No pasa un día sin que veamos una nueva iniciativa de carteras digitales y pagos a través del móvil. La última (y ojo a esta): la sueca iZettle, lo más parecido a Square en Europa, acaba de embolsarse 31 millones de dólares en financiación para llevar su servicio a España, Alemania, Italia y otros países.
Hay tres aspectos especialmente curiosos en el mundillo de los pagos en el móvil: 1) la enorme cantidad de empresas que intentan meterse; 2) la diversidad de tecnologías que compiten entre sí; y 3) el papel de los bancos.
Sobre lo primero, este artículo explica muy bien lo variopinto de los aspirantes a dominar las carteras digitales y, por extensión, los pagos en el móvil. Porque una cosa es la cartera digital (que además del pago incluye la posibilidad de almacenar tarjetas de fidelización, cupones descuento, tarjetas de crédito…) y otra la solución de pago en sí misma.
Se puede decir que hay tres grandes grupos de compañías en el ajo (ver gráfico): Tradicionales, Tecnológicas y Start-ups. Últimamente la estrategia se reduce a que todas pactan con todas, unas para no perder comba (tradicionales) y otras para ganar músculo (start-ups).
En cuanto a las tecnologías, compiten entre sí los SMS (aunque solo en países en vías de desarrollo), NFC (near field communication) y las soluciones web como PayPal, Square o iZettle. Las últimas funcionan bien para enviar dinero entre personas o hacer compras online desde el móvil, pero la gran incógnita es cómo utilizaremos el teléfono para pagar en las tiendas (y si lo haremos algún día).
Starbucks se ha desmarcado con su propio sistema, que ya funciona en gran parte de EE.UU. y PayPal ha firmado con 15 cadenas de almacenes para utilizar un método similar. Hay decenas de proyectos aislados, como la cartera digital de O2 en Reino Unido, la iniciativa de Telefónica y MasterCard en Latinoamérica o las carteras digitales de Visa y Mastercard. Y seguirán llegando hasta que alguna se pegue a la pared, como los espaguetis.
Todo esto nos lleva al tercer punto, el de los bancos. ¿Recuerdan cuando Apple llegó con su iPhone y su App Store, y luego Google, y marginaron a los operadores que no veían (ni ven) un euro por la venta de apps, publicidad, mensajería instantánea…? Surgió entonces el debate sobre las tuberías tontas, las dumb pipes, sobre esos operadores que habían quedado relegados a ser meros proveedores de una red celular. Hoy siguen luchando para evitarlo.
Los bancos se arriesgan a que les ocurra algo muy parecido en el terreno de los pagos en el móvil. Apple cuenta con 400 millones de números de tarjetas de crédito de clientes. Repito, 400 millones. El Santander tiene 100 millones de clientes, el HSBC 110 millones. ¿Qué será de la banca si en cinco años muchos decidimos comprar con nuestro Passbook de Apple, o nuestra cartera digital de PayPal, si decidimos transferir dinero de nuestra cuenta bancaria a Google Wallet o a Square?
Si eso ocurre es probable que el banco no sepa absolutamente nada de lo que hacemos con el dinero, nuestro historial de compras estaría en Apple, Google o Facebook, y no en el banco, este operaría a ciegas sin un historial que, por cierto, las tecnológicas podrían utilizar para ofrecernos nuevos productos y servicios o, irónico, revendérselo (con datos anónimos) a los bancos.
Entidades como La Caixa, Citibank, Barclays y otras están haciendo experimentos, pero hasta ahora son escasos y lentos comparado con el ritmo de la competencia. Además, mientras la reputación de la banca toca mínimos, la de algunas tecnológicas vive su mejor momento.
Todo apunta a que la apuesta de futuro de Apple, Google o PayPal (¿y Facebook? ¿Amazon?) pasa por hacerse con el mayor número posible de clientes, lanzar un sistema de pago completo (en web, móvil, tiendas...) y convertirse en los "nuevos bancos". A las entidades les quedará el dudoso honor de gestionar la fontanería y seguir con lo de siempre: créditos, hipotecas... ¿Van a perder la oportunidad de montarse en un nuevo negocio?