Rafael Blasco empezó siendo el Señor Lobo para el Partido Popular de la Comunidad Valenciana (como el Harvey Keitel de Pulp Fiction que solucionaba problemas y aseaba embrollos muy pringosos) y ha acabado siendo el Conejo (nombre en clave que le daba la trama en el escándalo de las ayudas de cooperación). Y no se trata sólo un tránsito retórico, puesto que en el paisaje del nuevo PP valenciano ha dejado de ser un depredador y ha quedado relegado a los últimos eslabones de la cadena alimenticia, a merced de muchas mandíbulas.
Su relación con Augusto César Tauroni, personaje de nombre romano y apellido calabrés, y los tejemanejes de la trama de cooperación, que llegó a captar seis millones de euros que nunca llegaron completos a su destino, han emponzoñado su aureola de animal político con el tufo de la podredumbre. El hecho de que hoy, en pleno chaparrón tras el levantamiento del secreto de sumario, haya entrado al hemiciclo de las Cortes Valencianas acompañado del presidente Alberto Fabra es sólo coreografía corporativa. Fabra ya lo alejó nada más llegar de la órbita de la presidencia, en la que tanto juego dio al novato Eduardo Zaplana y al terminal Francisco Camps. El PP ya no necesita tutelajes ni mucho menos lastres turbios del pasado. Más allá del desenlace judicial, Blasco ha tocado fondo en la política como nunca imaginó, aunque quizá minimizara ese riesgo. Ya no es útil, aunque no lo empujen por el precipicio todavía. El escándalo de la cooperación es su lápida. Y por la cara que pone en las fotos es consciente de ello.