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Carlos Fabra, peor que Fitzcarraldo

Por: | 05 de febrero de 2013

El barón del caucho, Carlos Fermín Fitzcarrald, inspiró a Werner Herzog el personaje del irlandés Brian Sweeney Fitzgerald, Fitzcarraldo, un melómano chiflado que sueña con construir un palacio de la ópera en medio de la selva amazónica para que lo inaugurara el propio Enrico Caruso. Para financiar la operación de ese disparate, Fitzcarraldo urdió un plan: ganar mucho dinero a través de la explotación del caucho de esa inaccesible región. Pero el grado de dificultad para lograrlo era elevado. En la operación era imprescindible navegar por dos ríos que no estaban conectados y había que subir el barco por la montaña para salvar el istmo.

El delirio de Fitzcarraldo, pese a sus asombrosas proporciones, quedó casi obsoleto el día que un tocayo del barón, Carlos Fabra, se inspiró en sí mismo (en su ilimitación) y construyó un aeropuerto sin aviones en medio de un altozano de almendros y cigarras para representar el aria sublime de preguntar a sus nietos el día de la inauguración: “¿Os gusta el aeropuerto del abuelo?”. Sin embargo, a diferencia de Brian Sweeney Fitzgerald, que maquinó y se implicó en una estrategia económica para alcanzar su ensoñación, Fabra descargó su delirio sobre los lomos de la Generalitat y las cajas de ahorro, mientras que los negocios que emprendía, a luz o en el crepúsculo, eran en exclusiva para aumentar su patrimonio personal.

Francisco Camps y Carlos Fabra en la inauguración del aeropuerto de Castellón (ÀNGEL SÁNCHEZ)

Fue mucho más listo que el irlandés que usó Herzog para su película y sorteó mejor los obstáculos. Se lo pidió a José María Aznar durante el apoteosis del langostino de Vinaròs en las alegres noches de Les Platgetes y ni siquiera obtuvo su bendición, aunque sí le concedió un negligente silencio administrativo si lograba el dinero por otra vía que no fuese el Gobierno central, el mismo que tras su construcción considera ese aeropuerto “redundante”, “innecesario” y “de difícil sostenibilidad”. Ahora, la extravagancia de Fabra es una realidad y un problema acuciante para la Generalitat (para todos los valencianos). Y constituye, además, el principal logotipo internacional de su descrédito, tanto por la gestión irresponsable de haberlo impulsado como por la cabalgata de conejos, hurones y bólidos que discurre por sus pistas, sobre las que él sigue imperando por encima de la Generalitat.

Por este elefante blanco, que costó 138.5 millones de euros, un misterioso fondo hispanolibio ofrece 87,5 para convertirlo en un aeropuerto de mercancías. Pero las malas noticias sobre el pésimo negocio no acaban ahí. La Generalitat tendría que pagar una indemnización a la antigua gestora, Concesiones Aeroportuarias, de 82 millones, a la que previamente ya tuvo que abonar 18 por una paralización de obra. Además, tiene que soltar otros 20 por la seguridad privada, los equipos de la torre de control y la subestación eléctrica. Es decir, después de que la Generalitat se arrastrase por la rampa hasta la cima de la montaña para cruzar el istmo de la alucinación de Carlos Fabra, se cae a plomo hacia el abismo. Y lo más inquietante es que el presidente Alberto Fabra conceptúa esta chifladura carísima como una “valentía” del otro Fabra.

Los cardados de Fabra y Ciscar

Por: | 08 de enero de 2013

Uno de los asuntos que más ha trascendido del discurso de Año Nuevo del presidente Alberto Fabra fue su esponjoso cardado. No hay que regatearle el derecho a implementarlo ni exhibirlo: la imagen de los presidentes de la Generalitat suele sufrir una transformación tan notoria que algunos, como por ejemplo Eduardo Zaplana, ni recuerdan a quienes fueron en el momento de llegar al cargo. Si es este o no el punto de inflexión de Fabra en ese sentido, el tiempo lo dirá. En cualquier caso, este novedoso peinado constituyó una ajustada metáfora de su discurso (la extrapolación capilar), puesto que el presidente se esforzaba por tratar de dar volumen a algo que carecía precisamente de ello.

El presidente de la Generalitat, Alberto Fabra, durante su discurso de Año Nuevo.

Y esa moda es la que va a marcar 2013 en el Consell. Si el martes 1 de enero Fabra dio realce a una alocución que, lejos de aportar sustantividad, se ciñó al nuevo argumentario de la calle Génova (el paisaje carbonizado por la crisis empieza a reverdecer como consecuencia de las medidas aplicadas por el gobierno de Mariano Rajoy), el viernes fue su brazo derecho, José Ciscar, el que realizó un prominente cardado con el vacío en el que quedó retratado el Gobierno valenciano tras la publicación del balance de Hacienda respecto al cumplimiento del objetivo del déficit, en el que el Consell, en nueve meses, solo había ejecutado un 16% de los 2.551 millones comprometidos en medidas de ingresos y gastos.

Ciscar hubo de realizar un tortuoso ejercicio de suntuosidad sobre la caja fofa del Consell poniendo en duda incluso la pericia de Hacienda para ocultar tras ese enmarañado cardado lo que cada día es más evidente: que la Generalitat, pese a haber cerrado con anticipación el ejercicio contable de 2012, no podrá cumplir el objetivo de déficit. Lo carde como lo carde.

Raimon, Barcelona y Valencia

Por: | 20 de noviembre de 2012

El 15 de diciembre se cumplen 50 años de la primera actuación de Raimon en Barcelona. Hasta ese momento, aquel estudiante flaco solo guitarreaba en un vernáculo potable, como había contorneado el ensayista Joan Fuster en su tarjeta de presentación a Joaquim Maluquer, uno de sus contactos en la ciudad, pero su objetivo no era otro que seguir la senda académica que se había trazado y que iba desde el instituto de Xàtiva hasta la cátedra del doctor Reglà en la Universitat de València. Sin embargo, aquella actuación, en una sesión colectiva en el Fòrum Vergés, daría al traste con sus planes docentes.

Lo que vieron y oyeron quienes asistieron a aquella actuación, como ya consignó Antoni Batista en su solvente libro sobre el cantante, no tenía ninguna relación con lo que veían y oían en aquellos Setze Jutges, cuyos trinos en traje y corbata no constituían sino un acto de servicio de una progresiva burguesía a la cultura propia como objeción al franquismo. Raimon era una explosión de naturalidad en estado puro, la gota que desbordaba el vaso, el boquete por el que se liberaba toda la energía reprimida a lo largo de siglos. Su grito rasgaba un silencio colectivo tan denso como la losa de un sepulcro, rescataba la canción del entretenimiento y la convertía en un instrumento social y cultural activo.

El cantante Raimon en un concierto en 1968.

Barcelona celebra con una serie de actos muy completa esta efeméride, y el propio cantante, en el libro que acaba de publicar Empúries con motivo de la exposición Raimon al vent del món, subraya esta “historia de amor” con la ciudad que nació como algo “súbito, imprevisible, estallante” en aquella actuación de diciembre de 1962. Para Raimon fue “una revelación” que cambió las agujas de su tren y que, desde aquel primer disco con una fotografía de Oriol Maspons (en la que daba la impresión de que Bob Dylan se esforzaba por imitar a Raimon), propició la maduración literaria y musical de unas canciones cuyas emociones muchos de nosotros llevamos tatuadas en la memoria sin posibilidad de borrado.

Pero la admiración de Barcelona por Raimon, y su reconocimiento en este aniversario a través de exposiciones, proyecciones y recitales, también ponen el foco sobre el desafecto que todavía hoy le profesan las fuerzas vivas de su ciudad, Valencia. En ese mismo libro, con muestras del impacto internacional obtenido por el cantante y de los mordiscos que la dictadura daba a su repertorio y a su carrera, el cantante deplora que en su propio país se lo pusieron “muy difícil”. Tanto “las autoridades franquistas” como “algunos queridos examigos”. Sin embargo, no fue solo entonces. Desde que en 1995 el PP llegó a la Generalitat y a las principales instituciones, las salas del circuito dependiente de la Administración se cerraron para Raimon, pese a ser uno de los valores culturales más exportables de los valencianos. Dentro de nada se cumplirán 20 años de su proscripción democrática en Valencia, algo que también merecería una serie de actos conmemorativos por parte de la Generalitat y el Ayuntamiento de Valencia. Porque al PP le gusta Raimon, aunque prohibido, quizá porque le intensifica la nostalgia de la dictadura y afianza su verdadera identidad.

El espejo gallego

Por: | 23 de octubre de 2012

El Gobierno valenciano y el partido que lo sustenta han leído en los posos del resultado de las elecciones gallegas un motivo de esperanza para esquivar el funesto pronóstico que augura Metroscopia para el PP en la Comunidad Valenciana, según el cual, pese a ser el partido más votado, perdería la hegemonía frente a una hipotética alianza de partidos de izquierda (PSPV, EU y Compromís). Tanto Alberto Fabra (el presidente) como Serafín Castellano (el secretario general) han echado las campanas al vuelo dando por hecho que aquí va a pasar lo mismo. Para ello, no solo Metroscopia tendría que haber hecho un sondeo erróneo, sino que, principalmente, la Comunidad Valenciana debería ser lo mismo que Galicia. Es decir, no únicamente en términos de economía, población y sociedad, sino que además, el PP no tendría que llevar 17 años gobernando (ni el legado económico y judicial que aplasta a la Generalitat y hunde al partido en el descrédito) y el Gobierno central tendría que estar ayudando (como lo ha hecho en Galicia con el AVE en detrimento del corredor mediterráneo). Y algo más: las cosas tendrían que mejorar en los próximos dos años, en contra de todas las previsiones fiables.


Alberto Fabra y Ximo Puig, en el Palau de la Generalitat (CARLES FRANCESC)

En cualquier caso, más allá de las cataplasmas psicológicas y las cábalas sobre los efectos balsámicos de la abstención, Fabra y Castellano tienen menos elementos de realidad extrapolables en estos resultados que los socialistas valencianos. El PSPV (Metroscopia lo apuntaba) puede ver en el espejo gallego cómo se va a producir su desfondamiento, tanto por la tendencia general (la del PSOE) como por las consecuencias de su peculiar e ininterrumpido encarnizamiento orgánico, que lo ha mantenido alejado durante 17 años tanto del poder como de la realidad. Los socialistas valencianos, ausentes de la política y con los vínculos rotos con la juventud y su propio electorado, se disponen a lograr sus peores resultados en las urnas cuando estaban convencidos de que solo con esperar desalojarían al PP. Y lo que es peor: con el riesgo de dejar de ser una opción decisiva en el mapa electoral. Achacar la situación a Pérez Rubalcaba y no darse por aludido sería un síntoma más de la descomposición que ha alcanzado el hasta ahora principal partido de la oposición en su depurado proceso de pendencias endogámicas, que sin duda ha abonado el desarrollo de los partidos que había a su izquierda.

Pese a la buena expectativa demoscópica, el PSPV saldrá de las próximas elecciones en peores condiciones que ahora, demasiado debilitado para negociar con Compromís y Esquerra Unida, las dos fuerzas rampantes, una hipotética alianza que debería tutelar con la suficiente energía para gobernar la Generalitat superando las connotaciones negativas que transmiten los Gobiernos tripartitos. Porque ese es el otro gran asunto: el manejo de las rivalidades entre las tres fuerzas no solo para alcanzar un acuerdo que satisfaga a todos sino para darle estabilidad en el tiempo, lo cual exige gran capacidad y altura políticas. Una misión casi imposible.

El pufo del anticatalanismo

Por: | 13 de octubre de 2012

El anticatalanismo es la última farmacia de guardia de la derecha valenciana, su clavo ardiendo, su tinta de calamar. Siempre que tiene problemas, echa mano del pretendido expolio de la Comunidad Valenciana por parte de Cataluña y sitúa a la izquierda valenciana como su principal quintacolumnista. Este truco le permitió blanquear su oscuro pasado franquista durante la transición. No solo evitó la sanción de las urnas maquillada como centrista y democrática, sino que se convirtió en la protectora de la identidad valenciana. Pero además, se encontró con un eficaz instrumento de demolición electoral del adversario.

Concentración anticatalanista en Valencia (JORDI VICENT)

A lo largo del período democrático, ese lobo ha ido apareciendo en el horizonte cada vez que el PP valenciano ha necesitado hundir un poco más a su adversario, ha precisado una vía de escape a sus agobios políticos o ha tenido que comerle el terreno a otros partidos que eran carne de su carne (Unión Valenciana). La farsa de esa amenaza, que siempre fue un fin en sí misma, ha proporcionado gran rentabilidad al PP, aunque ha ahondado la zanja entre buenos y malos y ha suministrado una caricatura grotesca de los valencianos ante el resto de España que ha tenido sus consecuencias en los sucesivos Presupuestos Generales del Estado.

Ahora el PP, con el grupo parlamentario en metástasis judicial, con los sabuesos de la fiscalía hozando en los saqueos de Emarsa, Gürtel y Brugal, con la Generalitat en bancarrota, con la mejor marca mundial de mala gestión, con los acreedores en los talones y acorralado por la metroscopia, vuelve a azuzar el espectro, aunque con mayor desesperación que antes. La novedad es que esta vez no lo hace solo para escabullirse de la realidad adversa y erosionar al adversario: trata desesperadamente de mantener la cohesión y la patente del recurso ante una cada vez más probable escisión regionalista en sus filas, que acabaría acelerando su descomposición.

El fin de la sinonimia

Por: | 08 de octubre de 2012

Alberto Fabra afronta su segundo 9 d’Octubre como presidente del Consell. El año pasado auguró grandes sacrificios (los ha llevado a cabo) en el mismo discurso oficial en el que hizo, como presidente, un llamamiento a los valencianos (a todos) a ser decisivos para impulsar el cambio (votar a Mariano Rajoy para desalojar al PSOE de la Moncloa). Entonces acababa de entrar en el Palau de la Generalitat, pero traía bien asumido el modelo de sus antecesores: entre el PP y la Comunidad Valenciana había una relación de sinonimia total. Eran términos intercambiables en un mismo contexto, dos modos de expresar lo mismo. Es decir, la Generalitat, la Comunidad Valenciana y el PP eran un local diáfano en el que sucedía todo sin líneas rojas. Fabra, por consiguiente, disponía de barra libre para, en sede institucional, ofrecer con total impunidad un peaje (grandes sacrificios) a los ciudadanos y señalarles el camino electoral que lo recompensaría (Rajoy).
Alberto Fabra en las Cortes Valencianas en un gesto de preocupación (CARLES FRANCESC)

Un año después ese axioma, que tanta rentabilidad electoral ha devengado al partido (una de cada dos personas que pasaban por la calle votaba al PP), ha empezado a derrumbarse en la demoscopia, en buena parte como consecuencia de la frustración de esa misma expectativa que Fabra condicionó al sacrificio. La llegada de Rajoy a la Moncloa ha empeorado las cosas no solo a los ciudadanos (se ha deteriorado el Estado del bienestar, así como las condiciones laborales y la protección social, mientras se han disparado los impuestos, el desempleo y la desesperanza), sino también a la Comunidad Valenciana, que acaba de sufrir el desprecio del Mesías que prometió Fabra en las inversiones del Estado.

Fabra está mucho más acorralado que el anterior 9 d’Octubre también por su propio desgaste. Un año después, el Consell que heredó de Camps ya es el suyo. Demoró más allá del límite la opción de configurar un Ejecutivo propio con el objeto de que quienes tuvieran que llevar a cabo las medidas más duras acabaran absorbiendo todo el impacto de la erosión, para luego maquillar esa corrosión con una remodelación del Consell a la medida que le permitiera refrescar su imagen y visualizar un antes y un después. Sin embargo, la cara del presidente ya resulta indisociable de lo que han hecho los miembros del Consell heredados, incluso la combustión derivada de la situación financiera de la Generalitat ya broncea demasiado a los que ha nombrado él, como es el caso (por citar uno) de Máximo Buch, quien cada día se parece más al vecino del ático de la 13 Rue del Percebe (siempre huyendo de los acreedores). Esa dura realidad ha estropeado el sistema aplicado por el PP en los últimos 17 años, hasta el punto que Fabra ya ni siquiera utiliza aquel parámetro para calcular un futuro electoral en el que el bipartidismo (con el PSPV enquistado) ya no le garantiza la estabilidad ante la inminente atomización de su partido. Lo que quizá explique por qué se ha puesto a rebañar el bidón del anticatalanismo.

Fabra repite la estrategia de Camps

Por: | 28 de septiembre de 2012

El primer debate de política general del presidente de la Generalitat, Alberto Fabra, ha  certificado la pérdida del ardor reivindicativo del PP ante Madrid, un frente que le resultó muy provechoso mientras el PSOE estuvo en la Moncloa y en el que, acosado judicialmente y carente de iniciativas políticas, hizo pie y encontró suficiente estabilidad para no caerse. Fabra ha renunciado a la reivindicación y la ha sustituido por un tortuoso ejercicio de contemporización con las prioridades del Gobierno central en el que el autogobierno de la Comunidad Valenciana queda subsumido (y sepultado bajo el conmovedor imperativo de la solidaridad) y, por consiguiente, relegado a decisiones exógenas y al orden de prioridades que estas establezcan. Ese sometimiento, sin duda, será el punto cardinal de la legislatura.

Fabra ha despejado, asimismo, todas las incógnitas que podía albergar respecto a su estrategia para reconducir un partido calcinado por los escándalos de corrupción y un Gobierno en quiebra, no solo por los problemas de financiación que arrastra la Comunidad Valenciana desde que se puso en marcha el invento del autogobierno sino también por el desbarajuste en la gestión de los dos presidentes que le precedieron. En su discurso, y sobre todo en sus contrarréplicas, el presidente ha trazado un rumbo con un inequívoco tufo a su antecesor. Pudo optar por hacer tabla rasa, distanciarse de forma explícita de las chapuzas y delirios de Francisco Camps  y mirar hacia adelante para marcar la iniciativa en el nuevo tiempo. Pero no lo hizo. Le dio una vuelta de tuerca al tradicional discurso del  victimismo actualizándolo como un recurso retroactivo para datar en el anterior Gobierno del PSOE el origen y la causa de la ruina de las arcas de la Generalitat, como si la gestión de su partido durante 17 años se pudiera desgajar del resultado final.

Máximo Buch, José Ciscar, Antonio Clemente y Alberto Fabra, en la bancada popular en las Cortes (MÒNICA TORRES).

El presidente, quizá porque no lo ha metabolizado, ha elegido perseverar y reforzar el vínculo con las sombras del turbulento período que lo llevó al Palau de la Generalitat para glorificarlo. Y además, vuelve a incurrir en el error de arrogarse la franquicia de la valencianidad (convenientemente cuarteada en valencianos, castellonenses y alicantinos), abundando en la zanja civil abierta durante la transición, para criminalizar a la oposición y colgarle el cartel de enemiga de la Comunidad Valenciana. Como si la sábana del fantasma del catalanismo fuese lo suficientemente extensa como para tapar el asalto del PP a las cajas de ahorro, el saqueo de Emarsa, el pillaje de Gürtel, la sangría de la cooperación y el amplio espectro de raterías, expolios y desfalcos acontecidos a la sombra de la Generalitat.

Camps casi hundió la Comunidad Valenciana para beneficiar al partido. Fabra, en vez de encarnizarse en maquillajes y tretas para blanquear la negra trayectoria de su partido, tendría que haber dado un salto cualitativo. Le correspondía haber aprendido la lección de ese episodio y emprender un camino distinto, con un lenguaje alejado de sospechosas complicidades, superando enredos absurdos y tratando de cohesionar a los valencianos en momentos de gran dificultad y descrédito. Es decir, creerse lo del autogobierno y ser presidente de todos los valencianos por encima de las servidumbres de su organización. 

Antes del PP que del Consell

Por: | 25 de septiembre de 2012

El mejor método para llegar hasta el tuétano del Partido Popular en la Comunidad Valenciana no estriba tanto en considerar lo que ha hecho y dejado de hacer durante sus 17 años en el poder (que es muy revelador) como en cruzar su comportamiento con el Gobierno central cuando este lo ejerce el PSOE o el PP. En la bisectriz que trazan las acciones y omisiones de esas coyunturas es donde aflora la pureza de su personalidad política y su grado de compromiso con los intereses generales. Es decir, donde se le transparenta el genoma. Aunque esto, la reciente visita de María Dolores de Cospedal a Gandia (donde recordó que ella, como Alberto Fabra, “antes que presidentes autonómicos son militantes del PP”) ya lo ha dejado, como gusta solemnizar al PP en sus argumentarios, “meridianamente claro”.

Solo hay que recordar cómo rechifló el partido por el AVE a Castellón (y el corredor mediterráneo, al que se subió ya en marcha después de descarrilarlo de las redes transeuropeas en Bruselas). Cómo Francisco Camps urgía a que se licitaran los tramos Valencia-Castellón y Castellón-Tarragona cuando ni siquiera contaban con la preceptiva declaración de impacto ambiental (y con qué ferroviario seguimiento le hacía el convoy el partido). Cómo el propio Alberto Fabra, entonces alcalde de Castellón, promovía plataformas e impulsaba desesperadas cumbres con otros alcaldes con esa ineludible y vital reclamación. En fin, cómo se hundía todo si la alta velocidad no continuaba con urgencia hacia el norte de Valencia.
María Dolores de Cospedal y Alberto Fabra. (JORDI VICENT)

Ahora, con el PP en la Moncloa, ese imperativo ha quedado obsoleto. José Blanco dejó Fomento con el concurso para la concesión de las obras a punto de caramelo y la actual titular, Ana Palacio, que prometió licitar en mayo, se ha olvidado del asunto. Ahora a la consejera de Infraestructuras, Isabel Bonig, le parece que la plataforma cuesta demasiado dinero (el mismo que antes) y considera un acierto que el AVE a Castellón se superponga al tercer hilo de mercancías, que es el modo fino de designar la simplificación de un corredor que la ministra ni siquiera ve como el más prioritario para España.

Ahora Fabra ya no tiene prisa. Aplica la doctrina Cospedal: militantes del PP antes que presidentes autonómicos. Da lo mismo que se trate de la alta velocidad o de la financiación, de la que el presidente valenciano ya solo habla con entusiasmo si es para arremeter contra Cataluña (tirando por la borda el esfuerzo de normalización de relaciones llevado a cabo por los empresarios en los últimos años). Es decir, los asuntos imperiosos de la Generalitat han quedado supeditados a los intereses del partido, que es un modo práctico de usar a fondo el artículo 155 sin tener que aplicarlo como pretende UPyD. Bajo esa perversión de prioridades, Camps llevó el autogobierno al descrédito y ahora Fabra lo dirige hacia la obsolescencia.

Los silencios de Fabra

Por: | 11 de septiembre de 2012

El presidente del Consell, Alberto Fabra, se parece cada día más a su predecesor. No por la causa que engulló a Francisco Camps y las derivadas que espolearon su descrédito. Sí por alguno de los efectos que hicieron más patético su desmoronamiento: el pánico a la intemperie mediática, la cobardía a la impertinencia del periodista alérgico al pesebre.

A Camps le sobraban los motivos para ello, pero ¿de qué huye Fabra? ¿Por qué la mayoría de actos de su agenda son solo para gráficos y cuando no lo son se limita a ejecutar una proclama que siempre acaba sonando más como una defensa que como una propuesta? ¿Qué trata de esquivar? ¿De dónde surge su sentimiento de culpabilidad?

 Fabra se comporta como si desde que Mariano Rajoy lo ungió para ponerse al frente de la catástrofe del PP en la Comunidad Valenciana hubiese sido desterrado al Tártaro, es decir, la región más baja del inframundo griego, donde Sísifo fue obligado por Zeus a llevar a la cima una pesada piedra que, en una suerte de día de la marmota mitológico, siempre se le caía y rodaba hasta el punto de partida.

Alberto Fabra, de espaldas a los informadores (CARLES FRANCESC)

¿Por qué tuvo Rajoy que fijarse en Fabra, que había hallado su sitio en la apacible alcaldía de Castellón y nunca había dado señales de ambicionar lo demás, ni siquiera condiciones para acometerlo? Tampoco Rajoy tenía más opciones. Con Camps carbonizado, la cúpula del PP valenciano agusanada y las dos principales alcaldesas de la Comunidad Valenciana descartadas (una, desacreditada por encubrir a Camps y salpicada por Gürtel y Emarsa; la otra, por Brugal), a Fabra, más allá de si era o no idóneo para el cargo, le tocaba el boleto por eliminación.

El problema de Fabra, como Sísifo, fue estar allí: su posición acabó determinando su suerte. Sísifo vio algo que no debía. Fabra fue lo primero que se veía detrás del estercolero. No hizo nada para merecerlo, pero ahora también él transporta sobre sus lomos una terrible carga cuyo peso se va intensificando a medida que avanza hacia una cima que se aleja cada día más y cuya fatalidad es ser la penitencia de la bancarrota en la que los suyos sumieron a la Administración valenciana bajo el delirio de fatuos liderazgos y despiadados saqueos.

Esa ineludible perspectiva, sin duda, arruina la sustantividad de su discurso y agarrota su expresividad. Fabra evita las respuestas, pero en sus sostenidos silencios no solo se manifiesta su vergüenza por lo que hizo el PP aquí sino también su responsabilidad en lo que está haciendo ahora.

En ese mutismo se expresa la mayor escabechina laboral llevada a cabo en la Comunidad Valenciana desde los días de Altos Hornos de Sagunto, RTVV, la demolición de la sanidad y la educación públicas, el desguace de la investigación científica, el estrangulamiento de los institutos tecnológicos o el drama de los concursos de acreedores de las empresas de proveedores que cierran por los impagos de la Generalitat.

RTVV, despedida y cierre

Por: | 24 de agosto de 2012

Los miembros del consejo de administración de Ràdio Televisió Valenciana (RTVV) del PP ratificaron en la madrugada del martes el despido de 1.198 trabajadores del ente. Fue el último trámite para el puntillazo que el Gobierno valenciano quiere dar a una televisión autonómica que ha usado hasta el paroxismo como instrumento de propaganda, agencia de colocación, filón de negocio para camaradas y sistema de saqueo (por lo visto en la derivada del caso Gürtel de los contratos de la visita del Papa). Sin embargo, ahora, desacreditada, sobredimensionada, arruinada y con la Generalitat en bancarrota, para el Consell el juguete resulta insostenible y le está metiendo el hacha a fondo en el tronco.

Es evidente que la radio y la televisión autonómicas necesitan ganar agilidad para asegurar su futuro, pero no es menos cierto que su excesivo volumen es el resultado de la gestión irresponsable de los Gobiernos de Eduardo Zaplana y Francisco Camps, quienes, además de llevarlas al borde del precipicio durante 17 años, las utilizaron para su promoción personal apesebrando (a todo meter) a periodistas de la Villa y Corte de su interés que ejercían aquí de somatén mediático a cambio de cacarear en Madrid lo fantásticos eran. También es cierto que los socialistas, que la pusieron en marcha, arrimaron el ascua a su sardina tanto como pudieron, pero lo que vendría después lo reduciría a la insignificancia. En pocos años, se dobló la plantilla y los gastos en producciones externas y derechos deportivos se dispararon más allá de la capacidad del ente hasta llevarlo a la quiebra y a la deuda de 1.200 millones. Y la perversidad es que esa factura no la van a pagar quienes la han ocasionado sino los trabajadores, que son los únicos que se creían el proyecto.

José López Jaraba, director de RTVV, en el momento de abandonar el consejo de administración que aprobó el ERE TANIA CASTRO)

RTVV nació como un instrumento esencial del autogobierno y pudo ser su máxima caja de resonancia, su órgano de difusión y maquinaria pedagógica, el vínculo común de los valencianos, su poderoso vehículo cultural. Sin embargo, el uso y abuso partidista del PP ha estigmatizado para siempre su credibilidad. Esa prioridad política y sus servidumbres han determinado que ni siquiera haya podido cumplir razonablemente con su precepto fundacional: promover el valenciano y desarrollar una industria audiovisual propia. Con este fracaso y su inminente desguace el autogobierno no solo pierde músculo, sino también capacidad.

Aunque esto es algo que no parece importarle demasiado a Alberto Fabra, quien aquí parece actuar más como un hombre de negro de Mariano Rajoy (que hubiese heredado de otros lo que ha hecho su partido) que como un presidente de la Generalitat comprometido con lo que representa. Ahora Fabra no solo tiene que apechugar con la escabechina y el desguace, sino también con la lista de reos, con las consecuencias de a quién le va a vender la chatarra y qué nuevas perversiones ideológicas se van a introducir en la pantalla al amparo de esta atrocidad semipública que se plantea como el salvavidas de los náufragos del fracaso de las TDT.

Y para empezar, huele fatal que siete trabajadores en “excedencia forzosa” se salven del ERE por esa misma peregrina razón (entre ellos, la jefa de comunicación de Fabra), cuando haber tenido una “excedencia voluntaria” te pone a los pies de los caballos. Para que luego venga el locuaz Serafín Castellano, el consejero de Gobernación, y afirme con agropecuaria pompa que “el ERE de RTVV es necesario para salir de la crisis”.

Suma y Sigue

Sobre el blog

La Comunidad Valenciana es el resultado de un proceso acumulativo en el que lo que nunca parece terminar se superpone a lo que nunca acaba de llegar, y viceversa. Pero esa tensión entre la marcha atrás y la directa, entre la fosilización y la vanguardia, libera una gran energía que solemniza nuestras incongruencias y aciertos en sumarios judiciales o tratados de estética. Este blog centra comentarios sobre lo que convulsiona ese territorio.

Sobre el autor

Miquel Alberola

. Nací en Valencia (El Carme) en 1958, aunque soy de pueblo (Quatretonda). Estoy en esto desde casi siempre y no he podido sacudirme todas las dudas del principio. Soy subdelegado de EL PAÍS en la Comunidad Valenciana.

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