Al presidente de la Generalitat, Alberto Fabra, no le ha temblado el pulso para destituir de forma fulminante a Mariano Vivancos como director general de la Agencia Valenciana de Evaluación y Prospectiva de la Consejería de Educación. El delito de Vivancos es haber hecho un comentario fuera de lugar en uno bolo oficial del PP en Ontinyent, donde criticó a “tanto talibán haciendo política desde las aulas”, en referencia a los maestros y profesores que tanto protestan por los recortes que sufren. Su metedura de pata se comenta por sí sola y le descalifica. Él mismo ha reconocido, tras ser cesado, que sus palabras fueron desafortunadas, algo a lo que nunca se rebajó el exconsejero de Educación Alejandro Fontdemora, que tanto disparate acuñó al respecto.
En cualquier caso la cabeza de Vivancos ya cuelga en la sala de trofeos de Fabra, pese a tener mucho menos delito que Alfonso Rus, que llamó gilipollas a los profesores, ni tener la lengua viperina del ministro José Ignacio Wert, que puso a caer del burro a los rectores de las universidades públicas españolas. Y sin, ni siquiera, haber desbarrado una milésima parte de lo que lo ha hecho Esperanza Aguirre con los docentes. ¿Por qué ha sido tan ejemplarizante Fabra con Vivancos, cuando tiene los escaños del PP llenos de imputados en el amplio espectro de corruptelas con los que podría dar grandes lecciones de moralidad? ¿Por qué no destituye al imputado Carlos Fabra de la presidencia de Aerocas, que llama “inútiles” a los diputados de la oposición? Ahí es donde podríamos medir su autoridad y su capacidad de liderazgo. Lo de Vivancos, pese a su vínculo con lo que hubo antes de su advenimiento, era tan fácil que casi no tiene ningún mérito.