Hasta principios de los noventa la política valenciana era solo un reflejo de la política española. El signo político del Palau de la Generalitat y el de la Moncloa iban a la par. Incluso el declive de Felipe González, acosado por los escándalos del GAL y Roldán, desalojó a Joan Lerma, en cuya gestión no había ningún motivo determinante para interrumpir su continuidad. Sin embargo, esa correspondencia se quebró a partir de 1995, y no precisamente en el sentido identitario vasco o catalán.
Desde entonces, hace 17 años, el PP se acomodó en el poder hasta fundirlo en el su ADN y estableció en la Comunidad Valenciana una singularidad política que le ha permitido la supervivencia no solo en los vaivenes electorales que ha sufrido este mismo partido en el ámbito español sino que ha supuesto también su impunidad electoral frente al desenfreno de su gestión y la correspondiente metástasis judicial (Gürtel, Brugal, Emarsa, Fabra, cooperación,...).
Sin duda, el PP valenciano ha sido el artífice de ese éxito, pero no todo el mérito ha sido suyo: el PSPV ha alimentado ese proceso con su carnívoro ensimismamiento, con su ausencia de la política. Para resumirlo gráficamente, el vehículo de los socialistas valencianos entró en una rotonda en 1995 y desde entonces ha estado orbitándola sin encontrar la salida, mientras en su interior el pasaje se empleaba a fondo para tirar al chófer por la ventanilla. Y mientras la carretera que conectaba esa rotonda entraba en vía muerta porque el tráfico discurría por nuevas autovías.
El PSPV no se habría podido enroscar en esa curva ininterrumpida con tanta pericia sin la cultura de matonismo político que inspiró al aparato que se desarrolló alrededor de Lerma (todavía convenientemente enquistado y ahora con la paradójica bandera de la renovación). Es decir, sin el desprecio a la integración, a la diversidad y, sobre todo, al electorado.
Ese mismo espíritu es el que ha abonado el congreso que los socialistas celebran este fin de semana, en el que el particularismo zarandea la estabilidad de la organización sin ninguna necesidad objetiva, tras una etapa de relativo equilibrio. Pese a que la coyuntura política lo desaconseja, la orgánica, ablandada la estructura federal tras la derrota de las generales, el genoma del socialismo valenciano propicia una confrontación que, sin duda, agradece un PP agobiado y con efectivos síntomas de desgaste.
Es cierto que Jorge Alarte no es Pericles, pero pretender convertir a Ximo Puig (el de Lerman Brothers de toda la vida, ahora de la mano del inmemorial Ciprià Ciscar) en Bismarck acaso no deje de ser otro homenaje a la rotonda. En cualquier caso, lo positivo de este congreso de cuchillos y facas es que deja al PSPV más cerca de su refundación.