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Sobre el blog

La Comunidad Valenciana es el resultado de un proceso acumulativo en el que lo que nunca parece terminar se superpone a lo que nunca acaba de llegar, y viceversa. Pero esa tensión entre la marcha atrás y la directa, entre la fosilización y la vanguardia, libera una gran energía que solemniza nuestras incongruencias y aciertos en sumarios judiciales o tratados de estética. Este blog centra comentarios sobre lo que convulsiona ese territorio.

Sobre el autor

Miquel Alberola

. Nací en Valencia (El Carme) en 1958, aunque soy de pueblo (Quatretonda). Estoy en esto desde casi siempre y no he podido sacudirme todas las dudas del principio. Soy subdelegado de EL PAÍS en la Comunidad Valenciana.

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Fabra repite la estrategia de Camps

Por: | 28 de septiembre de 2012

El primer debate de política general del presidente de la Generalitat, Alberto Fabra, ha  certificado la pérdida del ardor reivindicativo del PP ante Madrid, un frente que le resultó muy provechoso mientras el PSOE estuvo en la Moncloa y en el que, acosado judicialmente y carente de iniciativas políticas, hizo pie y encontró suficiente estabilidad para no caerse. Fabra ha renunciado a la reivindicación y la ha sustituido por un tortuoso ejercicio de contemporización con las prioridades del Gobierno central en el que el autogobierno de la Comunidad Valenciana queda subsumido (y sepultado bajo el conmovedor imperativo de la solidaridad) y, por consiguiente, relegado a decisiones exógenas y al orden de prioridades que estas establezcan. Ese sometimiento, sin duda, será el punto cardinal de la legislatura.

Fabra ha despejado, asimismo, todas las incógnitas que podía albergar respecto a su estrategia para reconducir un partido calcinado por los escándalos de corrupción y un Gobierno en quiebra, no solo por los problemas de financiación que arrastra la Comunidad Valenciana desde que se puso en marcha el invento del autogobierno sino también por el desbarajuste en la gestión de los dos presidentes que le precedieron. En su discurso, y sobre todo en sus contrarréplicas, el presidente ha trazado un rumbo con un inequívoco tufo a su antecesor. Pudo optar por hacer tabla rasa, distanciarse de forma explícita de las chapuzas y delirios de Francisco Camps  y mirar hacia adelante para marcar la iniciativa en el nuevo tiempo. Pero no lo hizo. Le dio una vuelta de tuerca al tradicional discurso del  victimismo actualizándolo como un recurso retroactivo para datar en el anterior Gobierno del PSOE el origen y la causa de la ruina de las arcas de la Generalitat, como si la gestión de su partido durante 17 años se pudiera desgajar del resultado final.

Máximo Buch, José Ciscar, Antonio Clemente y Alberto Fabra, en la bancada popular en las Cortes (MÒNICA TORRES).

El presidente, quizá porque no lo ha metabolizado, ha elegido perseverar y reforzar el vínculo con las sombras del turbulento período que lo llevó al Palau de la Generalitat para glorificarlo. Y además, vuelve a incurrir en el error de arrogarse la franquicia de la valencianidad (convenientemente cuarteada en valencianos, castellonenses y alicantinos), abundando en la zanja civil abierta durante la transición, para criminalizar a la oposición y colgarle el cartel de enemiga de la Comunidad Valenciana. Como si la sábana del fantasma del catalanismo fuese lo suficientemente extensa como para tapar el asalto del PP a las cajas de ahorro, el saqueo de Emarsa, el pillaje de Gürtel, la sangría de la cooperación y el amplio espectro de raterías, expolios y desfalcos acontecidos a la sombra de la Generalitat.

Camps casi hundió la Comunidad Valenciana para beneficiar al partido. Fabra, en vez de encarnizarse en maquillajes y tretas para blanquear la negra trayectoria de su partido, tendría que haber dado un salto cualitativo. Le correspondía haber aprendido la lección de ese episodio y emprender un camino distinto, con un lenguaje alejado de sospechosas complicidades, superando enredos absurdos y tratando de cohesionar a los valencianos en momentos de gran dificultad y descrédito. Es decir, creerse lo del autogobierno y ser presidente de todos los valencianos por encima de las servidumbres de su organización. 

Antes del PP que del Consell

Por: | 25 de septiembre de 2012

El mejor método para llegar hasta el tuétano del Partido Popular en la Comunidad Valenciana no estriba tanto en considerar lo que ha hecho y dejado de hacer durante sus 17 años en el poder (que es muy revelador) como en cruzar su comportamiento con el Gobierno central cuando este lo ejerce el PSOE o el PP. En la bisectriz que trazan las acciones y omisiones de esas coyunturas es donde aflora la pureza de su personalidad política y su grado de compromiso con los intereses generales. Es decir, donde se le transparenta el genoma. Aunque esto, la reciente visita de María Dolores de Cospedal a Gandia (donde recordó que ella, como Alberto Fabra, “antes que presidentes autonómicos son militantes del PP”) ya lo ha dejado, como gusta solemnizar al PP en sus argumentarios, “meridianamente claro”.

Solo hay que recordar cómo rechifló el partido por el AVE a Castellón (y el corredor mediterráneo, al que se subió ya en marcha después de descarrilarlo de las redes transeuropeas en Bruselas). Cómo Francisco Camps urgía a que se licitaran los tramos Valencia-Castellón y Castellón-Tarragona cuando ni siquiera contaban con la preceptiva declaración de impacto ambiental (y con qué ferroviario seguimiento le hacía el convoy el partido). Cómo el propio Alberto Fabra, entonces alcalde de Castellón, promovía plataformas e impulsaba desesperadas cumbres con otros alcaldes con esa ineludible y vital reclamación. En fin, cómo se hundía todo si la alta velocidad no continuaba con urgencia hacia el norte de Valencia.
María Dolores de Cospedal y Alberto Fabra. (JORDI VICENT)

Ahora, con el PP en la Moncloa, ese imperativo ha quedado obsoleto. José Blanco dejó Fomento con el concurso para la concesión de las obras a punto de caramelo y la actual titular, Ana Palacio, que prometió licitar en mayo, se ha olvidado del asunto. Ahora a la consejera de Infraestructuras, Isabel Bonig, le parece que la plataforma cuesta demasiado dinero (el mismo que antes) y considera un acierto que el AVE a Castellón se superponga al tercer hilo de mercancías, que es el modo fino de designar la simplificación de un corredor que la ministra ni siquiera ve como el más prioritario para España.

Ahora Fabra ya no tiene prisa. Aplica la doctrina Cospedal: militantes del PP antes que presidentes autonómicos. Da lo mismo que se trate de la alta velocidad o de la financiación, de la que el presidente valenciano ya solo habla con entusiasmo si es para arremeter contra Cataluña (tirando por la borda el esfuerzo de normalización de relaciones llevado a cabo por los empresarios en los últimos años). Es decir, los asuntos imperiosos de la Generalitat han quedado supeditados a los intereses del partido, que es un modo práctico de usar a fondo el artículo 155 sin tener que aplicarlo como pretende UPyD. Bajo esa perversión de prioridades, Camps llevó el autogobierno al descrédito y ahora Fabra lo dirige hacia la obsolescencia.

Los silencios de Fabra

Por: | 11 de septiembre de 2012

El presidente del Consell, Alberto Fabra, se parece cada día más a su predecesor. No por la causa que engulló a Francisco Camps y las derivadas que espolearon su descrédito. Sí por alguno de los efectos que hicieron más patético su desmoronamiento: el pánico a la intemperie mediática, la cobardía a la impertinencia del periodista alérgico al pesebre.

A Camps le sobraban los motivos para ello, pero ¿de qué huye Fabra? ¿Por qué la mayoría de actos de su agenda son solo para gráficos y cuando no lo son se limita a ejecutar una proclama que siempre acaba sonando más como una defensa que como una propuesta? ¿Qué trata de esquivar? ¿De dónde surge su sentimiento de culpabilidad?

 Fabra se comporta como si desde que Mariano Rajoy lo ungió para ponerse al frente de la catástrofe del PP en la Comunidad Valenciana hubiese sido desterrado al Tártaro, es decir, la región más baja del inframundo griego, donde Sísifo fue obligado por Zeus a llevar a la cima una pesada piedra que, en una suerte de día de la marmota mitológico, siempre se le caía y rodaba hasta el punto de partida.

Alberto Fabra, de espaldas a los informadores (CARLES FRANCESC)

¿Por qué tuvo Rajoy que fijarse en Fabra, que había hallado su sitio en la apacible alcaldía de Castellón y nunca había dado señales de ambicionar lo demás, ni siquiera condiciones para acometerlo? Tampoco Rajoy tenía más opciones. Con Camps carbonizado, la cúpula del PP valenciano agusanada y las dos principales alcaldesas de la Comunidad Valenciana descartadas (una, desacreditada por encubrir a Camps y salpicada por Gürtel y Emarsa; la otra, por Brugal), a Fabra, más allá de si era o no idóneo para el cargo, le tocaba el boleto por eliminación.

El problema de Fabra, como Sísifo, fue estar allí: su posición acabó determinando su suerte. Sísifo vio algo que no debía. Fabra fue lo primero que se veía detrás del estercolero. No hizo nada para merecerlo, pero ahora también él transporta sobre sus lomos una terrible carga cuyo peso se va intensificando a medida que avanza hacia una cima que se aleja cada día más y cuya fatalidad es ser la penitencia de la bancarrota en la que los suyos sumieron a la Administración valenciana bajo el delirio de fatuos liderazgos y despiadados saqueos.

Esa ineludible perspectiva, sin duda, arruina la sustantividad de su discurso y agarrota su expresividad. Fabra evita las respuestas, pero en sus sostenidos silencios no solo se manifiesta su vergüenza por lo que hizo el PP aquí sino también su responsabilidad en lo que está haciendo ahora.

En ese mutismo se expresa la mayor escabechina laboral llevada a cabo en la Comunidad Valenciana desde los días de Altos Hornos de Sagunto, RTVV, la demolición de la sanidad y la educación públicas, el desguace de la investigación científica, el estrangulamiento de los institutos tecnológicos o el drama de los concursos de acreedores de las empresas de proveedores que cierran por los impagos de la Generalitat.

RTVV, despedida y cierre

Por: | 24 de agosto de 2012

Los miembros del consejo de administración de Ràdio Televisió Valenciana (RTVV) del PP ratificaron en la madrugada del martes el despido de 1.198 trabajadores del ente. Fue el último trámite para el puntillazo que el Gobierno valenciano quiere dar a una televisión autonómica que ha usado hasta el paroxismo como instrumento de propaganda, agencia de colocación, filón de negocio para camaradas y sistema de saqueo (por lo visto en la derivada del caso Gürtel de los contratos de la visita del Papa). Sin embargo, ahora, desacreditada, sobredimensionada, arruinada y con la Generalitat en bancarrota, para el Consell el juguete resulta insostenible y le está metiendo el hacha a fondo en el tronco.

Es evidente que la radio y la televisión autonómicas necesitan ganar agilidad para asegurar su futuro, pero no es menos cierto que su excesivo volumen es el resultado de la gestión irresponsable de los Gobiernos de Eduardo Zaplana y Francisco Camps, quienes, además de llevarlas al borde del precipicio durante 17 años, las utilizaron para su promoción personal apesebrando (a todo meter) a periodistas de la Villa y Corte de su interés que ejercían aquí de somatén mediático a cambio de cacarear en Madrid lo fantásticos eran. También es cierto que los socialistas, que la pusieron en marcha, arrimaron el ascua a su sardina tanto como pudieron, pero lo que vendría después lo reduciría a la insignificancia. En pocos años, se dobló la plantilla y los gastos en producciones externas y derechos deportivos se dispararon más allá de la capacidad del ente hasta llevarlo a la quiebra y a la deuda de 1.200 millones. Y la perversidad es que esa factura no la van a pagar quienes la han ocasionado sino los trabajadores, que son los únicos que se creían el proyecto.

José López Jaraba, director de RTVV, en el momento de abandonar el consejo de administración que aprobó el ERE TANIA CASTRO)

RTVV nació como un instrumento esencial del autogobierno y pudo ser su máxima caja de resonancia, su órgano de difusión y maquinaria pedagógica, el vínculo común de los valencianos, su poderoso vehículo cultural. Sin embargo, el uso y abuso partidista del PP ha estigmatizado para siempre su credibilidad. Esa prioridad política y sus servidumbres han determinado que ni siquiera haya podido cumplir razonablemente con su precepto fundacional: promover el valenciano y desarrollar una industria audiovisual propia. Con este fracaso y su inminente desguace el autogobierno no solo pierde músculo, sino también capacidad.

Aunque esto es algo que no parece importarle demasiado a Alberto Fabra, quien aquí parece actuar más como un hombre de negro de Mariano Rajoy (que hubiese heredado de otros lo que ha hecho su partido) que como un presidente de la Generalitat comprometido con lo que representa. Ahora Fabra no solo tiene que apechugar con la escabechina y el desguace, sino también con la lista de reos, con las consecuencias de a quién le va a vender la chatarra y qué nuevas perversiones ideológicas se van a introducir en la pantalla al amparo de esta atrocidad semipública que se plantea como el salvavidas de los náufragos del fracaso de las TDT.

Y para empezar, huele fatal que siete trabajadores en “excedencia forzosa” se salven del ERE por esa misma peregrina razón (entre ellos, la jefa de comunicación de Fabra), cuando haber tenido una “excedencia voluntaria” te pone a los pies de los caballos. Para que luego venga el locuaz Serafín Castellano, el consejero de Gobernación, y afirme con agropecuaria pompa que “el ERE de RTVV es necesario para salir de la crisis”.

El cerrojo informativo

Por: | 20 de agosto de 2012

La estrategia que marcó el mando avanzado para combatir el incendio de La Torre de les Maçanes, que se saldó con un agente medioambiental y un brigadista muertos, ha suscitado el malestar y las críticas de quienes participaron en la primera línea de extinción del fuego. Como consecuencia de que quizá algo no se hizo como correspondía, la Consejería de Gobernación ha apartado de su puesto al jefe de sector que tomó la decisión que supuestamente derivó en la tragedia. Sin embargo, nada oficial ha trascendido al respecto. Gobernación, una semana después, todavía no ha dado ninguna explicación y utiliza la investigación que se está realizando como burladero.

Desde que su titular, Serafín Castellano, tomó las riendas del departamento tampoco ha habido modo de saber cuántas hectáreas habían ardido en ningún incendio para poder informar del alcance de estas tragedias. En esto, Castellano se da un homenaje a sí mismo. En todas las consejerías por las que ha pasado ha impuesto su más definitorio sello: el cerrojo informativo. En sus días de consejero de Sanidad, no hubo modo de obtener una explicación de la muerte de seis pacientes renales que se habían sometido a una sesión de hemodiálisis entre el 21 y el 29 de agosto de 2001. No se la sacaron ni con sacacorchos.

El consejero de Gobernación, Serafín Castellano (JORDI VICENT)

Ni siquiera las dio en el reparto de vacunas caducadas contra la hepatitis B. Y mucho menos en los sucesivos brotes y rebrotes de legionela del entorno de Alcoi desde el año 2000, con una decena de fallecidos y dos centenares de contagios, sobre los que Castellano dejó caer el pesado telón del silencio con la misma impunidad que si se tratara de un gobernador civil en los días del difunto. Incluso ocultó a los vecinos durante varios días que la bacteria de la legionela estaba infiltrada en la red de agua de Alcoi, en los diez depósitos de agua potable, y solo lo admitió a regañadientes y muy forzado por los acontecimientos porque lo desveló este periódico.

Serafín, en los asuntos de interés público, es un profesional de la afonía. Y ese oscurantismo humillante se armoniza fatal con el discurso de transparencia de que tanto alardean Alberto Fabra y su vicepresidente José Ciscar en el nuevo tiempo del Consell. Castellano se ha quedado obsoleto en ese escenario. Solo exhibe su rugosa locuacidad en el altercado artificioso de los chiringuitos, que ha enfatizado como un asunto de Estado de primer orden, porque había un interés espurio. Y ahí es donde únicamente muestra la expresividad y la pericia que le puede hacer renacer de sus cenizas.

El principal aval de Castellano no es la gestión pública realizada en los departamentos de los que ha sido responsable, sino el trabajo que paralelamente ha llevado a cabo para el partido como zapador orgánico y que tras el derrumbe de Francisco Camps le ha valido el cargo de secretario general del PP. Le fue tan útil a Eduardo Zaplana para fortalecer su poder frente a los populares de la provincia de Valencia como ahora lo puede resultar para Fabra por idéntica coyuntura. Entonces, su paso por Sanidad y Justicia solo fue un modo de ocupar una estructura administrativa que le permitió mover la maquinaria del partido en función de los intereses de su jefe, pero en esta época de vacas flacas, además de un fraude, sería un insulto tanto para las víctimas de los recortes como para los muertos de La Torre de les Maçanes.

José Ciscar y el ataque "desde fuera"

Por: | 06 de agosto de 2012

El vicepresidente del Consell, José Ciscar, ha declarado recientemente que existe algún interés económico "desde fuera" en dañar a la Comunidad Valenciana. Es decir, una especie de enemigo exterior como el que acechaba a la España de la dictadura (la célebre conspiración judeo-masónica) trabajando noche y día para zancadillear, por usar la rimbombancia que Maximiliano Thous insertó en el himno regional del maestro Serrano, "a la región que avanza en marcha triunfal". Para el número dos del Gobierno valenciano, esto es, ni más ni menos, lo que explica la pésima imagen que ha alcanzado la Comunidad Valenciana en los últimos años.

José Ciscar, vicepresidente del Consell (JORDI VICENT)

Sostiene Ciscar que hay quien trabaja para deteriorar la Comunidad Valenciana porque no soporta la potencialidad de "una sociedad con unas condiciones económicas envidiables" y soslaya el papel que ha desempeñado su propio partido (barra libre para el ladrillo, Gürtel, Brugal, Emarsa, caso Fabra, Cooperación, Bancaja, CAM, aeropuerto de Castellón, quiebra de RTVV,...) en la consecución de este nefasto cartel que ha acabado arruinando hasta el crédito del PP valenciano en la estructura nacional, en la que ninguno de sus representantes pinta casi nada. Teniendo todo eso en su barriga para pudrir su reputación, ¿para qué necesitaba la Comunidad Valenciana acciones erosionantes exógenas? Lo del enemigo exterior confirma que la Generalitat está peor de lo que parece. Y que nuestros dirigentes le van a la zaga.

El crepúsculo de Rita Barberá

Por: | 02 de julio de 2012

La alcaldesa de Valencia, Rita Barberá, ha sido uno de los fundamentales activos para el PP desde 1991, cuando, como una candidata de circunstancias, accedió al principal despacho del Ayuntamiento y desde ese pedestal empezó a construir su mito de imbatible máquina electoral. En estos 21 años no solo no ha habido nadie que le tosiera en las urnas, sino que además ha tirado como una poderosa locomotora de otros candidatos, puede que más importantes pero con menor atractivo electoral, como Eduardo Zaplana o Francisco Camps. A cambio, Barberá ha obtenido en ese tiempo la recompensa en los presupuestos de la Generalitat, que le han pagado la fiesta del desarrollo urbanístico de Valencia, los hitos que la siluetean y los caprichos que se le iban ocurriendo. Ese ha sido el principal combustible del fenómeno electoral de Barberá, enriquecido por su habilidad para acaparar logros de la Administración central como propios, lo que ha ensanchado el eco de su fama hasta el punto de que se le han atribuido hasta las mejoras de la playa de El Perelló, que pertenece a Sueca. Rita Barberá ha sido la esponja insaciable que ha absorbido todos los jugos de esas dos felices décadas en las que el dinero se desbordaba por la catarata.
Rita Barbera en la cresta de su propia ola con Francisco Camps (CARLES FRANCESC)

Sin embargo, el escenario que propició su epopeya ha sido demolido por una nueva realidad y su buena ventura se ha estrellado contra varios obstáculos. Para empezar, en la calle de Génova se la percibe con otros ojos. Su arrebatador cartel se ha estropeado con el agusanamiento del PP valenciano y su amplio espectro de corrupciones. Pero especialmente por su forcejeo con Mariano Rajoy para sostener a toda costa en el Palau de la Generalitat a su ahijado Camps, así como por su mala gestión en el caso Emarsa, la apestosa alcantarilla de debajo de su trono. Como consecuencia, Rita Barberá ya no ha sido decisiva en la designación de Alberto Fabra como líder del partido, como lo fue con la de Zaplana y con la de Camps. Su opinión ya no decanta nada y orgánicamente mueve fichas en la banda de los resentidos del pasado infecto del PP. Y si faltaba algo, ya nadie puede pagarle la traca final del que, con toda probabilidad, será su último mandato. Su nutriente primordial, el que sustentaba sus paseos triunfales por los mercados, se ha agotado. Ya no queda para las distracciones que empinaron su leyenda y ni siquiera podrá colmatar su ensoñación de ser la alcaldesa que unió Valencia con el mar (en cuyo empecinamiento ha convertido El Cabanyal en un gulag urbanístico). Rita Barberá es ahora la alcaldesa de la mugre en las calles, la de las aceras con lamparones y cúmulos de deyecciones de palomas y perros, la de los rincones fétidos. El episodio con una conductora de la EMT, a la que reprendió en una jornada de huelga porque el autobús llevaba una pegatina de “Rita no paga”, es una consecuencia de su caída en picado. De que su jamón ha llegado al hueso.

20 años de la noche del secuestro del cadáver de Joan Fuster

Por: | 13 de junio de 2012

Exposición de la Universitat para conmemorar el 50º aniversario de la publicación de 'Nosaltres, els valencians', de Joan Fuster (MÒNICA TORRES)

También se cumplen 20 años de la muerte de Joan Fuster, en plena celebración del cincuenta aniversario de la publicación de Nosaltres els valencians, un libro que, muchos años después de su aparición, aportó sustantividad y sobre el que ya se ha dicho casi todo. Los valencianos debemos a Fuster que sacudiera el cocotero, aunque algunas penalidades políticas que padecemos ahora derivan de los traumatismos que causó aquella sacudida que tanto gustó a unos y tanto sulfuró a otros por la misma razón: su subversividad. En el fragor de estas efemérides, valorar su polémica figura sin tener en cuenta la amplitud del impacto que produjo (también el negativo) no deja de ser un acto de reafirmación de la devoción por su santidad, pero, sin duda, no contribuye a sentar las bases para que Fuster sea reconocido y asumido algún día por la totalidad de los valencianos. Pero ahí también hay una industria. En cualquier caso, Fuster murió el 21 de junio de 1992 y yo fui el único periodista que se coló en su casa aquella tarde de domingo mientras Valencia celebraba la procesión del Corpus. Lo que sucedió allí me lo callé entonces, aunque dos años después lo publiqué en un libro en catalán titulado Fuster sabàtic en el que, con el experiodista Vicent Martí, recuperamos todo aquello que habíamos publicado en el semanario El Temps sobre la figura del ensayista de Sueca. Entonces, los guardianes del Santo Sepulcro, de un modo u otro, me taladraron por haber profanado lo más sagrado de su sancta sactorum. Hoy solo lamento no haberlo publicado al día siguiente. No sé si es muy ortodoxo, pero he decidido recuperar aquel episodio, que titulé Fuster exsangüe para este blog. Traducido al castellano, remasterizado y algo sincopado, en homenaje a todos los que lo consideraron un sacrilegio.

Ahí está:

El domingo 21 de junio de 1992, sobre las seis de la tarde, me llamó el editor Eliseu Climent para darme la noticia de la muerte de Joan Fuster. Lo había conocido unos seis años antes. Todavía era el Alfa y la Omega, pero ya declinaba en picado hacia el Fuster sabático y unamunista del que se lo apañen. Habíamos compartido arroces en la suavidad de Cullera y en escenarios más ásperos, alguna nocturnidad, ironía muy quirúrgica y la perplejidad de este lado del planeta. Pero también algunas fricciones. Una hora después, el editor, que es uno de sus albaceas, y yo llegábamos a Sueca. A la puerta del número 10 de la calle Sant Josep había una explosión de admiradores muy impactados por la desaparición del moralista. En aquel mismo momento llegaba el consejero Emèrit Bono, que entonces lo era de Administración  Pública, y como carne atónita de este sándwich que formaban el editor y la autoridad, traspasé la propiedad del difunto. Había abierto la puerta Toni Domingo, que en algunas ocasiones me había hecho de enlace con Fuster, y tras la cortina de color hueso apareció la cabeza nevada del director general de Política Lingüística, Jesús Huguet. No lejos estaba el catedrático Antoni Ferrando, a quien la muerte de Fuster había reabierto la herida de la de Manuel Sanchis Guarner. Josep Palàcios, el heredero inmueble, brillaba al fondo como la hoja de un cuchillo, acompañado por su mujer.

Joan Fuster durante una intervención en los Premis Octubre, en Valencia (JESÚS CÍSCAR)

Sobre la mesa de trabajo del ensayista había quedado un encendedor y las gafas, y el semanal de EL PAÍS. Domingo, que había ejercido funciones de secretario de Fuster, no había abierto la puerta por casualidad: estaba de portero. Sus facciones eran más sólidas que de normal y me había dado la sensación de que sus ojos tenían encías. Lo atribuí a la circunstancia dolorosa que impregnaba aquella casa. No tardé en ser consciente de que yo era la excepción que confirmaba la regla: sólo se permitía la entrada a cargos institucionales. La baremación, más que arbitraria, era hipócrita. De un modo inversamente proporcional, a mayor relación con Fuster, menor posibilidad de acceso. Fue, entre tantos, el caso del escritor suecano Josep Franco, que se había criado en aquel domicilio y por poco no pierde la nariz ante el énfasis inhóspito de la puerta. No se requería gran esfuerzo para saber que quien había instaurado aquel derecho de admisión tan barroco era el poeta Palàcios. Domingo sólo representaba el papel de doberman. Era evidente que yo no era bien recibido, pero por alguna razón que todavía no he descifrado, no se atrevían a tirarme.

Negar que Fuster quería superar este trámite con la máxima discreción sería faltar a la verdad. A mí mismo, que no lo tuve en franquicia, me lo había confiado en más de una ocasión: “Cuando me muera, ¿hmm?, me incineráis. Y antes de que vengan los de la percalina y la dulzaina, tiráis mis cenizas al váter. Y tirad de la cadena”. Ya en los últimos años, cuando proclamaba esta hilarante voluntad, añadía. “Quiero una cosa como la de [Adolf] Pizcueta. No dar pie al espectáculo”. La noticia de la muerte de Pizcueta trascendió cuando sus restos mortales habían recibido sepultura en Valencia. Pero Fuster, ¿será necesario decirlo?, no era Adolf Pizcueta. Su proyección pública era tan enorme que, en la práctica, su deseo presentaba muchos inconvenientes. Y más en una población de las dimensiones de Sueca. Sólo había una posibilidad de complacerle. Trasladarlo al cementerio a las pocas horas de su defunción y juramentarse con el hermetismo. Pero quienes estaban en disposición de cumplirlo habían demostrado su incapacidad  y, ante el fracaso, habían optado por secuestrar el cadáver de Fuster. Este atrincheramiento perfilaba un espectáculo de viudedad muy posesiva, muy a tono con la historia de España, para las próximas horas.

Había renunciado a entrar en el dormitorio para ver el cadáver. Mi actitud fue la de quedarme inmóvil con mi dolor particular, que era insignificante si se comparaba con los que se escenificaban en aquel velatorio. Mientras en la calle el malestar cohesionaba a una gran parte de la concurrencia, la puerta mostró una receptividad de 135 grados a la llegada de Andreu López, entonces consejero de Cultura, Educación y Ciencia, y una considerable órbita (saturniana) administrativa. López tenía el rostro transfigurado de la consternación, y tras mostrar un dominio de la situación muy poco seglar quedó sumido en un silencio de la densidad de una oración, que sólo interrumpió, sin abandonar la expresión obituaria, para decirme:
    -Es una lástima. Tal y como están las cosas de la lengua, este hombre era el único que podía hacer de puente en el conflicto.

Decididamente, López pensaba que quien había muerto era Santiago Calatrava.

Los otros dos fiduciarios de Fuster, Max Cahner y Joaquim Maluquer, no se hicieron esperar, pese a que venían de Barcelona. Con su incorporación, se producía el cuórum suficiente para tomar decisiones, aunque allí todo parecía decidido. Según el testamento conocido del ensayista, realizado 20 años antes, y mientras no se demostrara otra cosa (únicamente se ha introducido un beneficiario de una parte del patrimonio económico: Domingo), Palàcios era nombrado heredero, y Climent, Cahner y Maluquer, junto con Fermí Corts, fallecido unos años antes, albaceas. Los legatarios y el heredero tuvieron una primera reunión en la oscuridad del patio silueteada en los cristales de la puerta y untada por la luna. En alguno de los puntos abordados, Palàcios braceaba. Cuando llegó el presidente de la Generalitat, Joan Lerma, el ambiente se podía cortar como un pudin. Lerma entró acompañado por el alcalde de Sueca, el centrista Vicent Vera, y resguardado con el organigrama oportuno, que sumado a los cargos y vicecargos que ya habían llegado constituían un cuerpo administrativo muy tranquilizante.

La primera salva eléctrica de la noche se escuchó cuando el presidente de la Generalitat, acompañado por uno de los albaceas, pasó a ver el cadáver de Fuster, algo que había hecho sin interrupción gran parte de los presentes. Palàcios, tras definir muy excitado que aquello no era ningún espectáculo, apagó la luz de la alcoba. La estridencia del disturbio me hizo acudir allí. Por la expresión, subrayada por el claroscuro, los destinatarios de la afirmación posesiva del heredero no daban crédito de lo que habían acabado de presenciar. Palàcios había desaparecido dejando un rastro refulgente, y la tibia luz que llegaba desde el pasillo me descubrió el cuerpo extinguido de Fuster sobre la cama. Si toda mortaja es de por sí excesiva, Fuster estaba excesivamente amortajado. En aquella noche de junio, su sudario era un hiperbólico traje de invierno, más indicado para un flatoso exportador de naranjas que para él, que nunca esgrimió (no con convicción) aquellas ínfulas indumentarias. La muerte, en cambio, no había dejado secuelas en su cara.

Salvador Espriu, entre Josep Maria Castellet (izquierda) y Joan Fuster, en Gandía en 1959.

Tras abandonar la alcoba del difunto, el presidente Lerma ofreció el Palau de la Generalitat para instalar la capilla ardiente de Fuster. El riesgo que comportaba este ofrecimiento, teniendo en cuenta la política de indefinición  habitual del Gobierno valenciano al respecto, era enorme para Lerma. El presidente, para sorpresa de muchos, afirmó que Fuster era el intelectual más grande que había tenido el País Valenciano, y por consiguiente le correspondía estar en el Palau de la Generalitat con los máximos honores. Los albaceas, a los que Fuster nunca comunicó ninguna exigencia sobre el camuflaje de su muerte, no recibieron mal la proposición de Lerma. El heredero Palàcios, por el contrario, se cerró en banda instantáneo, y tras manifestar su oposición con toda la víscera, amenazando con no asistir al entierro, invitó al presidente de la Generalitat, no sin incandescencia, a abandonar el velatorio. Y durante el paréntesis de perplejidad adujo que Fuster no compartía la política e la Generalitat. Palàcios actuaba como si los albaceas fueran una circunstancia cómica y como si, con la defunción de Fuster, hubiesen caducado los compromisos (por no decir hipotecas) que se derivaban de ser miembro del Consell Valencià de Cultura, de haber recibido el Premi de les Lletres Valencianes o cualquier otra clase de atención o distinción institucional, a las que Fuster, pese a la incomodidad, nunca renunció. Sin duda, el presidente de la Generalitat tenía tanta potestad sobre Fuster como Palàcios, y el heredero, quizá porque era consciente de ello, clavaba hitos sobre una propiedad de difícil delimitación.

Joan Fuster.

El alcalde de Sueca había tenido idéntico gesto que el presidente de la Generalitat. Instalar la capilla ardiente en el Ayuntamiento de Sueca, como mínimo, habría descongestionado la calle Sant Josep y el malhumor de los que allí se aglutinaban. La actitud de Palàcios también fue idéntica, patrimonial. Había una cuarta vía para atenuar el malestar de la calle sin desplazar el cuerpo de Fuster de casa: situar la capilla ardiente a la entrada del domicilio, con las puertas entreabiertas de modo que nadie pudiera invadir la propiedad del heredero, y que los amigos y admiradores desfilaran ante el cadáver del autor de Causar-se d’esperar. Palàcios también actuó como si la muerte de Fuster hubiera cancelado las relaciones y sentimientos de los que estaban a la intemperie.

A las 11 de la noche, tras unos cuantos intercambios de electricidad y ante la tensión que adquiría la negociación, se alcanzó el consenso de ir a cenar a un restaurante próximo, donde los implicados en el testamento, el alcalde de Sueca y un representante  de la Generalitat pudieran discutir en privado las posturas. La de Palàcios era indiscutible. La retirada de Joan Lerma provocó un efecto dominó con los suyos y el consiguiente drenaje en la casa. Entonces aproveché para salir a la calle, comer algo y constatar el malhumor de algunos amigos del ensayista, cuya relación era anterior al nacimiento de quien estaba decidiendo quién entraba y quién no. Esperé a la puerta hasta que volvieron los protagonistas de la negociación, aproximadamente sobre la una de la madrugada. Las cosas habían quedado sustancialmente como estaban, con unas concesiones infinitesimales por parte del heredero. El cortejo saldría del Consistorio pero el difunto no, y estaría formado por el presidente de la Generalitat, los amigos íntimos, el Consell y la Corporación municipal. En unas horas, se aboliría el arresto de cuerpo presente y el féretro de Fuster, custodiado por un cinturón de maceros de opereta y guardia municipal, sería trasladado al cementerio, seguido por una manifestación unitaria imposible, irrepetible. En la meta, tras una noche de espectáculo gástrico, lo esperaban las percalinas y no pocas dulzainas psicosomáticas. 

Sammy Davis Jr. no está para copas en Marina d'Or

Por: | 06 de junio de 2012

Las Vegas Sands Corporation ha pinchado el globo del propietario del complejo Marina d’Or, Jesús Ger, que pretendía ubicar Eurovegas en los 18 millones de metros cuadrados que tenían que albergar el fallido proyecto del parque temático Mundo Ilusión. Ger no ha conseguido interponerse entre Madrid y Barcelona (pesa más la masa crítica que el suelo), pero durante cuatro días ha obtenido una campaña de publicidad gratuita de amplias resonancias en la que ha conseguido involucar al presidente de la Generalitat, Alberto Fabra. Es cierto que la Generalitat ha mantenido una distancia prudencial, pero el rechazo de la compañía a la propuesta de Castellón tampoco deja en muy buena posición al Consell por su apoyo explícito a interferir en una operación que ya está prácticamente resuelta.

Complejo turístico marina d'Or, en Oropesa del Mar. (ÀNGEL SÁNCHEZ)

El empresario dejó caer su propuesta en un acto de promoción del complejo a la que asistían un buen número de turoperadores e inmediatamente buscó la complicidad de la consejera de Turismo, Lola Johnson, presente la fiesta, para dar oficialidad a la operación. La maniobra de Ger, sin embargo, era de mayor alcance de lo que aparentaba: buscaba matar tres pájaros de un tiro. La ubicación de Eurovegas no sólo hubiera resuelto el problema del capital sepultado en los 18 millones de metros cuadrados: habría ayudado a vender apartamentos en el complejo Marina d'Or, que no ha conseguido cumplir sus propias expectativas, y, de rebote, habría llenado de significado el aeropuerto sin aviones de Carlos Fabra. Y dado que este ha sido el ideólogo urbanístico de Castellón, resulta difícil no imaginar su larga mano detrás de este montaje.

A Carlos Fabra le hubiese gustado formar parte del Rat Pack, pero Sammy Davis Jr., que también perdió un ojo, ya no está para venir a Oropesa a tomar copas. Lo de Eurovegas ha sido el último conejo de la ensoñación de Mundo Ilusión, aunque su amigo Ger no se rinda y siga utilizando el nombre de Alberto Fabra y comprometiendo a la Generalitat en esta mascarada publicitaria. Decir que Alberto Fabra está dispuesto a viajar a los Estados Unidos para tratar de convencer a un Sheldon Adelson al que no le interesa el tema, mientras en la Generalitat nadie quiere confirmarlo, pone de relieve sospechosos pasteleos que, en el mejor de los casos, provincializan la imagen del jefe del Consell. Y en el peor de ellos, subrayan quién sigue mandando en esa provincia.

Fabra, mano de hierro con los débiles

Por: | 01 de junio de 2012


Al presidente de la Generalitat, Alberto Fabra, no le ha temblado el pulso para destituir de forma fulminante a Mariano Vivancos como director general de la Agencia Valenciana de Evaluación y Prospectiva de la Consejería de Educación. El delito de Vivancos es haber hecho un comentario fuera de lugar en uno bolo oficial del PP en Ontinyent, donde criticó  a “tanto talibán haciendo política desde las aulas”, en referencia a los maestros y profesores que tanto protestan por los recortes que sufren. Su metedura de pata se comenta por sí sola y le descalifica. Él mismo ha reconocido, tras ser cesado, que sus palabras fueron desafortunadas, algo a lo que nunca se rebajó el exconsejero de Educación Alejandro Fontdemora, que tanto disparate acuñó al respecto.

El presidente de la Generalitat, Alberto Fabra. (CARLES FRANCESC)

En cualquier caso la cabeza de Vivancos ya cuelga en la sala de trofeos de Fabra, pese a tener mucho menos delito que Alfonso Rus, que llamó gilipollas a los profesores, ni tener la lengua viperina del ministro José Ignacio Wert, que puso a caer del burro a los rectores de las universidades públicas españolas. Y sin, ni siquiera, haber desbarrado una milésima parte de lo que lo ha hecho Esperanza Aguirre con los docentes. ¿Por qué ha sido tan ejemplarizante Fabra con Vivancos, cuando tiene los escaños del PP llenos de imputados en el amplio espectro de corruptelas con los que podría dar grandes lecciones de moralidad? ¿Por qué no destituye al imputado Carlos Fabra de la presidencia de Aerocas, que llama “inútiles” a los diputados de la oposición? Ahí es donde podríamos medir su autoridad y su capacidad de liderazgo. Lo de Vivancos, pese a su vínculo con lo que hubo antes de su advenimiento, era tan fácil que casi no tiene ningún mérito.

El País

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