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Suma y Sigue

Sobre el blog

La Comunidad Valenciana es el resultado de un proceso acumulativo en el que lo que nunca parece terminar se superpone a lo que nunca acaba de llegar, y viceversa. Pero esa tensión entre la marcha atrás y la directa, entre la fosilización y la vanguardia, libera una gran energía que solemniza nuestras incongruencias y aciertos en sumarios judiciales o tratados de estética. Este blog centra comentarios sobre lo que convulsiona ese territorio.

Sobre el autor

Miquel Alberola

. Nací en Valencia (El Carme) en 1958, aunque soy de pueblo (Quatretonda). Estoy en esto desde casi siempre y no he podido sacudirme todas las dudas del principio. Soy subdelegado de EL PAÍS en la Comunidad Valenciana.

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El PSPV se aferra a la rotonda

Por: | 27 de marzo de 2012

 

Los candidatos Manuel Mata, Ximo Puig, Jorge Alarte y Francesc Romeu (José Jordán)

Hasta principios de los noventa la política valenciana era solo un reflejo de la política española. El signo político del Palau de la Generalitat y el de la Moncloa iban a la par. Incluso el declive de Felipe González, acosado por los escándalos del GAL y Roldán, desalojó a Joan Lerma, en cuya gestión no había ningún motivo determinante para interrumpir su continuidad. Sin embargo, esa correspondencia se quebró a partir de 1995, y no precisamente en el sentido identitario vasco o catalán.

Desde entonces, hace 17 años, el PP se acomodó en el poder hasta fundirlo en el su ADN y estableció en la Comunidad Valenciana una singularidad política que le ha permitido la supervivencia no solo en los vaivenes electorales que ha sufrido este mismo partido en el ámbito español sino que ha supuesto también su impunidad electoral frente al desenfreno de su gestión y la correspondiente metástasis judicial (Gürtel, Brugal, Emarsa, Fabra, cooperación,...).

Sin duda, el PP valenciano ha sido el artífice de ese éxito, pero no todo el mérito ha sido suyo: el PSPV ha alimentado ese proceso con su carnívoro ensimismamiento, con su ausencia de la política. Para resumirlo gráficamente, el vehículo de los socialistas valencianos entró en una rotonda en 1995 y desde entonces ha estado orbitándola sin encontrar la salida, mientras en su interior el pasaje se empleaba a fondo para tirar al chófer por la ventanilla. Y mientras la carretera que conectaba esa rotonda entraba en vía muerta porque el tráfico discurría por nuevas autovías.

El PSPV no se habría podido enroscar en esa curva ininterrumpida con tanta pericia sin la cultura de matonismo político que inspiró al aparato que se desarrolló alrededor de Lerma (todavía convenientemente enquistado y ahora con la paradójica bandera de la renovación). Es decir, sin el desprecio a la integración, a la diversidad y, sobre todo, al electorado.

Ese mismo espíritu es el que ha abonado el congreso que los socialistas celebran este fin de semana, en el que el particularismo zarandea la estabilidad de la organización sin ninguna necesidad objetiva, tras una etapa de relativo equilibrio. Pese a que la coyuntura política lo desaconseja, la orgánica, ablandada la estructura federal tras la derrota de las generales, el genoma del socialismo valenciano propicia una confrontación que, sin duda, agradece un PP agobiado y con efectivos síntomas de desgaste.

Es cierto que Jorge Alarte no es Pericles, pero pretender convertir a Ximo Puig (el de Lerman Brothers de toda la vida, ahora de la mano del inmemorial Ciprià Ciscar) en Bismarck acaso no deje de ser otro homenaje a la rotonda. En cualquier caso, lo positivo de este congreso de cuchillos y facas es que deja al PSPV más cerca de su refundación.

Camps, fuera de control

Por: | 22 de marzo de 2012

CAMPS Y FORMULA FERRARI-6

El expresidente Francisco Camps es un barril de dinamita fuera de control para el PP. Mariano Rajoy no se dio cuenta hasta que sufrió su desafío al negarse a aceptar su culpabilidad en el asunto de los trajes para evitar el juicio. Pero Camps ya lo era mucho antes de que empezara su declive político, tanto como quienes lo auparon a la cumbre y lo han cebado para llevar esta situación al límite. Ahora el problema es que el desdén que percibe en su manada calienta la cerilla en que se ha convertido desde que, por un voto, el jurado le evitó el trámite administrativo de pagar una multa por cohecho pasivo impropio. Ahora Camps se está poniendo incandescente.

Sus declaraciones a Telva son el mejor diagnóstico sobre sí mismo. Todo lo que es Camps y lo que le sucede está ahí y no se puede pormenorizar sin riesgo de pisar líneas rojas. Percibe la Comunidad Valenciana como una prolongación de su aparato digestivo y celebra el brillo de constelaciones que no ha atisbado ni el telescopio espacial Hubble. Y sus disparates resultarían divertidos si no fueran patéticos. El "cursus honorum romano" del que presume ("Mi bagaje es impresionante"), más allá del desbarajuste económico que ha dejado en la Generalitat, ha resultado mucho más nefasto de lo que aparenta.

Salta a la vista que los delirios de Camps (los sobrecostes de las fantasías emblemáticas superan de largo los recortes que ahora tiene que hacer Alberto Fabra) han puesto en riesgo de extinción el sistema educativo y sanitario, que han arruinado a muchas empresas de proveedores y que han avivado un persistente tufo de corrupción (Gürtel, Brugal, Emarsa,...) que incluso afecta al prestigio empresarial valenciano en el mercado exterior. Pero el legado de Camps ha ido más allá. El imperio de su frenesí ha asestado cargas de profundidad al propio sistema. Ha fulminado el sistema financiero valenciano (Bancaja, Banco de Valencia y CAM), ha desacreditado Ràdio Televisió Valenciana hasta ponerla en bandeja para el desguace y ha arruinado la percepción autonómica de los valencianos (20 puntos negativos en siete años). Vino disfrazado de Jaime I y se va de Napoleón, con la mano en el esternón.

Atrapado en Fallas

Por: | 16 de marzo de 2012

MAS-6

Las Fallas no traen solo estrépitos de pólvora, barullo y calles cortadas. A su calor también proliferan artículos de exaltación y repudio de la fiesta. Son un clásico. Incluso se diría que es un género literario. Más allá de la heráldica, el nombre del territorio o la filología, los valencianos han extendido a casi todas las manifestaciones su pelotera civil. Y sobre las Fallas se produce cada año un intercambio de electricidad entre quienes consideran, como la alcaldesa Rita Barberá, que son “una expresión y una explosión del ser cultural valenciano” y quienes las ven como un fenómeno atroz, insoportable.

No soy un entusiasta de las Fallas, aunque tampoco un detractor. Me he acostumbrado a esta catástrofe colorista cíclica, quizá porque las bandas de música la hacen más soportable o porque la capacidad de adaptación ha salvado al hombre de la extinción. A atravesar varias veces al día el atolladero humano de la plaza del Ayuntamiento para ir de casa al trabajo o viceversa. A esquivar las trampas de los buhoneros, pajareros, saltimbanquis que se apostan entre la multitud en busca de presas. A sortear los interminables desfiles, los pisotones y empujones de una muchedumbre que, vaya por donde vaya, siempre viene contra mí. Todo lo que me disgusta de las Fallas lo he visto en otras fiestas, por lo que, pese a su especificidad, nada de lo que se les imputa es privativo de ellas.

Puedo vivir con ese fastidio varios días al año, pero hay cosas a las que no me puedo acostumbrar: la desbordante mugre del suelo, los profusos derrames de orina, los artificieros despiadados, los pirómanos inapagables, el imperio del descontrol, el vandalismo. Las Fallas suponen un poderoso atractivo para el turismo y nutren a varios sectores de la economía del área metropolitana, pero son una pésima publicidad para Valencia mientras no se adopten medidas sobre sus efectos secundarios. El turismo se lleva la peor imagen de la ciudad: basura, hedor, mal servicio, precios desorbitados, agobios, ruido exponencial... Pienso en estas cosas ahora que las Fallas optan a la declaración de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, ahora que el Consell las ha distinguido como Bien de Interés Cultural. ¿Qué piensa hacer el Ayuntamiento para compatibilizar lo uno con lo otro, si es que es compatible?

Valencia aspira a obtener reconocimientos culturales para resaltar el atractivo de su fiesta, pero se resiste a racionalizarla, a atajar el cerrilismo que prospera a su alrededor. Es el gran reto al que se enfrentan las Fallas, si quieren ser más que un botellón inacabable, y la mayor parte de la responsabilidad recae en el Ayuntamiento puesto no solo se trata de un problema de orden público. Hasta ahora el Consistorio, más pendiente de exprimirle el jugo al balcón como escaparate político, se ha desentendido del asunto. Detesto el uso político de las Fallas por parte del poder o las imposturas de la oposición, los discursos encendidos a favor y en contra. Prefiero Valencia sin Fallas, pero así la encontré y lo más probable es que así la acabaré dejando.

El País

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