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Sobre el blog

La Comunidad Valenciana es el resultado de un proceso acumulativo en el que lo que nunca parece terminar se superpone a lo que nunca acaba de llegar, y viceversa. Pero esa tensión entre la marcha atrás y la directa, entre la fosilización y la vanguardia, libera una gran energía que solemniza nuestras incongruencias y aciertos en sumarios judiciales o tratados de estética. Este blog centra comentarios sobre lo que convulsiona ese territorio.

Sobre el autor

Miquel Alberola

. Nací en Valencia (El Carme) en 1958, aunque soy de pueblo (Quatretonda). Estoy en esto desde casi siempre y no he podido sacudirme todas las dudas del principio. Soy subdelegado de EL PAÍS en la Comunidad Valenciana.

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Fabra repite la estrategia de Camps

Por: | 28 de septiembre de 2012

El primer debate de política general del presidente de la Generalitat, Alberto Fabra, ha  certificado la pérdida del ardor reivindicativo del PP ante Madrid, un frente que le resultó muy provechoso mientras el PSOE estuvo en la Moncloa y en el que, acosado judicialmente y carente de iniciativas políticas, hizo pie y encontró suficiente estabilidad para no caerse. Fabra ha renunciado a la reivindicación y la ha sustituido por un tortuoso ejercicio de contemporización con las prioridades del Gobierno central en el que el autogobierno de la Comunidad Valenciana queda subsumido (y sepultado bajo el conmovedor imperativo de la solidaridad) y, por consiguiente, relegado a decisiones exógenas y al orden de prioridades que estas establezcan. Ese sometimiento, sin duda, será el punto cardinal de la legislatura.

Fabra ha despejado, asimismo, todas las incógnitas que podía albergar respecto a su estrategia para reconducir un partido calcinado por los escándalos de corrupción y un Gobierno en quiebra, no solo por los problemas de financiación que arrastra la Comunidad Valenciana desde que se puso en marcha el invento del autogobierno sino también por el desbarajuste en la gestión de los dos presidentes que le precedieron. En su discurso, y sobre todo en sus contrarréplicas, el presidente ha trazado un rumbo con un inequívoco tufo a su antecesor. Pudo optar por hacer tabla rasa, distanciarse de forma explícita de las chapuzas y delirios de Francisco Camps  y mirar hacia adelante para marcar la iniciativa en el nuevo tiempo. Pero no lo hizo. Le dio una vuelta de tuerca al tradicional discurso del  victimismo actualizándolo como un recurso retroactivo para datar en el anterior Gobierno del PSOE el origen y la causa de la ruina de las arcas de la Generalitat, como si la gestión de su partido durante 17 años se pudiera desgajar del resultado final.

Máximo Buch, José Ciscar, Antonio Clemente y Alberto Fabra, en la bancada popular en las Cortes (MÒNICA TORRES).

El presidente, quizá porque no lo ha metabolizado, ha elegido perseverar y reforzar el vínculo con las sombras del turbulento período que lo llevó al Palau de la Generalitat para glorificarlo. Y además, vuelve a incurrir en el error de arrogarse la franquicia de la valencianidad (convenientemente cuarteada en valencianos, castellonenses y alicantinos), abundando en la zanja civil abierta durante la transición, para criminalizar a la oposición y colgarle el cartel de enemiga de la Comunidad Valenciana. Como si la sábana del fantasma del catalanismo fuese lo suficientemente extensa como para tapar el asalto del PP a las cajas de ahorro, el saqueo de Emarsa, el pillaje de Gürtel, la sangría de la cooperación y el amplio espectro de raterías, expolios y desfalcos acontecidos a la sombra de la Generalitat.

Camps casi hundió la Comunidad Valenciana para beneficiar al partido. Fabra, en vez de encarnizarse en maquillajes y tretas para blanquear la negra trayectoria de su partido, tendría que haber dado un salto cualitativo. Le correspondía haber aprendido la lección de ese episodio y emprender un camino distinto, con un lenguaje alejado de sospechosas complicidades, superando enredos absurdos y tratando de cohesionar a los valencianos en momentos de gran dificultad y descrédito. Es decir, creerse lo del autogobierno y ser presidente de todos los valencianos por encima de las servidumbres de su organización. 

Antes del PP que del Consell

Por: | 25 de septiembre de 2012

El mejor método para llegar hasta el tuétano del Partido Popular en la Comunidad Valenciana no estriba tanto en considerar lo que ha hecho y dejado de hacer durante sus 17 años en el poder (que es muy revelador) como en cruzar su comportamiento con el Gobierno central cuando este lo ejerce el PSOE o el PP. En la bisectriz que trazan las acciones y omisiones de esas coyunturas es donde aflora la pureza de su personalidad política y su grado de compromiso con los intereses generales. Es decir, donde se le transparenta el genoma. Aunque esto, la reciente visita de María Dolores de Cospedal a Gandia (donde recordó que ella, como Alberto Fabra, “antes que presidentes autonómicos son militantes del PP”) ya lo ha dejado, como gusta solemnizar al PP en sus argumentarios, “meridianamente claro”.

Solo hay que recordar cómo rechifló el partido por el AVE a Castellón (y el corredor mediterráneo, al que se subió ya en marcha después de descarrilarlo de las redes transeuropeas en Bruselas). Cómo Francisco Camps urgía a que se licitaran los tramos Valencia-Castellón y Castellón-Tarragona cuando ni siquiera contaban con la preceptiva declaración de impacto ambiental (y con qué ferroviario seguimiento le hacía el convoy el partido). Cómo el propio Alberto Fabra, entonces alcalde de Castellón, promovía plataformas e impulsaba desesperadas cumbres con otros alcaldes con esa ineludible y vital reclamación. En fin, cómo se hundía todo si la alta velocidad no continuaba con urgencia hacia el norte de Valencia.
María Dolores de Cospedal y Alberto Fabra. (JORDI VICENT)

Ahora, con el PP en la Moncloa, ese imperativo ha quedado obsoleto. José Blanco dejó Fomento con el concurso para la concesión de las obras a punto de caramelo y la actual titular, Ana Palacio, que prometió licitar en mayo, se ha olvidado del asunto. Ahora a la consejera de Infraestructuras, Isabel Bonig, le parece que la plataforma cuesta demasiado dinero (el mismo que antes) y considera un acierto que el AVE a Castellón se superponga al tercer hilo de mercancías, que es el modo fino de designar la simplificación de un corredor que la ministra ni siquiera ve como el más prioritario para España.

Ahora Fabra ya no tiene prisa. Aplica la doctrina Cospedal: militantes del PP antes que presidentes autonómicos. Da lo mismo que se trate de la alta velocidad o de la financiación, de la que el presidente valenciano ya solo habla con entusiasmo si es para arremeter contra Cataluña (tirando por la borda el esfuerzo de normalización de relaciones llevado a cabo por los empresarios en los últimos años). Es decir, los asuntos imperiosos de la Generalitat han quedado supeditados a los intereses del partido, que es un modo práctico de usar a fondo el artículo 155 sin tener que aplicarlo como pretende UPyD. Bajo esa perversión de prioridades, Camps llevó el autogobierno al descrédito y ahora Fabra lo dirige hacia la obsolescencia.

Los silencios de Fabra

Por: | 11 de septiembre de 2012

El presidente del Consell, Alberto Fabra, se parece cada día más a su predecesor. No por la causa que engulló a Francisco Camps y las derivadas que espolearon su descrédito. Sí por alguno de los efectos que hicieron más patético su desmoronamiento: el pánico a la intemperie mediática, la cobardía a la impertinencia del periodista alérgico al pesebre.

A Camps le sobraban los motivos para ello, pero ¿de qué huye Fabra? ¿Por qué la mayoría de actos de su agenda son solo para gráficos y cuando no lo son se limita a ejecutar una proclama que siempre acaba sonando más como una defensa que como una propuesta? ¿Qué trata de esquivar? ¿De dónde surge su sentimiento de culpabilidad?

 Fabra se comporta como si desde que Mariano Rajoy lo ungió para ponerse al frente de la catástrofe del PP en la Comunidad Valenciana hubiese sido desterrado al Tártaro, es decir, la región más baja del inframundo griego, donde Sísifo fue obligado por Zeus a llevar a la cima una pesada piedra que, en una suerte de día de la marmota mitológico, siempre se le caía y rodaba hasta el punto de partida.

Alberto Fabra, de espaldas a los informadores (CARLES FRANCESC)

¿Por qué tuvo Rajoy que fijarse en Fabra, que había hallado su sitio en la apacible alcaldía de Castellón y nunca había dado señales de ambicionar lo demás, ni siquiera condiciones para acometerlo? Tampoco Rajoy tenía más opciones. Con Camps carbonizado, la cúpula del PP valenciano agusanada y las dos principales alcaldesas de la Comunidad Valenciana descartadas (una, desacreditada por encubrir a Camps y salpicada por Gürtel y Emarsa; la otra, por Brugal), a Fabra, más allá de si era o no idóneo para el cargo, le tocaba el boleto por eliminación.

El problema de Fabra, como Sísifo, fue estar allí: su posición acabó determinando su suerte. Sísifo vio algo que no debía. Fabra fue lo primero que se veía detrás del estercolero. No hizo nada para merecerlo, pero ahora también él transporta sobre sus lomos una terrible carga cuyo peso se va intensificando a medida que avanza hacia una cima que se aleja cada día más y cuya fatalidad es ser la penitencia de la bancarrota en la que los suyos sumieron a la Administración valenciana bajo el delirio de fatuos liderazgos y despiadados saqueos.

Esa ineludible perspectiva, sin duda, arruina la sustantividad de su discurso y agarrota su expresividad. Fabra evita las respuestas, pero en sus sostenidos silencios no solo se manifiesta su vergüenza por lo que hizo el PP aquí sino también su responsabilidad en lo que está haciendo ahora.

En ese mutismo se expresa la mayor escabechina laboral llevada a cabo en la Comunidad Valenciana desde los días de Altos Hornos de Sagunto, RTVV, la demolición de la sanidad y la educación públicas, el desguace de la investigación científica, el estrangulamiento de los institutos tecnológicos o el drama de los concursos de acreedores de las empresas de proveedores que cierran por los impagos de la Generalitat.

El País

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