esta es la peor, la que va a carbonizar su desmesurada ambición pública. La justicia lo ha acorralado por el supuesto desvío de fondos de cooperación a una trama que, como a Saturno sus anillos, ha orbitado su diámetro administrativo en buena parte de su singular trayectoria. Sea cual sea el veredicto de este proceso, su periplo ya se acabó y su prestigio político ha sido aplastado por la pesada lápida del descrédito.

Rafael Blasco en su escaño de las Cortes Valencianas (CARLES FRANCESC)

Al renacer de sus cenizas, después de que Joan Lerma lo expulsara de la Generalitat y del PSPV por otro turbio asunto (sobreseído al ser declaradas ilegales las escuchas aportadas como prueba), Blasco protagonizó una de las hazañas más sugestivas de la política indígena. Como lazarillo de Eduardo Zaplana regresó a la primera línea y se situó en el puente de mando de un partido que, aunque acabó militando en él, nunca fue el suyo. Su talento político siempre estuvo por encima de los gobiernos de los que formó parte, pero fue insuficiente para señalarle que debió saltar de ese tren tras haber recompuesto su imagen pública sin, como todo apunta, nutrir una mafiosa malla clientelar de tubérculos con cargo al presupuesto. Al final, el animal político acabó devorándose a sí mismo por su insaciable voracidad. Al final, Rafael Blasco ha terminado dándole la razón a Joan Lerma.

Ahora el PP, consciente de la escasa implantación orgánica de Blasco, quiere deshacerse de su incómoda presencia. Ahora Alberto Fabra necesitaría otro Señor Lobo que, con la misma eficiencia que Rafael Blasco solucionó los pringosos enredos del PP cuando fue su Señor Lobo (cuando estaba a media hora del problema y llegaba en 10 minutos), lo librara de Rafael Blasco sin dejar rastro. Que le dejara el grupo parlamentario tan reluciente como Harvey Keitel dejó la casa de Jimmy y el coche de Jules y Vincent antes de que llegara su mujer en la película de Tarantino. Es decir, que Blasco hiciese de Señor Lobo consigo mismo y se llevara su escandaloso ruido fuera del área de impacto de Fabra. Pero los lobos supervivientes a las cacerías, los que han tenido que atravesar el desierto, solo huyen si les beneficia.

El PP, más allá de los desgarradores mordiscos que guarde en su resentida mandíbula, tiene un serio problema con Blasco. Ahí es donde el liderazgo y la autoridad de Fabra hacen agua, donde sus enaltecidas líneas rojas contra la corrupción se vuelven tan elásticas que se desdibujan, donde se torna incandescente el fulminante de los demás imputados, donde mejor se ve que la improvisación es la única directriz que maneja el PP. Fabra tiene la decisión tomada pero le aterra ejecutarla, teme perder su precario equilibrio con el retroceso de su descarga y eso lo paraliza. Pero esperar a que el juez abra juicio oral, teniendo en cuenta el desfase entre el tiempo político y el judicial, puede ser peor. Dice el vicepresidente del Consell, José Ciscar, como si quisiera poner distancia con los otros ocho parlamentarios imputados para garantizarse la operación, que el asunto de Blasco, al tratarse de dinero que iba destinado a los más necesitados, tiene su propia especificidad por la alarma social que suscita. Sin embargo, su tufo es tan repugnante como el del dinero público que se llevó la trama Gürtel, Brugal, Emarsa y todo el espectro de hedores que expele su bancada. Es la misma cloaca.

¿Se parece Eduardo Zaplana a Eduardo Zaplana?

Por: | 16 de mayo de 2013


Eduardo Zaplana antes y después de operarse la nariz, en imágenes de Pérez Cabo y Desdesoria.es
En la primavera de 2002, en una visita a la sastrería de Antonio Puebla me llamó la atención que tenía dos fotografías del entonces presidente de la Generalitat valenciana, Eduardo Zaplana, sacadas de los periódicos, colgadas en la pared. En una llevaba un traje prêt à porter y en la otra, vestía terno cortado por Puebla, el sastre de la burguesía valenciana y también del entonces ministro Rodrigo Rato. Entre una imagen y otra había un abismo. Era un modo gráfico de representar su tránsito del deslustre a la selección, como una figuración de la escala evolutiva humana. Zaplana, como dijo de él Julio Iglesias, era un campeón y corría mucho.

Eduardo Zaplana en 1995 (ABEL ALONSO)Siempre tuve la sensación de que Zaplana estaba huyendo de sí mismo. No tardó nada en desterrar el jersey anudado al cuello con el que daba entrevistas en plan campechano cuando era alcalde de Benidorm. Enseguida cambió incluso la piel apócrifa con la que se presentó en sociedad en la prensa afín para aspirar a la presidencia de la Generalitat, cuando acudía a Canal 9 con su propio peluquero para que en el camerino de la televisión gobernada por los socialistas no le estropearan la compostura. Incluso redujo su característica papada (quizá también por motivos médicos) al llegar al Palau, no sin antes haber ordenado que en Canal 9 nunca lo filmaran por el lado izquierdo porque se sentía menos favorecido. Esa angustia por su superficie, que fue modificando su fisonomía, fue sin duda la que le llevó a tener un asesor de calcetines, corbatas y camisas (Gregorio Fideo) en nómina de la Generalitat. Y por ahí, hasta que su roce con lo más selecto de la burguesía valenciana lo puso en manos de Puebla y se alejó tanto de sí mismo que parecía pertenecer a una especie distinta de la que surgió.

Es, sin duda, el presidente de la Generalitat valenciana que más ha cambiado visualmente en el cargo. Ha hecho un largo viaje cuyo destino no es otro que la propia escapada. Y en el que la rinoplastia a la que se acaba de someter “por motivos médicos” podría no ser más que otra estación.

Lo superfluo toma el mando

Por: | 14 de mayo de 2013

Los plenos del Gobierno valenciano resultan cada vez más prescindibles. Y puede que a ese ritmo acabe sobrando hasta el propio Ejecutivo. No hay nada suculento que aprobar desde hace mucho tiempo. No hay dinero ni tampoco abundan las ideas para disimular esa restrictiva realidad. La reunión semanal del Consell ya solo se limita a la aprobación de convenios y a la solemnización de la mecanografía burocrática. Es un síntoma del coma político en el que está atrapado el Gobierno en mitad de una legislatura en la que ningún experto aprecia perspectivas de una mejora económica que redunde en su revitalización.

Isabel Bonig y José Ciscar informan tras un pleno (José Jordán)

En ese punto, el principal acto del pleno es la comparecencia posterior del vicepresidente del Consell, José Ciscar, convertido en el sufrido frontón que absorbe los impactos de los interrogantes que estallan en su ceño sin que fluctúe en su hermetismo. Bajo los palos, su angustia mediática resulta mucho más locuaz que su esquivo verbo. Tan saltando entre el ser y la nada que hubiese conmovido al mismo Kierkegaard y sus formalidades vacías. Porque cuando falla lo sustantivo, lo superfluo toma el mando. La coreografía se adueña del énfasis y acaba dirigiendo la obra. Y ese es el asunto.

La expresión torturada de Ciscar, ahora sometida al pim-pam-pum de los cronistas deportivos, es un certero cuadro clínico del Gobierno. La clave por la que el Consell se vuelve itinerante excretado por su propio vacío y torea en plazas portátiles. La razón por la que la cuadrilla de consejeros hace paseíllos por la Comunidad Valenciana saltándose la austeridad a la torera, con toda la reata de carrozas y adjuntos, para representar ese teatrillo fofo por las plazas de los pueblos.

Y en esa deriva, el presidente se aferra a la agenda de un director general en su visita a montepíos, cofradías y gremios para figurar dinamismo. O surge una consejera que, tomando las Grutas de San José por el Támesis, se toca de Margaret Thatcher y busca desesperadamente unas Malvinas sobre las que hacer pie. O retoña el elocuente Serafín Castellano poniendo rimbombancia al hueco con un tocho sobre paráfrasis estatutarias de abreviado interés, mientras masca el rechupado e insípido chicle de las señas de identidad, que, como The New York Times al otro Fabra, a los valencianos encuestados por el CIS se las traen al pairo. O Máximo Buch bebe de la botella medio llena en medio del desierto y pontifica dichoso sobre la inminente salida de la crisis de la Comunidad Valenciana como si fuera un cabalístico Paul Krugman de cooperativa.

Mientras tanto, en medio de este desbarajuste tan polifónico, al Consell le revientan incluso los frentes que ya creía cerrados, como el accidente del metro, que no solo le pone el foco a Juan Cotino en el epicentro del mangoneo más repugnante, sino que incide en cómo se desentendió el antecesor de Fabra de uno de los siniestros ferroviarios urbanos más graves de Europa y despreció a las víctimas y sus familiares como nunca se había dado el caso en ninguna parte del mundo civilizado. No fue responsabilidad de Fabra, pero le pasa factura por no haber hecho borrón y cuenta nueva en el partido. El gesto del último pleno del Consell, en el que acordó llevar toda la documentación del accidente a la fiscalía, solo fue otro gesto sin consecuencias. Como el que tuvo al ser designado presidente al decir, a preguntas de este periódico, que se iba a reunir con las víctimas. Como todos los que surgen de una chistera en la que ya es imposible rebañar nada. Es solo coreografía nerviosa que adquiere rango de discurso político.

Los trajes persiguen a Camps

Por: | 21 de marzo de 2013

Al expresidente de la Generalitat Francisco Camps se le acaba de oscurecer su cielo precopernicano. El Tribunal Supremo acaba de fundir todas las estrellas que él ha ido pegando a su antojo en esa cúpula imaginaria durante los inmensos días de su prejubilación política forzosa. El Supremo puede volver a arrebatarle la miel de la boca en el caso de los trajes (los famosos “solo tres trajes” de Mariano Rajoy), cuya victoria ha celebrado dos veces. La primera, cuando su “más que amigo” Juan Luis de la Rúa presidía el Tribunal Superior de Justicia valenciano y archivó el caso ante el bochorno de la judicatura. La segunda, cuando el jurado popular que lo juzgó (en contra del criterio de muchos expertos) lo declaró no culpable de cohecho pasivo impropio por cinco votos a cuatro.

Francisco Camps acompañado por Rita Barberá tras declarar por primera vez en el TSJ como imputado en 2009 (CARLES FRANCESC)

Sin embargo, Camps no ha conseguido librarse de la persecución de los trajes que le regaló la trama Gürtel mientras esta obtenía suculentos contratos de la Generalitat valenciana. Algunos trajes son para toda la vida. Incluso sirven de mortaja, como es el caso. El Supremo ordenó reabrir la causa pese a De la Rúa y ahora, el próximo 9 de abril, se pronunciará sobre la no culpabilidad que resolvió el jurado popular. Siendo lo más difícil que este tribunal admita esta clase de recursos, a Camps no le deben faltar los motivos para temerse lo peor. Es cierto que el expresidente, en el peor de los escenarios, solo tendría que abonar una multa y que la pena (el descrédito político y personal) ya le ha sido impuesta sin mucha posibilidad de reinserción (solo le faltaría dejar las Cortes y el Consejo Jurídico Consultivo). Pero queda un ajuste estético pendiente que la justicia debe resolver para restaurar su propia credibilidad.   

Sobres para todos

Por: | 08 de febrero de 2013

El sobre ya se ha convertido en el emblema de los cabreados. Cualquier colectivo que haya sufrido el impacto de las medidas de los Gobiernos del PP (recortes, impagos, despidos, pérdida de servicios…) ya lo blande como la certificación de la doble moral que rige en el partido. Ya está en todos los frisos de nuestros días. Como metáfora de los sobresueldos en negro que presumiblemente han estado cobrando los principales cargos del PP mientras moralizaban con  la austeridad, el sobre ha sido el la gota que ha colmado el vaso. Era el reverso oculto de la tijera, su hoja invisible más afilada.

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También los diputados valencianos del PP han estado cobrando sobres por debajo de la mesa, mientras el presidente Alberto Fabra ponía el rostro ácimo ante las pantallas y mascullaba un discurso lastimero para poner paños calientes al desguace de los servicios públicos. Mientras encopetaba discursos sobre la tolerancia cero con la corrupción con el carromato de su cabalgata henchido de imputados. Mientras su secretario general, Serafín Castellano, que todavía no ha dado una explicación sobre los contratos que, siendo consejero, adjudicó a su amigo José Miguel Pérez Taroncher, solemnizaba como un cura sobre la transparencia. El sobre era el correlato elíptico sucio que sostenía ese falso escaparate. Ahora llena la ira de los miles de cabreados (como las víctimas de la escabechina de RTVV de la foto de José Jordán),y aunque sea de papel puede llegar a cortar como una guillotina.

Suma y Sigue

Sobre el blog

La Comunidad Valenciana es el resultado de un proceso acumulativo en el que lo que nunca parece terminar se superpone a lo que nunca acaba de llegar, y viceversa. Pero esa tensión entre la marcha atrás y la directa, entre la fosilización y la vanguardia, libera una gran energía que solemniza nuestras incongruencias y aciertos en sumarios judiciales o tratados de estética. Este blog centra comentarios sobre lo que convulsiona ese territorio.

Sobre el autor

Miquel Alberola

. Nací en Valencia (El Carme) en 1958, aunque soy de pueblo (Quatretonda). Estoy en esto desde casi siempre y no he podido sacudirme todas las dudas del principio. Soy subdelegado de EL PAÍS en la Comunidad Valenciana.

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