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Sobre el blog

La Comunidad Valenciana es el resultado de un proceso acumulativo en el que lo que nunca parece terminar se superpone a lo que nunca acaba de llegar, y viceversa. Pero esa tensión entre la marcha atrás y la directa, entre la fosilización y la vanguardia, libera una gran energía que solemniza nuestras incongruencias y aciertos en sumarios judiciales o tratados de estética. Este blog centra comentarios sobre lo que convulsiona ese territorio.

Sobre el autor

Miquel Alberola

. Nací en Valencia (El Carme) en 1958, aunque soy de pueblo (Quatretonda). Estoy en esto desde casi siempre y no he podido sacudirme todas las dudas del principio. Soy subdelegado de EL PAÍS en la Comunidad Valenciana.

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¿Se parece Eduardo Zaplana a Eduardo Zaplana?

Por: | 16 de mayo de 2013


Eduardo Zaplana antes y después de operarse la nariz, en imágenes de Pérez Cabo y Desdesoria.es
En la primavera de 2002, en una visita a la sastrería de Antonio Puebla me llamó la atención que tenía dos fotografías del entonces presidente de la Generalitat valenciana, Eduardo Zaplana, sacadas de los periódicos, colgadas en la pared. En una llevaba un traje prêt à porter y en la otra, vestía terno cortado por Puebla, el sastre de la burguesía valenciana y también del entonces ministro Rodrigo Rato. Entre una imagen y otra había un abismo. Era un modo gráfico de representar su tránsito del deslustre a la selección, como una figuración de la escala evolutiva humana. Zaplana, como dijo de él Julio Iglesias, era un campeón y corría mucho.

Eduardo Zaplana en 1995 (ABEL ALONSO)Siempre tuve la sensación de que Zaplana estaba huyendo de sí mismo. No tardó nada en desterrar el jersey anudado al cuello con el que daba entrevistas en plan campechano cuando era alcalde de Benidorm. Enseguida cambió incluso la piel apócrifa con la que se presentó en sociedad en la prensa afín para aspirar a la presidencia de la Generalitat, cuando acudía a Canal 9 con su propio peluquero para que en el camerino de la televisión gobernada por los socialistas no le estropearan la compostura. Incluso redujo su característica papada (quizá también por motivos médicos) al llegar al Palau, no sin antes haber ordenado que en Canal 9 nunca lo filmaran por el lado izquierdo porque se sentía menos favorecido. Esa angustia por su superficie, que fue modificando su fisonomía, fue sin duda la que le llevó a tener un asesor de calcetines, corbatas y camisas (Gregorio Fideo) en nómina de la Generalitat. Y por ahí, hasta que su roce con lo más selecto de la burguesía valenciana lo puso en manos de Puebla y se alejó tanto de sí mismo que parecía pertenecer a una especie distinta de la que surgió.

Es, sin duda, el presidente de la Generalitat valenciana que más ha cambiado visualmente en el cargo. Ha hecho un largo viaje cuyo destino no es otro que es la propia escapada. Y en el que la rinoplastia a la que se acaba de someter “por motivos mésdicos” podría no ser más que otra estación.

Lo superfluo toma el mando

Por: | 14 de mayo de 2013

Los plenos del Gobierno valenciano resultan cada vez más prescindibles. Y puede que a ese ritmo acabe sobrando hasta el propio Ejecutivo. No hay nada suculento que aprobar desde hace mucho tiempo. No hay dinero ni tampoco abundan las ideas para disimular esa restrictiva realidad. La reunión semanal del Consell ya solo se limita a la aprobación de convenios y a la solemnización de la mecanografía burocrática. Es un síntoma del coma político en el que está atrapado el Gobierno en mitad de una legislatura en la que ningún experto aprecia perspectivas de una mejora económica que redunde en su revitalización.

Isabel Bonig y José Ciscar informan tras un pleno (José Jordán)

En ese punto, el principal acto del pleno es la comparecencia posterior del vicepresidente del Consell, José Ciscar, convertido en el sufrido frontón que absorbe los impactos de los interrogantes que estallan en su ceño sin que fluctúe en su hermetismo. Bajo los palos, su angustia mediática resulta mucho más locuaz que su esquivo verbo. Tan saltando entre el ser y la nada que hubiese conmovido al mismo Kierkegaard y sus formalidades vacías. Porque cuando falla lo sustantivo, lo superfluo toma el mando. La coreografía se adueña del énfasis y acaba dirigiendo la obra. Y ese es el asunto.

La expresión torturada de Ciscar, ahora sometida al pim-pam-pum de los cronistas deportivos, es un certero cuadro clínico del Gobierno. La clave por la que el Consell se vuelve itinerante excretado por su propio vacío y torea en plazas portátiles. La razón por la que la cuadrilla de consejeros hace paseíllos por la Comunidad Valenciana saltándose la austeridad a la torera, con toda la reata de carrozas y adjuntos, para representar ese teatrillo fofo por las plazas de los pueblos.

Y en esa deriva, el presidente se aferra a la agenda de un director general en su visita a montepíos, cofradías y gremios para figurar dinamismo. O surge una consejera que, tomando las Grutas de San José por el Támesis, se toca de Margaret Thatcher y busca desesperadamente unas Malvinas sobre las que hacer pie. O retoña el elocuente Serafín Castellano poniendo rimbombancia al hueco con un tocho sobre paráfrasis estatutarias de abreviado interés, mientras masca el rechupado e insípido chicle de las señas de identidad, que, como The New York Times al otro Fabra, a los valencianos encuestados por el CIS se las traen al pairo. O Máximo Buch bebe de la botella medio llena en medio del desierto y pontifica dichoso sobre la inminente salida de la crisis de la Comunidad Valenciana como si fuera un cabalístico Paul Krugman de cooperativa.

Mientras tanto, en medio de este desbarajuste tan polifónico, al Consell le revientan incluso los frentes que ya creía cerrados, como el accidente del metro, que no solo le pone el foco a Juan Cotino en el epicentro del mangoneo más repugnante, sino que incide en cómo se desentendió el antecesor de Fabra de uno de los siniestros ferroviarios urbanos más graves de Europa y despreció a las víctimas y sus familiares como nunca se había dado el caso en ninguna parte del mundo civilizado. No fue responsabilidad de Fabra, pero le pasa factura por no haber hecho borrón y cuenta nueva en el partido. El gesto del último pleno del Consell, en el que acordó llevar toda la documentación del accidente a la fiscalía, solo fue otro gesto sin consecuencias. Como el que tuvo al ser designado presidente al decir, a preguntas de este periódico, que se iba a reunir con las víctimas. Como todos los que surgen de una chistera en la que ya es imposible rebañar nada. Es solo coreografía nerviosa que adquiere rango de discurso político.

Los trajes persiguen a Camps

Por: | 21 de marzo de 2013

Al expresidente de la Generalitat Francisco Camps se le acaba de oscurecer su cielo precopernicano. El Tribunal Supremo acaba de fundir todas las estrellas que él ha ido pegando a su antojo en esa cúpula imaginaria durante los inmensos días de su prejubilación política forzosa. El Supremo puede volver a arrebatarle la miel de la boca en el caso de los trajes (los famosos “solo tres trajes” de Mariano Rajoy), cuya victoria ha celebrado dos veces. La primera, cuando su “más que amigo” Juan Luis de la Rúa presidía el Tribunal Superior de Justicia valenciano y archivó el caso ante el bochorno de la judicatura. La segunda, cuando el jurado popular que lo juzgó (en contra del criterio de muchos expertos) lo declaró no culpable de cohecho pasivo impropio por cinco votos a cuatro.

Francisco Camps acompañado por Rita Barberá tras declarar por primera vez en el TSJ como imputado en 2009 (CARLES FRANCESC)

Sin embargo, Camps no ha conseguido librarse de la persecución de los trajes que le regaló la trama Gürtel mientras esta obtenía suculentos contratos de la Generalitat valenciana. Algunos trajes son para toda la vida. Incluso sirven de mortaja, como es el caso. El Supremo ordenó reabrir la causa pese a De la Rúa y ahora, el próximo 9 de abril, se pronunciará sobre la no culpabilidad que resolvió el jurado popular. Siendo lo más difícil que este tribunal admita esta clase de recursos, a Camps no le deben faltar los motivos para temerse lo peor. Es cierto que el expresidente, en el peor de los escenarios, solo tendría que abonar una multa y que la pena (el descrédito político y personal) ya le ha sido impuesta sin mucha posibilidad de reinserción (solo le faltaría dejar las Cortes y el Consejo Jurídico Consultivo). Pero queda un ajuste estético pendiente que la justicia debe resolver para restaurar su propia credibilidad.   

Sobres para todos

Por: | 08 de febrero de 2013

El sobre ya se ha convertido en el emblema de los cabreados. Cualquier colectivo que haya sufrido el impacto de las medidas de los Gobiernos del PP (recortes, impagos, despidos, pérdida de servicios…) ya lo blande como la certificación de la doble moral que rige en el partido. Ya está en todos los frisos de nuestros días. Como metáfora de los sobresueldos en negro que presumiblemente han estado cobrando los principales cargos del PP mientras moralizaban con  la austeridad, el sobre ha sido el la gota que ha colmado el vaso. Era el reverso oculto de la tijera, su hoja invisible más afilada.

V822013JJ-CANAL 9

También los diputados valencianos del PP han estado cobrando sobres por debajo de la mesa, mientras el presidente Alberto Fabra ponía el rostro ácimo ante las pantallas y mascullaba un discurso lastimero para poner paños calientes al desguace de los servicios públicos. Mientras encopetaba discursos sobre la tolerancia cero con la corrupción con el carromato de su cabalgata henchido de imputados. Mientras su secretario general, Serafín Castellano, que todavía no ha dado una explicación sobre los contratos que, siendo consejero, adjudicó a su amigo José Miguel Pérez Taroncher, solemnizaba como un cura sobre la transparencia. El sobre era el correlato elíptico sucio que sostenía ese falso escaparate. Ahora llena la ira de los miles de cabreados (como las víctimas de la escabechina de RTVV de la foto de José Jordán),y aunque sea de papel puede llegar a cortar como una guillotina.

Carlos Fabra, peor que Fitzcarraldo

Por: | 05 de febrero de 2013

El barón del caucho, Carlos Fermín Fitzcarrald, inspiró a Werner Herzog el personaje del irlandés Brian Sweeney Fitzgerald, Fitzcarraldo, un melómano chiflado que sueña con construir un palacio de la ópera en medio de la selva amazónica para que lo inaugurara el propio Enrico Caruso. Para financiar la operación de ese disparate, Fitzcarraldo urdió un plan: ganar mucho dinero a través de la explotación del caucho de esa inaccesible región. Pero el grado de dificultad para lograrlo era elevado. En la operación era imprescindible navegar por dos ríos que no estaban conectados y había que subir el barco por la montaña para salvar el istmo.

El delirio de Fitzcarraldo, pese a sus asombrosas proporciones, quedó casi obsoleto el día que un tocayo del barón, Carlos Fabra, se inspiró en sí mismo (en su ilimitación) y construyó un aeropuerto sin aviones en medio de un altozano de almendros y cigarras para representar el aria sublime de preguntar a sus nietos el día de la inauguración: “¿Os gusta el aeropuerto del abuelo?”. Sin embargo, a diferencia de Brian Sweeney Fitzgerald, que maquinó y se implicó en una estrategia económica para alcanzar su ensoñación, Fabra descargó su delirio sobre los lomos de la Generalitat y las cajas de ahorro, mientras que los negocios que emprendía, a luz o en el crepúsculo, eran en exclusiva para aumentar su patrimonio personal.

Francisco Camps y Carlos Fabra en la inauguración del aeropuerto de Castellón (ÀNGEL SÁNCHEZ)

Fue mucho más listo que el irlandés que usó Herzog para su película y sorteó mejor los obstáculos. Se lo pidió a José María Aznar durante el apoteosis del langostino de Vinaròs en las alegres noches de Les Platgetes y ni siquiera obtuvo su bendición, aunque sí le concedió un negligente silencio administrativo si lograba el dinero por otra vía que no fuese el Gobierno central, el mismo que tras su construcción considera ese aeropuerto “redundante”, “innecesario” y “de difícil sostenibilidad”. Ahora, la extravagancia de Fabra es una realidad y un problema acuciante para la Generalitat (para todos los valencianos). Y constituye, además, el principal logotipo internacional de su descrédito, tanto por la gestión irresponsable de haberlo impulsado como por la cabalgata de conejos, hurones y bólidos que discurre por sus pistas, sobre las que él sigue imperando por encima de la Generalitat.

Por este elefante blanco, que costó 138.5 millones de euros, un misterioso fondo hispanolibio ofrece 87,5 para convertirlo en un aeropuerto de mercancías. Pero las malas noticias sobre el pésimo negocio no acaban ahí. La Generalitat tendría que pagar una indemnización a la antigua gestora, Concesiones Aeroportuarias, de 82 millones, a la que previamente ya tuvo que abonar 18 por una paralización de obra. Además, tiene que soltar otros 20 por la seguridad privada, los equipos de la torre de control y la subestación eléctrica. Es decir, después de que la Generalitat se arrastrase por la rampa hasta la cima de la montaña para cruzar el istmo de la alucinación de Carlos Fabra, se cae a plomo hacia el abismo. Y lo más inquietante es que el presidente Alberto Fabra conceptúa esta chifladura carísima como una “valentía” del otro Fabra.

Los cardados de Fabra y Ciscar

Por: | 08 de enero de 2013

Uno de los asuntos que más ha trascendido del discurso de Año Nuevo del presidente Alberto Fabra fue su esponjoso cardado. No hay que regatearle el derecho a implementarlo ni exhibirlo: la imagen de los presidentes de la Generalitat suele sufrir una transformación tan notoria que algunos, como por ejemplo Eduardo Zaplana, ni recuerdan a quienes fueron en el momento de llegar al cargo. Si es este o no el punto de inflexión de Fabra en ese sentido, el tiempo lo dirá. En cualquier caso, este novedoso peinado constituyó una ajustada metáfora de su discurso (la extrapolación capilar), puesto que el presidente se esforzaba por tratar de dar volumen a algo que carecía precisamente de ello.

El presidente de la Generalitat, Alberto Fabra, durante su discurso de Año Nuevo.

Y esa moda es la que va a marcar 2013 en el Consell. Si el martes 1 de enero Fabra dio realce a una alocución que, lejos de aportar sustantividad, se ciñó al nuevo argumentario de la calle Génova (el paisaje carbonizado por la crisis empieza a reverdecer como consecuencia de las medidas aplicadas por el gobierno de Mariano Rajoy), el viernes fue su brazo derecho, José Ciscar, el que realizó un prominente cardado con el vacío en el que quedó retratado el Gobierno valenciano tras la publicación del balance de Hacienda respecto al cumplimiento del objetivo del déficit, en el que el Consell, en nueve meses, solo había ejecutado un 16% de los 2.551 millones comprometidos en medidas de ingresos y gastos.

Ciscar hubo de realizar un tortuoso ejercicio de suntuosidad sobre la caja fofa del Consell poniendo en duda incluso la pericia de Hacienda para ocultar tras ese enmarañado cardado lo que cada día es más evidente: que la Generalitat, pese a haber cerrado con anticipación el ejercicio contable de 2012, no podrá cumplir el objetivo de déficit. Lo carde como lo carde.

Raimon, Barcelona y Valencia

Por: | 20 de noviembre de 2012

El 15 de diciembre se cumplen 50 años de la primera actuación de Raimon en Barcelona. Hasta ese momento, aquel estudiante flaco solo guitarreaba en un vernáculo potable, como había contorneado el ensayista Joan Fuster en su tarjeta de presentación a Joaquim Maluquer, uno de sus contactos en la ciudad, pero su objetivo no era otro que seguir la senda académica que se había trazado y que iba desde el instituto de Xàtiva hasta la cátedra del doctor Reglà en la Universitat de València. Sin embargo, aquella actuación, en una sesión colectiva en el Fòrum Vergés, daría al traste con sus planes docentes.

Lo que vieron y oyeron quienes asistieron a aquella actuación, como ya consignó Antoni Batista en su solvente libro sobre el cantante, no tenía ninguna relación con lo que veían y oían en aquellos Setze Jutges, cuyos trinos en traje y corbata no constituían sino un acto de servicio de una progresiva burguesía a la cultura propia como objeción al franquismo. Raimon era una explosión de naturalidad en estado puro, la gota que desbordaba el vaso, el boquete por el que se liberaba toda la energía reprimida a lo largo de siglos. Su grito rasgaba un silencio colectivo tan denso como la losa de un sepulcro, rescataba la canción del entretenimiento y la convertía en un instrumento social y cultural activo.

El cantante Raimon en un concierto en 1968.

Barcelona celebra con una serie de actos muy completa esta efeméride, y el propio cantante, en el libro que acaba de publicar Empúries con motivo de la exposición Raimon al vent del món, subraya esta “historia de amor” con la ciudad que nació como algo “súbito, imprevisible, estallante” en aquella actuación de diciembre de 1962. Para Raimon fue “una revelación” que cambió las agujas de su tren y que, desde aquel primer disco con una fotografía de Oriol Maspons (en la que daba la impresión de que Bob Dylan se esforzaba por imitar a Raimon), propició la maduración literaria y musical de unas canciones cuyas emociones muchos de nosotros llevamos tatuadas en la memoria sin posibilidad de borrado.

Pero la admiración de Barcelona por Raimon, y su reconocimiento en este aniversario a través de exposiciones, proyecciones y recitales, también ponen el foco sobre el desafecto que todavía hoy le profesan las fuerzas vivas de su ciudad, Valencia. En ese mismo libro, con muestras del impacto internacional obtenido por el cantante y de los mordiscos que la dictadura daba a su repertorio y a su carrera, el cantante deplora que en su propio país se lo pusieron “muy difícil”. Tanto “las autoridades franquistas” como “algunos queridos examigos”. Sin embargo, no fue solo entonces. Desde que en 1995 el PP llegó a la Generalitat y a las principales instituciones, las salas del circuito dependiente de la Administración se cerraron para Raimon, pese a ser uno de los valores culturales más exportables de los valencianos. Dentro de nada se cumplirán 20 años de su proscripción democrática en Valencia, algo que también merecería una serie de actos conmemorativos por parte de la Generalitat y el Ayuntamiento de Valencia. Porque al PP le gusta Raimon, aunque prohibido, quizá porque le intensifica la nostalgia de la dictadura y afianza su verdadera identidad.

El espejo gallego

Por: | 23 de octubre de 2012

El Gobierno valenciano y el partido que lo sustenta han leído en los posos del resultado de las elecciones gallegas un motivo de esperanza para esquivar el funesto pronóstico que augura Metroscopia para el PP en la Comunidad Valenciana, según el cual, pese a ser el partido más votado, perdería la hegemonía frente a una hipotética alianza de partidos de izquierda (PSPV, EU y Compromís). Tanto Alberto Fabra (el presidente) como Serafín Castellano (el secretario general) han echado las campanas al vuelo dando por hecho que aquí va a pasar lo mismo. Para ello, no solo Metroscopia tendría que haber hecho un sondeo erróneo, sino que, principalmente, la Comunidad Valenciana debería ser lo mismo que Galicia. Es decir, no únicamente en términos de economía, población y sociedad, sino que además, el PP no tendría que llevar 17 años gobernando (ni el legado económico y judicial que aplasta a la Generalitat y hunde al partido en el descrédito) y el Gobierno central tendría que estar ayudando (como lo ha hecho en Galicia con el AVE en detrimento del corredor mediterráneo). Y algo más: las cosas tendrían que mejorar en los próximos dos años, en contra de todas las previsiones fiables.


Alberto Fabra y Ximo Puig, en el Palau de la Generalitat (CARLES FRANCESC)

En cualquier caso, más allá de las cataplasmas psicológicas y las cábalas sobre los efectos balsámicos de la abstención, Fabra y Castellano tienen menos elementos de realidad extrapolables en estos resultados que los socialistas valencianos. El PSPV (Metroscopia lo apuntaba) puede ver en el espejo gallego cómo se va a producir su desfondamiento, tanto por la tendencia general (la del PSOE) como por las consecuencias de su peculiar e ininterrumpido encarnizamiento orgánico, que lo ha mantenido alejado durante 17 años tanto del poder como de la realidad. Los socialistas valencianos, ausentes de la política y con los vínculos rotos con la juventud y su propio electorado, se disponen a lograr sus peores resultados en las urnas cuando estaban convencidos de que solo con esperar desalojarían al PP. Y lo que es peor: con el riesgo de dejar de ser una opción decisiva en el mapa electoral. Achacar la situación a Pérez Rubalcaba y no darse por aludido sería un síntoma más de la descomposición que ha alcanzado el hasta ahora principal partido de la oposición en su depurado proceso de pendencias endogámicas, que sin duda ha abonado el desarrollo de los partidos que había a su izquierda.

Pese a la buena expectativa demoscópica, el PSPV saldrá de las próximas elecciones en peores condiciones que ahora, demasiado debilitado para negociar con Compromís y Esquerra Unida, las dos fuerzas rampantes, una hipotética alianza que debería tutelar con la suficiente energía para gobernar la Generalitat superando las connotaciones negativas que transmiten los Gobiernos tripartitos. Porque ese es el otro gran asunto: el manejo de las rivalidades entre las tres fuerzas no solo para alcanzar un acuerdo que satisfaga a todos sino para darle estabilidad en el tiempo, lo cual exige gran capacidad y altura políticas. Una misión casi imposible.

El pufo del anticatalanismo

Por: | 13 de octubre de 2012

El anticatalanismo es la última farmacia de guardia de la derecha valenciana, su clavo ardiendo, su tinta de calamar. Siempre que tiene problemas, echa mano del pretendido expolio de la Comunidad Valenciana por parte de Cataluña y sitúa a la izquierda valenciana como su principal quintacolumnista. Este truco le permitió blanquear su oscuro pasado franquista durante la transición. No solo evitó la sanción de las urnas maquillada como centrista y democrática, sino que se convirtió en la protectora de la identidad valenciana. Pero además, se encontró con un eficaz instrumento de demolición electoral del adversario.

Concentración anticatalanista en Valencia (JORDI VICENT)

A lo largo del período democrático, ese lobo ha ido apareciendo en el horizonte cada vez que el PP valenciano ha necesitado hundir un poco más a su adversario, ha precisado una vía de escape a sus agobios políticos o ha tenido que comerle el terreno a otros partidos que eran carne de su carne (Unión Valenciana). La farsa de esa amenaza, que siempre fue un fin en sí misma, ha proporcionado gran rentabilidad al PP, aunque ha ahondado la zanja entre buenos y malos y ha suministrado una caricatura grotesca de los valencianos ante el resto de España que ha tenido sus consecuencias en los sucesivos Presupuestos Generales del Estado.

Ahora el PP, con el grupo parlamentario en metástasis judicial, con los sabuesos de la fiscalía hozando en los saqueos de Emarsa, Gürtel y Brugal, con la Generalitat en bancarrota, con la mejor marca mundial de mala gestión, con los acreedores en los talones y acorralado por la metroscopia, vuelve a azuzar el espectro, aunque con mayor desesperación que antes. La novedad es que esta vez no lo hace solo para escabullirse de la realidad adversa y erosionar al adversario: trata desesperadamente de mantener la cohesión y la patente del recurso ante una cada vez más probable escisión regionalista en sus filas, que acabaría acelerando su descomposición.

El fin de la sinonimia

Por: | 08 de octubre de 2012

Alberto Fabra afronta su segundo 9 d’Octubre como presidente del Consell. El año pasado auguró grandes sacrificios (los ha llevado a cabo) en el mismo discurso oficial en el que hizo, como presidente, un llamamiento a los valencianos (a todos) a ser decisivos para impulsar el cambio (votar a Mariano Rajoy para desalojar al PSOE de la Moncloa). Entonces acababa de entrar en el Palau de la Generalitat, pero traía bien asumido el modelo de sus antecesores: entre el PP y la Comunidad Valenciana había una relación de sinonimia total. Eran términos intercambiables en un mismo contexto, dos modos de expresar lo mismo. Es decir, la Generalitat, la Comunidad Valenciana y el PP eran un local diáfano en el que sucedía todo sin líneas rojas. Fabra, por consiguiente, disponía de barra libre para, en sede institucional, ofrecer con total impunidad un peaje (grandes sacrificios) a los ciudadanos y señalarles el camino electoral que lo recompensaría (Rajoy).
Alberto Fabra en las Cortes Valencianas en un gesto de preocupación (CARLES FRANCESC)

Un año después ese axioma, que tanta rentabilidad electoral ha devengado al partido (una de cada dos personas que pasaban por la calle votaba al PP), ha empezado a derrumbarse en la demoscopia, en buena parte como consecuencia de la frustración de esa misma expectativa que Fabra condicionó al sacrificio. La llegada de Rajoy a la Moncloa ha empeorado las cosas no solo a los ciudadanos (se ha deteriorado el Estado del bienestar, así como las condiciones laborales y la protección social, mientras se han disparado los impuestos, el desempleo y la desesperanza), sino también a la Comunidad Valenciana, que acaba de sufrir el desprecio del Mesías que prometió Fabra en las inversiones del Estado.

Fabra está mucho más acorralado que el anterior 9 d’Octubre también por su propio desgaste. Un año después, el Consell que heredó de Camps ya es el suyo. Demoró más allá del límite la opción de configurar un Ejecutivo propio con el objeto de que quienes tuvieran que llevar a cabo las medidas más duras acabaran absorbiendo todo el impacto de la erosión, para luego maquillar esa corrosión con una remodelación del Consell a la medida que le permitiera refrescar su imagen y visualizar un antes y un después. Sin embargo, la cara del presidente ya resulta indisociable de lo que han hecho los miembros del Consell heredados, incluso la combustión derivada de la situación financiera de la Generalitat ya broncea demasiado a los que ha nombrado él, como es el caso (por citar uno) de Máximo Buch, quien cada día se parece más al vecino del ático de la 13 Rue del Percebe (siempre huyendo de los acreedores). Esa dura realidad ha estropeado el sistema aplicado por el PP en los últimos 17 años, hasta el punto que Fabra ya ni siquiera utiliza aquel parámetro para calcular un futuro electoral en el que el bipartidismo (con el PSPV enquistado) ya no le garantiza la estabilidad ante la inminente atomización de su partido. Lo que quizá explique por qué se ha puesto a rebañar el bidón del anticatalanismo.

El País

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