El primer debate de política general del presidente de la Generalitat, Alberto Fabra, ha certificado la pérdida del ardor reivindicativo del PP ante Madrid, un frente que le resultó muy provechoso mientras el PSOE estuvo en la Moncloa y en el que, acosado judicialmente y carente de iniciativas políticas, hizo pie y encontró suficiente estabilidad para no caerse. Fabra ha renunciado a la reivindicación y la ha sustituido por un tortuoso ejercicio de contemporización con las prioridades del Gobierno central en el que el autogobierno de la Comunidad Valenciana queda subsumido (y sepultado bajo el conmovedor imperativo de la solidaridad) y, por consiguiente, relegado a decisiones exógenas y al orden de prioridades que estas establezcan. Ese sometimiento, sin duda, será el punto cardinal de la legislatura.
Fabra ha despejado, asimismo, todas las incógnitas que podía albergar respecto a su estrategia para reconducir un partido calcinado por los escándalos de corrupción y un Gobierno en quiebra, no solo por los problemas de financiación que arrastra la Comunidad Valenciana desde que se puso en marcha el invento del autogobierno sino también por el desbarajuste en la gestión de los dos presidentes que le precedieron. En su discurso, y sobre todo en sus contrarréplicas, el presidente ha trazado un rumbo con un inequívoco tufo a su antecesor. Pudo optar por hacer tabla rasa, distanciarse de forma explícita de las chapuzas y delirios de Francisco Camps y mirar hacia adelante para marcar la iniciativa en el nuevo tiempo. Pero no lo hizo. Le dio una vuelta de tuerca al tradicional discurso del victimismo actualizándolo como un recurso retroactivo para datar en el anterior Gobierno del PSOE el origen y la causa de la ruina de las arcas de la Generalitat, como si la gestión de su partido durante 17 años se pudiera desgajar del resultado final.
El presidente, quizá porque no lo ha metabolizado, ha elegido perseverar y reforzar el vínculo con las sombras del turbulento período que lo llevó al Palau de la Generalitat para glorificarlo. Y además, vuelve a incurrir en el error de arrogarse la franquicia de la valencianidad (convenientemente cuarteada en valencianos, castellonenses y alicantinos), abundando en la zanja civil abierta durante la transición, para criminalizar a la oposición y colgarle el cartel de enemiga de la Comunidad Valenciana. Como si la sábana del fantasma del catalanismo fuese lo suficientemente extensa como para tapar el asalto del PP a las cajas de ahorro, el saqueo de Emarsa, el pillaje de Gürtel, la sangría de la cooperación y el amplio espectro de raterías, expolios y desfalcos acontecidos a la sombra de la Generalitat.
Camps casi hundió la Comunidad Valenciana para beneficiar al partido. Fabra, en vez de encarnizarse en maquillajes y tretas para blanquear la negra trayectoria de su partido, tendría que haber dado un salto cualitativo. Le correspondía haber aprendido la lección de ese episodio y emprender un camino distinto, con un lenguaje alejado de sospechosas complicidades, superando enredos absurdos y tratando de cohesionar a los valencianos en momentos de gran dificultad y descrédito. Es decir, creerse lo del autogobierno y ser presidente de todos los valencianos por encima de las servidumbres de su organización.