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Sobre el blog

La Comunidad Valenciana es el resultado de un proceso acumulativo en el que lo que nunca parece terminar se superpone a lo que nunca acaba de llegar, y viceversa. Pero esa tensión entre la marcha atrás y la directa, entre la fosilización y la vanguardia, libera una gran energía que solemniza nuestras incongruencias y aciertos en sumarios judiciales o tratados de estética. Este blog centra comentarios sobre lo que convulsiona ese territorio.

Sobre el autor

Miquel Alberola

. Nací en Valencia (El Carme) en 1958, aunque soy de pueblo (Quatretonda). Estoy en esto desde casi siempre y no he podido sacudirme todas las dudas del principio. Soy subdelegado de EL PAÍS en la Comunidad Valenciana.

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Rafael Blasco: de Señor Lobo a Conejo

Por: | 24 de mayo de 2012

Rafael Blasco empezó siendo el Señor Lobo para el Partido Popular de la Comunidad Valenciana (como el Harvey Keitel de Pulp Fiction que solucionaba problemas y aseaba embrollos muy pringosos) y ha acabado siendo el Conejo (nombre en clave que le daba la trama en el escándalo de las ayudas de cooperación). Y no se trata sólo un tránsito  retórico, puesto que en el paisaje del nuevo PP valenciano ha dejado de ser un depredador y ha quedado relegado a los últimos eslabones de la cadena alimenticia, a merced de muchas mandíbulas.

Rafael Blasco (derecha), junto a Alfonso Rus, en el pleno de las Cortes el miércoles 23 de mayo. (MÒNICA TORRES)

Su relación con Augusto César Tauroni, personaje de nombre romano y apellido calabrés, y los tejemanejes de la trama de cooperación, que llegó a captar seis millones de euros que nunca llegaron completos a su destino, han emponzoñado su aureola de animal político con el tufo de la podredumbre. El hecho de que hoy, en pleno chaparrón tras el levantamiento del secreto de sumario, haya entrado al hemiciclo de las Cortes Valencianas acompañado del presidente Alberto Fabra es sólo coreografía corporativa. Fabra ya lo alejó nada más llegar de la órbita de la presidencia, en la que tanto juego dio al novato Eduardo Zaplana y al terminal Francisco Camps. El PP ya no necesita tutelajes ni mucho menos lastres turbios del pasado. Más allá del desenlace judicial, Blasco ha tocado fondo en la política como nunca imaginó, aunque quizá minimizara ese riesgo. Ya no es útil, aunque no lo empujen por el precipicio todavía. El escándalo de la cooperación es su lápida. Y por la cara que pone en las fotos es consciente de ello.      

El hueso de Bancaja se suelta de Olivas

Por: | 18 de mayo de 2012

Rodrigo Rato, Francisco Camps y José Luis Olivas (JORDI VICENT)

José Luis Olivas ha sobrevivido contra todo pronóstico a su verdugo. La ferocidad de las llamas en las que crepita Bankia se ha llevado por delante a Rodrigo Rato de la presidencia de la entidad que surgió de la fusión entre Caja Madrid y Bancaja sin que haya podido culminar su cometido. Rato empujó a Olivas hasta el borde del despeñadero, incluso el presidente de la Generalitat, Alberto Fabra, lo ha estado zarandeando, pero el hasta ahora presidente de Bancaja había clavado su raíz en las rendijas del precipicio con tanto vigor que parecía que podía mantenerse para siempre en la presidencia aunque la entidad fuera barrida por el vendaval de la crisis.
Olivas se enquistó en los pasados meses en la antigua sede de Bancaja de la calle Pintor Sorolla de Valencia, en la que ya apenas quedaba nadie tras ser crujida en el abrazo del oso de Caja Madrid en una operación diseñada por el mismo Partido Popular que tomó las cajas al asalto unos años antes y que ahora achaca a la entidad valenciana todos los males que sufre Bankia. Y esta, sin duda, ha sido una de las imágenes más patéticas de la fulminante historia de las cajas de ahorro valencianas: Olivas aferrado al hueso del jamón mientras los que le habían ayudado a zampárselo le reprochaban que tenía demasiada grasa. Olivas llegó en enero de 2004, cuando las cajas habían arrebatado a los bancos la mitad del sistema financiero. Incluso presumió de que ese éxito se debía a su relación “preferente” con el poder, una frase que hoy podría servir como conclusión de la autopsia financiera.
Lo puso Eduardo Zaplana en Bancaja, el mismo que apadrinó el modelo de financiación que tan ineficaz resultó para la Comunidad Valenciana. Era la apoteosis de su reforma de la ley de cajas y abría la perspectiva (interesante para él, aunque la realidad la acabó estropeando) de que lo normal era que un expresidente de la Generalitat presidiera la entidad. Ahí empezó la demolición de Bancaja. Y lo que es peor, el PSPV-PSOE tragó con la ley y aclamó a Olivas a cambio de dos vicepresidencias protocolarias. Sobre ese pedestal, Olivas se permitió afirmar que el consejo de la entidad no estaba politizado sino que era “representativo”. Y puso su trayectoria como aval, pese a que como consejero de Hacienda y vicepresidente del Consell (y responsable de las cuentas) había multiplicado la deuda pública de 2.656 millones en 1995 (6,4% del PIB regional) a 7.525 en 2003 (el 10,7%). Y todos aplaudieron. Lo que vino después es la dramática actualidad. Y la adictiva relación de Olivas con el hueso. Hoy el hueso ha conseguido desprenderse de él. Ese desprecio es el broche de su vertiginosa carrera financiera que ahora termina.

Uso y abuso de Santiago Calatrava

Por: | 07 de mayo de 2012

El arquitecto Santiago Calatrava junto al director Lorin Maazel en la inauguración del Palau de les Arts en 2005 (CARLES FRANCESC).

Fui de los primeros en entrevistar al arquitecto Santiago Calatrava en Valencia. Fue en la segunda mitad de los ochenta, cuando apenas lo conocían unos pocos (y yo no estaba precisamente entre ellos). Tanto es así que se trajo desde Zurich un proyector para mostrarme, en casa de su hermana (donde charlamos durante unas horas) algunas de sus entonces escasas realizaciones. Saltaba a la vista que tenía talento, una narrativa sugestiva y un futuro prometedor en su oficio. Me impactó su lenguaje esquelético, su osadía de establecer una correspondencia entre la arquitectura y la anatomía a partir de un libro del profesor Rafael Pérez Contel en el que reproducía láminas sobre huesos del grabador valenciano Crisóstomo Martínez, que había trabajado con el anatomista Guichard Joseph du Verney y el círculo de científicos en París en el siglo XVII.

Poco después empezó a hacer un puente en Valencia (el del 9 d’Octubre) y luego, otro sobre su propia estación de metro. Y no tardó en recibir el encargo de la Generalitat, presidida por el socialista Joan Lerma, de proyectar la Ciudad de las Ciencias, que era el nombre que tenía entonces. Era muy pertinente que Calatrava, que estaba alcanzando un gran prestigio internacional, dejara también su sello en Valencia. Aquella Ciudad de la Ciencias estaba llamada a ser el nuevo icono de Valencia, como así ha sido pese a haber extraviado su perspectiva inicial. Y si la intervención de Calatrava en Valencia se hubiese detenido ahí, es muy probable que su atractivo arquitectónico (incluso su crédito profesional) entre el vecindario sería otro.

Pero el PP necesitaba a Calatrava más de lo que él sospechaba dos años antes de que el PSPV fuera desalojado del Palau de la Generalitat. Lo recuerdo bastante angustiado durante un paseo entre la calle 53 y la Quinta Avenida de Nueva York, con motivo de otro reportaje por su exposición en el Museo de Arte Moderno (Moma), por lo que podía suponer la llegada del PP al poder en la Comunidad Valenciana. Y no iba muy equivocado porque lo primero que hizo Eduardo Zaplana fue tumbar la torre de comunicaciones, con la obra de fundamentación hecha, y luego paralizar el proyecto de la Ciudad de las Ciencias. Sin embargo, ese sería el inicio de una larga relación: ahí murió el arquitecto y nació el hombre de negocios. Calatrava encontró un filón en un PP horrorizado por su propio vacío y desesperado por aplastar la impronta de los socialistas en la ciudad.

El arquitecto embutió en la nueva Ciudad de las Artes y las Ciencias, primero a Zaplana y luego a Francisco Camps, todas las ocurrencias capaces de ser concebidas por su desbordada imaginación financiera para hacer caja sin compasión y disparando los sobrecostes en algunos casos hasta un 400% (que también los cobraba). Incluso, cuando ya no cabía nada, la alcaldesa de Valencia, Rita Barberá, llegó a solicitarle que diseñara “un hito” para rememorar la visita del Papa Benedicto XVI “acorde con el acto y con el entorno” de la Ciudad de las Artes y las Ciencias. Sin duda, la peor de todas estas ocurrencias fue empaquetarle a la Generalitat tres chimeneas de plástico irrealizables por 15 millones de euros, algo que sólo podía comprar un Camps embriagado de sí mismo.

Hoy la Ciudad de las Artes y las Ciencias sucumbe bajo su propia sobrecarga y, lo peor, desprende un tufo que ya es indisociable de la obra de este ejecutivo que mató al arquitecto que conocí.

En la taberna de Big Whiskey disparan contra nosotros

Por: | 03 de mayo de 2012

Concentración por el Día de la Libertad de Expresión en Valencia (MÒNICA TORRES)

Reza el precepto que el periodista nunca es noticia. Y así es salvo nefastas excepciones en las que se convierte en la víctima, como es el caso. Por lo general, el periodista, a no ser que fuera un transportista de declaraciones, se circunscribía a buscar información, contrastarla, interpretarla y entregarla lo más impecablemente posible al lector. En el mejor de los casos, se acostumbró a estar en el epicentro de los acontecimientos sin formar parte de ellos, y esa distancia no fue sólo un perímetro de seguridad sino, a menudo, también una perspectiva de profesionalidad y lucidez.

Aunque a esa distancia, convertida en rutina, también le correspondió una terrible caricatura: el periodista acababa viendo los acontecimientos como un espectador, en una retorcida perversión en la que daba la impresión de que las cosas casi sucedían para que las presenciara desde su privilegiado palco VIP como si se tratara de un espectáculo, mientras picoteaba canapés en el catering adjunto, y luego las contara. Como si flotara sobre ese bien y ese mal.

Haciendo una abstracción, eso era más o menos lo que sucedía en Sin perdón, el penetrante western de Clint Eastwood, donde el escritor que acompañaba a Bob el Inglés (Richard Harris) para consignar sus hazañas quedaba al margen de la paliza que le propinaba el sheriff Little Bill Dagget (Gene Hackman) y saboreaba sus matices para su regocijo literario. Incluso cuando William Munny (Clint Eastwood) fue a por Little Bill a la taberna de Big Whiskey, donde el escritor, de nombre W. W. Beauchamp, también sobrevivía en medio de la granizada de balas. Asimismo, el periodista, salvo en condiciones de gran hostilidad (José Couso, Julio Anguita Parrado y tantos otros), siempre sobrevivía a las escabechinas porque tenía que narrarlas.

Pero la crisis económica y el tránsito de los periódicos a los electrodomésticos han arruinado ese escenario. Los periodistas hemos perdido definitivamente esa impunidad que salvaba al relamido W. W. Beauchamp en todas las escaramuzas. Hemos descubierto que en el interior de la taberna de Big Whiskey también disparan contra nosotros. Y lo peor: que caemos muertos. Y eso nos convierte en noticia. Probamos nuestra propia medicina. Ya no solo cubrimos la información del Primero de Mayo sino que participamos en las manifestaciones como un damnificado más, como hicieron los todavía trabajadores de Ràdio Televisió Valenciana y tantos otros que causaron baja en otros medios.

Las concentraciones del 3 de mayo en defensa de la profesión y la libertad de expresión, como las organizadas por la Unió de Periodistes en Valencia, Castellón y Alicante, son otra muestra más de esa desesperación. No está en nuestras manos y solo nos queda esperar que tras la refriega de tiros, como, W. W. Beauchamp, la sangre que mancha nuestra camisa en la taberna de Big Whiskey sea de otro muerto y podamos contarlo. O por lo menos, aunque salga de nuestro ombligo, que podamos fingir que no es nuestra durante mucho tiempo, antes de que nos veamos en el infierno.

El País

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