En la primavera de 2002, en una visita a la sastrería de Antonio Puebla me llamó la atención que tenía dos fotografías del entonces presidente de la Generalitat valenciana, Eduardo Zaplana, sacadas de los periódicos, colgadas en la pared. En una llevaba un traje prêt à porter y en la otra, vestía terno cortado por Puebla, el sastre de la burguesía valenciana y también del entonces ministro Rodrigo Rato. Entre una imagen y otra había un abismo. Era un modo gráfico de representar su tránsito del deslustre a la selección, como una figuración de la escala evolutiva humana. Zaplana, como dijo de él Julio Iglesias, era un campeón y corría mucho.
Siempre tuve la sensación de que Zaplana estaba huyendo de sí mismo. No tardó nada en desterrar el jersey anudado al cuello con el que daba entrevistas en plan campechano cuando era alcalde de Benidorm. Enseguida cambió incluso la piel apócrifa con la que se presentó en sociedad en la prensa afín para aspirar a la presidencia de la Generalitat, cuando acudía a Canal 9 con su propio peluquero para que en el camerino de la televisión gobernada por los socialistas no le estropearan la compostura. Incluso redujo su característica papada (quizá también por motivos médicos) al llegar al Palau, no sin antes haber ordenado que en Canal 9 nunca lo filmaran por el lado izquierdo porque se sentía menos favorecido. Esa angustia por su superficie, que fue modificando su fisonomía, fue sin duda la que le llevó a tener un asesor de calcetines, corbatas y camisas (Gregorio Fideo) en nómina de la Generalitat. Y por ahí, hasta que su roce con lo más selecto de la burguesía valenciana lo puso en manos de Puebla y se alejó tanto de sí mismo que parecía pertenecer a una especie distinta de la que surgió.
Es, sin duda, el presidente de la Generalitat valenciana que más ha cambiado visualmente en el cargo. Ha hecho un largo viaje cuyo destino no es otro que es la propia escapada. Y en el que la rinoplastia a la que se acaba de someter “por motivos mésdicos” podría no ser más que otra estación.