También se cumplen 20 años de la muerte de Joan Fuster, en plena celebración del cincuenta aniversario de la publicación de Nosaltres els valencians, un libro que, muchos años después de su aparición, aportó sustantividad y sobre el que ya se ha dicho casi todo. Los valencianos debemos a Fuster que sacudiera el cocotero, aunque algunas penalidades políticas que padecemos ahora derivan de los traumatismos que causó aquella sacudida que tanto gustó a unos y tanto sulfuró a otros por la misma razón: su subversividad. En el fragor de estas efemérides, valorar su polémica figura sin tener en cuenta la amplitud del impacto que produjo (también el negativo) no deja de ser un acto de reafirmación de la devoción por su santidad, pero, sin duda, no contribuye a sentar las bases para que Fuster sea reconocido y asumido algún día por la totalidad de los valencianos. Pero ahí también hay una industria. En cualquier caso, Fuster murió el 21 de junio de 1992 y yo fui el único periodista que se coló en su casa aquella tarde de domingo mientras Valencia celebraba la procesión del Corpus. Lo que sucedió allí me lo callé entonces, aunque dos años después lo publiqué en un libro en catalán titulado Fuster sabàtic en el que, con el experiodista Vicent Martí, recuperamos todo aquello que habíamos publicado en el semanario El Temps sobre la figura del ensayista de Sueca. Entonces, los guardianes del Santo Sepulcro, de un modo u otro, me taladraron por haber profanado lo más sagrado de su sancta sactorum. Hoy solo lamento no haberlo publicado al día siguiente. No sé si es muy ortodoxo, pero he decidido recuperar aquel episodio, que titulé Fuster exsangüe para este blog. Traducido al castellano, remasterizado y algo sincopado, en homenaje a todos los que lo consideraron un sacrilegio.
Ahí está:
El domingo 21 de junio de 1992, sobre las seis de la tarde, me llamó el editor Eliseu Climent para darme la noticia de la muerte de Joan Fuster. Lo había conocido unos seis años antes. Todavía era el Alfa y la Omega, pero ya declinaba en picado hacia el Fuster sabático y unamunista del que se lo apañen. Habíamos compartido arroces en la suavidad de Cullera y en escenarios más ásperos, alguna nocturnidad, ironía muy quirúrgica y la perplejidad de este lado del planeta. Pero también algunas fricciones. Una hora después, el editor, que es uno de sus albaceas, y yo llegábamos a Sueca. A la puerta del número 10 de la calle Sant Josep había una explosión de admiradores muy impactados por la desaparición del moralista. En aquel mismo momento llegaba el consejero Emèrit Bono, que entonces lo era de Administración Pública, y como carne atónita de este sándwich que formaban el editor y la autoridad, traspasé la propiedad del difunto. Había abierto la puerta Toni Domingo, que en algunas ocasiones me había hecho de enlace con Fuster, y tras la cortina de color hueso apareció la cabeza nevada del director general de Política Lingüística, Jesús Huguet. No lejos estaba el catedrático Antoni Ferrando, a quien la muerte de Fuster había reabierto la herida de la de Manuel Sanchis Guarner. Josep Palàcios, el heredero inmueble, brillaba al fondo como la hoja de un cuchillo, acompañado por su mujer.
Sobre la mesa de trabajo del ensayista había quedado un encendedor y las gafas, y el semanal de EL PAÍS. Domingo, que había ejercido funciones de secretario de Fuster, no había abierto la puerta por casualidad: estaba de portero. Sus facciones eran más sólidas que de normal y me había dado la sensación de que sus ojos tenían encías. Lo atribuí a la circunstancia dolorosa que impregnaba aquella casa. No tardé en ser consciente de que yo era la excepción que confirmaba la regla: sólo se permitía la entrada a cargos institucionales. La baremación, más que arbitraria, era hipócrita. De un modo inversamente proporcional, a mayor relación con Fuster, menor posibilidad de acceso. Fue, entre tantos, el caso del escritor suecano Josep Franco, que se había criado en aquel domicilio y por poco no pierde la nariz ante el énfasis inhóspito de la puerta. No se requería gran esfuerzo para saber que quien había instaurado aquel derecho de admisión tan barroco era el poeta Palàcios. Domingo sólo representaba el papel de doberman. Era evidente que yo no era bien recibido, pero por alguna razón que todavía no he descifrado, no se atrevían a tirarme.
Negar que Fuster quería superar este trámite con la máxima discreción sería faltar a la verdad. A mí mismo, que no lo tuve en franquicia, me lo había confiado en más de una ocasión: “Cuando me muera, ¿hmm?, me incineráis. Y antes de que vengan los de la percalina y la dulzaina, tiráis mis cenizas al váter. Y tirad de la cadena”. Ya en los últimos años, cuando proclamaba esta hilarante voluntad, añadía. “Quiero una cosa como la de [Adolf] Pizcueta. No dar pie al espectáculo”. La noticia de la muerte de Pizcueta trascendió cuando sus restos mortales habían recibido sepultura en Valencia. Pero Fuster, ¿será necesario decirlo?, no era Adolf Pizcueta. Su proyección pública era tan enorme que, en la práctica, su deseo presentaba muchos inconvenientes. Y más en una población de las dimensiones de Sueca. Sólo había una posibilidad de complacerle. Trasladarlo al cementerio a las pocas horas de su defunción y juramentarse con el hermetismo. Pero quienes estaban en disposición de cumplirlo habían demostrado su incapacidad y, ante el fracaso, habían optado por secuestrar el cadáver de Fuster. Este atrincheramiento perfilaba un espectáculo de viudedad muy posesiva, muy a tono con la historia de España, para las próximas horas.
Había renunciado a entrar en el dormitorio para ver el cadáver. Mi actitud fue la de quedarme inmóvil con mi dolor particular, que era insignificante si se comparaba con los que se escenificaban en aquel velatorio. Mientras en la calle el malestar cohesionaba a una gran parte de la concurrencia, la puerta mostró una receptividad de 135 grados a la llegada de Andreu López, entonces consejero de Cultura, Educación y Ciencia, y una considerable órbita (saturniana) administrativa. López tenía el rostro transfigurado de la consternación, y tras mostrar un dominio de la situación muy poco seglar quedó sumido en un silencio de la densidad de una oración, que sólo interrumpió, sin abandonar la expresión obituaria, para decirme:
-Es una lástima. Tal y como están las cosas de la lengua, este hombre era el único que podía hacer de puente en el conflicto.
Decididamente, López pensaba que quien había muerto era Santiago Calatrava.
Los otros dos fiduciarios de Fuster, Max Cahner y Joaquim Maluquer, no se hicieron esperar, pese a que venían de Barcelona. Con su incorporación, se producía el cuórum suficiente para tomar decisiones, aunque allí todo parecía decidido. Según el testamento conocido del ensayista, realizado 20 años antes, y mientras no se demostrara otra cosa (únicamente se ha introducido un beneficiario de una parte del patrimonio económico: Domingo), Palàcios era nombrado heredero, y Climent, Cahner y Maluquer, junto con Fermí Corts, fallecido unos años antes, albaceas. Los legatarios y el heredero tuvieron una primera reunión en la oscuridad del patio silueteada en los cristales de la puerta y untada por la luna. En alguno de los puntos abordados, Palàcios braceaba. Cuando llegó el presidente de la Generalitat, Joan Lerma, el ambiente se podía cortar como un pudin. Lerma entró acompañado por el alcalde de Sueca, el centrista Vicent Vera, y resguardado con el organigrama oportuno, que sumado a los cargos y vicecargos que ya habían llegado constituían un cuerpo administrativo muy tranquilizante.
La primera salva eléctrica de la noche se escuchó cuando el presidente de la Generalitat, acompañado por uno de los albaceas, pasó a ver el cadáver de Fuster, algo que había hecho sin interrupción gran parte de los presentes. Palàcios, tras definir muy excitado que aquello no era ningún espectáculo, apagó la luz de la alcoba. La estridencia del disturbio me hizo acudir allí. Por la expresión, subrayada por el claroscuro, los destinatarios de la afirmación posesiva del heredero no daban crédito de lo que habían acabado de presenciar. Palàcios había desaparecido dejando un rastro refulgente, y la tibia luz que llegaba desde el pasillo me descubrió el cuerpo extinguido de Fuster sobre la cama. Si toda mortaja es de por sí excesiva, Fuster estaba excesivamente amortajado. En aquella noche de junio, su sudario era un hiperbólico traje de invierno, más indicado para un flatoso exportador de naranjas que para él, que nunca esgrimió (no con convicción) aquellas ínfulas indumentarias. La muerte, en cambio, no había dejado secuelas en su cara.
Tras abandonar la alcoba del difunto, el presidente Lerma ofreció el Palau de la Generalitat para instalar la capilla ardiente de Fuster. El riesgo que comportaba este ofrecimiento, teniendo en cuenta la política de indefinición habitual del Gobierno valenciano al respecto, era enorme para Lerma. El presidente, para sorpresa de muchos, afirmó que Fuster era el intelectual más grande que había tenido el País Valenciano, y por consiguiente le correspondía estar en el Palau de la Generalitat con los máximos honores. Los albaceas, a los que Fuster nunca comunicó ninguna exigencia sobre el camuflaje de su muerte, no recibieron mal la proposición de Lerma. El heredero Palàcios, por el contrario, se cerró en banda instantáneo, y tras manifestar su oposición con toda la víscera, amenazando con no asistir al entierro, invitó al presidente de la Generalitat, no sin incandescencia, a abandonar el velatorio. Y durante el paréntesis de perplejidad adujo que Fuster no compartía la política e la Generalitat. Palàcios actuaba como si los albaceas fueran una circunstancia cómica y como si, con la defunción de Fuster, hubiesen caducado los compromisos (por no decir hipotecas) que se derivaban de ser miembro del Consell Valencià de Cultura, de haber recibido el Premi de les Lletres Valencianes o cualquier otra clase de atención o distinción institucional, a las que Fuster, pese a la incomodidad, nunca renunció. Sin duda, el presidente de la Generalitat tenía tanta potestad sobre Fuster como Palàcios, y el heredero, quizá porque era consciente de ello, clavaba hitos sobre una propiedad de difícil delimitación.
El alcalde de Sueca había tenido idéntico gesto que el presidente de la Generalitat. Instalar la capilla ardiente en el Ayuntamiento de Sueca, como mínimo, habría descongestionado la calle Sant Josep y el malhumor de los que allí se aglutinaban. La actitud de Palàcios también fue idéntica, patrimonial. Había una cuarta vía para atenuar el malestar de la calle sin desplazar el cuerpo de Fuster de casa: situar la capilla ardiente a la entrada del domicilio, con las puertas entreabiertas de modo que nadie pudiera invadir la propiedad del heredero, y que los amigos y admiradores desfilaran ante el cadáver del autor de Causar-se d’esperar. Palàcios también actuó como si la muerte de Fuster hubiera cancelado las relaciones y sentimientos de los que estaban a la intemperie.
A las 11 de la noche, tras unos cuantos intercambios de electricidad y ante la tensión que adquiría la negociación, se alcanzó el consenso de ir a cenar a un restaurante próximo, donde los implicados en el testamento, el alcalde de Sueca y un representante de la Generalitat pudieran discutir en privado las posturas. La de Palàcios era indiscutible. La retirada de Joan Lerma provocó un efecto dominó con los suyos y el consiguiente drenaje en la casa. Entonces aproveché para salir a la calle, comer algo y constatar el malhumor de algunos amigos del ensayista, cuya relación era anterior al nacimiento de quien estaba decidiendo quién entraba y quién no. Esperé a la puerta hasta que volvieron los protagonistas de la negociación, aproximadamente sobre la una de la madrugada. Las cosas habían quedado sustancialmente como estaban, con unas concesiones infinitesimales por parte del heredero. El cortejo saldría del Consistorio pero el difunto no, y estaría formado por el presidente de la Generalitat, los amigos íntimos, el Consell y la Corporación municipal. En unas horas, se aboliría el arresto de cuerpo presente y el féretro de Fuster, custodiado por un cinturón de maceros de opereta y guardia municipal, sería trasladado al cementerio, seguido por una manifestación unitaria imposible, irrepetible. En la meta, tras una noche de espectáculo gástrico, lo esperaban las percalinas y no pocas dulzainas psicosomáticas.